Las Reales Atarazanas de Barcelona en la Edad Moderna


 

Prólogo

El estudio de las Drassanes Reials es una línea de investigación clásica y obligada para el Museu Marítim de Barcelona, una institución ubicada en un arsenal medieval y moderno casi intacto. La investigación en torno al conjunto arquitectónico, a la institución, y a las diversas actividades que se han realizado a lo largo de los siglos constituye una necesidad.

Las Drassanes Reials, en castellano Reales Atarazanas, deben entenderse en su dimensión institucional, económica, espacial y social. Durante décadas, la historia oficial de les Drassanes Reials se construyó sobre una crónica tradicional basada en la lectura de documentos (no del propio edificio), y sin apenas planteamiento de preguntas o problemas, con escasas excepciones. Dicho esto, debemos agradecer y reconocer el esfuerzo realizado por diferentes investigadores y documentalistas, que construyeron en gran parte los fundamentos sobre los que podemos edificar nuestro conocimiento actual. En cierto modo, el primer propagador de les Drassanes Reials de Barcelona fue Antoni de Capmany y de Montpalau, quien publicó, entre 1779 i 1792, la obra Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona. En esta narración las Drassanes eran un factor secundario, pero ya se les concedía un valor fundamental en la reivindicación de la Cataluña medieval.

Pero, en realidad, el edificio era un gran desconocido, solo abierto a quienes hacían el servicio militar o trabajaban en la Maestranza. Precisamente la propuesta de derribar el antiguo arsenal para remodelar la ciudad vieja fue la que provocó, en 1926, su «descubrimiento» por parte de la ciudad de Barcelona, la aparición pública de un edificio de gran valor artístico e histórico. La alarma la dió un militar, Joaquín Gay, con un artículo en la prensa. A la llamada acudió Carreras Candi, quien buceó en los archivos y publicó lo que fue la historia oficial del edificio durante décadas: el libro Les Draçanes barcelonines, sos inventari i restauració (1928). También promovió una exposición organizada por el Centre Excursionista de Barcelona. Con estas acciones se conjuró el peligro de destrucción del edificio y por primera vez se presentó en público las Drassanes como un elemento fundamental de la historia marítima de Cataluña. El siguiente paso no se produjo hasta 1943, cuando Francesc Condeminas publicó una síntesis histórica motivada por la reciente apertura al público del Museu Marítim de Barcelona. Esta obra no aporta grandes novedades y consolidó una aproximación clásica y superficial. Así, durante décadas las Drassanes Reials fueron poco más que el contenedor de lujo del museo, una obra de arte «gótica» que se unía a una lista formal de monumentos barceloneses.

En los años ochenta se inició un proceso que duró unos 15 años, entre 1988 y 2003, que consistió en una serie de acciones dispersas que exploraban fuentes y el propio edificio. Todas eran interesantes por separado, pero en conjunto no aportaban grandes cambios, ni tenían vocación de continuidad, ni formaban parte de ningún proyecto coherente. Este movimiento se inició en 1988 bajo la coordinación del Dr. Antoni Riera Melis, con el título Las Reales Atarazanas de Barcelona. Estudio de su construcción y funcionamiento, un proyecto del Ministerio de Educación y Ciencia, en el que participaron diferentes investigadores: por parte del museo participaron Àngels Casanovas y Olga López, y como investigadores externos Albert Roig Deulofeu y Maria Permanyer Bastardas. Un proyecto derivado del anterior fue la utilización de técnicas de prospección no destructivas, realizada por un equipo formado por Alberto Casas Ponsatí, Antonio Valenciano Horta, Albert Permanyer Bastardas y Lluis Rivero Marginedas. También se realizaron vaciados en el Arxiu de Protocols de Barcelona, con documentación sobre construcción del edificio y de algunas embarcaciones, correspondiente al periodo 1378-1425. El trabajo lo realizó Carme Pinillo Bun, y fue continuado por E. J. Rodríguez Martínez i F. X. Teruelo de Luís en 1995. Un encargo diferente fue la transcripción del Regeltum oficis confernatoris daraçanae DM Regis o Llibre dels Draçaners, conservado en el Arxiu de la Corona d’Aragó. Fue realizado por Maria Mestre Prat de Padua en 1989.

En 1993 el Dr. Antoni Riera Melis presentó un nuevo proyecto con el mismo título que el anterior, Las Reales Atarazanas de Barcelona. Estudio de su construcción y funcionamiento, auspiciado por la Universitat de Barcelona. Uno de los resultados fue la transcripción de los inventarios de las Drassanes de Barcelona del siglo XV, realizada por Marià Hispano, quién también confeccionó un glosario. Otros trabajos que formaron parte de este proyecto fueron la transcripción de Les Deliberacions del General de Catalunya, realizada por Albert Guallar, y derivada de ésta el estudio de les deliberaciones del trienio 1621-1623, referentes a la escuadra del Principado, obra de Marià Hispano. También se encargó a Jordi Torner Planell unas catas y vaciados del Archivo General de Simancas correspondientes a los siglos XVI-XVIII. Finalmente, se realizó un vaciado de materiales del Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona, realizado por Pilar Frago.

En 2003 el Museu Marítim de Barcelona tomó la decisión de apostar por la investigación más allá de lo que se espera de un museo, y entonces ya se señaló la investigación en torno a las Drassanes como una línea principal. El Plan de investigación 2004-2006 propuso ya algunas actuaciones vinculadas con el conjunto arquitectónico, entre ellas la creación del Laboratorio Drassanes Reials de Barcelona, un seminario que reunió diferentes especialistas con la intención de ayudar al museo a avanzar en este asunto. Participaron Ferran Puig, Albert Cubeles, Esteve y Robert Terrades, Francisco Segovia, Albert Estrada y Frederic-Pau Verrié. Por parte del museo intervenían Roger Marcet, Elvira Mata, Olga López i Enric Garcia. Entre octubre de 2006 y marzo de 2007 se celebraron diferentes reuniones de trabajo, articuladas en torno a un tema, previa presentación y posterior discusión.

La creación en 2007 del Observatori permanent d’història i cultura marítima de la Mediterrània, con la Universitat de Barcelona, creó un instrumento concreto de acción para desarrollar algunos objetivos básicos. El primero era la consolidación de un plan de actuación coherente. El segundo era la necesidad de buscar un conocimiento integral del conjunto, que hiciese justicia a su realidad poliédrica. El tercero, plantear una relectura de la historia de Barcelona, Cataluña e incluso España mediante la revalorización del conjunto. Y el cuarto, proponer nuevos proyectos animados hacia sus cuatro principales dimensiones, es decir, institucional, económica, espacial y social.

Es de justicia recordar a las dos personas que impulsaron este escenario con más intensidad. Por un lado, Roger Marcet, director general del museo en aquella época, que adoptó este proyecto como un reto personal y lo hizo posible. Y por el otro Albert Cubeles, quien además de seguir de cerca todos los trabajos, redactó un documento, Proyecto marc per a l’establiment d’un programa de recerca sobre les Drassanes Reials i la seva relació amb la ciutat de Barcelona, que inspiró una gran parte de los resultados y reflexiones posteriores.

Es necesario recordar algunos de los resultados concretos impulsados por el Laboratorio entre 2003 y 2010. Para empezar, a caballo entre los ejercicios 2003 y 2004, el Dr. Albert Estrada realizó un estudio sobre los orígenes y primeros tiempos del conjunto de les Drassanes Reials en época medieval, no sólo desde el punto de vista constructivo sino especialmente sobre el sentido y funcionamiento de la institución, el reclutamiento y organización de las Armadas, etc. El encargo al Dr. Estrada era también hacer un repaso de todo lo publicado anteriormente y que plantease una hipótesis nueva que sirviera de punto de partida para una nueva relectura de la institución/instalación. El resultado del trabajo fue publicado con el título La Drassana Reial de Barcelona. Organització institucional i construcció naval a la Corona d’Aragó. El trabajo de investigación realizado por el Dr. Estrada trazó las líneas generales para el conocimiento del tema, y sirvió de revulsivo, al poner sobre la mesa propuestas que generaron discusión.

Otro paso adelante fue la publicación de un dossier monográfico en el número 11 de la revista Drassana, que contenía los siguientes artículos: Albert Estrada: Les Drassanes Reials de Barcelona a la baixa edat Mitjana; Albert Cubeles i Ferran Puig: La Drassana i la gestió de la façana marítima de Barcelona; Víctor Mata i Xavier Sorní: Equipament sanitari de l’armada de la ciutat de Barcelona contra el cors capitanejada per Jaume Bertran (1454); Daria Calpena: Noves aportacions de l’arqueologia a la història de les Drassanes Reials de Barcelona; y J. Antoni Iglesias: De drassanes i drassaners: Eloi Navel (+1457), un drassaner lletraferit.

Un segundo encargo al Dr. Albert Estrada tuvo como objetivo documentar definitivamente la historia del edificio conocido tradicionalmente como «Pere IV», en realidad la Botiga Nova del General, un almacén de la Generalitat en el conjunto de la Drassana Reial. El resultado final fue publicado en 2008, con el título La Generalitat de Catalunya a la Drassana Reial de Barcelona en temps d’Alfons el Magnànim.

Las etapas más recientes y sobre todo la relación entre las Atarazanas y las actividades militares relacionadas con el ejército de tierra habían sido descuidadas, cuando no ignoradas pretendidamente. Con la nueva visión del conjunto y de la institución como un todo integral que mantiene su continuidad a lo largo de siete siglos, era necesario empezar a dibujar los contornos básicos de las actividades que dieron sentido al conjunto entre 1745 y 1936. En esta línea, el coronel Sr. Francisco Segovia, experto en historia militar, realizó un estudio sobre las Reales Atarazanas desde el punto de vista de su uso no naval, es decir, como cuartel, fábrica de artillería, fortificación, etc. Aunque estos usos comienzan ya en época medieval, el estudio básicamente abarcaba los siglos XVIIIXIX. El resultado final fue publicado en 2008 con el título Las Reials Drassanes de Barcelona entre 1700 y 1936: astillero, cuartel, parque y maestranza de artillería, Real Fundición de bronce y fuerte.

Vista aérea de Las Reales Atarazanas de Barcelona en la actualidad

Vista aérea de Las Reales Atarazanas de Barcelona en la actualidad. (Foto: Diego Yriarte. Museu Marítim de Barcelona).

Como herramientas complementarias, podemos citar cuatro intervenciones destacadas. La primera fue un inventario de fotografía antigua, realizado en 2006 por Noelia Caramillo, a partir de diferentes archivos (Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona, Arxiu Nacional de Catalunya, Centre Excursionista de Catalunya, Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya, Arxiu Mas, Arxiu General de la Diputació de Barcelona, Agrupació Fotogràfica de Catalunya, Col·legi Oficial d’Arquitectes de Catalunya, Biblioteca de Catalunya y Arxiu Històric de la Cambra de Comerç de Barcelona). La segunda acción, realizada en 2008, la realizó un equipo del Departamento de Geoquímica, Petrología y Prospección Geológica, de la Facultad de Geología (UB) dirigido por el profesor Alberto Casas Ponsatí. Se hicieron unas pruebas de lectura de los cimientos del edificio utilizando los equipos más modernos del momento en estudio geotécnico, unas catas que invitaban a realizar un estudio exhaustivo de toda la planta del edificio en el futuro.

Una tercera actividad fue la realización de un modelo 3D de alta resolución y métrica precisa, como nube de puntos registrable, de las diferentes partes del conjunto de salas que formaban hasta 2010 la exposición permanente del Museu Marítim de Barcelona. El responsable fue el Laboratorio de Modelización Virtual de la Ciudad (LMVC), de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB). Al final y, por primera vez, disponíamos de una planimetría precisa del edificio. Y una cuarta dimensión, vinculada con la anterior, fue la implementación de las Tecnologías de la Información Geográfica (TIG) en la reconstrucción histórica del conjunto de las Reales Atarazanas de Barcelona, es decir, la geo-referenciación del edificio y de parte de la planimetría antigua que se ha conservado, en concreto de ocho planimetrías de conjunto y de detalle. Los trabajos fueron realizados por Víctor M. Cabral.

Finalmente, otro resultado derivado de las reflexiones generadas en el Laboratorio fue la organización de la Jornada Las Atarazanas Reales de Barcelona y las Atarazanas Históricas del Mediterráneo, celebradas el 25 de octubre de 2007. El objetivo era doble. Por un lado, presentar unas primeras conclusiones del Laboratorio, especialmente como forma de hacer pública las nuevas líneas de trabajo propuestas; por otra parte, poner en marcha el proyecto de creación de una red de astilleros históricos del Mediterráneo, que finalmente se constituyó en 2009 en Pisa como Rete di Arsenale Historici.

Entre 1936 y 2010 se habían realizado diversas obras y excavaciones en el edificio, siempre relacionadas con rehabilitación o mejoras, y siempre desconectadas entre sí. Dichos trabajos alteraban el edificio y no seguían ningún proyecto de investigación arqueológica, de forma que seguramente se perdió mucha información. Fueron muy significativos los realizados por el arquitecto municipal Adolf Florensa (1936-38, 1940 y 1951-57 principalmente). Una mejora enorme vino con la redacción del Plan de actuación y ordenación de les Drassanes Reials de Barcelona, entre 1985 y 1986. Este plan establecía una hoja de ruta coherente, sólida, que ha articulado la recuperación del conjunto hasta nuestros días. Dicho proyecto, actualizado en 1999, era obra de los arquitectos Robert y Esteve Terradas.

En los últimos veinte años el conjunto ha sido objeto de diferentes intervenciones arquitectónicas parciales, como la recuperación de la Sala Gran (1987-1989), las seis crujías últimas del edificio Pere IV, la creación de la nueva entrada por el Jardí del Rei o la restauración y adecuación de las naves de la Generalitat, así como tres sondeos o catas. Después de la redacción del Proyecto Ejecutivo del Plan de Actuación (2001), hay que añadir nuevas intervenciones como las excavaciones en las naves de la Generalitat (antigua Sala Capmany y Llotja de Sant Cristòfor), en el edificio de las Botigas de la Generalitat (antiguamente Pere IV) y en el Jardín. En paralelo, y fruto de un estudio minucioso, teórico y también práctico, se presentó en la UPC la tesis doctoral de Robert Terradas Drassanes de Barcelona. La geometria, la traça i l’estructura com a garants de la identitat de l’edifici (2008).

En 2002 se llevan a cabo intervenciones arqueológicas en el edificio de las Botigas de la Generalitat, en las Naves de la Generalitat y en parte del Jardín, dirigidas por Daria Calpena. Entre otras cosas, se documenta el proceso de unificación de las naves, llevado a cabo entre finales del siglo XVIXVII. En el espacio que ahora ocupa el nuevo vestíbulo del museo, se encontraron evidencias de estructuras asociadas a la construcción naval, datadas entre los siglos XVXVI, que según la arqueóloga quedarían fuera del conjunto de los astilleros medievales. De época moderna se identifican las características constructivas de los cimientos de los pilares de las naves y los restos de un taller de fraguas datado entre 1739 y 1775.

Bajo la dirección de Alessandro Ravotto se realizaron dos campañas arqueológicas. La primera, en 2003, amplió la excavación en la zona del Jardín del Rey y permitió realizar una documentación extensa del muro de cierre y del taller metalúrgico antes mencionado. En 2008 se hicieron tres sondeos en el exterior de las Naves de la Generalitat para comprobar el sistema de cimentación de los contrafuertes que delimitan el conjunto hacia la Avinguda de las Drassanes. La intervención permitió documentar algunas evidencias relacionadas con la ocupación militar del área de los siglos XVIII-XX.

El 2 de octubre de 2008 se firmó un convenio entre la Diputación de Barcelona y el Ayuntamiento de Barcelona para realizar una restauración integral del conjunto arquitectónico. Las obras, iniciadas en 2010, supusieron un cambio radical en lo que respecta al tratamiento arqueológico del conjunto, asociado a su restauración integral. Las intervenciones realizadas en las Grans Naus han sido las que han dado más información y han permitido establecer la evolución histórico-arquitectónica del edificio de las Reales Atarazanas desde época medieval hasta nuestros días. Además, también se ha podido identificar la presencia de un área de entierro de época romana asociada a una vía de comunicación del mismo período. Las intervenciones reforzaron el replanteamiento de la historia del conjunto y, sobre todo, la confirmación de que la mayor parte del conjunto ahora existente fue construido en el siglo XVI, y que sólo una parte del edificio medieval había sido preservada.

La investigación arqueológica se dividió en dos fases, la primera dirigida por el arqueólogo Esteve Nadal de la empresa Àctium, Patrimoni Cultural S.L. y la segunda, dirigida por el arqueólogo Iñaki Moreno de la empresa Àtics S.L. La primera fase correspondería a las excavaciones realizadas en las naves de poniente, y un sondeo llevado a cabo en el exterior; en total, una superficie intervenida de aproximadamente 2.900 m2. La intervención permitió documentar un área de necrópolis romana, diversas fases constructivas de época medieval y estructuras del s. XVIII vinculadas a la Maestranza de Artillería. En la segunda fase se procede a la excavación en extensión de las naves de levante, actuando sobre una superficie de unos 2.500 m2. El resultado de las intervenciones es bastante similar al de la primera fase, pero destaca el hallazgo de un gran foso para la construcción de galeras en la nave 2, donde aparecieron estructuras largas excavadas en la arena, con numerosos agujeros de apuntalamiento.

Aprovechando el proyecto de obras y las intervenciones arqueológicas que se preveían, también se incorporaron algunas acciones de arqueo-arquitectura. La empresa Veclus S.L. realizó dos intervenciones, una en la torre de la antigua entrada, tradicionalmente considerada una de las torres originales del recinto del siglo XIII, y otra en un edificio vinculado al Baluarte del Rey, destruido a finales del siglo XIX. Los resultados de las intervenciones arqueológicas y de arqueo-arquitectura plantearon un nuevo paradigma respecto a la historia del conjunto arquitectónico. El museo publicó también un libro que resumía la nueva historia oficial, totalmente actualizada1. Se publicaron, además, diferentes artículos de divulgación.2 Y, naturalmente, se publicaron también diversos trabajos directamente vinculados con las memorias de las excavaciones.

Una de las propuestas más evidentes era la de profundizar en el estudio de las Reales Atarazanas en época Moderna. Se pretendía analizar el funcionamiento integral del Astillero Real de Barcelona durante los primeros siglos de la Edad Moderna (1500-1700). En este sentido se presentó a la dirección del museo una propuesta de proyecto concreto y muy ambicioso, que sería financiado por el museo y por la Fundació de Suport al Museu Marítim i Drassanes Reials de Barcelona

Se planteó como un encargo con objetivos específicos. En primer lugar, dibujar el marco institucional de les Drassanes Reials en el momento de la creación de la Monarquía Hispánica, analizar los cambios de poder en la administración del arsenal y también en su valor estratégico en el conjunto de la red de astilleros de la Corona. En segundo lugar, explicar y documentar la reconstrucción arquitectónica del edificio después de los problemas estructurales de la segunda mitad del siglo XV. Hay que saber en qué momento se deciden realizar las obras de reconstrucción, y cuáles son las ampliaciones y reformas previstas y las efectivamente realizadas, así como la justificación de la inversión. En tercer lugar, explicar con cierto detalle el funcionamiento de la factoría naval desde el punto de vista de los oficios, categorías laborales, condiciones de trabajo, logística, suministros, etc. Finalmente, hasta donde fuera posible, era necesario valorar el impacto económico y social en la ciudad y en el territorio.

El encargo se definió como un proyecto bienal (2016-2018) dividido en dos partes que se trabajarían simultáneamente, de forma que pudiese existir cierto intercambio de información y la máxima coordinación en la búsqueda de información en archivos. Cada una de las partes la realizaría un investigador distinto. La primera parte se centraría en el siglo XVI, los reinados de Carlos I (1516-1556) y Felipe II (1556-1598). La segunda parte se focalizaría en el siglo XVII, los reinados de Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700), así como el impacto del cambio de dinastía a principios del XVIII.

En el marco de las reuniones del Observatorio Permanente de Historia y Cultura Marítima del Mediterráneo, se solicitó a los profesores del Departamento de Historia Moderna de la Universitat de Barcelona que nos propusieran algunos historiadores capacitados para llevar a cabo este proyecto. Los nombres propuestos fueron un pleno acierto en todos los sentidos: para la primera parte, A. Jorge Aguilera López, y para la segunda parte, Alfredo Chamorro Esteban. Se trataba de investigadores solventes y conocedores de los fondos archivísticos a consultar. Por otro lado, ambos se conocían y estaban dispuestos a trabajar en equipo y a ser coautores, un tema que podría haber sido complejo pero que en realidad ha funcionado perfectamente. El resultado final es este libro que será, sin duda, una aportación fundamental al conocimiento de las Drassanes Reials. También esperamos que sea una pieza más en la relectura de la Cataluña y de la España moderna.

Por sus características de número de páginas, contenidos, abundancia de documentos transcritos, público potencial, etc., el libro tradicional planteaba algunos problemas y limitaciones. Se nos propuso la posibilidad de hacer una publicación digital. Es el primer libro digital que publica el Museu Marítim de Barcelona. Esto significa, por un lado, un reto enorme por la falta de experiencia y, por otro, un valor añadido, simbólico que refuerza la voluntad del museo de apostar al máximo por la investigación y su difusión.

Más allá de las preguntas de tipo técnico, la gran duda que se planteó este proyecto editorial desde el principio fue el de la lengua. Aunque el catalán es la lengua habitual y preferente en sus comunicaciones, el Museu Marítim de Barcelona utiliza indistintamente el catalán o el castellano, sin otro criterio que el de la lengua en que está escrito el original. En el caso de este proyecto de investigación, había argumentos a favor o en contra de cualquiera de las opciones. Lo cierto es que el libro se ha construido, sobre todo, con material original en castellano antiguo, a partir de centenares de transcripciones de documentos con un vocabulario concreto e incluso con un tono propio del momento. Así, forzar una traducción al catalán parecía inconveniente. Por tanto, se ha optado por un manuscrito en castellano. Afortunadamente, como publicación digital, tiene la puerta a una caja de herramientas lingüísticas que convertirá este libro en un texto accesible a miles de personas sin que el idioma sea un problema, teniendo en cuenta siempre la necesidad de ser muy prudentes con la traducción de terminología técnica antigua, como lo es la relacionada con la construcción naval, la navegación, la guerra marítima, etc. También se aconseja una extrema atención cuando se intenta traducir o buscar equivalentes para nombres de instituciones, cargos e incluso oficios.

Por último, pero no menos importante, debe recordarse que ni este proyecto de investigación ni este libro habrían sido posibles de no ser por el esfuerzo, la dedicación y la perseverancia de la editora del mismo, Inma González. Desde los primeros momentos de la gestación del proyecto hasta la edición final, pasando por el seguimiento (y acompañamiento) a los autores durante todo el proceso, ella ha llevado el timón del proyecto en un trabajo tan invisible como imprescindible.

Dr. Enric Garcia Domingo
Director del Museu Marítim de Barcelona
Barcelona, 23 de enero de 2022


[NOTAS] Prólogo

1 Enric GARCIA DOMINGO; Olga LÓPEZ MIGUEL; Sílvia DAHL TERMENS. Les Drassanes Reials de Barcelona. Museu Marítim de Barcelona, 2013.

2 Enric GARCIA DOMINGO; Olga LÓPEZ MIGUEL. «Les Drassanes Reials de Barcelona, redescobertes», L’Avenç, 381, (juliol-agost, 2012): 42-53; Enric GARCIA DOMINGO. «Les Drassanes Reials de Barcelona. Esclaus, galiots i presoners de guerra al servei de l’arsenal», Plecs d’Història Local, núm. 170 (juliol-agost, 2018); Enric GARCIA DOMINGO; Inmaculada GONZÁLEZ SÁNCHEZ. «Les Drassanes Reials de Barcelona, un edifici medieval i modern. Desenvolupament i resultats d’un projecte de recerca arqueològic i històric». Pedralbes: revista d’història moderna, [en línea], 2018, Núm. 38: 115-137.

 

Las galeras, la Monarquía hispánica y el Mediterráneo de la Edad Moderna

DOI: https://doi.org/10.51829/978-84-121242-3-1

En el Mediterráneo de la Edad Moderna se encontraron diferentes imperios, estados y gobiernos que emplearon sus respectivas estrategias, armadas, técnicas, tácticas y gentes en una forma y medida desconocidas hasta entonces. Las guerras marítimas de finales del siglo XV, discontinuas, a pequeña escala, reducidas a determinados espacios geográficos y limitadas en su número de barcos, tripulaciones y artillería, dieron paso a un sistema bélico a gran escala, en el que la guerra se convirtió en episodio permanente. Un mar relativamente tranquilo, donde los intereses estratégicos que se defendían estaban muy localizados, se había transformado en pocos años en unas aguas surcadas por varios cientos de barcos que enarbolaban pabellones rivales y transportaban a miles de hombres que defendían con sus armas y sus vidas los intereses políticos, económicos y religiosos del rey o señor al que servían. Nunca antes el Mediterráneo había sido escenario de una guerra a tal escala, ni volvería a serlo hasta bastante tiempo después.1

Las guerras en el Mediterráneo, y con ellas el tipo de escuadras que se emplean, cambian completamente cuando los otomanos sobrepasan los límites en los que se habían movido hasta finales del siglo XV. La conquista de Siria y Egipto en 1517, y la entrega de las ciudades de Argel y Cherchel por el corsario apátrida Jeireddín Barbarroja al sultán otomano son los dos episodios más importantes de este cambio.2 Desde el punto de vista osmanlí, la deseada ocupación de la isla de Rodas (1522), con la expulsión de la Orden de San Juan allí asentada —que se reubicará en 1530 en Malta—, representa que el Mediterráneo oriental sea un «lago turco», como ya había ocurrido con el Mar Negro en las décadas anteriores.3 Dos imperios que basaban su poder en la fortaleza de sus ejércitos terrestres —los tercios y los jenízaros—, que sin embargo tienen que fletar poderosas armadas para asegurar las vías de comunicación entre sus territorios y realizar una guerra de desgaste sobre las posesiones del adversario.4 Las naves dependientes de la Sublime Puerta, ya sean las oficiales que zarpan de Estambul casi todas las primaveras como las corsarias que parten desde Berbería, generan un mundo donde la guerra deja de ser un episodio estacional para convertirse en uno permanente a lo largo de todo el siglo XVI y del XVII.5

Por otro lado, en el Mediterráneo occidental, la política expansionista de los Reyes Católicos (1579-1504/1516) fue todo un éxito. Al asentamiento y ampliación de su poder regio en el seno de sus reinos, se le añadió el reino de Granada, después de diez años de guerra (1482-1492).6 Ello puso fin al último estado musulmán de Hispania. En 1492 la Corona se deshizo de una minoría, al mismo tiempo que incorporaba otra: se decretó la expulsión de sus reinos de los judíos que no renegaran de su fe;7 y simultáneamente, se pasó a incorporar a los cientos de miles de musulmanes de Granada, a quienes, al poco tiempo —y rompiendo lo inicialmente capitulado—,8 se les forzará a convertirse al cristianismo. Estos súbditos, los moriscos —nombre con el que se denomina a estos conversos—, a pesar de los diferentes intentos, no lograrán ser del todo asimilados y tendrán un papel protagonista en el conflicto mediterráneo de los siguientes siglos.9

A Granada le sucedió la recuperación de condados del Rosellón y la Cerdaña en 1493, a través del tratado de Barcelona. En el contexto de la guerra civil catalana (1462-1472), el rey Juan II los había cedido a su homólogo francés a cambio de ayuda militar y financiera (tratado de Bayona de 1462).10 Fernando el Católico los recuperó al pactar con Carlos VIII su no intervención en la invasión de Italia que el francés pensaba acometer, y que sería el origen de las llamadas guerras de Italia (1494-1559). Aduciendo que Francia había roto lo pactado en Barcelona al atacar al papa —el Borgia Alejandro VI—, los Reyes Católicos intervinieron en las guerras de Italia en el lado de la coalición antifrancesa de la Liga de Venecia en 1495. Esto también supuso la alianza con los Habsburgo, a través del matrimonio del primogénito del emperador Maximiliano, Felipe, con una de las hijas —e inesperada heredera— de los monarcas hispánicos: Juana.

La dinastía Valois, que había heredado los derechos dinásticos y reclamaciones de su rama cadete Anjou, reclamaba el reino de Nápoles como suyo, el cual desde 1442 Alfonso el Magnánimo había arrebatado a los Anjou en 1442. Tras su fallecimiento (1458), mientras que la Corona de Aragón pasó a su legítimo sucesor, Nápoles fue legado a un hijo natural suyo, fundador de una rama cadete de los Trastámara. Los Reyes Católicos lograrán expulsar a los franceses y ser reconocidos como reyes de Nápoles, que pasará a incorporarse a la Corona de Aragón. En el contexto de las guerras de Italia, en 1512, se invadió con éxito el reino de Navarra, que pasó a incorporarse a la Corona de Castilla. El pretexto empleado, además de las reclamaciones dinásticas de Fernando fue que los monarcas navarros habían violado lo acordado con anterioridad (tratado de Valencia de 1488), al aliarse los reyes de Navarra con Francia contra la Monarquía Católica.11 La conquista de Granada y la expansión en Italia fue acompañada de varias expediciones en el norte de África y la ocupación de enclaves como Melilla (1497), Orán (1509) o Trípoli (1510), entre otros, y la creación de los «presidios»: fortificaciones a lo largo del litoral de Berbería cuyo objetivo era servir como primera línea de contención contra posibles agresiones desde el Magreb o el Mediterráneo oriental.12

Fuera de la península y el Mediterráneo, se prosiguió y culminó con la conquista de las islas Canarias, proceso iniciado en 1402 y que culminó en 1496 con la conquista de Tenerife.13 A través del Atlántico también se dio inicio a una nueva etapa para la humanidad, al arribar en 1492 la expedición capitaneada por Cristóbal Colón a las tierras posteriormente bautizadas con el nombre de América. El intercambio colombino supuso un cambio de paradigma en muchas de las dinámicas existentes tanto en el «Viejo» como en el «Nuevo Mundo».14 La exploración, conquista, colonización y explotación de las nuevas tierras y sus recursos convertirán en una potencia global a una Monarquía que ya era considerada una potencia europea.15 Ese hecho se consumará al fallecer Fernando el Católico en 1516 y al llegar su nieto, el duque de Borgoña, Carlos de Habsburgo, a tomar posesión de su herencia materna.16 Con el fallecimiento de su abuelo Maximiliano en 1519, también heredó los territorios Habsburgo. En octubre de 1520, el mismo mes en que Carlos fue electo emperador del Sacro Imperio Romano,17 el príncipe Solimán sucedió a su padre como sultán otomano. Esta coincidencia llevó a algunos observadores a ver a los dos soberanos como dos «gemelos» cuyos destinos estaban inextricablemente unidos. Tal y como recoge Parker, Erasmo consideraba que ambos competían «en la pugna por el mayor de los premios: ver si era Carlos o el Turco el que se convertiría en monarca del orbe entero. Porque el mundo ya no puede soportar tener dos soles en el cielo».18

Es por tanto durante el reinado del emperador cuando las galeras pasarán a convertirse en el principal medio con el que «defender y ofender» en el Mediterráneo. Su adaptación a las progresivas innovaciones bélicas, sus capacidades técnicas y tácticas, así como la rapidez con que podían ser construidas, convirtieron a este buque rémico en el indiscutible protagonista del choque entre los dos imperios opuestos y sus respectivos colaboradores y vecinos.19 Es por ese motivo que las Atarazanas Reales de Barcelona pasarán a recuperar un papel protagonista, y con ellas, la propia ciudad de Barcelona y Cataluña, que irán recuperándose de la crisis del siglo XV.20 En Barcelona se ubicaba la única fábrica de galeras de toda España, siendo además la principal infraestructura de este tipo tanto entre los demás territorios del rey como en la cuenca occidental del Mediterráneo.

Para Cataluña esta será una tesitura llena tanto de oportunidades como de contratiempos.21 La construcción naval supondrá un gran estímulo económico y comercial, a lo que se le añadirá el prestigio y el dinamismo que comportarán ser el escenario de grandes eventos, como la expedición a Túnez en 1535, o ser la puerta de entrada y salida con Italia tanto de ilustres personajes como de los caudales venidos de América.22 Paralelamente, al mismo tiempo que su situación fronteriza —con Francia y el Mediterráneo—, la convierten en una importante pieza dentro del esquema político y militar de la Monarquía Habsburgo, Cataluña pasará a ser un territorio periférico.23 Poco a poco, el peso y el núcleo de la Monarquía se acabará concentrando en Castilla, restando la mayor parte del tiempo el gobierno de Cataluña en manos de un rey ausente, quien administrará el principado y sus condados a través de la figura del lugarteniente, el alter ego del rey, el virrey.

El virrey era un cargo que venía desempeñándose desde la Baja Edad Media en los territorios de la Corona de Aragón. Sin embargo, la principal diferencia con la Época Moderna, es que el nombramiento era temporal, pensado para los momentos donde inevitablemente el monarca estaba fuera y alguien ocupase su lugar. Es por ello que, al tener que representar al rey en su ausencia, era un cargo que únicamente podían asumir los miembros de la familia real, normalmente la reina o el heredero. En la época de Fernando el Católico, que pasaba grandes temporadas en Castilla, el cargo fue primero asumido por su primo el llamado Infante Fortuna y, después de él, por nobles del territorio emparentados con él en cierto grado pero sin tener un parentesco directo. Esto fue así hasta que el rey nombró a su hijo bastardo, el arzobispo de Zaragoza, Alfonso de Aragón. Con los Habsburgo, debido a su numerosa herencia, y a la itinerante corte del emperador, posteriormente asentada en Castilla, la ausencia casi permanente del rey es una realidad que los reinos deben asumir, es por eso que se instituye la figura del virrey como cargo político. Los Habsburgo se inspirarán en la tradición virreinal aragonesa para implantar la institución en sus dominios europeos.24

El pasar a ser en la práctica gobernados por un noble —muchas veces, extranjero—, no solo supondrá una «pérdida de estatus», sino que, sobre todo, será fuente inagotable de conflictos políticos. A esa procedencia foránea del virrey se le sumaba la temporalidad del cargo y, a su vez, la obligación y voluntad de cumplir con las órdenes llegadas desde la corte. Todo ello se traducirá en constantes malentendidos, choques y disputas entre las autoridades del Principado y el lugarteniente.25 Los primeros alzarán la voz cada vez que el segundo actúe contra las constituciones que tanto él como el monarca había jurado observar; el virrey hará lo propio cuando se encuentre limitado por la intrincada legalidad y las jurisdicciones imperantes.26 Esta situación irá agravándose con el pasar de los años, con altibajos en la relación entre el territorio y la corte, que en parte dependían de la capacidad y las habilidades para el cargo de cada virrey. No fue algo exclusivo de Cataluña, puesto que escenarios similares se dieron en los demás territorios patrimoniales de los Habsburgo; y tampoco algo exclusivo de su dinastía, sino una casi inevitable consecuencia de lo que la historiografía ha denominado «monarquías compuestas».27

La tradición y gran reputación marítima de Cataluña son un hecho fundamental para entender por qué dicha provincia capitalizó de tal manera la política naval mediterránea de los Habsburgo. A pesar de ello, no todos compartían esta preferencia. Algunos marinos y ministros, como García de Toledo o el secretario Monreale, urgieron, a comienzos del reinado de Felipe II, a reformar por completo la política y estructura naval heredada de su padre y que tan desafortunada se había mostrado durante los últimos años, «que no hay ingenio tan obtuso ni hombre de tan poca experiencia que pueda sentir lo contrario».28 Monreale instaba al soberano a trazar un plan de acción en el que sus provincias mediterráneas y sus aliados italianos trabajasen conjuntamente aportando cada uno de ellos sus recursos más abundantes (madera, cobre, hierro, artesanos, marinos, trigo…) para ponerlos en común y transferirlos a las zonas donde fuesen necesarias, con el objetivo de construir y mantener una potente armada mediterránea, capaz de proteger las costas del corso y frenar la constante amenaza turca, cuya entrada era Italia. Es por esta razón que tanto el secretario como García de Toledo coincidían en capitalizar todo ese esfuerzo no en Cataluña sino en Sicilia, pues «es verdadera frontera marítima de todo Levante».29

Otros factores que hacían que algunos prefiriesen potenciar la fabricación de galeras en Nápoles, Sicilia o en el sur de España antes que en Cataluña, es que esta limitaba al norte con Francia. Los Valois fueron el principal rival de la Monarquía y colaboraban abiertamente con los corsarios norteafricanos y los otomanos, lo cual hacía vulnerable al territorio catalán.30 Esa frontera norte no solo era militar, sino también religiosa, pues la herejía se había asentado en Francia ocasionando las guerras de religión (1562-1598). Entre otras consecuencias, tuvieron la ascensión al trono francés del hugonote rey de Navarra, Enrique de Borbón, siendo por tanto la región pirenaica una de las zonas fuertes de los hugonotes.31 A todo esto hay que añadir que el principal flujo de inmigración que recibía el principado catalán provenía del sur de Francia, por lo que incluso la sombra de la herejía sobrevoló a Cataluña durante esos años, especialmente por la estrecha relación y colaboración entre los bandoleros y los hugonotes.32 Podemos encontrar evidencias de ello en cómo las autoridades, tanto del principado como de la ciudad condal, durante la visita del monarca en 1564 quisieron proyectar tanto al rey como al resto del mundo que Cataluña no era refugio de herejes, sino todo lo contrario, uno de los bastiones de la cristiandad.33

El bandolerismo será otro de los factores que afectarán a la dinámica interna: «La tierra está de manera que se anda con gran trabajo y peligro por los caminos».34 Se debe entender que, en origen, el bandolero era alguien que tomaba parte en un bando, habitualmente tratándose de una facción armada dirigida por un noble que luchaba contra otra facción. Normalmente a causa de una ofensa o conflicto, real o figurado, que gira en torno a un pleito sobre unas tierras o derechos, un desacuerdo matrimonial o familiar, una supuesta falta contra la honra, etc. Es, por tanto, en origen, un asunto nobiliario, cuyo contexto histórico se sitúa en un momento de crisis y de desestructuración del mundo feudal. El origen del bandolerismo de la Edad Moderna es ese, pero, a medida que, en esa misma época, se populariza y ya no hay solo nobles en el asunto, su actividad se diversifica y se dedican a asaltar caminos, a robar, a secuestrar, a extorsionar…, es cuando el término bandolero deriva a ser sinónimo de ladrón, malhechor, delincuente, en definitiva, de «mal hombre». Este conflicto social se tornará también político, pues no solo era amparado, protegido o practicado por la élite del principado, sino que los intentos virreinales de acabar con ellos a toda costa causaron numerosos pleitos con las autoridades catalanas.35

El bandolerismo no fue el único motivo de conflicto. La construcción naval también trajo consigo enfrentamientos y descontento. A la deforestación masiva se le añadía la tremendamente impopular obligación de transportar madera; la ida, venida, presencia y alojamiento de soldados, marinos y chusma comportó altercados; la extracción de moneda y de recursos; la jurisdicción especial de las atarazanas (sometidas al Consejo de Guerra); la financiación de la reforma de las atarazanas; los desencuentros debido a jerarquías o saludos entre las autoridades y los capitanes de galeras. Tanto en el Dietari de la Generalitat de Catalunya como en la numerosa documentación preservada en los archivos, quedan reflejados los múltiples encontronazos entre lo que se ha definido como una lucha entre la tradición y la razón de Estado, entre la legalidad y el pragmatismo, entre los fueros y el poder real. Todo ello vinculado al desarrollo y a la construcción del «Estado moderno», «Estado fiscal» y/o «Estado fiscal-militar».36

El celo con el que las autoridades catalanas guardaban las Constitucions será, por tanto, otro de los motivos por el cual había voces que favorecían que se trasladara el esfuerzo a los reinos del sur de Italia: muchos más ricos, prósperos y poblados que Cataluña, también poseedores de una importante tradición marítima y donde el poder real estaba mucho más asentado. Los virreyes, y por tanto, el rey, se encontraba con menos cortapisas para llevar a cabo sus políticas, pues, entre otras cosas, el rey celebraba Cortes y recibía los donativos del reino sin la necesidad de desplazarse al lugar y, por tanto, sin tener que atender y negociar las demandas y requerimientos del reino, ni tener que jurar sus constituciones en persona.37 Es por ello que hubo varios proyectos que potenciaron o pretendían potenciar la industria naval en Mesina, Nápoles, pero también en Málaga o incluso en Tortosa. Sin embargo, la Monarquía acabó apostando por el arsenal de Barcelona, el cual vivirá su apogeo durante la Edad Moderna y no durante la Baja Edad Media. Si bien el origen del edificio lo encontramos a finales del siglo XIII, será durante el siglo XVI cuando este sufra una enorme reforma que se acabará extendiendo al XVII. Como trataremos más adelante, esa reforma, que se hizo siguiendo el estilo gótico original, no solo fue una ampliación, sino que el edificio fue desplazado ligeramente, alejándolo de la línea de mar y alterando sus naves para adaptarlas a las necesidades de la construcción naval moderna. El edificio será alterado también durante el siglo XVIII y con posterioridad, pero respondiendo más a los otros usos que irá adquiriendo y no tanto por su labor como astillero.38

El porqué de todo ello lo encontramos a partir del reinado de Carlos V, cuando el conflicto en el Mediterráneo acaba de conformarse. Será durante el reinado de su hijo cuando el conflicto alcance su punto álgido y también cuando se decida acometer la reforma referida, continuada, a su vez, por los sucesores de Felipe II. La armada en el Mediterráneo llegó a alcanzar la cifra de ciento cuarenta y seis galeras operativas en 1574. Sin embargo, pronto se vio que ese número era insostenible. Al elevado coste de mantenimiento y abastecimiento de la numerosa armada, se le añadía la imposibilidad de dotarla con los tantísimos cañones, marineros y remeros necesarios para hacerla operativa a esa gran escala. Producto del incesante estado de guerra y de las continuas mejoras en dicho arte, las galeras fueron adaptándose constantemente, modificando su diseño y tamaño e incorporando cada vez más artillería. Esto hizo indispensable acrecentar el número de brazos necesarios para impulsarlas. La Corona intentó remediarlo endureciendo las sentencias criminales para llenar las galeras con cualquier tipo de infractor y delincuente, además de minorías, parias sociales, esclavos y cautivos enemigos, pero aun así, nunca fueron suficientes.39

A pesar de derrotar a la poderosa armada otomana en Lepanto en 1571,40 los cristianos no supieron ni pudieron maximizar sus resultados. Los venecianos pronto se avinieron a pactar con los turcos por separado, mientras que el Imperio otomano pudo reconstruir y aumentar su armada al poco tiempo.41 Esta carrera armamentística parecía no tener fin, y su coste de no dejaba de incrementarse al mismo tiempo que nuevos frentes bélicos iban apareciendo. Asimismo, los resultados obtenidos —por ambos bandos—, resultaban insatisfactorios, pues ninguno parecía poder ser capaz de imponerse al otro. La única manera de conseguirlo sería concentrar todos los recursos y atención a ese cometido, pero ninguno de los dos contendientes podía hacerlo, pues mientras que en el Mediterráneo esta guerra alcanzó su clímax, ambos contendientes tuvieron que empezar a destinar cada vez más recursos en zonas geográficamente opuestas para enfrentarse no al infiel, sino a sus respectivos herejes. La Monarquía Católica hubo de lidiar con los rebeldes protestantes en los Países Bajos, las guerras de religión de Francia y con la Inglaterra isabelina; por su parte, el Imperio otomano puso su atención en Asia, al enfrentarse al chiíta Imperio safávida.42

Como consecuencia, el conflicto en el Mediterráneo disminuyó exponencialmente, pactándose unas treguas secretas entre españoles y turcos a partir de 1580.43 Las galeras y los astilleros mediterráneos empezaron a perder protagonismo frente a los buques de alto bordo y las riberas oceánicas. Las galeras seguían resultando imprescindibles, especialmente para hacer frente al incesante corso norteafricano que desolaba las costas hispano-italianas. Durante el reinado de Felipe III (1598-1621), hubo intentos para revitalizar las escuadras de galeras, y se llevaron a cabo diferentes operaciones en el Magreb.44 A pesar de ello y del esfuerzo realizado, en líneas generales, el siglo XVII será testigo de un acelerado deterioro de la potencia naval hispana en el Mediterráneo, agudizándose con severidad durante el reinado de Felipe IV, en el contexto de la denominada «crisis del siglo XVII».45 Para las atarazanas de Barcelona, la Guerra de los Segadores (1640-1652) —conflicto dentro de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), a su vez dentro de la guerra contra Francia (1635-1659)—, supondrá un duro golpe para la continuidad del astillero.46 La ya resentida construcción naval irá quedando cada vez más en un segundo plano, pues las atarazanas irán cediendo espacio a otras actividades y funciones. Es por ello que no resulta llamativo que se haya catalogado como nefasto y dramático el estado en que se encuentra la marina durante el reinado de Carlos II (1665-1700). Ante la mejor calidad y números superiores de los buques enemigos, a duras penas se podrá asegurar la defensa de las costas y la comunicación entre los diferentes territorios, habiendo de depender de los otrora enemigos neerlandeses e ingleses para intentar resistir el envite de Luis XIV.47

Sin embargo, las últimas décadas de la Monarquía Católica en el siglo XVII han venido siendo revisadas por varios historiadores durante los últimos años. Estas nuevas interpretaciones coinciden en que la asumida decadencia y casi inoperancia debe ser matizada y contextualizada, prefiriendo hablar por ello de conceptos como «resiliencia».48 Si bien es indudable que ese período poco tuvo que ver con la hegemonía del siglo XVI, insisten en que la Monarquía del frágil Carlos II, con los medios y males heredados logró defender y preservar la gran mayoría de su patrimonio y legarlo a su heredero designado: Felipe de Borbón-Anjou.49 El cambio dinástico acontecido con la muerte de Carlos II y la guerra civil e internacional conocida como Guerra de Sucesión española (1701-1715), supuso la absoluta ruina de la armada, además de la pérdida de los territorios europeos de la Monarquía hispánica.50

Este evidente debilitamiento resultará a su vez una oportunidad para consolidar y reorganizar los recursos y capacidades navales reales de España.51 En el siglo XVIII los Borbones llevarán a cabo una serie de profundas reformas acordes a las necesidades y la mentalidad del llamado siglo de las luces.52 Una esas reformas será la que pondrá fin a las funciones de astillero de las Atarazanas Reales de Barcelona en 1745, las cuales serán trasladadas al Arsenal Militar de Cartagena.53 Si bien las atarazanas barcelonesas siguieron existiendo en la forma de cuartel y fundición de artillería, sí que supuso el final de la actividad que dio origen al edificio siglos atrás: la construcción naval.54 Actividad vinculada casi exclusivamente a las galeras, las cuales —salvo por una más tardía reaparición en 1785—55 fueron suprimidas de la armada en 1748, tan solo cinco años después de que se echaran al agua las dos últimas galeras fabricadas en Barcelona.56 Las galeras y las Atarazanas Reales de Barcelona gozaron de una suerte similar durante la Edad Moderna, teniendo una historia paralela a lo largo de estos cerca dos siglos y medio: recuperación, adaptación, auge, declive, decadencia y desaparición. Para entender este largo proceso histórico, vamos a dedicar este primer capítulo del presente trabajo a situar sumariamente al lector tanto en el contexto histórico como en el historiográfico.

 

Guerra santa y corsarismo en el Mediterráneo del Renacimiento: las escuadras de galeras de Carlos V (1516-1556)

Las galeras y sus bases logísticas fueron, desde el punto de vista militar, el elemento clave en las confrontaciones bélicas del teatro de operaciones mediterráneo durante los primeros siglos modernos y, por tanto, también fue en ellas donde se concretó el mayor esfuerzo inversor, tecnológico y armamentístico del período por parte de la Monarquía hispánica. No cabe duda de que la construcción naval era parte destacada de la más sofisticada vanguardia tecnológica disponible en el dinámico mundo renacentista. En aquella circunstancia histórica, el tipo de barco bélico de remos mediterráneo, que a finales del siglo XV había llegado a ser considerado por algunos como obsoleto,57 estaba destinado a renacer y experimentar un desarrollo espectacular a lo largo de los siglos XVIXVII.58

Durante el siglo XV las armadas se conformaron con el recurso mixto de embarcaciones, tanto de guerra a cargo de la Corona como de mercantes de particulares, estas últimas embargadas y adaptadas mediante obras de fortificación que las hicieran más operativas para actuar junto a las escuadras de galeras, que seguían siendo los buques de guerra básicos en aquellos tiempos. No obstante, la expansión económica que se había de iniciar tan dinámicamente en las postrimerías de este siglo fue posible gracias al desarrollo en las costas atlánticas ibéricas de barcos mancos de alto bordo, como las naos y las carabelas, veleros fuertes, rápidos y muy autónomos. Estos buques, junto con algunas de las grandes carracas mediterráneas, entraron en competencia con las galeras; su mayor capacidad de carga no solo les disputó los tráficos mercantiles marítimos, sino que también fueron cada vez más empleados en acciones bélicas, debido, entre otras cosas, a su mayor capacidad para cargar y emplear artillería.59

En la España de los Reyes Católicos, a la conclusión de la guerra de Granada, solo quedaba una escuadra de cuatro galeras para la defensa de aquella costa y para evitar el contacto de la población musulmana que permanecía en la península con la de Berbería, además de otra escuadra de seis unidades mantenida por el Reino de Sicilia, estando ambas escuadras gestionadas por particulares. Los magníficos edificios de las atarazanas reales de galeras de las riberas atlánticas, es decir, los de Santander y los de Sevilla, o bien fueron abandonados o sus funciones quedaron reducidas a la mínima expresión; las atarazanas de Santander se dejaron arruinar, y las de Sevilla acabaron siendo convertidas en base logística y arsenal de apresto de las flotas de Indias;60 las pocas galeras guardacostas de Granada se apoyaron en los puertos de Cádiz, Gibraltar, Málaga y Cartagena. Venecia fue la única potencia cristiana que mantuvo operativo a todos los efectos su contingente de galeras en el Mediterráneo, tanto para la guerra como para el comercio y el lucrativo transporte de peregrinos a Tierra Santa. La profunda crisis de la marina catalana condenó a la casi paralización a las fábricas en las atarazanas de Barcelona durante la segunda mitad del siglo.61 Por su parte, las atarazanas del Grao de Valencia fueron destinándose a otras funciones, como almacén de mercadurías y armas, e incluso se habilitó como lugar de representación del poder municipal.62

En tiempos de los Reyes Católicos, la proporción de galeras fue mínima en comparación con los barcos de alto bordo en las grandes armadas para las expediciones a Italia o al norte de África.63 Estos hechos no implican que, en situaciones especialmente críticas, no se siguieran prefiriendo las galeras. Tal ocurrió con motivo del viaje a Italia del rey Fernando, en 1505, empresa que se realizó en una formación de dieciséis naves cantábricas, tres carracas genovesas y dieciséis galeras, nueve de las cuales se construyeron exprofeso para la ocasión en las atarazanas de Barcelona, arsenal que experimentó por momentos la recuperación de la actividad febril de etapas anteriores.64 Algo parecido tuvo lugar en 1521 para la armada aprestada también en Barcelona y destinada al traslado a Italia del obispo de Tortosa, Adriano de Utrecht, quien sería elegido papa, compuesta en esta ocasión por dieciséis galeras y treinta naos.65

Una vez reprimida la revuelta de los moriscos iniciada en el Albaicín en 1500, su expulsión, decretada dos años más tarde, tuvo el efecto rebote de incrementar las acciones corsarias desde las bases del norte de África.66 Ello motivó la continuación de la política de establecimiento de presidios y puertos fortificados a lo largo de las costas del Magreb. Normalizada la ocupación de Melilla, Cazaza y Mazalquivir, se procedió a la conquista de Orán, prolongada con la toma de Bujía y Trípoli y el sometimiento a vasallaje de Argel y Túnez.67 Todas estas actuaciones estaban dirigidas a proteger las costas y garantizar las comunicaciones entre España e Italia. La zona marítima del Mediterráneo occidental así definida fue denominada por Piri Reis, el más destacado de los geógrafos y cartógrafos otomano de la época, como el «mar Español» (Ispanyol Bahriye).68 Mientras que nosotros podríamos definir el espacio del Mediterráneo oriental como el «mar Turco».

El Mediterráneo

El Mediterráneo. Detalle de una copia de finales del siglo XVI del mapa de Europa del Kitab-i-Bahriye de Piri Reis conservado en la Biblioteca de la Universidad de Estambul. El original de 1526 se conserva en el Museo Topkapi Sarayi de Estambul. (Wikimedia Commons).

A pesar de que se definiera así o que podamos definir así estos espacios, la frontera mediterránea, una frontera enfrentada, el lugar donde colisionaron brutalmente dos bloques opuestos, fue al mismo tiempo un lugar de encuentro altamente dinámico.69 En palabras de Braudel: «Este ir y venir de hombres y bienes, tangibles o inmateriales, va trazando diferente frontera sucesiva alrededor del Mediterráneo: aureolas. Habría que hablar no de una, sino de cien fronteras a la vez: unas políticas, otras económicas o culturales».70 Este polarizado mediterráneo también fue escenario de un constante flujo de intercambios de todo tipo entre las múltiples culturas, creencias e identidades que lo habitaban.71 Y es que, tomando la palabra a Bunes Ibarra:

Si aceptamos que ambos lados representaban dos espacios confesionales perfectamente definidos, no podríamos entender lo sucedido a lo largo de la Edad Moderna. Los dos contendientes del Mediterráneo, españoles y otomanos, realizan tratos continuos con príncipes de diferente religión para mantener el statu quo. La descripción de la frontera como una de las consecuencias del enfrentamiento entre dos religiones monoteístas es la definición más tradicional, pero nuevamente debe ser matizada cuando vemos que el concepto de amigo o aliado es más importante que el de musulmán o cristiano. Por una parte existe una frontera política, que va desde las proximidades de la ciudad de Orán hasta la Cefalonia, y que es la marca que separa a la Monarquía Hispánica del Imperio otomano. Divide las posesiones del sultán de Estambul de las de los príncipes cristianos del Occidente, pero en ella se pueden hacer también diferenciaciones bastante apreciables. Esta línea, que cambia radicalmente de orientación de la época medieval a la moderna, es el lugar donde se produce la mayor parte de los enfrentamientos entre los dos contendientes, desde la batalla de la Préveza hasta la de Lepanto, todas ellas en el siglo XVI. En el siglo XVII, cuando esta línea está perfectamente definida y nadie quiere extenderla ni ampliarla, se utilizará el corso para infringir daños al adversario, aunque esta definición esconde enormes carencias y verdades a medias.72

Es en este contexto, y simultáneamente a la gran expansión europea navegando en naos y carabelas por los diferentes mares del globo, que se produce el resurgimiento de las escuadras de galeras como formidable instrumento militar en el Mediterráneo. La consolidación de la voluntad expansiva de los dos grandes poderes situados en los extremos de su cuenca, así como el inevitable choque que había de producirse entre ambos, se dirimió en gran medida mediante el uso de aquellos peculiares y sofisticados barcos llamados galeras. Estos buques no solo lograron recuperar el protagonismo de antaño, sino que se convirtieron en el elemento primordial de choque con que midieron sus fuerzas cristianos y musulmanes durante largas décadas. La necesaria adaptación a que las galeras fueron sometidas para responder a los requerimientos de la guerra moderna, cuando las armas de fuego se manifestaron cada vez más eficaces, consiguió aprovechar las indudables cualidades tácticas de las galeras, haciéndolas más eficaces en el mar interior que los prestigiados barcos atlánticos y, por tanto, convirtiéndolas en el elemento imprescindible para las actuaciones bélicas en el teatro de operaciones mediterráneo.73

Durante los primeros años del siglo XVI, ambas potencias fueron avanzando y consolidando sus fronteras mediterráneas: el poder hispano se hacía con Nápoles y con diferentes enclaves en la costa de Berbería hasta Trípoli; mientras que el poder otomano lograba conquistar el Califato mameluco incorporando Siria y Egipto entre 1517 y 1524;74 el núcleo berberisco de Argel se hizo feudatario del sultán en 1519, y tres años más tarde, los turcos arrebataban a los caballeros de la Orden de San Juan la estratégica isla de Rodas.75 A partir de los años veinte, la confrontación entre las dos grandes potencias fue directa. Las zonas cuyo intento de control dio lugar a las acciones navales más significativas fueron los accesos al Adriático y el paso entre Túnez y Sicilia; el primero indispensable para Venecia y, el segundo, garantía de la seguridad para Italia y España.

Las galeras al servicio del emperador Carlos se construyeron principalmente en Barcelona, Nápoles y la isla de Sicilia, incorporando a su servicio también la importante ribera de Liguria al cimentar una sólida alianza con Génova a través del almirante genovés Andrea Doria en 1528. Previamente, Doria y su armada de galeras habían estado al servicio del rey francés y, por tanto, guerreando al emperador. La desafección del genovés hacia el francés, fue aprovechada por el emperador para incorporar a Doria y toda su red familiar y clientelar a su servicio. Esta relación demostró ser un gran éxito tanto en el corto como al largo plazo, pues se prolongó tanto como los Habsburgo en España. Es por ello que Constantini habla de un «sistema imperial hispano-genovés».76 A partir de ese instante, la armada de galeras empieza a aumentar exponencialmente, botándose en el astillero catalán decenas de galeras durante los siguientes años.77

Durante los años treinta, las armadas turcas alcanzaron a descargar sus terribles y devastadores ataques contra las costas de Nápoles y Sicilia, provocando la reacción de intensificar las fortificaciones costeras, además de torres y atalayas artilladas.78 Desde entonces, los golpes y contragolpes entre las dos potencias se sucedieron ininterrumpidamente en un mar que ninguno de los contendientes lograba dominar con plenitud, pero en una contienda en la que iba obteniendo mejores resultados el Imperio otomano.79 En 1535, al año siguiente a la devastación de los litorales del sur de Italia y de la toma de Túnez por parte de Barbarroja, Carlos V reconquistó esta estratégica ciudad portuaria, a la cabeza de una armada compuesta por setenta y cuatro galeras, treinta galeotas y trescientas naves de vela mayores y menores.80 Tres años después, la armada aprestada por la liga cristiana fracasaba estrepitosamente en su objetivo de destruir la fuerza naval turca, y caía derrotada en Préveza, tras lo que las piraterías berberiscas sobre las costas e islas de España e Italia volvieron a multiplicarse y proliferar por doquier.81 Una nueva tregua con Francia facilitó la formación de la armada para la jornada de Argel de 1541. Queriendo repetir el gran éxito —sobre todo propagandístico— de Túnez, el emperador volvió a encabezar una enorme armada compuesta por sesenta y cincos galeras y otros cientos barcos de apoyo, pero esta vez, el mal tiempo, debido a lo tardío de la estación, destruyó gran parte de armada haciendo fracasar la operación.82

A estas grandes operaciones le seguía la paralela y mucho más devastadora guerra corsaria de desgaste, que por el bando musulmán estará asentada principalmente en Argel y Trípoli; mientras que, por el cristiano, quien capitaneará estás acciones serán los caballeros de la Orden de San Juan desde Malta. La isla de Malta jugará un papel importantísimo en esta lucha naval que la cristiandad y el islam mantendrán durante esta etapa. Su posición estratégica en el canal de Sicilia y en el centro del Mediterráneo sirve para delimitar de manera simbólica las áreas de influencia de las dos potencias enfrentadas: a poniente de la isla, el mencionado Ispanyol Bahriye, a levante de Malta, los dominios del sultán y califa Solimán que gobierna desde Constantinopla. A esta importancia se debe que Carlos V decidiera —como señor de la isla, al ser rey de Sicilia y contando con el beneplácito del Papa Clemente VII—, ceder a los caballeros de la Orden de Hospitalaria de San Juan las islas de Malta, Gozzo y Comino y el presidio norteafricano de Trípoli.83 En 1530, Carlos V les cede sus enclaves como «feudo libre y franco» a cambio de un vasallaje simbólico y con la condición de proseguir con su lucha contra el islam y, al mismo tiempo, mantenerse alejado de los enfrentamientos entre cristianos.84 Se estableció la capital en Birgu, estableciendo el gran maestre de la Orden su residencia en el fuerte de San Ángel; en 1533 se inició también la construcción del fuerte de San Telmo.85

Vista de Constantinopla de Georg Braun y Frans Hogenberg, 1572

Vista de Constantinopla de Georg Braun y Frans Hogenberg, 1572. Civitates Orbis Terrarum (Wikimedia Commons).

Los otomanos y los piratas de Berbería intentaron a lo largo de los años poner un pie en Malta. El primer ataque serio fue en 1546, cuando Turgut Reis —Dragut— saqueó Tarxien. Sin embargo, en el año 1551 le fue asestado un duro golpe a la Orden. En julio arribó a la isla de Malta la armada turca y desembarcó diez mil hombres que, aunque inicialmente intentaron asediar Birgu, desistieron en su intento de conquistarla al ver que se encontraba bien defendida, por lo que decidieron intentar tomar Mdina, saqueando y arrasando los pueblos a su paso. Sin éxito, decidieron ir a la vecina y peor defendida isla de Gozzo, la cual bombardearon hasta conseguir entrar tomando seis mil cautivos. La flota puso entonces rumbo a Trípoli, lugar que sometieron a un intenso bombardeo logrando que tan solo seis días después se rindiera, capturando también a sus defensores supervivientes. En el lugar se instaló una guarnición turca, siendo entregada por el sultán a Dragut en 1553 y convirtiéndose hasta 1565 —año en que murió— en su base.86 Para subsanar esa pérdida, el emperador les ofreció, en 1553, entregarles la recién tomada Mehedia (1550), pero los Caballeros rechazaron el ofrecimiento por ser su mantenimiento demasiado elevado, y es que la guerra contra el infiel requería de grandes esfuerzos.87

Durante la última década del reinado de Carlos V, el contingente de galeras con que contaba la Monarquía había aumentado considerablemente respecto al disponible treinta o cuarenta años antes, cuando llegara el joven rey a la Península. Las galeras permanentemente en activo sumaban unas sesenta, distribuidas en las cuatro escuadras de España, Nápoles, Sicilia y Génova. Algo menos de la mitad de aquellos barcos eran del rey, el resto de particulares, una parte de los cuales eran potentados italianos.88 Todas ellas se mantenían mediante los llamados «asientos», contratos que, a cambio de una cantidad fija asignada a los contratistas por cada unidad, les comprometía a mantenerlas armadas y operativas, fórmula que permitía a la Corona desentenderse de su administración directa, aunque aumentaba en gran medida su coste.89

A pesar de los esfuerzos de la Monarquía por aumentar y mantener una cada vez mayor armada mediterránea, esta resultaba insuficiente. Los múltiples frentes abiertos significaron que no hubiera para ninguno de ellos los recursos realmente requeridos. La alianza de sus rivales Valois con la Sublime Puerta, así como la consiguiente disponibilidad de las bases del Midi, dieron ocasión a la armada turca para adentrarse con seguridad en el Mediterráneo occidental (1534-1537, 1543-1544 y 1552-1554). Durante la última etapa del reinado de Carlos V se sucedieron los fracasos, evidenciando que el conflicto por el Mare Nostrum se decantaba a favor del lado otomano.90 A la llamada de Francia, irrumpió en aguas cristianas en 1558 una gran armada turca, compuesta por cincuenta y cinco galeras y otras ochenta fustas, que hizo mucho daño en las costas de Menorca, aunque, por incomparecencia de las fuerzas francesas, hubo de retirarse a Estambul una vez finalizada la temporada bonancible.91

El compromiso del emperador con un patrimonio de reinos tan múltiple y disperso, y que finalmente acabó dividiendo entre su hermano menor y su hijo cuando decidió abdicar (1556), hizo que hubiera de esperarse hasta el reinado de Felipe II para que la Monarquía emprendiera una verdadera y compleja política naval, sostenida con mucha más coherencia que la de esta etapa previa.92

 

La política naval mediterránea de Felipe II: recuperación, auge y abandono (1556-1598)

La subida al trono de Felipe II en 1556 inauguró una nueva fase del desarrollo interno de la Monarquía y trajo consigo una serie de importantes cambios administrativos, transformando sus dominios, especialmente Castilla, el núcleo de ellos, de una regencia descuidada e insuficientemente gobernada, con instituciones mal formadas que carecían de cohesión y dirección, en una burocracia más rigurosa y minuciosamente supervisada por el rey en persona.93 Prácticamente en todo cuanto hizo durante los primeros años de su reinado, Felipe II parecía mostrar una misma tendencia hacia la uniformidad: la reafirmación de los derechos reales de minas, la incorporación en el dominio real de las salinas y los derechos portuarios del condestable de Castilla, la subordinación de las finanzas de las Indias al control de la hacienda castellana, la confianza en consejeros castellanos, la creación de un consejo específicamente para los asuntos de Italia e independiente del Consejo de Aragón,94 y, lo más importante de todo: el establecimiento de una capital permanente en Madrid, en el mismo corazón de Castilla.

Bajo Carlos V la institución militar permanente, especialmente las escuadras de galeras, habían sido dirigidas en gran medida por medio de métodos administrativos indirectos. Durante todo el reinado, las galeras fueron tenidas en asiento; mientras que las fortalezas del norte de África eran virtualmente posesiones hereditarias de las grandes familias nobles que las ocupaban en parte como feudo, en parte como cargo real y en parte como empresa comercial. La subida al trono de Felipe II se tradujo inmediatamente en la reafirmación del control administrativo directo. El rey volvió a hacerse cargo de funciones que antes, por defecto, habían sido arrendadas o dejadas en manos de particulares. En el caso de los presidios norteafricanos, por ejemplo, en 1556, el duque de Medina Sidonia entregó Melilla a la administración real; Orán, aunque se mantuvo gobernada por los marqueses de Comares —del linaje de los Córdoba—, ya no lo era en virtud de un asiento, sino de un nombramiento real. Y lo mismo sucedió con las galeras. Las de España, Nápoles y Sicilia volvieron a colocarse bajo administración regia directa, movimiento que se extiende también hacia los abastecimientos. El rey era consciente de las ventajas de la uniformidad administrativa —especialmente para todo aquello vinculado a la defensa—, y por ello quería que todas las galeras fuesen administradas de la misma forma «y no con diferentes, por las dificultades que en esto se ofrecen». Para 1580 la totalidad de la institución militar ya la había recuperado la Corona: las escuadras de galeras, el aprovisionamiento, los presidios, las fábricas de armas, los salitreros o la fabricación de pólvora.95

Para el período que tratamos, lo que preocupaba al Consejo de Guerra eran los asuntos relacionados con los turcos y la defensa de las costas y del Mediterráneo y de sus comunicaciones y rutas. Mientras en Europa se conseguía el triunfo frente a Francia, en el Mediterráneo se sucedían los desastres, por lo que la paz de 1559 resultaba una necesidad si se deseaba recuperar el equilibrio.96 Y es que el problema del Mediterráneo era doble: impedir que la flota turca cruzase el estrecho existente entre Sicilia y el cabo de Bona (de ahí la importancia del triángulo Malta-Trípoli-Túnez), y proteger las costas de la Monarquía y las rutas comerciales hacia Italia contra los ataques de las galeras corsarias que operaban desde estratégicos enclaves de Berbería.97 Ninguno de los dos objetivos se había cumplido aún cuando Felipe II subió al trono. Una de las consecuencias de llevar la guerra a Francia, Alemania y los Países Bajos durante las últimas décadas del reinado del emperador, había sido la de dejar expuesto al islam el Mediterráneo.

Después del fracaso de la Santa Liga cristiana en 1538 en Préveza y en 1541 en Argel, en el Mediterráneo occidental se sucedieron las derrotas para la cristiandad: el saqueo franco-otomano de Niza en 1543; los ataques de Barbarroja en el sur de Italia en 1544; el saqueo de las costas de Valencia por parte de Dragut en 1550; la pérdida de Trípoli y el saqueo de otros enclaves custodiados por los Caballeros de San Juan en 1551; la derrota en Ponza en 1552, donde se capturaron varias galeras a Doria; la instalación de una guarnición otomana en él, entonces, protectorado español del Tlemecén, y la invasión francesa de Córcega, con ayuda turca, en 1553; la captura, por parte de los argelinos del presidio de Bugía, en 1555; el sitio otomano a Orán en 1556 y, finalmente, el saqueo de Menorca por una poderosa fuerza turca, a la vez que una expedición hispana fracasaba en Mostagán en 1558. Al mismo tiempo que todo esto acontecía, las armadillas corsarias y piratas de Berbería proseguían casi sin impunidad sus correrías por todas las costas de la Monarquía.98

Como decíamos pues, la paz con Francia en 1559 —así como dejar de ser rey consorte de Inglaterra y que los asuntos alemanes quedasen en manos de su tío—, permitió a Felipe II prestar atención al Mediterráneo. Un hecho que se consuma simbólicamente con su regreso a España ese mismo año, después de cinco años fuera de ella. Sin embargo, su retorno no supuso invertir la situación existente. Felipe II aprobó los planes de una expedición destinada a recuperar Trípoli, que un año más tarde, en mayo de 1560, se traduciría en el desastre de la isla de Gelves o Djerba, perdiéndose veintiocho galeras y miles de vidas. En 1561, el corsario tripolitano Dragut tendió una emboscada a otras siete galeras y las echó a pique, y en 1562, la escuadra al mando de Juan de Mendoza se vio atrapada por una tempestad en La Herradura (en el reino de Granada), yéndose a pique veinticinco galeras y ahogándose alrededor de cinco mil tripulantes.99 En esos tres años se habían reducido enormemente las defensas navales hispanas, y es que Djerba y La Herradura redujeron a prácticamente a la mitad el número de galeras de que disponía el rey, y anularon tanto el potencial ofensivo como defensivo de la Monarquía frente al islam.100 El efecto de lo ocurrido consistió en comprometer los recursos de la Monarquía en un costoso programa de reconstrucción naval, a la vez que se emprendía una nueva y cautelosa política cuyo objetivo era conservar la flota en lugar de exponerla a nuevos desastres,101 y es aquí donde empieza la denominada por Braudel «recuperación hispánica», en la que Barcelona y, más concretamente, las Atarazanas Reales ocupan un lugar destacado.102

Braudel escribió que la posición hegemónica del Imperio otomano en el Mediterráneo se hundió entre 1559 y 1565, en que la «prueba de fuerza» de Malta permite el éxito de García de Toledo.103 Este personaje, que de virrey de Cataluña pasó a ocupar el cargo de general de la mar y el virreinato de Sicilia, simboliza el esfuerzo de recuperación que se deseaba.104 Su sucesor en el gobierno de Cataluña, Diego Hurtado de Mendoza, tuvo también una actuación destacada en lo que se refiere a la construcción de galeras. El período de gobierno de Mendoza en Cataluña (1564-1571) se encuentra comprendido entre las dos grandes victorias de la Monarquía en el Mediterráneo: la de Malta y la de Lepanto.105 Pero para llegar a ese momento, que Cervantes definió como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros»,106 la Monarquía hubo de comprometer casi su total atención e ingentes cantidades de recursos de todo tipo a ese cometido. En palabras de Thompson:

Es probable que el mantenimiento de una marina permanente fuera la tarea más difícil con que se enfrentaron todas las administraciones del siglo XVI. Exigía efectuar una importante inversión de capital en buques, artillería y equipo que adolecía de elevados índices de depreciación; hacían falta artilleros e instalaciones técnicas para la construcción y las reparaciones; entrañaba el reclutamiento tanto de soldados como de marineros y debía ser aprovisionada y dotada de todo lo necesario durante las campañas en que tomaba parte.107

La flota insignificante que Carlos V había heredado en 1516 fue ampliada y reformada, estableciendo el sistema de escuadras de galeras.108 Durante todo el reinado del emperador, estas escuadras permanentes no fueron administradas directamente por la Corona, sino tenidas en asiento, ya fuese por su capitán general o mediante asientos separados con cada uno de los propietarios. Las galeras genovesas, propiedad de los Doria y de otras familias ligurinas, aunque financiadas por fuentes españolas, estuvieron ininterrumpidamente en asiento durante todo el período de los Habsburgo. Las de Nápoles y Sicilia, que en parte pertenecían al rey y en parte a propietarios comunales y privados, y que eran pagadas con rentas locales, también operaron mediante asiento durante el reinado del emperador. De 1523 a 1557, la escuadra de España, cuyo origen se encuentra en la flotilla creada para defender la costa de Granada,109 operó continuamente mediante una serie de asientos sucesivos con sus capitanes generales.110 Lo esencial de dichos asientos era que en ellos se combinaban tres funciones distintas: paga, abastecimiento y mando. Cada uno de los asentistas era al mismo tiempo armador, empresario y comandante militar. Era una combinación poderosa y potencialmente peligrosa y que, en la Europa cristiana de la época, a excepción de Venecia, casi todos los demás estados empleaban.

La forma del asiento variaba, pero, hablando en términos generales, bajo Carlos V, la Corona se desentendió progresivamente de la administración directa de las galeras. En los asientos se definía con exactitud la composición de la marinería y la paga que debía recibir cada hombre. Los capitanes debían recibir de la Corona sumas fijas de dinero para atender a los salarios y costes de mantenimiento, junto con una provisión de bizcocho para cada hombre. Con estas asignaciones debían mantener las galeras en buen estado, proveer todos los detalles del equipo naval: de los remos al hilo para coser las velas, así como vestir y alimentar a las tripulaciones. Sin embargo, el rey seguía supervisando muchos aspectos. La Corona suministraba bizcocho y sebo, y el asiento incluso estipulaba los componentes principales de la dieta diaria de la tripulación. Un veedor real se encargaba de llevar un libro de cuentas y pertrechos, de supervisar la paga y alistamiento de los tripulantes, así como el reparto del dinero de las presas, y estaba autorizado para inspeccionar cada galera y exigir revista general una vez al mes, cuando menos. El rey conservaba el derecho de nombrar un pagador que abonara los salarios y distribuyera los gastos corrientes, si así lo deseaba.

Todas las galeras de propiedad privada que había en las escuadras contaban con la tripulación y el equipo completos cuando se unían a las flotas. Las obligaciones del rey se limitaban a pagar la suma acordada para su mantenimiento, otorgar a sus propietarios ciertos privilegios para comprar trigo y pertrechos en sus reinos, cederles un número dado de convictos para que ayudasen a manejar los remos, y aportar, pagar, alimentar y armar a los soldados extra embarcados en verano. Las galeras reales las mandaban capitanes nombrados por el capitán general; las privadas iban bajo el mando de sus propietarios o sustitutos de los mismos, y operaban bajo las órdenes estratégicas del capitán general.111 La constante falta de pagas, el «olvido político» de esta área y la dejadez de la Corona, sumada a la corrupción y al exceso de poder que tenía los mandos, que eran al mismo tiempo generales y asentistas, puede explicar el bajo rendimiento y los diferentes fracasos acaecidos durante la última década del reinado de Carlos V:

Lo que de nuevo hay que decir es avisar a V. M. lo mal en orden en que estás estas galeras de V. M., y digo mal en orden de esta manera: V. M. paga muchos años a sesenta galeras ordinarias que de razón habían de ser las mejores del mundo, pues son bien pagadas y tanto de inverno como de verano. Y desde veintidós años acá que me acuerdo (…), cuando han sido menester a los tiempos que el Turco ha enviado sus armadas a hacer daños en los reinos de V. M., nunca he visto ponerse todas en orden.112

Al subir Felipe II al trono se produjo una reacción por parte de la Corona, que empezaba a disponer de los medios para hacerse con el control directo de las galeras, queriendo alejar a los particulares de la propiedad de las escuadras. Y es que, en 1556, el estado de las galeras de España de Mendoza causó descontento, y otras cuatro galeras particulares, armadas en 1553, todavía no habían entrado en servicio casi cuatro años después. A la gente de las tripulaciones, «mal mantenida y peor pagada», se le debía la paga de entre quince y veinte meses; muchos hombres desertaban y perdían el derecho a la paga o morían dejando que el capitán se beneficiase de los ducados atrasados que se pagaban de tanto en cuanto. Las galeras estaban insuficientemente dotadas de hombres y llevaban escaso número de combatientes. El nuevo rey, creyendo que por el mismo dinero las galeras podían ser más aptas para el servicio, decidió llevar a cabo una reforma.

La expiración de los asientos de las galeras de España y de Nápoles en 1556 y 1557, respectivamente, supuso que Felipe II no los renovase e incluso comprase las galeras a los otrora asentistas para que fuesen todas de su propiedad. En 1565 se haría lo propio con las galeras de Sicilia.113 Aparte de la escuadra genovesa, solo quedaban fuera de la administración real unas pocas galeras de capitanes italianos y catalanes que servían en asiento en las diferentes escuadras; además de las ocho que guardaban el estrecho de Gibraltar, que fueron organizadas por el consulado de Sevilla entre 1562 y 1565.114

Aunque ambos sistemas siempre tuvieron defensores y detractores, e incluso el mismo rey dudó de si estaba obrando con acierto, exceptuando un breve e infortunado regreso al sistema de asientos entre 1574-1576, las galeras se mantuvieron durante todo el reinado bajo la administración directa del rey. Felipe II, aunque viajó mucho más que otros soberanos de su época, y a pesar de haber incluso probado el campo de batalla, a diferencia de su progenitor, no ha pasado a la posteridad como un rey viajero o guerrero, pero sí como un rey burócrata115 y con un fuerte sentido de lo que representaba la realeza: la administración directa era una operación totalmente gubernamental, llevada a cabo por oficiales de la Corona y de la que se rendían cuentas hasta el último maravedí en la real contaduría; mientras que el asiento era un contrato en virtud del cual se confiaban funciones públicas a individuos privados y ajenos a la administración real. Además, a efectos simbólicos de poder regio y político, el asiento no era una simple abrogación del gobierno, sino que constituía también una abrogación de la soberanía. Era un documento legal contraído no entre el rey y un súbdito, sino entre dos individuos particulares a los que obligaba mutuamente. La relación que establecía, por tanto, era de reciprocidad moral y legal, no de orden y obediencia. En palabras de Thompson «el asiento era una especie de feudalismo administrativo, un infantazgo burocrático que imponía al asentista como vasallo en jefe entre el príncipe y el pueblo. Por consiguiente, tenía implicaciones fundamentales no solo en la estructura del gobierno, sino también para el desarrollo político, social y económico. Así pues, elegir entre administración y asiento era tomar una decisión acerca de la naturaleza misma del Estado».116

Durante los años cincuenta del siglo XVI, período en que el príncipe Felipe tomó el relevo de su padre a la cabeza de los reinos hispánicos, parece que los procesos económicos y sociales que se venían gestando en Europa aceleraron su manifestación en el Mediterráneo, en buena medida gracias al catalizador del aumento de la presión turca. Durante el reinado de Felipe II, el conflicto mediterráneo alcanzó dimensiones espectaculares, fenómeno ante el que el rey y sus consejos adoptaron toda una serie de medidas, tanto de gestión como de organización y técnicas, que tuvieron la virtud última de lograr que las escuadras de galeras de la Monarquía, junto con las de sus aliados, consiguieran frenar el avance avasallador del poder otomano sobre las aguas occidentales.

A pesar de los desastres acontecidos entre 1560 y 1562, los tremendos esfuerzos por reconstruir la armada dieron sus frutos cuando en 1563 se logró impedir que turcos y franceses tomasen Mazalquivir y Orán, donde no solo se levantó el cerco, sino que se consiguieron tomar varias naves enemigas. El Peñón de Vélez fue capturado por García de Toledo, disciplinado y estricto organizador, que había dejado su cargo como virrey de Cataluña y había sido nombrado virrey en Sicilia, así como nuevo capitán general de la Mar. En 1565 arribó el primer gran reto de Felipe II en el Mediterráneo. Solimán dispuso una grandísima armada con los corsarios Hassan y Dragut, un enorme ejército y un imponente tren de artillería de batir, con el objetivo de conquistar Malta, la llave de acceso al Mediterráneo occidental.117

Los contratiempos y la mala coordinación hicieron que las diferentes escuadras del rey tardasen más de lo previsto en reunirse en Sicilia. Paralelamente, la gran armada otomana de la cual había informaciones de que iba aparecer ese verano,118 acabó finalmente cayendo sobre Malta, e inesperadamente pronto. Esta situación, sumada a la indecisión del monarca, que temía las consecuencias de un nuevo desastre, hizo que García de Toledo se desesperase ante la impotencia de no poder acudir en ayuda de la isla.119 Toledo opinaba que «si se pierde Malta gran cosa se pierde y, por defenderla todo se ha de hacer».120 Es por ello que propuso al rey dos opciones: enfrentarse a la armada turca en el mar o intentar desembarcar un ejército en tierra, a lo que el rey contestó:

En lo que toca a pelear con la dicha armada en ninguna manera se puede ni debe hacer, y así os lo mandamos expresamente porque la desigualdad es tan grande (…), que no solo sería aventurar y poner en notorio riesgo lo de la Cristiandad, pero nuestros estados, y sucediendo como podría ser en razón desbaratados quedar sin posibilidad de poder tornar a armas en mucho tiempo, según las dificultades que ha mostrado la experiencia que hay, y reforzar y acrecentar los enemigos.121

El rey entendía lo perjudicial que resultaría perder Malta, pero temía aún más perder su armada y quedar desprotegido, no solo ante el Turco pues «los que ahora están suspensos se declararían y alterarían», es decir, Francia, Inglaterra o la quinta columna que representaban los moriscos,122 podrían aprovechar la tesitura con nefastas consecuencias. Quedando entonces como única vía el desembarco en la isla, Toledo aprestó setenta galeras que remolcaron a cuarenta barcones y veinte fragatas con tropas y suministros. Tras varios malogrados intentos —debido al mal tiempo y al bloque de la armada enemiga—, logró desembarcar con éxito. Las tremendamente fuerzas inferiores que habían defendido la isla durante meses estaban a punto de rendirse, pero el socorro desmoralizó a los otomanos, que habían sufrido grandísimas bajas, y levantaron el cerco, reembarcando precipitadamente. Malta se había salvado, y con ella, la seguridad del Mediterráneo cristiano.123

La gran alarma provocada por el cerco de Malta motivó que se redoblaran los esfuerzos para aumentar el poder naval español, promoviendo la construcción de nuevas galeras en todos los arsenales, así como reforzando las fortificaciones de los presidios y plazas fuertes de los litorales africanos, italianos y de la propia Malta. Las treinta y seis galeras que conformaban las escuadras de España, Nápoles y Sicilia limpiaron la mar de corsarios, efectuando abundantes presas, mientras otra escuadra de nueve galeras se destinaba a la guarda de la costa del reino de Granada, cortando los abastecimientos desde el Magreb a los moriscos,124 que se habían sublevado en 1568 y esperaban recibir ayuda del sultán.125

Asedio de Malta por parte del Imperio Otamano de Antoine Lafréry

Asedio de Malta por parte del Imperio Otamano de Antoine Lafréry, c. 1575. (Library of Congress, the Geography and Map Division).

El final de la guerra granadina de Las Alpujarras126 coincidió con la reconquista de Túnez por los turcos, así como con la formación de la liga cristiana impulsada por el papa, que haría posible enfrentar al poder naval otomano en Lepanto en 1571. La armada cristiana estuvo formada por doscientas ocho galeras, seis grandes galeazas venecianas artilladas con piezas de gran calibre, veintiséis naves de alto bordo y otras cincuenta naves de distinta tipología. Los turcos contaban con doscientas diez galeras y sesenta y tres galeotas. En la batalla naval subsiguiente, los cristianos perdieron doce galeras y siete mil seiscientos hombres, a cambio de liberar a doce mil esclavos cristianos que remaban en las galeras otomanas. Además, se logró infligir más de veinte mil bajas al enemigo y capturar ciento noventa de sus embarcaciones, de las que ciento treinta útiles se repartieron entre los vencedores.127 Fue una importante victoria, tanto militar como moral, pero ese éxito no fue suficiente para acabar con el poder turco, ya que ese mismo año se asentaron definitivamente en Chipre, arrebatando la isla a los venecianos. Uno de los factores más destacados recientemente como causante del triunfo cristiano es el de la gran desproporción de capacidad de fuego entre las fuerzas contendientes, no solo por lo que respecta a los cañones, sino también en la protagonizada por los arcabuces y los mosquetes, que barrieron las cubiertas de los buques otomanos.

Al año siguiente, las fuerzas cristianas en su conjunto contaban con cerca de trescientas galeras, probablemente el mayor contingente alcanzado por poder alguno en aquellos tiempos. Ello no amedrentó a los otomanos, quienes, después de movilizar todos sus recursos consiguieron lanzar al agua ciento treinta nuevas galeras. La campaña de ese año por las islas griegas no proporcionó a los aliados resultados tangibles, pues sus oponentes consiguieron evitar los choques frontales y dificultar sus progresos. Asimismo, la poca efectividad de la Liga se debió también a las desavenencias y rivalidades internas presentes desde su comienzo y que culminaron cuando Venecia decidió firmar en 1573 la paz por separado con los turcos, donde reconocía su derrota y la pérdida de Chipre, con tal de garantizar sus privilegios comerciales. A pesar de ello, ese mismo año, el medio hermano del rey Juan de Austria consigue recuperar las plazas de Túnez y Bizerta. La conquista, sin embargo, no se mantuvo, ya que al año siguiente se presentó ante La Goleta la rehecha armada turca que conquistó Túnez de nuevo.128

En los años sucesivos continuaron las acciones piráticas desde Trípoli, Túnez y Argel, así como las operaciones de castigo de las escuadras de la Monarquía. La hostilidad seguía presente, aunque algo había cambiado, y es en marzo de 1577 cuando se firmaron las primeras treguas entre Felipe II y el sultán Murad III. Esto supuso la reorganización de la fuerza naval en el Mediterráneo para la Monarquía hispánica, reduciendo el contingente a unas cien galeras, aunque si desmantelar la estructura en escuadras, las cuales tuvieron como principal misión el abastecimiento de los presidios, el transporte de tropas y el castigo a los corsarios berberiscos. Después de Lepanto, el Mediterráneo occidental quedó bajo la influencia de España, lo que en modo alguno supuso que la Monarquía hispánica lograra impedir el constante hostigamiento a la navegación y a sus costas por parte de la piratería berberisca. De hecho, la enconada y prolongada confrontación entre las dos grandes potencias de este mar puso de manifiesto que tanto las enormes ofensivas navales como la guerra menor de desgaste económico no alcanzaron a imponer un dominio claro, inequívoco y unilateral de la mar. El instrumento y la razón que paradójicamente hizo imposible todo ello, tanto los grandes aparatos bélicos como el corso, fue la galera y sus bases logísticas fortificadas.129

La confrontación entre los dos grandes poderes asentados en los respectivos extremos del Mediterráneo, aparte de las decenas y decenas de miles de hombres y mujeres que consumió, produjo otras víctimas de entidad colectiva, las más destacas de las cuales fueron las repúblicas comerciales italianas de Génova y Venecia. Génova perdió en 1566 sus últimas colonias orientales, las islas de Quíos y Samos, y si mantuvo la occidental de Córcega, fue tras sostener una dilatada contienda contra la revuelta de sus habitantes insurgentes, cuya resistencia se alimentaba con ayuda turca. Venecia, a la que habían despojado de sus últimas posesiones en la península de Morea en 1540, perdió la isla de Naxos en 1566 y la de Chipre en 1571.130

Las costas de España e Italia fueron las que más directamente sufrieron la competencia de los nuevos poderes comerciales que se introdujeron en el Mediterráneo a lo largo del siglo. Si la alianza entre Francisco I y Solimán había posibilitado el crecimiento comercial entre Marsella y Estambul, los ingleses procuraron establecer consulados en Marruecos, y se estableció en Estambul la Compañía Inglesa de Levante en 1581.131 Mientras que las Provincias Unidas, en la década del 1590, alcanzaban acuerdos con el sultán y se convertían en intermediarias para el comercio de la madera, el trigo y las hilaturas del mar del Norte en el Levante, de donde sacaban las materias primas propias y productos orientales, actividades intensificadas en las décadas siguientes.132

En opinión de Casado Soto, la mayor parte de las actuaciones racionalizadoras y organizativas de los asuntos navales implantadas por franceses, ingleses, neerlandeses y países bálticos durante la segunda mitad del siglo XVII, en buena medida vinieron a ser un trasunto de las inventadas y puestas en práctica por los españoles desde el reinado de Felipe II. Consistieron estas en la adopción de un conjunto de medidas que podrían ser agrupadas en cuatro categorías: las de carácter legislativo, las de naturaleza económica y fiscal, las orientadas a la racionalización de los procesos que afectaban a la construcción y logística naval y, por último, las destinadas a la creación de estructuras operativas permanentes que sostuvieron en el tiempo el aparato puesto en marcha.133

Por lo que respecta al espectacular aumento de efectivos de galeras a cargo de la Monarquía, aunque se carezca a día de hoy de estudios sistemáticos, sabemos que las setenta y nueve galeras sostenidas por la Monarquía en 1567 habían aumentado a ciento cuarenta y seis trascurridos solo siete años, bien es verdad que una parte de ellas procedía del botín de Lepanto; pero se había asumido el mantenerlas, y el mantenimiento anual de una galera costaba casi lo mismo que su construcción.134 Posteriormente, ese número se limitó a cien.135

Felipe II introdujo en el Mediterráneo cambios sustanciales respecto a la política anterior, los cuales pueden englobarse en tres tipos: los de carácter administrativo, los cuantitativos y los cualitativos. Destaca entre las decisiones administrativas la limitación de los asientos, encargando directamente a oficiales de la Corona la gestión de los barcos. Las siempre apremiantes dificultades financieras aconsejaron volver a dar por asiento las escuadras de Nápoles y de Sicilia en 1584, aunque seis años después fueron recuperadas para la administración directa de la Corona.136 Asimismo, se mantuvieron directamente por oficiales de la Corona las galeras de las escuadras que pasaron a La Habana y a Cartagena de Indias con el objetivo de dejar expeditas las rutas caribeñas.137

Tras la apoteosis de Lepanto, la política de Felipe II en el flanco sur de sus dominios experimentó un cambio notable. El problema otomano, pasó a un segundo plano, mientras que el monarca se centró en establecer «escudos defensivos» en el Mediterráneo, basados en el mantenimiento y mejora de la fortificación de los presidios norteafricanos y de los virreinatos italianos, y apoyado con un sofisticado sistema de espionaje.138 La tensión en el Mediterráneo fue disminuyendo por agotamiento de las fuerzas antagónicas. Ni Carlos V ni Felipe II lograron introducir al corso berberisco en los armisticios y treguas que firmaron con los sultanes.139

El control y la defensa de las costas y comunicaciones en el Mediterráneo exigían unas inversiones enormes y siempre crecientes. En los años setenta absorbía la mitad del presupuesto militar de la Corona, sin que los objetivos conseguidos lograran ser del todo satisfactorios. Seguía habiendo déficit de tripulaciones, cañones, remeros, así como de los demás aparejos necesarios para el avituallamiento y mantenimiento de las armadas. También era preciso sostener las aisladas guarniciones de los presidios, fortificarlos con costosas obras que entretenían a los mejores ingenieros, así como el sistema de vigilancia costera. Sabemos que, en 1576, el costo de la armada del Mediterráneo se elevó a la enorme cifra de quinientos cincuenta mil ducados; y es que el gasto anual para el mantenimiento de una galera ascendió a lo largo del reinado: los cinco mil seiscientos cincuenta y cuatro ducados de 1571, diez años más tarde habían ascendido a quince mil. Ello obligó a replantear el sistema de asiento para solventar el problema financiero que suponía mantener las diferentes escuadras de galeras de forma permanente, de manera que se volvió a dudar entre la administración directa por la real hacienda o la cesión en asiento de las escuadras.140

Durante los años setenta se empieza a gestar un cambio evidente ya en la siguiente década, el denominado «giro atlántico». Las treguas con los otomanos, la complicación con la revuelta neerlandesa, la implicación en las guerras de religión francesas, la incorporación de la Corona de Portugal al patrimonio de Felipe II y la guerra abierta contra la Inglaterra de Isabel, implican que la atención y recursos que se habían viniendo invirtiendo en el Mediterráneo se desvíen hacia el Atlántico. A partir de ese momento, el peligro para el Mediterráneo español no llega por el este, sino por el oeste, a través del estrecho de Gibraltar. Los corsarios magrebíes se trasladaban a occidente para atacar las islas, las costas atlánticas y las flotas de Indias, a los que se les sumaron los ingleses y neerlandeses que se adentraban también en el Mediterráneo.141 Tal y como advierte Thompson, la consecuencia de la fusión de ambos frentes significó que las galeras hubieran de enfrentarse a bajeles de mayor envergadura, lo que les obligó a aumentar su tamaño y adaptar nuevamente su diseño, al mismo tiempo que esta guerra permanente, a diferencia de durante sus enfrentamientos veraniegos contra las armadas turcas, les obligaba a estar operativas incluso en invierno.142

Episodio del combate naval de Lepanto de Antonio de Brugada

Episodio del combate naval de Lepanto de Antonio de Brugada, c. 1856. (Foto: Archivo Fotográfico Museo Nacional del Prado. Museo Nacional del Prado, en depósito en el Museu Marítim de Barcelona).

Se ha venido considerando que, a partir de este período, las galeras entran en decadencia, algo que debe matizarse, puesto que lo que entró en decadencia o lo que cambió fue el modo de hacer la guerra en el Mediterráneo. La decadencia no fue de la galera, sino de la armada de galeras. Se trata de un cambio en el papel estratégico de las galeras: ya no son instrumentos de guerra pensados para enfrentarse a otra armada igual, como sucedió en Préveza o Lepanto, sino que potenciaron ese otro uso estratégico: el de guardacostas. Las galeras pasaron a emplearse mayormente a las rápidas galeotas de Berbería y a los buques atlánticos que merodeaban tanto en el océano abierto como en el mar cerrado las posesiones del rey Habsburgo. Las escuadras de galeras redujeron sus números progresivamente. De las cien establecidas a partir de 1576, a la muerte de Felipe II en 1598 se contaban setenta y tres, número que se fue reduciendo durante el siglo XVII. Las escuadras de galeras tenían menos efectivos, pero, a nivel individual, las galeras aumentaron: tanto en tamaño como en tripulación (más remeros, más marineros, más soldados), así como en poder de fuego, pues contaban con más y poderosa artillería.143

Este cambio de paradigma afectó gravemente a las provincias de Levante, las cuales se habían implicado de lleno, especializado y beneficiado en la construcción naval y en la guerra en el Mediterráneo.144 Esto afectó con severidad a Cataluña, y especialmente a las Atarazanas Reales de Barcelona, cuya actividad cayó en picado ya durante la última etapa del reinado de Felipe II. Todo ello, además, sin que el problema y la mayor preocupación del territorio, como eran los ataques corsarios, se hubieran solucionado. No es de extrañar que en las Cortes de 1599 se celebrase tan efusivamente la gracia hecha por Felipe III de conceder a Cataluña la posibilidad de armar su propia escuadra de galeras, con la esperanza de reactivar y mantener esa industria naval y, al mismo tiempo, proteger sus costas, comercio, habitantes y almas.145

Sea como fuere, a pesar de todas las dificultades, limitaciones, retos y contratiempos, a lo largo del reinado de Felipe II la Monarquía fue capaz de levantar armadas y sostener y ampliar su poderío marítimo tanto en el Mediterráneo como en los demás mares y océanos en los que estaba presente. A la muerte de Felipe II se mantenía irresuelto el problema de la administración de la fuerza naval mediterránea, entre otras razones porque, tras la firma de la tregua con el sultán, el rey —como hizo su padre—, prestó atención a las necesidades de otros ámbitos geográficos, relegando la problemática mediterránea a un segundo plano, con el que su heredero tendrá que lidiar.146

 

Enseñorear los mares: expectativa y realidad naval en el reinado de Felipe III (1599-1621)

Felipe II, antes de morir, quiso dejar a su hijo unos reinos en paz y, por eso, firmó poco antes de morir la paz de Vervins con Francia, por la que ambas potencias se devolvían las plazas conquistadas. Cuando Felipe III heredó el trono, encontró una Monarquía exhausta por las guerras, que la habían agotado económicamente. Unos ejércitos, ya exhaustos, habían conseguido mantener su supremacía en Europa, pese a que cada vez encontraban una mayor resistencia por parte de los enemigos. En materia naval, las cosas tampoco iban mejor. El desastre de la armada de 1588 frente a las costas de Inglaterra fue un duro varapalo para Felipe, a pesar de que inmediatamente el viejo monarca se empleó en la construcción de nuevos navíos que le permitieran restablecer su poder marítimo ante la necesidad de proteger su imperio americano. Gracias al Servicio de Millones votado en las Cortes, durante la década de 1590 Felipe II dispuso de una potente flota naval, la Armada del Mar Océano, que a finales del reinado constaba de cuarenta y seis barcos,147 con la que poder hacer frente a Inglaterra.

En el Mediterráneo, el éxito de Lepanto se evaporó rápidamente ante la reorganización de la flota turca, ya al año siguiente, y que en 1577 recuperaba sin dificultades la fortaleza española de La Goleta, frente a las costes de Túnez. Sin embargo, a partir de ese momento, la confrontación entre España y el Imperio turco comenzó a remitir, dado que tanto una como el otro tenían sendos frentes a los que acudir. Felipe II centró sus esfuerzos en la consolidación y protección de las flotas atlánticas, que traían la plata de Indias, mientras que el Gran Turco tuvo que emplear sus fuerzas en combatir a los persas que amenazaban la parte oriental de su imperio. Esta distensión entre ambas potencias se tradujo en una reducción de las escuadras de galeras de la Monarquía hispánica, por cuanto, además de que se creían ya innecesarias la existencia de grandes escuadras como las empleadas en Lepanto, estas también habían demostrado ser muy difíciles de mantener. Ciertamente, en el primer caso, la Monarquía abogó por la existencia de escuadras más pequeñas y con una mayor capacidad de maniobra; en el segundo, el agotamiento de los recursos financieros y materiales de la Corona obligaba a reducir los gastos destinados a la construcción y mantenimiento de las galeras, por lo que era aconsejable disminuir su número.

Subido al trono Felipe III, su intención en materia marítima era continuar con la obra de su padre y garantizar un poder naval fuerte que le permitiera mantener la conexión con los diversos territorios y reinos que conformaban la Monarquía. Enseñorear los mares, como le venían recordando algunos tratadistas y expertos en la materia, era, pues, el medio más eficaz de mantener la hegemonía política en el mundo. En su Discurso político al rey Felipe III al comienzo de su reinado, Baltasar Álamos de Barrientos escribía:

Y siendo señor del mar, no solamente poseerá éste, sino también la tierra; y tendrá socorro a mano contra las violencias de los enemigos públicos y con qué reprimir las malas intenciones de los enemigos secretos o amigos aparentes y reconciliados, y que no aborrecen su grandeza menos que los primeros. Y es cosa ésta que siendo para su defensa, y con nombre de ella, y convirtiéndose en provechoso y acrecentamiento de sus naturales, sustentarán de buena gana aquellos reinos.148

En la parte que se refiere a la importancia de tener una marina potente para mantener la hegemonía en Europa, Álamos de Barrientos tenía razón; sin embargo, en lo referente a su sustento y financiación por parte de los distintos reinos de la Monarquía, no estaba tan claro que así fuera a ser. Las armadas y escuadras de galeras consumían gran parte del presupuesto militar de la Monarquía, y no fue fácil encontrar la colaboración de los reinos. Algunos años más tarde, en concreto en 1617, el secretario de la marina, Martín de Aróstegui, insistía a Felipe III que, por tener sus reinos y territorios tan dispersos entre sí, frente a otras potencias que, como Francia, los tenía a todos unidos, era necesario tener un fuerza naval potente, con barcos de la calidad, tamaño y fuerza adecuados.149 Ambas opiniones iban en la línea apuntada por Giovanni Botero en su Razón de Estado, tratado político aparecido en 1589 y que gozó de gran éxito y distribución en España en las décadas siguientes, y que abogaba también por tener unas fuerzas navales potentes.150

Por eso, rápidamente, se dispuso a reforzar sus efectivos navales. Felipe III emprendió pronto campañas para debilitar el poderío inglés, aunque con el mismo mal resultado que las últimas expediciones llevadas a cabo por su padre entre 1596 y 1597, pues la expedición de 1601 contra la reina inglesa acabó en fracaso. Tras esta, no se produjeron más expediciones contra Inglaterra, ya que Felipe III firmó la paz con Jacobo I: ambas monarquías estaban agotadas económicamente.151 Por el contrario, la situación en Flandes le era más favorable. La flota de galeras de Federico Spínola, hermano de Ambrosio, mantuvo a raya a los neerlandeses durante los primeros años del reinado, apresando muchos barcos y ahogando su comercio. De este modo lo expresó Cesáreo Fernández Duro en su Armada española: «Desde el principio causó imponderable extorsión con tan reducida fuerza, atacando a las flotillas de pesca, a los convoyes del comercio, al cabotaje y a los puertos».152 Por desgracia para Felipe III, Federico Spínola falleció en 1602, cuando combatía a los neerlandeses en La Esclusa; su escuadra de galeras quedó dispersa y algunas unidades hundidas.153 En estos primeros compases del reinado de Felipe III, las operaciones navales de la Monarquía adolecieron de la falta de continuidad en las asignaciones monetarias, ya que las arcas estaban agotadas.154

Felipe III confió, entonces, sus fuerzas navales al duque de Medina Sidonia, que, pese al fracaso cosechado en la jornada de Inglaterra de 1588, contó con el apoyo del nuevo soberano y, sobre todo, de su con-suegro, el duque de Lerma. Así, no solo le fueron confirmados sus cargos de capitán general del mar Océano y de la costa de Andalucía, sino que también vio aumentadas sus atribuciones en asuntos marítimos, como el despacho de flotas, armamento de escuadras, proposición de la oficialía, etc.155 Además, consiguió que fuese designado como su sucesor en el cargo su hijo el conde de Niebla, yerno de Lerma, para cuando él falleciera.156

En el Mediterráneo, el enemigo principal de la Monarquía continuaba siendo los piratas del norte de África que asolaban las costas levantinas de la península y, sobre todo, las costas de Italia e islas del Mediterráneo, especialmente Sicilia, Córcega, Cerdeña y Baleares. En esos años, el más temido de todos ellos era el renegado neerlandés Jan Janszoon van Haarlem, conocido como Murat Rais, con base en Argel y en Larache. En 1598, ante el inminente pasaje de la reina Margarita a España, se temía que Murat Rais estaba preparando su escuadra para intentar hacerse con alguna captura de renombre y, quien sabe, si no la propia reina.157 Por eso, en las Cortes de Barcelona de 1599, Felipe III no tuvo ningún reparo en acceder a la petición de los diputados del General de Cataluña de crear, la anteriormente citada, escuadra de cuatro galeras, financiadas por ellos mismos, con el objetivo de ahuyentar a los piratas norteafricanos y proteger las costas de Cataluña, Valencia y Baleares de sus ataques;158 aunque hasta 1608 la escuadra no cobró forma. Por su parte, el reino de Valencia, que había solicitado, ya en tiempos de Felipe II, el derecho de tener su propia escuadra de cuatro galeras y que no lo había conseguido en primera instancia, lo obtuvo posteriormente, eso sí, como petición propia del duque de Lerma, con base en su posesión de Denia y con derecho a dirigirla y nombrar a sus capitanes.159 Por aquel entonces, las galeras todavía formaban parte importante de las fuerzas navales de la Monarquía. Durante el reinado de Felipe III, estas dos escuadras se unirían a las cuatro ya existentes, es decir, la escuadra de galeras de España, la escuadra de Nápoles, la escuadra de Sicilia y la escuadra de Génova, comandada esta última por el duque de Tursi.

Durante estos primeros años de la centuria, las galeras eran importantes para la vigilancia de la costa, la persecución y apresamiento de embarcaciones enemigas, el transporte de tropas y las operaciones anfibias. En este sentido, las galeras eran esenciales para mantener la política de control de los principados y repúblicas del norte de Italia que llevó a cabo Felipe III.160 He aquí la doble funcionalidad de la marina mediterránea en los siglos modernos, apuntada por Miguel Ángel Bunes Ibarra: la comunicación entre los diversos territorios de la monarquía de los Habsburgo y la defensa de sus posesiones ante el avance otomano y norteafricano.161 Sin embargo, los intentos por tomar Argel fracasaron, entre ellos el de Juan de Cardona quien en, 1601, ante la imposibilidad de atacar Argel o Bujía, ambas bien protegidas y guarnecidas por las armas turcas y berberiscas, decidió regresar a Cartagena, donde se disolvió la armada para hacer la correspondiente invernada.162 La conquista de Argel era codiciada por los reyes de la Casa de Austria en cuanto encarnaba el valor cristiano del soberano y le otorgaba reputación y fama a su promotor.163 A principios de 1603, se expidió título de capitán general de las galeras de España a favor de Manuel Alfonso de Guzmán el Bueno, conde de Niebla, yerno de Lerma. Fernández Duro ponía en duda su conveniencia al decir que se le había dado el más ambicionado puesto de la marina sin haber pasado por los inferiores.164 Sin duda, la relación de parentesco del conde de Niebla con Lerma fue esencial para su nombramiento.

La desatención a las galeras, propia de los últimos años del reinado de Felipe II, repercutió directamente en la situación que heredó su hijo, con unas costas entregadas a la acción del corso berberisco debido a la drástica reducción de las escuadras de galeras. En este sentido, el reinado de Felipe III significó un retorno al interés por las galeras gracias a la prevalencia en la corte de «consejeros mediterráneos», convencidos de la importancia de las galeras para múltiples funciones.165 Era obligado, pues, reforzar y aumentar las unidades de sus escuadras y evitar la pérdida progresiva de buques. Para ello, aprobó unas nuevas ordenanzas en 1607, que cabe contextualizar en el propósito de la nueva Monarquía por reforzar sus fuerzas navales.

Hay recordar, en ese sentido, que, un año antes, Felipe aprobó unas nuevas ordenanzas para la Armada de Indias con las que pretendía asegurar la llegada de la plata americana. Entre otras muchas medidas, las ordenanzas de la Armada contemplaban: la mejora de las condiciones de vida de los marineros y una mayor honra y recompensa por sus servicios; la desaparición de la distinción entre soldados de mar y tierra; un mayor cuidado en la formación de pilotos, capitanes, artilleros y resto de oficialidad; la conservación de los bosques y, en concreto, de los árboles más óptimos para la construcción naval; la flexibilización de los préstamos a los armadores, aunque se limitó la capacidad de carga de los buques para favorecer su función militar; la regulación del sueldo de la maestranza; el aumento del sueldo por tonelada y día de servicio de las embarcaciones particulares al rey, o la unificación de medidas de los buques y su limitación.

En 1606 Felipe III podía contar con tan solo sesenta y tres galeras, muy lejos del número de unidades disponibles de su padre. La causa de este descenso de galeras era, lógicamente, el elevado coste de construcción y mantenimiento de las escuadras. Por eso, las nuevas ordenanzas de galeras de 1607 servirían para sanear su administración y finanzas y ganar eficacia. La renovación por parte del papa de la bula de cruzada, el subsidio y el excusado, permitía a Felipe III disponer anualmente de una importante suma de dinero para destinar a las galeras. Tocaba ahora reorganizar su gestión para poder hacer efectivo el control sobre el Mediterráneo occidental.

Las ordenanzas abordaban todos los aspectos de administración y gestión de las galeras. Regulaban el tamaño de los buques y su número de bancos. Durante las décadas finales del siglo XVI se tendió a construir buques cada vez más grandes, tanto en navíos como en galeras. Sin embargo, a principios de la centuria siguiente, la menor maniobrabilidad y lentitud de las embarcaciones obligó a disminuir su tamaño. Así, las Ordenanzas de 1607 establecían el número de bancos que debería tener cada tipo de galera, fijándose en veintiséis bancos las galeras ordinarias, veintiocho las capitanas, veintisiete las patronas y veinticinco las sutiles. Del mismo modo, con relación al tamaño y tipología de la galera se debía ajustar su tripulación y gente de cabo y de remo. Se ejercía un mayor control sobre las finanzas de las galeras, ejerciéndose una mayor vigilancia sobre los oficiales encargados de su gestión y sobre la trayectoria del dinero destinado a las galeras. Se trató de poner remedio al derroche reduciendo las raciones de la oficialidad, al mismo tiempo que se mejoraban las de los marineros. Ciertamente, era necesario mejorar las condiciones de vida de la gente de a bordo de las galeras, y de la gente de cabo y remo ya que empezaba a escasear marinería experta y gente de remo, debido a las penosas condiciones de vida en los buques. Mejor alimentación, mejor vestimenta y un incipiente servicio médico para todos ellos eran medidas que, sin duda, harían más soportable la dura vida en el mar. De una manera muy gráfica, lo explicó Cesáreo Fernández Duro:

Por celo del piadoso príncipe Filiberto, el pase en consideración de los infelices forzados de cosas a personas; de instrumentos a hombres, si delincuentes, necesitados del alimento del cuerpo y del alma, que desde entonces empezó a suministrárseles, curando sus dolencias en hospitales.166

Felipe III destinó doce mil ducados para cubrir todos los gastos ordinarios de las galeras, priorizando su aprovisionamiento y mantenimiento. Para conseguir este control férreo de las finanzas, se ordenó que cada cuatro meses se hiciese un recuento de todos los gastos y consumo de cada una de las galeras, así como de la gente embarcada en ellas.167 Estos registros debían efectuarse incluso durante los períodos de inactividad de las galeras, es decir, la invernada o cuando estuvieran ancladas en algún puerto a la espera de zarpar para otro destino. Además, se regularon las competencias del capitán general y de la oficialidad de las galeras, incluido el complejo sistema de saludos y cortesías entre las diversas galeras, escuadras, o cuando estas llegaban a puerto. El nuevo capitán de las galeras era Pedro de Toledo. Y es que, tras el desastre de 1607 de la Armada del Mar Océano en Gibraltar, Felipe III se vio obligado a prescindir de los servicios del inexperto conde de Niebla, expidiéndose título de capitán general de las galeras de España a favor de Pedro de Toledo, marqués de Villafranca y duque de Fernandina. Eso sí, Toledo estaría supeditado a las órdenes dictadas por el duque de Medina Sidonia que todavía conservaba su liderazgo al mando de las fuerzas navales, pese a sus continuos reveses. Sin duda, Medina Sidonia gozaba de una mayor aceptación entre en la corte que entre la opinión pública.168

La paz firmada con Inglaterra en 1604 y la tregua de doce años ratificada con las Provincias Unidas en 1609 permitían a Felipe III centrar sus esfuerzos en el Mediterráneo para luchar contra los corsarios norteafricanos y turcos que continuaban asolando las costas italianas y españolas a sus anchas. Las reformas de 1607 permitieron aumentar el número de unidades de la escuadra de galeras de España hasta los doce buques. No obstante, las ordenanzas no habían conseguido sanear la administración y finanzas de las galeras, donde las corruptelas continuaban minando los esfuerzos de la Monarquía por mejorar la efectividad de sus fuerzas navales. La especulación llevada a cabo por proveedores y veedores con los bastimentos y pertrechos de las galeras fue constante durante el reinado de Felipe III, lo que iba en detrimento de los propios buques. No obstante, esta corrupción no era más que un reflejo de la existente en otras parcelas de poder de la Monarquía, comenzando por el todopoderoso Lerma, cuya clientela de familiares y servidores impidió el saneamiento de la Monarquía.169

La lucha contra el islam emprendida por Felipe III no solo se limitó al ámbito naval. Todo lo contrario. En la península, el rey ejecutó un proyecto que ya había ideado su padre: la expulsión de los moriscos. Estos estaban en el disparadero de muchos, acusados principalmente de actuar como quinta columna de los corsarios berberiscos que, como queda magistralmente reflejado en las obras de Cervantes, desembarcaban en las costas del levante español y arrasaban cuanto encontraban a su paso, haciendo gran daño y, sobre todo, capturando a un gran número de personas que conducían a sus bases del norte de África como cautivos. El decreto de expulsión fue firmado por el rey el 4 de agosto de 1609, y obligaba a todos los moriscos de España a abandonar la península, empezando por los del reino de Valencia, donde había una mayor concentración de ellos. El 11 de octubre se produjo el primer embarque de moriscos en lo que constituyó un drama humano. Para su traslado a los puertos de Berbería, el rey dispuso de las galeras de la escuadra de España, además de las cuatro de Cataluña y las cuatro de Portugal y la Armada del Mar Océano. Manuel Lomas Cortés se ha encargado del estudio de los preparativos navales de la expulsión y su ejecución.170

Parecía ese año propicio para la lucha contra el corso musulmán, pues, en junio de ese mismo año, Luis Fajardo había obtenido una gran victoria al acabar en La Goleta con una escuadra corsaria, incendiando varios de sus navíos. Además, en noviembre de 1610, el enclave corsario de Larache se entregaba al marqués de San Germán, que con tres mil infantes hasta allí había llegado con las galeras de Pedro de Toledo.171 Sin embargo, la expulsión de los moriscos no tuvo los efectos esperados a la hora de atajar el problema de los ataques de los corsarios norteafricanos, sino que continuaron, y ahora, además, con muchos de los expulsados con sed de venganza. Y no solo eso, también habían dejado de usar sus tradicionales embarcaciones de remos para atacar las costas españolas e italianas con rápidos veleros.172 Además, habían creado una nueva base en La Mamora donde fondear sus barcos, tras la toma de Larache.

Por su parte, en 1611, el duque de Osuna, Pedro Téllez Girón, a la sazón virrey de Sicilia, inició por cuenta propia una serie de acciones navales con sus propias embarcaciones. El duque quería demostrar que era posible hacer frente a los turcos y a los piratas de Argel, ya que había instrumentos para ello; únicamente se necesitaba predisposición, y era esta la que les faltaba a los gobernantes. Por eso, creó su propia escuadra, construyendo él mismo una galera capitana y una sencilla y nombrando él mismo a sus capitanes. Atacó la isla de los Quérquenes, donde hizo bastantes prisioneros alárabes que destinaría a las escuadras de la Monarquía. Al año siguiente, su capitán Antonio Pimentel se dirigió con seis galeras al puerto de Túnez, donde sorprendió a los corsarios norteafricanos que allí se resguardaban, causándoles gran daño. Y, poco después, junto con las galeras de Nápoles, su escuadra saqueó y destruyó Biserta, otro nido de corsarios donde se habían construido unas atarazanas y unos almacenes de pertrechos. Incluso quiso dotar a su escuadra de bajeles de vela, es decir, de alto bordo,173 algo que todavía no entraba en la concepción de navegación por el Mediterráneo de la Monarquía, que quedaba reservada a las galeras. Claro está, las acciones llevadas a cabo por el duque de Osuna levantaron todo tipo de envidias y sospechas en la corte, porque actuaba por cuenta propia sin seguir las órdenes recibidas de sus superiores. No solo eso, sino que el óptimo estado de sus galeras, bien provistas de todos los pertrechos necesarios y con sus marineros y chusma bien alimentada, generaba el recelo del recién nombrado capitán general de la Mar, el infante Emanuel Filiberto de Saboya, sobrino de Felipe III e hijo del duque de Saboya, cuyas galeras, las de la escuadra de España, no estaban, ni de lejos, tan bien armadas ni provistas de bastimentos.

Ciertamente, en 1612, Felipe III nombró a su sobrino, Emanuel Filiberto, capitán general de la Mar, con la intención de mantener a su padre, el duque de Saboya, en la órbita española, porque este deba muestras inequívocas de acercamiento a la Francia de Luis XIII. El nombramiento de Emanuel Filiberto, en palabras de Fernández Duro, cercenaba las atribuciones del capitán general de las galeras de España y del capitán general de la costa de Andalucía. Por eso, tanto Pedro de Toledo como el duque de Medina Sidonia se sintieron agraviados por el nombramiento del infante de Saboya. En 1615, Emanuel Filiberto volvió a proponer al duque la conquista de Argel, siempre en la mente de los gobernantes españoles desde tiempos de Fernando el Católico. Además, propuso al duque de Lerma y al rey la creación de la Escuadra de la Guarda del Estrecho, con el objetivo de proteger las costas de Andalucía y el paso de los barcos de la Monarquía por aquellas aguas.174

El rey cedió a las presiones de la corte y de los generales que recelaban del duque de Osuna y prohibió el corso para impedir, de este modo, que la escuadra de Osuna tuviese licencia para practicarlo. Además, ordenó el paso del duque a Nápoles para ser virrey de aquel reino, cuya escuadra dependía directamente del rey. Con estas dos medidas la Corona trataba de cortar las alas al duque de Osuna, frenando sus ambiciones personales y, sobre todo, su manera de actuar por cuenta propia y a expensas de las órdenes de la corte. Sin embargo, el duque no cejó en su empeño de luchar contra los enemigos de la Monarquía con decisión, y por cuenta propia. Así, tras haber obteniendo sus últimos éxitos contra el corso musulmán todavía siendo virrey de Sicilia, en cuanto llegó a Nápoles se lanzó a la construcción de nuevos galeones. La escuadra de Osuna, de pocas unidades, aunque de gran calidad y, sobre todo, bien armadas y provistas de todo lo necesario para la navegación y combate, siguió sumando victorias, como la obtenida por su capitán Francisco de Ribera en julio de 1616 en el cabo de Celidonia, en la isla de Chipre. La artillería en los costados de los navíos era una gran ventaja a la hora de combatir con la escasa artillería que podían montar las galeras en proa o popa. En este sentido, la estrategia naval del duque de Osuna, concretamente en cuanto a la tipología de embarcación a utilizar en su escuadra, adelantaba, en mucho, a la de la Monarquía, que todavía confiaba su estrategia en el Mediterráneo a las escuadras de galeras.

Sin embargo, no solo los corsarios musulmanes y los turcos amenazaban al poder español en las aguas italianas, Venecia había llegado a un acuerdo con los rebeldes neerlandeses para recibir en su territorio ayuda militar, que sería transportada en un convoy de veintiuna naves.175 Dado que los ministros de la Monarquía vacilaban si romper o no con Venecia, el duque de Osuna trató de impedir la llegada de los neerlandeses a Italia. La marina de Venecia era, sin duda, una importante competidora del poder marítimo español en el Mediterráneo occidental, con una fuerza naval que se podía equiparar, o incluso superar, a la española, como ha advertido Guido Candiani, según una relación anónima de 1607, donde se comparan ambas armadas en caso de un conflicto entre la Señoría de Venecia y España.176 Mucho más peligrosa resultaría ahora, si le sumamos el apoyo militar neerlandés. En este punto, Francisco de Ribera, el capitán de la escuadra del duque de Osuna, infligió gran daño a los intereses venecianos cañoneando a la escuadra de la Serenísima y logrando desembarcar un buen número de soldados en tierra, que atacaron todo lo que encontraron a su paso.177 Pese a las paces firmadas entre la Monarquía y Saboya, y entre Venecia y el Imperio, entre 1617 y 1618 continuó una guerra no declarada entre Venecia y la escuadra del duque de Osuna. Así lo expresa Cesáreo Fernández Duro en su Armada española:

Es hecho curioso entre los que la historia registra, el estado de guerra entre las armadas de Nápoles y de Venecia, estando ésta en paz con España y manteniéndose en las respectivas Cortes Embajadores que ofrecían continua seguridad de amistosas disposiciones.178

En 1618 daba inicio la Guerra de los Treinta Años, un conflicto originado en el polvorín que resultaba ser el Sacro Imperio Germánico. Felipe III no dudó un segundo en apoyar a su primo el archiduque Fernando frente a las pretensiones de Bohemia. Por si fuera poco, las Provincias Unidas y Venecia firmaban en 1619 un tratado de cooperación que, sin duda, perjudicaba directamente los intereses de la Monarquía hispánica. El flujo constante de soldados enviados por Felipe III en ayuda del archiduque Fernando obligaba a aumentar considerablemente la actividad de las galeras, encargadas del transporte de tropas y pertrechos militares. Pero la entrada de España en la guerra significó un importante incremento del gasto militar que, en buena medida se destinaba a la paga de los tercios. Es por esto que cada vez se pudo destinar menos dinero a las fuerzas navales. La falta de dinero para las galeras fue clave para el deterioro de las escuadras, mal pertrechadas y armadas y maltrechas por los efectos de la navegación.

Por otro lado, las costas peninsulares seguían expuestas a la amenaza de los corsarios norteafricanos. Además los corsarios de Salé eran una pesadilla constante para el tráfico marítimo, no solo español, sino también de otros países como las Provincias Unidas e Inglaterra, hasta el punto de que, en 1619, Felipe III y Jacobo I de Inglaterra firmaron un tratado de colaboración para combatirlo.179 Sin embargo, la participación española en la Guerra de los Treinta Años impidió que esta colaboración marítima llegara a llevarse a cabo. La necesidad de vigilar las expuestas costas levantinas, en parte por la imposibilidad de que las galeras de la Monarquía pudieran acudir a todos los frentes donde eran llamadas, favoreció la aprobación por parte de Felipe III del proyecto expuesto por el duque de Lerma de formar él mismo una escuadra de cuatro galeras, con patente de corso y base en Denia, lugar de donde Lerma era también marqués, para patrullar las costas del reino valenciano y las Islas Baleares. La merced otorgada a Lerma le permitía incluso actuar bajo estandarte con sus armas privativas y nombrar general y capitanes.180 Las licencias de corso otorgadas a particulares se presentaban, pues, como una buena solución para llevar a cabo la estrategia naval de la Monarquía porque suplía la falta de galeras y de navíos para combatir a los norteafricanos. En este sentido, Miguel Ángel Bunes Ibarra ha destacado como mientras los Países Bajos, Francia e Inglaterra trataron de resolver el problema de los corsarios musulmanes mediante la diplomacia, España optó por la acción directa, favoreciendo el corso, a partir de 1615, contra las embarcaciones corsarias y las operaciones navales contra sus enclaves.181

A finales de su reinado, Felipe III creó dos nuevas escuadras. Por un lado, en 1618, accedió a la propuesta del infante Emanuel Filiberto y formó la Armada de la Guardia del Estrecho, aunque, lamentablemente, no tuvo mucha continuidad en el tiempo. En 1622, esta armada constaba de dieciocho barcos y tres mil infantes, pero sus enormes costes de mantenimiento y la poca efectividad en sus funciones motivaron su abolición en 1626, ya bajo el reinado de Felipe IV.182 La otra escuadra gozó de mayor recorrido y éxito. La Armada del Reino de Nápoles se creó en 1619, recogiendo entre sus unidades algunos de los navíos de la disuelta escuadra del duque de Osuna, que tras la finalización de su gobierno al frente del reino de Nápoles, se vio obligado a disolver. La Armada de Nápoles llegó a tener veintiocho unidades en la década de 1650, hasta que fue destruida por la armada francesa.183

Concluye Miguel Ángel Bunes Ibarra que durante el reinado de Felipe III «se aprecia claramente un intento de emulación de las acciones navales en el Mediterráneo con los organizados por Carlos V, intentando demostrar que la Monarquía se encuentra en la misma coyuntura».184 Claro está que un intento se quedó, ya que la monarquía de Felipe III no gozaba de la vitalidad de la de su abuelo. Ya fuera por dejadez o por imposibilidad de medios, las escuadras de galeras del Mediterráneo se dejaron prácticamente a su suerte y, aunque el número de buques pudiera parecer adecuado, en realidad, no eran pocos los que se encontraban en unas condiciones deplorables, necesitados de un buen carenado o, incluso, el retiro, y de todo lo demás necesario para salir a navegar en campaña: pertrechos, bastimentos, marinería, galeotes etc. Así, en 1621, año de la muerte de Felipe III, la escuadra de galeras de España contaba con doce buques, aunque difícilmente podrían armarse por las malas condiciones en que se encontraban.185 Por otro lado, tanto la escuadra de galeras de Cataluña como la de Denia pronto entraron en decadencia por sus elevados costes de mantenimiento y porque adolecían en su gestión de las mismas malas prácticas corruptas que las armadas reales.186

El reinado de Felipe III tuvo, en materia naval, sus aciertos y desaciertos. Si bien al final de sus días el rey dejó la marina en un estado bastante paupérrimo, principalmente a causa de la falta de fondos con que poder mantener a sus armadas y escuadras preparadas para afrontar las campañas pertinentes, también es cierto que en su ánimo siempre estuvo la voluntad de hacer las reformas necesarias para enmendar la situación y potenciar las débiles fuerzas navales que heredó de su padre. No es de extrañar que, en este sentido, Cesáreo Fernández Duro afirmase que la nota característica de la marina de Felipe III fuese la reforma. Ciertamente, esta afirmación se puede aplicar sobre todo a los primeros años del reinado, con las dos ordenanzas de la Armada de Indias y de galeras que tuvieron vigor durante el resto de la centuria, sin apenas cambios de importancia. Otro de sus aciertos fue la creación de una matrícula de mar en la que se registrarían los nombres de todos los marineros y maestranza de las costas españolas, con el objetivo de ejercer un mejor control sobre ellos y asegurarse su reclutamiento cuando hiciera falta. Aunque esta matrícula de mar encontró muchas dificultades para aplicarse en el siglo XVII, sentó las bases para su eficacia ya en el siglo XVIII. Quizá, sí se le puede achacar al gobierno de Felipe III, como ha apuntado Miguel Ángel Bunes Ibarra, una falta de visión a la hora de innovar en la tipología de buque a utilizar en el Mediterráneo. Cuando los corsarios norteafricanos habían sustituido la tradicional navegación a remo por el uso de veloces barcos de vela para sus correrías y ataques. Tampoco pudo frenar el corso musulmán, a pesar de algunas importantes victorias que la propaganda de la Monarquía se encargó de ensalzar. Finalmente, Felipe III dejó a su hijo a la marina prácticamente en el mismo estado en el que la había heredado de su padre.

 

La hegemonía naval durante el reinado de Felipe IV (1621-1665): recuperación y declive

Felipe IV inició su reinado en 1621, de la mano de dos hombres dotados de un sincero espíritu de reforma. El primero, Baltasar de Zúñiga, acompañó a Felipe III durante sus últimos años, tiempo que aprovechó para introducir en la corte a su sobrino, Gaspar de Guzmán y Zúñiga, conde de Olivares. Ambos estaban convencidos de la necesidad de recuperar el poderío en los mares para mantener la hegemonía mundial. Así lo seguían indicando los tratadistas y arbitristas de aquel momento. En 1619, fray Juan de Santa María, en su República y policía cristiana, aseguraba que era necesario tener el control del mar para asegurar las posesiones terrestres.187 El propio Olivares asumiría la tesis de Botero en su Razón de Estado, en cuanto a la importancia enseñorear el mar.

Pronto moriría Baltasar de Guzmán, hombre ya de cierta edad, que incluso había participado en la gran armada de 1588, con lo que el conde de Olivares quedó como principal ministro y consejero de Felipe IV, que tenía toda su confianza depositada en él. Durante toda su carrera a frente de la Monarquía, hasta su caída en 1643, Olivares siempre tuvo en mente la promoción del poderío naval, con un doble objetivo: alcanzar la superioridad en los mares ante sus enemigos y conseguir un crecimiento comercial importante.188 Para ello, a pesar de no tener experiencia alguna en asuntos marítimos, supo rodearse, en cambio, de consejeros expertos, capaces de indicarle lo que debía hacer en cada momento en materia náutica. Así, el conde continuó confiando en los buenos juicios y diagnósticos de Diego Brochero y en el experimentado secretario del mar, Martín de Aróstegui, ambos ya de cierta edad.189

El inicio del reinado de Felipe IV coincidió con la finalización de la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas. Rápidamente comenzaron las hostilidades. Los neerlandeses llevaban tiempo hostigando las costas caribeñas infligiendo gran daño en el comercio español y portugués con sus colonias. Estos ataques pusieron en peligro el control hispano en el Caribe, llegando los rebeldes neerlandeses a conquistar la ciudad brasileña de Bahía de todos los Santos, en 1624. Olivares, entonces, ahogar el comercio neerlandés en su propio territorio, es decir, la guerra económica en el mar.190 Esta guerra preventiva pretendía desviar el foco de atención de los ataques neerlandeses de los territorios de la Monarquía, especialmente los americanos, para concentrarlo en su propio territorio, es decir, en los Países Bajos. Ya se había hecho antes con acierto, como sucedió a principios de siglo con la escuadra de galeras de Federico Spínola.

Eso sí, la falta de fondos obligaba a la Corona a buscar otras alternativas para fortalecer a su armada. Por un lado, con las ordenanzas de 1621, se incentivó el corso para aquellos particulares, vasallos, que quisieran armar embarcaciones de alto bordo de menos de trescientas toneladas.191 En este sentido, los corsarios de Dunquerque y Ostende fueron una auténtica pesadilla para los pescadores y comerciantes neerlandeses. Por el otro, se recurrió a la creación de escuadras de galeones por asiento que, en muchas ocasiones, eran contratados por extranjeros que entraban al servicio del rey, atraídos por los beneficios, las ganancias obtenidas del botín y la concesión del prestigioso título de general de escuadra. Unos de estos asentistas de galeones fueron los hermanos Sebastián y Nicolás Judice, constructores de una flota de galeones para la Armada de la Guarda del Estrecho en Cataluña, a semejanza de las escuadras de Vizcaya, Guipúzcoa y Cuatro Villas, constituidas años antes.

La nueva monarquía de Felipe IV y del conde-duque de Olivares parecía cumplir con las expectativas depositadas en ella. El año 1625 es considerado como un annus mirabilis para los intereses hispánicos, pues se sucedieron los éxitos militares, tanto terrestres como marítimos, que posteriormente la propaganda trató de magnificar. La recuperación de Bahía de Todos los Santos, en el Brasil, o la rendición y toma de Breda por los tercios, fueron acontecimientos signos de ser inmortalizados en sendas pinturas que se colocarían nada menos que en el Salón de los Reinos. Por otro lado, la invasión de Génova por parte de las tropas de Francia y Saboya acabó en fracaso por la rápida reacción del duque de Feria, que desde Milán se dirigió a Génova con su ejército para librar la ciudad, y la del marqués de Santa Cruz, que hizo lo propio desde Mesina con las galeras de España junto con las del duque de Tursi. Las galeras hispánicas consiguieron derrotar a los franceses y fueron recuperando, una a una, las plazas ocupadas por estos y su aliado el duque de Saboya. El marqués de Santa Cruz emulaba así a su glorioso antepasado, ya que, durante el año anterior, había conseguido sendas victorias en enfrentamientos con los corsarios berberiscos, llegando a capturar al renegado canario Alí Arráez.192 Por último, las fuerzas navales españolas (siete galeras y algo más de quince galeones) consiguieron repeler un ataque combinado anglo-neerlandés que tenía por objetivo la toma de Cádiz y la captura de la flota del tesoro de Indias.

Sin embargo, durante esos años, la Monarquía perdió a dos importantes hombres decisivos para los asuntos navales. En 1623 moría el príncipe Emanuel Filiberto, infectado de peste en Sicilia. El cuerpo del infante estuvo recorriendo durante meses las aguas mediterráneas sin poder ser desembarcado en ningún puerto porque se temía al contagio. Finalmente, su cuerpo llegó a la península, donde fue conducido a la corte y enterrado en El Escorial. Este deceso era de gran trascendencia para los intereses de Felipe IV, pues era el único enlace que aseguraba la, ya dudosa, lealtad del duque de Saboya a España.193 Sin ataduras familiares, el duque enseguida se entregó a los brazos de Francia y trataron la ya comentada ocupación de Génova. La otra importante desaparición fue la de Diego Brochero, destacadísimo consejero y tratadista en asuntos marítimos; con su muerte Olivares perdía a uno de sus principales colaboradores en materia naval. Por otro lado, el fallecimiento de la infanta Isabel Clara Eugenia devolvía los Países Bajos al gobierno de Felipe IV.

Así pues, los primeros años de la monarquía de Felipe IV parecían estar remendando el rumbo del desacertado reinado anterior. La estrategia de la Monarquía, que abogaba por la guerra defensiva en tierra y ofensiva en el mar, parecía dar sus frutos.194 Sin embargo, todo cambió. En primer lugar, en Francia, el cardenal Richelieu, en el poder desde 1624, era consciente de la necesidad de tener unas potentes fuerzas navales, inexistentes hasta ese momento, por lo que emprendió una decidida política de construcción naval, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico. Así, Richelieu inició la construcción de galeras en el astillero de Marsella y con base en Tolón. Desde ese momento, el cardenal se enfrentó a la Monarquía hispánica desde diferentes puntos del tablero europeo. Y el primero fue en el ducado de Mantua. Tras la muerte del duque Vicente II Gonzaga en diciembre de 1627, el conde-duque de Olivares cometió un grave error de cálculo cuando decidió entrometer a España en la sucesión del ducado y no aceptar al heredero legítimo, Carlos Gonzaga, duque de Nevers, apoyado por Francia. En su lugar, Olivares optó por la candidatura del príncipe César Gonzaga de Molfetta, apoyado por las dos ramas de la Casa de Austria, tanto la de Madrid como la de Viena. Entonces, contrariamente a lo que iba a ser una rápida intervención, la Monarquía se vio envuelta en una larga y costosa guerra de desgaste que consumió las fuerzas de la Monarquía. En este conflicto, las galeras desempeñaron un importante papel transportando continuamente soldados y pertrechos militares a Italia.

De repente la suerte de la Monarquía había cambiado drásticamente. Los elevados costes de la guerra por la sucesión de Mantua, impedían destinar dinero para la armada, que tenía que enfrentar a los neerlandeses. Entonces, entrado el año 1628, sucedió uno de los peores desastres que había padecido la Monarquía hispánica hasta ese momento. El almirante y corsario holandés Piet Hein capturaba la flota de Nueva España en la bahía de Matanzas, con un cargamento de 80.000 kilos de plata, en lo que representaba, hasta ese momento, la mayor afrenta hecha a Felipe IV. Además, los neerlandeses afianzaban su poder en el mar Caribe con la toma del enclave de Curaçao. Se volvió a poner en debate, de nuevo, la necesidad de la creación de una armada permanente en el mar Caribe, la Armada de Barlovento. Ya en la segunda mitad del siglo XVI se había propuesto en varias ocasiones, y se utilizaron pequeñas escuadras de galeras para patrullar el mar Caribe.195 Finalmente, esta armada se formó en 1640,196 aunque pronto se integró en los convoyes que cruzaban el Atlántico.197

Durante la década de 1630, la deriva de la Monarquía, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años la llevaba a un inevitable conflicto bélico con la Francia de Luis XIII, cuando la guerra contra las Provincias Unidas seguía estancada sin un dominador claro y consumiendo una gran cantidad de recursos. En materia naval, las cosas tampoco iban mejor. Los enfrentamientos con los neerlandeses eran continuos en todos los frentes marítimos de la Monarquía. Además, en el Mediterráneo, los corsarios norteafricanos seguían campando a sus anchas, amenazando las costas españolas con total impunidad. A este respecto, destaca el hecho de que, durante la estancia de Felipe IV en Barcelona en 1632, para concluir las Cortes inacabadas de 1626, las naves corsarias llegaron prácticamente a las costas de Barcelona, aunque al ver a las galeras españolas, comandadas por el nuevo flamante príncipe de la Mar, es decir, el infante Carlos de Austria, hermano del rey, huyeron rápidamente mar adentro. No obstante, la desgracia se volvía a cebar con la dinastía, con la prematura muerte del joven infante ese mismo año, con tan solo veinticuatro años.

El importante triunfo de Nördlingen en septiembre de 1634 sobre las fuerzas suecas, las más modernas y preparadas de la Edad Moderna, según los principios teóricos de la «Revolución Militar»,198 no hizo más que precipitar la declaración de guerra de Francia a España, ya en mayo de 1635, que se erigía como el líder de la oposición al eje Madrid-Viena. Al estallar la guerra con Francia, el conde-duque de Olivares aplicó la misma táctica que ya puso en marcha contra los neerlandeses, es decir, la guerra económica en el mar. Para ello, ordenó la construcción en las atarazanas de Barcelona de una flotilla de navíos luengos con el fin de hostigar a los barcos mercantes franceses y ahogar su comercio en el Mediterráneo, especialmente con el Magreb.199 Pese a que, al principio, la guerra naval favoreció a los españoles, pronto los acontecimientos se giraron en su contra. En 1638 el ejército francés penetró por Fuenterrabía y destruyó los galeones que se estaban construyendo en el puerto de Pasajes y, al poco, en Guetaria, la armada francesa acabó con la armada española de doce galeones que trataba de romper su bloqueo de las costas de Guipúzcoa.200 En este sentido, no fueron pocos los barcos españoles que acabaron siendo pasto de las llamas por acción de los brulotes franceses: barcos incendiaros que se dejaban impactar con los navíos españoles. Por su parte, los neerlandeses repelían continuamente los intentos españoles de recuperar los enclaves americanos que habían ocupado.

La situación española se agravaba por la aguda falta de recursos, que impedía tener sus fuerzas navales bien armadas y pertrechadas. En 1639, Olivares decidió crear una enorme armada para atacar directamente a los neerlandeses en su casa. Para ello, durante ese año fue juntando su armada en Mahón (Menorca), donde se fueron carenando los buques para que estuvieran en perfecto estado. Por eso, hasta las islas Baleares se enviaron a carpinteros de ribera y calafates de toda la costa catalana y valenciana, quedando apenas unos cuantos en las atarazanas de Barcelona y en Palamós, donde se estaba realizando el aconcho de las galeras. Esta armada, al mando de Antonio Oquendo, un almirante que contaba con más de un fracaso naval, registró uno de los peores desastres de la historia naval española, al ser derrotada estrepitosamente en la batalla de las Dunas. La escuadra de Oquendo, formada por más de cien embarcaciones, encalló en las, poco profundas, aguas del Canal de La Mancha, cuando navegaba bajo una espesa niebla. Los neerlandeses se limitaron a atacar los barcos encallados y destruirlos. Para ello, utilizaron los brulotes o navíos de fuego que habían adoptado de los franceses. A este respecto, apunta Fernández Duro que los españoles no fueron muy hábiles en el uso de estos barcos incendiarios, utilizados por primera vez por el duque de Ciudad Real en 1642.201 Como apunta David Goodman, la derrota de las Dunas echó abajo el proyecto de Olivares de hacerse con el control de los mares del norte202 y redujo drásticamente la capacidad naval de la Monarquía.203 La moral de las fuerzas navales españolas cayó por los suelos, así como su prestigio. Por su parte, Olivares no pudo recobrarse de este duro golpe e inició su declive personal y político que le llevaría a su destitución en 1643, tras el estallido de las revueltas de Cataluña y Portugal.

Ciertamente, en 1640 se sucedieron dos revueltas que minaron los cimientos de la Monarquía. La revuelta de los segadores había desembocado en una guerra de secesión en la que buena parte de los catalanes abandonaron la obediencia de Felipe IV para ofrecérsela a Luis XIII de Francia. Para su estrategia naval, la revuelta de Barcelona suponía la pérdida de un importante enclave marítimo de la Monarquía. No solo se le privaba de un importante puerto de embarque y avituallamiento de fuerzas y pertrechos, sino también de la fábrica de galeras de las Reales Atarazanas de Barcelona. Por si fuera poco, Portugal también se declaraba en rebeldía, cansada de las continuas pérdidas de su imperio colonial a manos de los neerlandeses y de la incapacidad de la monarquía de Felipe IV por defenderlo. Además, los portugueses contaron con el apoyo naval de Francia y las Provincias Unidas. Estas dos revueltas provocaron la pérdida de confianza del rey en Olivares, y su consiguiente caída en 1643. Derrotado, Olivares se retiraba de la corte a sus estados, dejando unos reinos exhaustos y la reputación de la Monarquía bajo mínimos. A partir de ese momento, Felipe IV se implicó más en el gobierno directo de la su Monarquía, lo que no impidió que ganara su confianza Luis de Haro, sobrino del conde-duque de Olivares. Del mismo modo que había hecho su tío, Haro continuó con la dinámica de fortalecer el poder naval de la Monarquía, «pues el dominio del mar es lo más respetado y temido»,204 y, al igual que ocurrió a inicios del reinado de Felipe IV, los primeros años fueron exitosos.

Sin embargo, las fuerzas navales adolecían de graves deficiencias. La falta de recursos financieros impedía la correcta preparación de las unidades navales para las campañas militares. Fernández Duro advirtió como, en 1637, se tuvieron serias dificultades para poder dar las pagas y las raciones a los marineros del marqués de Villafranca, general de las galeras de España.205 Los barcos estaban faltos de todo lo imprescindible: pertrechos, armamento de calidad, alimentos. Y es que, como advierte Robert Stradling, de las grandes cantidades destinadas a gastos militares, solo llegaba a los pagadores de los ejércitos, armadas y escuadras una pequeña parte, quedando buena parte del dinero en manos de numerosos intermediarios que únicamente buscaban su propio beneficio.206 A este respecto, ya en 1621, el consejero de Guerra, Fernando Girón, afirmaba que la avaricia y el fraude de los proveedores habían matado a más soldados y marinos que las propias balas de los enemigos.207 Razón no le faltaba.

Uno de los aspectos más importantes era la falta de marinería experta. Las derrotas y desastres navales significaban una importante pérdida de marineros y oficialidad que dejaban a las armadas y escuadras huérfanas de sus mejores hombres. Este hecho se veía agravado por la crisis demográfica de la Monarquía, que hacía cada vez más dificultosa la recluta de soldados para los tercios y de marineros para las tripulaciones. Este descenso demográfico, afirmó Robert Stradling, duró, como poco, hasta la década de 1670, es decir, durante la desesperada lucha por defender la hegemonía europea.208 Las malas condiciones de vida de la marinería, las faltas en las pagas y la escasa perspectiva de ascenso no eran buenos incentivos para el alistamiento en las tripulaciones.209 Las deserciones eran habituales.

Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, en el Mediterráneo la armada francesa no pudo imponer su superioridad, al menos hasta mediados de la década de 1640. Las escuadras de la Monarquía hispánica, con décadas de experiencia en la navegación mediterránea, pudo hacer frente al naciente poderío naval francés. Sirva de ejemplo la batalla que el primero de septiembre de 1638 se dio frente a las costas de Génova, en la que las escuadras de galera francesa y española combatieron quedando el resultado en tablas, ya que tanto una como la otra hicieron similar número de presas. En este sentido, cabe destacar el papel desempeñado por el marqués de Villafranca al frente de las galeras de España. Así, la armada jugó un importante papel en el socorro de Tarragona, entre 1640 y 1641, destacándose en él el marqués de Villafranca con sus galeras. Además, la armada también fue decisiva en la recuperación de Cataluña para la Monarquía hispánica, ejerciendo un bloqueo sobre Barcelona para impedir la libre circulación de las embarcaciones francesas y catalanas. Según apunta Antonio Espino en su libro La frontera marítima de la Monarquía, para las operaciones de la Toscana, Nápoles y Sicilia, entre 1646 y 1648, la fuerza naval reunida por España (cuarenta y cuatro buques de la armada del Mar Océano y treinta y dos galeras) era superior a la francesa, lo que permitió, en 1650, recuperar los presidios toscanos perdidos en 1646.210 Por otro lado, el estallido de la revuelta de La Fronda en Francia (1648-1652) desvió la atención del rey galo del Mediterráneo, lo que significaba un respiro para Felipe IV. En febrero de 1647, España y las Provincias Unidas iniciaban conversaciones de paz tras décadas de guerra. Felipe IV incluso pidió a los neerlandeses apoyo naval en el Mediterráneo para hacer frente a los franceses. Así, los barcos neerlandeses, que tanto daño habían causado a la Monarquía hispánica, ahora se encargarían de la vigilancia de sus costas.211 Y es que las Provincias Unidas entendió que su mayor amenaza ya no era la monarquía de Felipe IV, sino la Francia de Luis XIV, cuyas ambiciones expansionistas eran ahora el verdadero peligro de Europa.

Sin embargo, esta resistencia naval de la Monarquía en el Mediterráneo no era sino un espejismo. En este sentido, advierte Rafael Valladares que el mal estado de los buques de la armada, la falta de fondos, su retraso tecnológico en comparación con los barcos de las naciones rivales y la guerra conjunta de Francia e Inglaterra favorecieron la entrada en un pronunciado declive de la marina de guerra de la Monarquía en la década de 1650.212 En este sentido, apunta David Goodman que Inglaterra fue la mayor amenaza naval para la monarquía de España.213 Y es que, tras el annus mirabilis de 1652 (toma de Barcelona, Dunquerque y Casale), la Monarquía cosechó una serie de derrotas que dejaron muy tocada su capacidad de resistencia. La recuperación de Cataluña no significó el fin de la guerra con Francia. Todo lo contrario. La guerra continuó en el norte de Cataluña, donde los franceses seguían ocupando Gerona y algunas importantes plazas marítimas. En este sentido, el fracaso español en el intento de recuperación de Rosas en el otoño de 1653 evidenció que era imposible para la Monarquía llevar a cabo ofensivas para recuperar terreno por la falta de dinero.214 Y esta incapacidad para recuperar el territorio ocupado de debía, en parte, a que, como apunta Antonio Espino, España no supo sacar partido a las operaciones conjuntas terrestres y marítimas como sí hizo Francia.215

Sitio y toma de Cadaqués por el ejército de Luís XIV

Sitio y toma de Cadaqués por el ejército de Luís XIV. Plano realizado por el ingeniero militar Sébastien Pontault de Beaulieu en mayo de 1655. (Museu Marítim de Barcelona).

Además, en 1655, una flota de guerra inglesa tomaba la isla de Jamaica, en el Caribe, sin apenas resistencia y, por si fuera poco, en 1657 el capitán Blake conseguía capturar una flota de la plata frente a las costas de Cádiz. La flota de la plata del año siguiente, si bien pudo mantener a salvo el cargamento de plata, quedó muy maltrecha por el combate con la escuadra del lugarteniente de Blake, Stayner.216 Además, en 1658 se volvía a perder Dunquerque. El desastre se completó con la destrucción de la Armada del Reino de Nápoles a manos de los franceses. El final de la década se caracterizó por la voluntad de ambas potencias por encontrar la paz. Así, con la Paz de los Pirineos de 1659, Luis XIV y Felipe IV ponían fin a casi veinticinco años de guerra. Sin embargo, la guerra con Inglaterra continuó.

No hubo descanso para Felipe IV. Tras el retorno de Cataluña al seno de la Monarquía y lograr la paz con los franceses, tocaba ahora recuperar Portugal, todavía en abierta rebelión. Para ello, tanto Luis de Haro como el rey tenían claro que era esencial tener una fuerza naval potente para bloquear a los portugueses e impedir el socorro que los ingleses les prestaban.217 Sin embargo, los proyectos propuestos para fortalecer la armada no cuajaron, como aquel de 1662 que establecía la aportación por parte de los territorios de la Monarquía de un total de diecisiete navíos.218 Por eso se encontró una solución en la compra de navíos por asiento, porque «permitía una mayor flexibilidad a la hora de financiar los pagos».219 No obstante, la ausencia de un poder naval competente y las severas derrotas de Ameixial (1663) y Villaviciosa (1665) devolvieron a la Monarquía a una realidad que era difícil de digerir: Portugal estaba prácticamente perdido. Felipe IV fallecía ese mismo año de 1665, tres meses antes del desastre de Villaviciosa, tras un largo y convulso reinado y con la afrenta de la rebeldía de sus súbditos portugueses.

 

Declive y resistencia de la monarquía de Carlos II (1665-1700)

La subida al trono del último Austria no vino acompañada de grandes esperanzas como había ocurrido en los reinados anteriores. La propia figura del nuevo monarca ofrecía pocas expectativas: apenas un niño de cuatro años, de complexión y carácter débil, que no parecía ser el mejor para comandar la nave del Imperio. Ciertamente eran muchas las carencias que presentaba el joven Carlos. Por otro lado, su ascenso al trono no vino acompañado por la formación de un gobierno reformista, como requería la difícil situación de la Monarquía. La Junta que había designado el rey difunto para que ayudase a gobernar a su hijo y a la reina regente pronto se vio desplazada por la impronta de esta, que rápidamente colocó a su lado al padre jesuita Juan Everardo Nithard. La política exterior de la Monarquía hispánica durante el reinado de Carlos II estuvo condicionada por dos factores esenciales: la precariedad financiera, que le impedía mantener un ejército y una marina potentes, y la agresiva política expansionista de Luis XIV.220

Durante este reinado los males de las fuerzas navales de la Monarquía fueron los mismos que los del reinado anterior. Los gobernantes tuvieron grandes dificultades para preparar y disponer las armadas para afrontar las sucesivas campañas que se avenían. En este sentido, generalmente fue la falta de dinero lo que impidió el correcto armamento de los buques y escuadras y, por lo tanto, que las fuerzas navales reales disponibles no fueran las que se habían proyectado en un primer momento por la Monarquía. Aquí radica una de las claves de la marina del siglo XVII y, en especial, la del reinado de Carlos II. Y es que, a pesar de que el número de buques se mantuvo estable, o mejor dicho, estancado, a lo largo del reinado, como ha indicado Rafael Valladares,221 lo cierto es que el éxito de la estrategia naval de la Monarquía estuvo condicionado por dos factores: por un lado, que tuvo que competir con el resurgimiento de las marinas de sus enemigos europeos;222 por el otro, la escasa capacidad combativa de los navíos puestos en el mar.223 Por lo tanto, apunta Storrs que la Armada del mar Océano rara vez superó las veinte unidades durante el reinado de Carlos II;224 a lo que hay que añadir en qué estado se encontraban.

Así pues, era un hecho asumido la decadencia de la marina española durante la segunda mitad del siglo XVII. Destaca, en este sentido, la dura valoración que de las fuerzas en el Mediterráneo dio el embajador veneciano a inicios del reinado. Las de España no eran «más de seis galeras de mala construcción», y las de Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Génova no pasaban de los dieciocho buques. No se reemplazaban los buques perdidos por otros nuevos.225 Cabe recordar que la fábrica de galeras en las atarazanas de Barcelona permaneció clausurada durante toda la Guerra de los Segadores, y no fue hasta 1664 que se reabrieron para retomar su actividad. Durante todos esos años, las galeras de la escuadra de España se construyeron en Génova por asentistas, y alguna en el Puerto de Santa María, adonde fue trasladado Jerónimo Verde, maestro mayor de galeras de las atarazanas de Barcelona. El embajador veneciano, de una manera muy ilustrativa, explicaba el estado de la escuadra de Nápoles, que había sido derrotada por los franceses en la década de 1650: «Felipe IV ha disminuido tanto la escuadra de Nápoles, que lo que queda puede ser contado por quien nunca haya aprendido la numeración».226 Y, finalmente concluía: «de estas fuerzas marítimas no diré más sino que los españoles, o no conocen su importancia, y por eso no las estiman, o no conociendo su importancia no se esfuerzan en remediar el daño».227

No obstante, últimamente la historiografía ha renovado esta visión tan pesimista del reinado de Carlos II y ha puesto de relieve la capacidad de resiliencia de la Monarquía, que, a pesar de todos los males que la acechaban, pudo mantener su integridad hasta finales de siglo. Es esta la tesis principal del libro de Christopher Storrs, La resistencia de la Monarquía Hispánica 1665-1700.228 Además, la Monarquía potenció la diplomacia y la negociación para conseguir sus objetivos, ya que permitían un mayor ahorro que con el uso de la fuerza.229 Esta resiliencia también es válida para la marina de Carlos II, como han puesto de relieve el propio Storrs. Más recientemente, Antonio Espino ha destacado las muchas dificultades de la Monarquía para sacar a navegar sus buques cada campaña y las malas condiciones en las que lo hacían; lo que no impidió mantener en el Mediterráneo sus posesiones, no sin la ayuda neerlandesa, claro. Eso sí, para ello fue necesario concentrar en sus aguas todas sus unidades,230 lo que dejaba desprotegidos otros territorios. Así, la indiscutible hegemonía francesa, constatada a partir de la Paz de los Pirineos, no se pudo hacer efectiva en el Mediterráneo, aunque sí fue evidente su superioridad, en parte por su mayor potencia de fuego con galeotas bombarderas. Esto inclinó la balanza del lado francés.

A comienzos del reinado, la Monarquía carecía de barcos de guerra suficientes para cubrir todos los frentes abiertos. Por un lado, la rebelión de Portugal reclamaba el envío al estuario del Tajo de todas las unidades disponibles, incluso las galeras de España que se hallaban en el Puerto de Palos, donde tenían su base. Por otro lado, durante esos años, los ataques corsarios continuaron, como venía siendo costumbre durante toda la centuria. En 1666 se interceptó un patache de Argel con pliegos sobre la llegada de la flota de Nueva España, a la que querían capturar.231 Por último, ese mismo año, iniciaba su viaje hacia Viena la emperatriz Margarita Teresa de Austria para encontrarse con su marido, el emperador Leopoldo I. Para la travesía por el Mediterráneo, que la llevaría hasta Italia, era necesario disponer de una escuadra de galeras digna de su rango y capaz de protegerla de cualquier ataque corsario. Para ello, se había reconvertido la galera capitana de España en galera real, y se había ordenado la construcción de tres galeras sencillas en las recién reabiertas atarazanas de Barcelona. Además, se unieron en Barcelona las seis galeras de la Orden de Malta y, ya en Marsella, las del papa. Tal era la importancia del viaje y de la pasajera. Por último la plaza de Orán requería abastecimiento y apoyo naval continuo, por lo que las galeras a menudo tuvieron que desplazarse hasta allí. Los compromisos de la Monarquía eran muchos y las fuerzas navales pocas y en mal estado.

En 1667, la guerra de recuperación de Portugal daba sus últimos coletazos. Nada se podía hacer ya para evitar la independencia del reino luso, que se hizo efectiva en febrero del año siguiente. No obstante, todavía en 1667, la Monarquía iniciaba una nueva guerra con Francia que había invadido los Países Bajos en julio de ese año. La Guerra de Devolución, como así es conocido este conflicto, por el derecho de devolución de esos territorios que esgrimía Francia, duró apenas dos años. Durante estos años, la Corona trató de oponer un dique a las aspiraciones expansionistas de Luis XIV, y trató de defenderse de sus agresiones.232 La guerra se centró, principalmente, en Flandes y el Franco Condado y, gracias a la Paz de Aquisgrán, de mayo de 1668, se puso fin al conflicto. Finalmente, el statu quo resultante de las negociaciones se ratificó con el Tratado de Garantía.233 La escasez de unidades de la armada se intentó solventar con la contratación de asientos de navíos, como los de Juan Francisco Roco de Castilla, Pedro de Agüero, el marqués de Valdecorzana o el de Juan Enríquez de Mesa. Además, se encargó la construcción, también por asiento, a la compañía de Ambrosio Lomelín y Domingo Grillo de varios navíos en Flandes y uno en la población catalana de Arenys de Mar.

Durante ese tiempo, la Monarquía continuó echando mano de sus galeras para mantener la comunicación entre sus territorios mediterráneos. En este sentido, las atarazanas de Barcelona continuaron con la producción de buques de galera, reiniciada en 1664. Por otro lado, en 1667, la reina regente dispuso que las galeras de España hibernaran en Cartagena durante los dos años siguientes, en lugar de en El Puerto de Santa María, donde lo habían hecho desde 1529.234 Y es que la barra de arena del río Guadalete crecía continuamente por la falta de inversiones en su limpia, y bloqueaba la entrada en el Puerto de Santa María. Esto significó el cambio definitivo de apostadero para la escuadra de galeras de España a Cartagena. Con este traslado también se pretendía dar respuesta a las necesidades que se planteaban en el Mediterráneo, donde las galeras de España tuvieron una importante actividad entre 1669 y 1673, cubriendo las necesidades de los presidios de Orán y Melilla, por la inestabilidad política de la zona.235 Sin embargo, no fueron pocos los que se quejaron de este traslado. Buena parte de la marinería de las galeras era originaria del Puerto de Santa María, y no entendían que tuvieran que trasladarse a Cartagena durante la invernada de las galeras. Además, el marqués del Viso se lamentaba de las mayores dificultades de abastecimiento para las galeras en Cartagena.236 Sin embargo, lo cierto es que, a lo largo de esos años, buena parte de la oficialidad de las galeras, tanto militares, como veedores, pagadores u otros oficios de pluma, se fueron instalando en Cartagena, asimismo, soldados y artesanos, atraídos por la oportunidad de negocio, hicieron lo propio.237

A pesar de las paces con Portugal y Francia, la situación en la Monarquía era muy tensa, con una gran rivalidad política entre el padre Nithard y Juan José de Austria, hermanastro del rey que, desde la Corona de Aragón, trataba por todos los medios de acabar con el gobierno del jesuita. Así, tras una dura campaña de desprestigio sobre el gobernante, don Juan José se dirigió a Madrid con un ejército y logró expulsarlo, en lo que se ha considerado un golpe de Estado. En materia internacional, estos años fueron aprovechados por la Monarquía para tejer una red de alianzas contra Francia, consiguiendo la diplomacia fortalecer la Triple Alianza integrada con Inglaterra y las Pronvincias Unidas. Ambas potencias se comprometían a ayudar a España con buques, pertrechos y armas en caso de ataque francés. Así, durante el reinado de Carlos II se normalizó la presencia de los buques de guerra neerlandeses e ingleses en los puertos españoles. Del mismo modo, la reina regente ordenaba a la Junta de Armadas que procurase aumentar las fuerzas navales con el mayor número de bajeles que fuera posible para la defensa y conservación de la Monarquía.238

La Corona era consciente del atraso tecnológico de los barcos españoles. En 1671, el Consejo de Estado planteó la posibilidad de sustituir las costosas galeras por barcos de mayor porte pues, aunque las galeras habían sido de gran utilidad en el pasado, convenía ahora hacerse con embarcaciones de otro género, como ya utilizaban el resto de potencias.239 Sin embargo, las galeras continuaron su andadura a lo largo de la centuria y la mitad de la siguiente. Eso sí, destaca en este punto que, encontrándose en España las galeras en franco declive, en Francia gozaran, durante esta segunda mitad del siglo XVII, de su momento de esplendor. Ciertamente, las galeras construidas en Marsella fueron esenciales para la estrategia naval de Luis XIV.240 Además, fue durante este siglo cuando aparecieron en Francia importantes tratados de construcción naval sobre la galera, mientras que en España se seguían construyendo según las buenas artes del maestro mayor de galeras y, desde luego, sin utilizar planos. A este respecto, resulta chocante el poderío naval francés en el Mediterráneo en comparación con la penosa situación de las fuerzas españolas. En 1672, según un informe del condestable de Castilla, Francia disponía de un poder naval compuesto por ochenta y cuatro navíos, once que se aprestaban y otros veintidós que estaban en astillero; otros diez navíos para el corso, veinticinco pingues y brulotes, veinticuatro galeras, tres galeotas y dos galeras en astillero. Una potente armada que ya no solo destacaba por el número de unidades, sino por su preparación y buena disponibilidad para el combate, con abundancia de pertrechos y armamento de calidad.241

Durante esos años de relativa paz, la Corona parecía disponer de mayores recursos, lo que le permitió emprender, a partir de 1672, una serie de operaciones en el norte de África para conseguir alguna plaza que le sirviese de contrapeso a la influencia francesa e inglesa en aquellas tierras.242 Es en este contexto en el que se enmarca la conquista de Alhucemas, en septiembre de 1673. Sin embargo, la unidad de la Triple Alianza se resquebrajaba, tentada Inglaterra por una posible colaboración con Francia para atacar los Países Bajos. Por el Tratado de Dover, del primero de junio de 1670, Carlos II Estuardo se comprometía a participar en la guerra contra las Provincias Unidas, a cambio de recibir un suculento subsidio de Luis XIV. En 1672 estalló la guerra que enfrentaba a Francia e Inglaterra contra las Provincias Unidas, y colocaba a España en una difícil situación diplomática. Aunque, finalmente, se adhirió a la república neerlandesa en el conflicto. Ante el poder naval francés, muy superior al español, a la Corona no le quedó otro remedio que solicitar a las Provincias Unidas el envío de una escuadra de veinte navíos para poder combatirlo. Además, la Corona apremiaba a sus ministros a aumentar sus fuerzas navales.

En este contexto, las atarazanas de Barcelona continuaron con su producción de buques de galera, principalmente para sustituir a aquellos que estaban en mal estado y no aguantarían la siguiente campaña. Así, en 1670, el hombre de negocios Francisco Monserrat se comprometió a construir en las atarazanas tres galeras, por 360.000 reales de ardites, que se botaron en 1672.243 Pero la situación financiera de las galeras durante esos años era desastrosa, convirtiéndose en un hecho habitual el que no todas las unidades disponibles pudieran hacerse a la mar por falta de medios. Esta era la situación que denunciaba el marqués del Viso en octubre de 1673, pues las galeras estaban faltas de medios, soldados y remeros, además de estar quebrados los buques de la galera Patrona y la Santa Teresa, por lo que ese año, únicamente se podía contar con seis galeras.244

La diferencia de potencial se vio claramente en el combate sucedido en octubre de 1673, ante el puerto de Málaga, entre cuatro navíos españoles, al mando del almirante López Gijón, y cuatro navíos franceses. El marqués de Villafiel, corregidor de Málaga, decía que al lado de los buques franceses, los cuatro navíos españoles parecían pataches y que, además, la marinería que llevaban estaba compuesta, en gran número, por extranjeros mal pagados y descontentos.245 En este sentido, destaca la acción del corso mallorquín que entre 1674 y 1679 capturó más de cien embarcaciones, en su gran mayoría francesas.246 El corso se consolidaba de esta manera como uno de los principales recursos marítimos de la Monarquía hispánica en el siglo XVII.

Por si fuera poco, se abría un frente inesperado para la Corona cuando la ciudad siciliana de Mesina se levantaba contra el gobierno de los Austrias en 1674. El descontento de los sicilianos fue aprovechado por Luis XIV para enviar a su armada a aquellas aguas, atendiendo, así, a la llamada hecha por los rebeldes y consiguiendo romper el bloqueo marítimo al que estaba sometido la ciudad. El rey envió a Sicilia la armada del Mar Océano, compuesta de veintiún navíos, al mando de Beltrán de la Cueva, y sus galeras, la mayoría de las cuales estaban en Cataluña. Los navíos llegaron a tiempo para reorganizar el bloqueo del, siempre peligroso, estrecho Mesina; sin embargo, las galeras sufrieron un fuerte temporal en el golfo de León que dispersó la escuadra y retrasó su llegada a Mesina. Los temporales impidieron finalizar la operación española de entrada en el puerto de Messina y acabar con la revuelta ciudadana; momento que aprovecharon los franceses para entrar en el puerto con su armada, y para suerte de los mesineses rebelados.

En febrero de 1675 tuvo lugar un combate naval frente al faro de Mesina, en el que la armada de Beltrán de la Cueva quedó atrapada entre los dos fuegos, muy superiores, de las escuadras francesas de Bivonne y Valbelle. La armada del Mar Océano tuvo que refugiarse en Nápoles, a la espera de carenarse y de nuevas órdenes. No estuvo la climatología del lado español durante ese conflicto, pues en noviembre de 1675, una fuerte tormenta arrastró los bajeles contra la costa de Calabria, dispersando el resto de embarcaciones, que tuvieron que refugiarse en Palermo y Siracusa, culminando esta desgracia el rayo que cayó sobre la galera capitana de Sicilia, que se consumió en llamas.247 En enero de 1676 la armada francesa, comandada por el almirante Duquesne, se enfrentó cerca de la isla Stromboli a la escuadra combinada de España y las Provincias Unidas, al mando del almirante zelandés Ruyter, y compuesta principalmente por navíos neerlandeses y galeras de la Monarquía, que hicieron un buen papel remolcando a los navíos maltrechos por la batalla. El resultado de la batalla, sin un vencedor claro, es indicativo de que, a pesar de la mayor superioridad francesa en el Mediterráneo, no fue capaz de vencer de una manera clara a la armada española, apoyada por la neerlandesa.

No obstante, las fuerzas navales españolas desplegadas en Italia se encontraban en un estado deplorable, lo que no permitiría hacer frente a la francesa durante mucho tiempo. El estado de las galeras también era pésimo. Una de las galeras de la escuadra de España se había desarmado por falta de chusma, las de Nápoles habían quedado reducidas a cinco unidades y las de Génova estaban todas destrozadas, sin remeros ni guarnición.248 El 1 de junio de 1676, frente a las costas de Palermo, la armada francesa y la hispano-neerlandesa se enfrentaban de nuevo en un combate que resultó claramente favorable a los intereses franceses. Se perdieron varios buques y otros muchos quedaron muy maltrechos, aunque, gracias a la acción de las galeras, no pocos pudieron ser remolcados. La galera, pese a que ya no era el barco de guerra por antonomasia en el Mediterráneo, continuaba siendo esencial en los combates en tareas de persecución de enemigos, abastecimiento, operaciones anfibias y remolque de navíos de alto bordo. De ahí la necesidad de mantener todavía las escuadras, pese a sus elevados costes de mantenimiento. Además, en 1677, la presión del bey de Argel sobre el presidio de Orán obligó a enviar allí a las galeras con el auxilio costeado en buena parte por la ciudad de Málaga.249 Ese año, las unidades de las diversas escuadras de galeras de la Monarquía sumaban veintinueve buques.250

Galera española remolcando un barco neerlandés después del combate de enero de 1676

Galera española remolcando un barco neerlandés después del combate de enero de 1676. Episodes Maritimes. Gravado de Auguste Etienne Francois Mayer y Léon Jean-Baptiste Sabater, siglo xix. (Museu Marítim de Barcelona).

Tras la desastrosa batalla, la escuadra neerlandesa regresó a su país, quedando las fuerzas españolas prácticamente indefensas y en un estado pésimo. En Palermo se repararon todos aquellos buques que habían quedado malparados en la batalla. Pese a las propuestas del papa para encontrar la paz, Juan José de Austria y el Consejo de Estado se negaron a aceptarlas, y más cuando las últimas operaciones francesas para hacerse con el control de la isla habían fracasado.251 La paz alcanzada entre la república neerlandesa e Inglaterra precipitó la decisión de Luis XIV de abandonar la isla de Sicilia en marzo de 1678, dejando a los mesineses a su suerte. Recuperada Mesina para la Monarquía, la Paz de Nimega, de agosto de ese mismo año, ponía fin también a la Guerra de Holanda, por la que España perdía definitivamente el Franco Condado. Tras esta paz, se inició un período de paz para la Monarquía hispánica que se alargó durante buena parte de la década de 1680, considerada por Robert Stradling como la menos bélica del siglo XVII.252 Estos años fueron aprovechados por la Corona para llevar a cabo una serie de reformas administrativas y económicas que permitieron la lenta recuperación de las décadas posteriores.

Desde finales de la década de 1670, la Monarquía llevo a cabo planes para el fortalecimiento de las fuerzas navales españolas, ya fuera mediante la compra o la construcción de buques.253 La voluntad reformista también llegó a las galeras de España. La Corona se interesó continuamente por encontrar la manera de reducir los gastos de su manutención, llegando a afirmar, en 1679, que era preferible tener menos galeras en servicio pero mejor pertrechadas y efectivas en el mar que no tener un mayor número de buques, pero que no pudieran navegar, como sucedía hasta ese momento.254

No obstante, Francia continuó con su progresión expansiva, atacando Flandes y Cataluña, poniendo sitio a la ciudad de Gerona, aunque sin éxito. Incluso bombardeó la ciudad de Génova durante doce días en 1683, habiendo esta permitido la entrada de la armada francesa, por la ayuda prestada a los españoles. El ataque francés a la ciudad ligur tuvo una repercusión europea y puso a todas las potencias en guardia frente a la ambición de Luis XIV. Y esta vez, a diferencia de lo ocurrido en 1625, los genoveses no podían esperar la ayuda de un duque de Feria o de un marqués de Santa Cruz. Nada se opuso entre los cañones franceses y las murallas genovesas. Este conflicto, que apenas duró un año, se saldó con la, poco honrosa para la Monarquía hispánica, Paz de Ratisbona que aseguraba una tregua de veinte años de paz entre ambas potencias, algo que difícilmente podría cumplirse. Pero nada más lejos de la realidad, porque la política internacional de Luis XIV y la alianza franco-neerlandesa abocaron a España, en 1688, a otra guerra con Francia. En esta ocasión, los principales escenarios de operaciones fueron Cataluña, Flandes e Italia. Durante la Guerra de los Nueve Años (1688-1697), la armada francesa fue una constante pesadilla para la Monarquía, campando a sus anchas por las costas catalanas sin apenas resistencia alguna por parte de las débiles fuerzas marítimas hispánicas. Uno a uno, las tropas y armada francesa fueron conquistando todos los puertos catalanes del litoral gerundense. Únicamente la presencia de los aliados ingleses y neerlandeses impidió un mayor desastre.

Además, los bombardeos realizados por los barcos franceses sobre algunas ciudades del Levante español no tenían precedente. Esta forma de atacar de Luis XIV, utilizando sistemáticamente la devastación y el terror en las tierras invadidas, se basaban en los métodos suecos utilizados en la Guerra de los Treinta Años.255 La devastación era mucho mayor y recaía sobre la población civil de las ciudades y tierras atacadas. El duro ataque sobre Barcelona, con bombas caídas en la ciudad y, sobre todo, el de Alicante, ambos en julio de 1691, eran indicativos del gran potencial de fuego de los cañones de la armada francesa y de esta concepción de infundir terror en la población enemiga.256 Desde ese momento, el peligro de otro ataque francés desde el mar siempre estuvo presente en la mente de los barceloneses, al inicio de cada campaña militar. Las dificultades económicas de la Corona impedían llevar a cabo una política efectiva de reforzamiento de sus fuerzas marítimas; aunque sí se emprendieron algunas construcciones en 1692 en Colindres y se compraron algunos galeones a los Países Bajos. Por su parte, las atarazanas de Barcelona continuaron con su actividad constructiva, a pesar de la escasez de dinero. Sin embargo, el bloqueo que puso la armada francesa sobre Barcelona, en el verano de 1693, obligó a las atarazanas a detener su producción, como informó el superintendente de la fábrica de galeras, José de Marimón, al secretario García de Bustamante.257

En octubre de 1693, la llegada de la flota aliada anglo-neerlandesa era la señal más evidente de la decadencia hispana en el mar y de la imposibilidad de enfrentarse, por sí sola, a Francia.258 Y es que, a inicios del año siguiente, la potente armada del almirante francés Tourville, que dominaba el Mediterráneo occidental, estaba formada por cuarenta y cinco navíos, que llegarían a ser algunos más, además de veinticuatro galeras.259 En 1694 los franceses ocuparon Gerona y ya dominaban prácticamente toda la mitad nororiental de Cataluña. Esto repercutió en el abastecimiento de materiales para la construcción naval en las atarazanas, especialmente el hierro de los valles pirenaicos. Lo cierto es que la Corona llevó a cabo, entre 1694 y 1695, la construcción de una serie de navíos, ya fuera por administración directa o por asiento, en varios territorios de la Monarquía, además de los tradicionales astilleros de Vizcaya, Colindres o Guarnizo. A pesar de las ofertas de construcción que llegaban a los ministros del rey, apenas se hicieron algunos por las dificultades económicas que incluso impidieron armar correctamente a los construidos.

El bombardeo y posterior ocupación de Barcelona por las tropas francesas en 1697 era el epílogo de décadas de progresiva decadencia de la Monarquía hispánica. La poca oposición que pudo ofrecer la ciudad y la falta de una armada que la defendiera por mar habían dejado a Cataluña a merced del enemigo. Claro está, las atarazanas de Barcelona tuvieron que volver a detener su actividad constructiva. Tras la firma del tratado de Ryswick en 1698, los franceses devolvieron Barcelona a Carlos II, eso sí, asegurándose prácticamente la sucesión de la Corona española para el joven duque de Anjou, nieto de Luis XIV. La sensación de desánimo y la desmoralización eran totales entre los súbditos de un rey cuya vida, poco a poco, iba apagándose. En 1699 se botó en Barcelona la última galera del reinado de Carlos II y del siglo XVII.

La marina que Carlos II dejaba a su sucesor era prácticamente insignificante. Los pocos buques que había estaban en un estado deplorable, la moral de la oficialidad y de la marinería por los suelos, tras décadas de derrotas y de tener que ver cómo Francia siempre llevaba la iniciativa con clara superioridad. Con todo, la Monarquía había podido mantener prácticamente todos sus territorios, eso sí, gracias al apoyo naval neerlandés, que aportó el grueso de las fuerzas navales combinadas durante casi tres décadas. Eso sí, a cambio de una dependencia del comercio neerlandés cada vez más acusada. Sin embargo, los barcos neerlandeses no hubieran podido hacer nada sin el apoyo logístico de los numerosos puntos de apoyo terrestres que tenía la Monarquía hispánica en el Mediterráneo.260 Islas como Menorca, Mallorca, Ibiza o Cerdeña y puertos como los de los presidios toscanos ofrecían un valioso refugio a las escuadras cuando estas se veían amenazadas. Y esta red de estratégicos puntos de apoyo naval le faltaba a Luis XIV, lo que le impidió ejercer un control total del Mediterráneo occidental. En este sentido, apunta Storrs, que el apoyo anglo-neerlandés a Carlos II venía motivado, en parte, por el refugio que ofrecían estos puertos, tanto a sus barcos de guerra como a los comerciales.261 No obstante, la importancia de estos puntos se ve reforzada al entender la estrategia naval de la Monarquía que abogaba por la conservación de las armadas y escuadras antes de la confrontación con el enemigo.262 Así, era preferible retirarse a puerto seguro y mantener las fuerzas marítimas para que pudieran seguir desempeñando sus funciones habituales, que entrar en combate, con el riesgo de pérdida de unidades que este podía conllevar. En este sentido, el mantenimiento de las escuadras de galeras era fundamental para la conservación de los territorios italianos.

Carlos II falleció el 1 de noviembre de 1700, sin tener descendencia y habiendo nombrado como sucesor al duque de Anjou, Felipe de Borbón. Pero las potencias europeas no veían con buenos ojos la posibilidad de un bloque hispano-francés en Europa, por el peligro que significaría para el equilibrio político del continente surgido tras la Paz de Westfalia de 1648. Así que, tanto Inglaterra como las Provincias Unidas optaron por apoyar la candidatura del archiduque Carlos de Austria al trono español y, de esta manera, daban también voz a las aspiraciones de los territorios de la Corona de Aragón, cuya población, en buena parte, era partidaria del pretendiente Habsburgo. En 1702 estallaba la Guerra de Sucesión Española, que se alargaría hasta 1714.

 

El ocaso de las galeras: el reinado de Felipe V

Las fuerzas marítimas heredadas por Felipe V eran prácticamente inexistentes. Al inicio de la Guerra de Sucesión, estas constaban de una veintena de navíos y un número similar de galeras.263 Es decir, como afirma Dionisio A. Perona, la denominación de las flotas era numerosa, pero, en cambio, los barcos eran escasos.264 Además —prosigue Perona—, había otros factores que agravaban la situación: falta de apoyos logísticos en tierra, dependencia de las materias primas del extranjero, principalmente de los Países Bajos, y falta de marinería.265 Con todas estas dificultades, la nueva monarquía de Felipe V tendría muchos problemas para mantener la unidad de sus territorios, por la falta de conexiones marítimas. En este sentido, era esencial para el mantenimiento del imperio de ultramar la posesión de navíos de guerra bien pertrechados para proteger la circulación de las flotas de la plata y el tráfico comercial. Por otro lado, las debilitadas escuadras de galeras y los pocos navíos que patrullaban el Mediterráneo no eran suficientes para la conservación de los territorios italianos y los presidios norteafricanos. Quién mejor que Vicente Bacallar, marqués de San Felipe, para describir el estado en que se encontraba la marina española a la llegada de Felipe V:

Vacíos los arsenales astilleros, se había olvidado el arte de construir naves, ni tenía el Rey más que las destinadas al comercio de las Indias, y algunos galeones; seis galeras consumidas del tiempo y del ocio se ancoraban en Cartagena. Estas eran las fuerzas de España.266

Por otro lado, la oficialidad española se sentía ofendida por la primacía de los oficiales franceses en la dirección de la marina. Así, informa Fernández Duro de la disconformidad que había en la marina española por la distinción concedida por el rey al conde d’Estrées, vicealmirante de Luis XIV y responsable del bombardeo de Alicante, de teniente general de la mar, título vacante desde la muerte del príncipe de Plombín.267 Es este un claro ejemplo de la preeminencia que gozaron los servidores franceses que acompañaron a Felipe V a España, bajo la supervisión de su abuelo Luis XIV, recibiendo cargos y honores en perjuicio de los naturales de los reinos de la Monarquía.

Pronto se desataría el conflicto bélico. En 1702, los, hasta hace poco, aliados ingleses y neerlandeses eran ahora los enemigos, y pronto se hicieron notar. Una gran armada anglo-neerlandesa, al mando del almirante Rooke, se presentó frente a las costas de Cádiz, donde desembarcó una gran tropa que atacó Rota y el Puerto de Santa María, saqueando esta última localidad. Al poco, Rooke remontó la costa atlántica en busca de la flota de la plata de Indias, aunque esta llegó al puerto de Vigo, gracias a la escolta y protección de los navíos franceses, y logró desembarcar la plata que traía. Sin embargo, próxima a la ría de Ferrol, la armada aliada destrozó a la hispano-francesa, llegando a capturar nueve bajeles franceses y once españoles, además de otros tantos hundidos o que quedaron muy malparados. Además, a la derrota acompañó el saqueo de las poblaciones de la costa gallega. Esta derrota dejaba a la marina de Felipe V como una fuerza testimonial. A este desastre le siguió la ocupación de Gibraltar por parte de los británicos en agosto de 1704, sin que nada pudieran hacer sus defensores. Tras la pérdida del peñón, la armada francesa partió de Tolón con destino la costa española, a la que se unió la escuadra de galeras, única fuerza naval disponible.268 Realmente, Felipe V continuó enseguida la construcción de nuevas unidades. Justo al empezar la guerra, en las atarazanas de Barcelona se estaba construyendo un buque para galera patrona, ya bastante avanzado, y uno para galera sencilla. Sin embargo, el estallido del conflicto volvía a paralizar la producción de la fábrica de galeras en Barcelona, para perjuicio de los intereses de Felipe V. Por si fuera poco, de las siete galeras que integraban la escuadra de España, dos se pasaron al bando austriacista, en 1706, y únicamente se recuperaron para la escuadra de España tres buques de las galeras de Nápoles, tras la pérdida de este reino en 1708.269

Desde luego que los primeros compases de la guerra marítima no fueron nada favorables a Felipe V. La armada francesa (cincuenta y un navíos de línea, seis fragatas, ocho naves incendiarias y doce galeras) se enfrentó, de nuevo, a la anglo-neerlandesa (cincuenta y tres navíos de línea, seis fragatas, ocho pataches e incendiarios) ante las costas de Málaga. La batalla, cuyo resultado fue bastante indeciso, dejaba, eso sí, el mar en manos de los aliados, ya que los nuevos miembros de la Secretaría del Despacho Universal, de la que dependían todos los asuntos de guerra y marina, abogaron por no aumentar las fuerzas marítimas.270 Es decir, se asumía la superioridad anglo-neerlandesa en el mar. Y es que, a pesar de que en los primeros años del reinado se mantuvo la estructura orgánica de la Monarquía, Felipe V confió su gobierno a los secretarios del Despacho Universal, restándole prácticamente todo el poder a los antiguos consejos del tradicional sistema polisinodial establecido por la dinastía Habsburgo. En este sentido, en el tiempo que se sucedieron la pérdida de Gibraltar y la batalla de Málaga, los asuntos de marina dependían de la Secretaría del Despacho de Guerra y Hacienda.271

Hasta después de 1710 no se dieron los primeros pasos para la reconstrucción del poder naval español, cuando la guerra parecía decantarse a favor de Felipe V. Y esto fue posible gracias a la formación de una junta integrada por los duques de Veragua y San Juan o el almirante Fernández Navarrete, entre otros, para dirimir sobre la conveniencia de iniciar la construcción de navíos en los astilleros de España y las Indias, así como el acaparamiento de todos los pertrechos necesarios para su armamento.272 Y es que esta junta tenía un objetivo claro: la creación de un programa naval para la monarquía de Felipe V.273 Sin embargo, los primeros años de la junta se pueden considerar de intenciones, y no fue hasta los últimos dos años de la Guerra de Sucesión cuando se planteó con mayor firmeza la reconstrucción de la Armada,274 necesaria para completar, también por mar, el bloqueo de Barcelona. Así, a partir de 1713 se iniciaron las construcciones en Vizcaya y en Indias y se compraron barcos en los Países Bajos y Génova.

La Real Cédula de 21 de febrero de 1714, impulsada por el primer secretario del Despacho de Marina, Bernardo Tinagero, tuvo una importante repercusión para el futuro de la marina de la Monarquía. Por un lado, se unificaba y reglamentaba la oficialidad de la armada española, a imagen de la francesa, adoptando, eso sí, las titulaciones propias de la Monarquía hispánica.275 Por el otro, y aquí existe una división de opiniones entre los historiadores, se finiquitaba el antiguo sistema de múltiples escuadras regionales de los Austrias y nacía una única fuerza naval: la Real Armada. Así, autores como Fernández Duro, Pérez Fernández-Turégano o Valdez-Bubnov son partidarios de esta idea, otros, como Perona Tomás, no creen que el sistema fuera abolido y, únicamente existió la unificación y homogeneización del escalafón de la oficialidad.276 Además, en mayo del año anterior, uno de los asesores de Tinagero, el capitán francés, Jean de Monségur, escribió un texto que, por su influencia, sentaría las bases para la futura política naval de los Borbones. En su Memoria que pareze puede servir para formar una buena Armada en España, Monségur había diseñado un auténtico programa naval en el que se reorganizaba la Secretaría de Marina, se proponía la creación de un ministerio naval independiente para asuntos marítimos, y, sobre todo, establecía una división de la península Ibérica en tres departamentos navales: Ferrol, Cádiz y Cartagena.277 Esta última propuesta sería de gran importancia para el futuro de Barcelona y de sus atarazanas, puesto que la ciudad y toda la costa catalana quedaban integradas en el departamento marítimo de Cartagena.

Del mismo modo, también siguiendo el modelo administrativo francés, la real cédula de 30 de noviembre de 1714 dividía la Secretaría del Despacho en cuatro negociados: Estado, Justicia, Guerra, y Marina e Indias. Sin embargo, hubo una continua reorganización orgánica de la Secretaría de Estado y del Despacho Universal. Y es que, apenas un año más tarde, los asuntos de marina se segregaban de la Secretaría de Indias y se agregaban a la de Guerra. No sería este el último cambio. A este respecto, es importante destacar el papel que tuvieron secretarios del Despacho, como Miguel Fernández Durán o Andrés Matías de Retz, en los asuntos de Marina de los que eran responsables.

Sin duda, la muerte del emperador José I, en abril de 1711, fue determinante para que las potencias aliadas comenzaran a barajar la posibilidad de una paz con Francia. Ciertamente, tan temible era un bloque hispano-francés como revivir el antiguo imperio de los Habsburgo, reuniendo bajo una misma persona, es decir, el archiduque Carlos, la Corona de España y la del Sacro Imperio Germánico. Así que se iniciaron las negociaciones, que se prolongaron durante todo el año siguiente, hasta alcanzar las paces ratificadas en el Tratado de Utrecht, el 11 de abril de 1713. Felipe V podría ahora dedicar todos sus esfuerzos al asalto final de Barcelona, a la que había impuesto un bloqueo marítimo desde febrero de 1712. También se encontraba en el bloqueo el asentista genovés Esteban de Mari, con sus tres galeones, y que desempeñará un importante papel durante el reinado de Felipe V. Recuperada Barcelona, tras el asalto final a la ciudad el 11 de septiembre de 1714, y a diferencia de lo ocurrido en la Guerra de Separación de 1640-1652, Felipe V enseguida ordenó reabrir el astillero catalán para la fábrica de galeras e iniciar la construcción de los buques.

Y es que Felipe V necesitaba urgentemente reconstruir su armada para poder llevar a cabo sus planes. Y estos eran, básicamente, recuperar los territorios italianos perdidos tras la firma del Tratado de Utrecht. Esta política internacional, de claro carácter ofensivo, fue dirigida por el cardenal Giulio Alberoni, que había llegado al poder y gozaba de la confianza del rey. Alberoni aprovechó y potenció la política naval de sus antecesores Orry y Bergeyck, en cuanto a compra de buques en el extranjero y construcción naval en los astilleros cantábricos.278 Así, por orden suya, fueron comprados diez navíos y dieciséis fragatas.279 Es aquí donde aparecen dos importantes figuras esenciales para el devenir de la marina de Felipe V: José Patiño y Antonio de Gaztañeta.

José Patiño fue un enérgico ministro que ascendió en el escalafón administrativo hasta los más altos puestos, caracterizándose siempre por su actividad reformadora.280 Ejerció la superintendencia general de Cataluña, en la que se encargó del diseño y aplicación de las reformas administrativas del principado, incluidos la imposición del Catastro y de la Nueva Planta. También se ocupó de la organización de los aprestos de la flota que conquistó Mallorca y creó el astillero de Sant Feliu de Guíxols.281 En 1717, fue nombrado superintendente general de Marina. Y es aquí donde desplegó todo su potencial reformador. Inspeccionó la bahía de Cádiz en busca de un emplazamiento adecuado para ubicar un astillero, cosa que hizo en un paraje al que se llamó la Carraca. Con este astillero en funcionamiento, la bahía de Cádiz se convertiría en el centro nuclear de la construcción y carenado de los navíos españoles.282 Aunque, Patiño no pudo verlo terminado cuando murió en 1736. Por otro lado, impulsó la construcción naval en el astillero de Guarnizo, en Santander, a cuyo frente puso a Antonio Gaztañeta, constructor y tratadista naval. También fue el artífice de la fundación de la Academia de Guardiamarinas en Cádiz, institución encargada, desde ese momento, de formar a la oficialidad de las fuerzas marítimas de la Monarquía. Tampoco cabe olvidar la creación, por orden del secretario Miguel Fernández Durán, de la Infantería y la Artillería de Marina, dos cuerpos de tropa, dependiente de Marina, que sustituirían a los antiguos tercios embarcados en los navíos.

La construcción naval en Guipúzcoa, Santander y Cataluña (astillero de Sant Feliu de Guíxols) y la compra de buques marcaron la resurrección del poder naval español.283 Sin embargo, este no hubiera sido posible sin el desarrollo de la industria siderúrgica, también en el Cantábrico. Y aquí se deja notar de nuevo la huella de Patiño, que fue el impulsor de varias industrias estratégicas para la construcción, abastecimiento y armamento naval. Así, los ingenios de Liérganes y La Cavada comenzaron a fabricar la artillería necesaria para armar los navíos.284 Por otro lado, en 1718, se compraron dos galeras al papa Clemente XI, fabricadas en Civitavechia, y se botaron dos nuevos buques de galera en las atarazanas de Barcelona.285 Así, rápidamente se dieron las órdenes precisas para la organización de los preparativos de sendas expediciones que tenían por objetivo recuperar las islas de Cerdeña y Sicilia. Comenzó, entonces, una guerra conocida como la Guerra de la Cuádruple Alianza.

Para el transporte de tropas y pertrechos a Italia, el rey recurrió a un gran número de fletes de embarcaciones de particulares. La expedición partió de Barcelona con un total de más de ochenta velas, dividiéndose en dos cuerpos: por un lado, la escuadra y por otro los transportes. La primera estaba formada por nueve navíos de línea, seis fragatas, dos bajeles de fuego, dos bombardas y tres galeras.286 La expedición iba comandada por el genovés Esteban de Mari, ya marqués de Mari. La conquista de la isla de Cerdeña a finales de 1717 puso en alerta a las potencias europeas, por la sorprendente recuperación del poder militar español. Vuelta la expedición a Barcelona en noviembre de ese año, enseguida se dispuso una nueva armada formada por cuarenta barcos de guerra (doce navíos, dos de fuego, dos bombardas, siete galeras y diecisiete fragatas), doscientas setenta y seis naves de transporte y ciento veintitrés tartanas.287 Esta armada partió en junio de 1718 sin rumbo conocido, aunque Patiño tenía orden, expedida por vía secreta, de dirigirse a Palermo, ciudad en la que entró sin resistencia alguna de los palermitanos. La isla de Sicilia era el objetivo a conquistar. La armada al mando de Gaztañeta atacó Mesina, ante el asombro y el temor del virrey de Nápoles de que la expedición cruzara el estrecho hasta el reino napolitano.

Por su parte, los ingleses habían enviado una escuadra al Mediterráneo, como garantes del equilibrio europeo impuesto tras el Tratado de Utrecht. En agosto de 1718, la escuadra española se enfrentó a la inglesa en cabo Passaro, cerca de Siracusa. Los barcos ingleses destrozaron a la armada española porque los navíos estaban dispersos y no lograron formar en línea. El resultado fue desastroso: trece buques apresados y tres quemados. Tras la batalla, los ingleses desembarcaron tropas alemanas en Sicilia para expulsar de ella al ejército de Felipe V. La derrota española en Sicilia vino acompañada de una declaración de guerra por parte de Inglaterra, que, durante ese año y el siguiente, atacó las costas españolas. La fracasada política exterior de Alberoni precipitó su caída en desgracia y su expulsión de la corte en diciembre de 1719. Felipe V se vio entonces obligado a integrarse en la Cuádruple Alianza. Los años siguientes condujeron a la abdicación de Felipe V en favor de su primogénito Luis I. Sin embargo, el reinado de Luis I fue efímero, víctima el rey de la viruela, por lo que Felipe V volvió al trono de la Monarquía.

En mayo de 1726, José Patiño fue promocionado a secretario de Estado y del Despacho de Marina e Indias, es decir, se convertía en el máximo responsable de la política naval de la Monarquía. Una de las más importantes reformas que llevó a cabo fue la ejecución de la división de la península Ibérica en tres departamentos navales (Ferrol, Cádiz y Cartagena), en los que habría un astillero para construir y carenar barcos. Con ello, hacía realidad una de las ideas registradas por Jean de Monségur en su programa. Según Valdez-Bubnov, esta división, junto con otras reformas llevadas a cabo por Patiño, representaban la creación de un monopolio de Estado sobre la producción de buques de guerra y la exclusión de las economías navieras de las élites productivas de Cantabria, Guipúzcoa y Cataluña.288 Con esta división, Cataluña pasaba a formar parte del departamento marítimo de Cartagena, que, a su vez, se dividiría en provincias marítimas.289

Otra de las importantes medidas que tomó ese mismo año de 1726, fue la instauración definitiva de aquella Matrícula de Mar que había sido creada por Felipe III en 1607, aunque no había tenido la implantación deseada por los reyes a lo largo del siglo XVII. Ahora sí, Patiño ordenó el nombramiento de comisarios de Marina, encargados del reclutamiento de los marineros y miembros de los oficios del mar, como calafates o carpinteros de ribera. Esta matrícula permitiría un mejor control de la población costera y evitaba el absentismo en las sucesivas reclutas. Sin embargo, el proyecto de Patiño fracasó, y hubo que esperar a 1737, a que el marqués de la Ensenada redactase una real orden que reorganizaba la Matrícula de Mar sobre bases más sólidas. Por otro lado, en 1728 nacía el cuerpo de Guardia Estandartes de la escuadra de galeras, émulo de la compañía de Guardias Marinas de la Armada Real. Su función principal era la custodia y defensa del estandarte real en las galeras de la Corona.290

Desde el regreso de Felipe V al trono, su política exterior se encaminó entonces a conseguir con la diplomacia lo que no había podido ser por las armas. Así, tanto Felipe V como su esposa, Isabel de Farnesio, trabajaron por conseguir para sus hijos la jefatura de alguno de los estados italianos, en especial para el infante don Carlos. Durante los siguientes cinco años, se firmaron sendos tratados con las potencias aliadas. Los tratados de Sevilla y Viena nombraban heredero del gran ducado de Toscana y del ducado de Parma al infante don Carlos, que inició su viaje, por tierra, hacia Italia en 1731. En el puerto francés de Antibes, el infante don Carlos embarcó en la galera capitana de España. Y es que todavía las galeras eran las embarcaciones utilizadas para las travesías regias por mar. Además, en 1732, Felipe V obtuvo un notable éxito con la toma de Orán, perdida durante la Guerra de Sucesión. La gran armada movilizada para la expedición, al mando del conde de Montemar, contaba con el apoyo de las galeras de España para remolcar, en caso necesario, los navíos más rezagados. También tuvieron las galeras un papel destacado en la protección, con su artillería, del desembarco de las tropas y pertrechos en la playa con más de quinientas lanchas. Orán no fue capaz de resistir y la toma de la ciudad fue rápida.

En octubre de 1733, Felipe V declaró, junto a Francia y Cerdeña, la guerra al Imperio, en el marco de la Guerra de Sucesión de Polonia y tras la firma con Francia del Primer Pacto de Familia. Desplazó su infantería hasta el puerto de Livorno, punto clave para su política internacional en Italia, y, acto seguido, se lanzó en una operación relámpago sobre el reino de Nápoles, al que conquistó con relativa facilidad. Ya en manos de los Borbones, Felipe V cedió el reino de Nápoles, no voluntariamente, sino por la presión internacional, a su hijo Carlos, ya duque de Parma, que hasta allí se trasladó en 1734 para ser nombrado rey, dejando de ser, eso sí, el titular del ducado parmesano. En la conquista del reino napolitano fue esencial la armada real, en especial en el sitio de Gaeta. En 1735 le tocó el turno a Sicilia. En el puerto de Nápoles, el general de las galeras Miguel Reggio preparó dos escuadras compuestas por cinco navíos, tres fragatas, siete galeras, dos bombardas y doscientos veinticinco bajeles de transporte, que desembarcaron a las tropas cerca de Palermo. La isla fue ocupada sin apenas resistencia, excepto algunos focos como Mesina, Trapani o Siracusa. Apunta Fernández Duro que los continuos viajes de transporte de tropas entre España e Italia durante estos años produjeron numerosos combates con los corsarios berberiscos.291 Fue en estos lances donde comenzó a forjar su nombre un marino llamado a mayores hazañas en el futuro: Blas de Lezo, que venció en 1732 a la capitana de Argel, un navío de sesenta cañones.

Tras la muerte de Patiño en 1736, los asuntos marítimos se encargaron al nuevo flamante almirante general, el infante don Felipe, ya en mayo del año siguiente. Desde ese momento, el almirante sería el mando supremo de todas las fuerzas marítimas, «así en las galeras y navíos de alto bordo, como de otras cualesquier embarcaciones ordinarias, y extraordinarias».292 Durante los primeros años, el Almirantazgo, es decir, el Almirante y su pequeña camarilla de oficiales navales, desarrolló una gran actividad: Ordenanzas de la Mar; Ordenanza de Arsenales; Reglamento y Ordenanza de Hospitales; Reglamento de Arqueado; Reglamento de armamento de buques; Reglamento de sueldos y gratificaciones, entre otros.293

En 1739 comenzó una nueva guerra contra Inglaterra, conocida como la Guerra de la Oreja de Jenkins. Fue este un conflicto esencialmente naval, y concretamente atlántico, motivado por la agresiva política comercial inglesa en las Indias, en detrimento del monopolio español. En esta guerra se pudo comprobar si las reformas llevadas a cabo en la armada real habían sido acertadas o no. Ciertamente, la guerra se saldó con algunos éxitos para las armas españolas, especialmente en la defensa de Cartagena de Indias. Para combatir a los ingleses, España recurrió al corso, hostigando al comercio inglés en el mar Caribe. En el Mediterráneo, los corsarios mallorquines y catalanes también hicieron mucho daño con sus jabeques a las embarcaciones inglesas.294 El estallido de la Guerra de Sucesión Austriaca, también denominada Guerra de la Pragmática, tras la muerte del emperador Carlos VI en 1740, y la no aceptación, por parte de algunas potencias como Francia y España, de la sucesión a favor de su hija María Teresa, unificó ambos conflictos en una guerra de alcance europeo. Como consecuencia de la alianza de austriacos e ingleses, fue necesario un mayor acercamiento entre Francia y España, que culminó en la firma del Segundo Pacto de Familia en 1743.

A principios de 1742, frente a las costas de Saint-Tropez, cuatro navíos ingleses, al mando del capitán Harry Norris, destruyeron cinco galeras de España, a pesar de la resistencia que opusieron. Esta derrota evidenciaba la obsolescencia de las galeras frente a los navíos de alto bordo y su inferior capacidad de fuego. Ese mismo año, el nuevo secretario del Despacho de Marina, José Campillo reorganizó la escuadra de galeras de España, que de las siete unidades que la componían, reducía su número a cuatro galeras y cuatro fragatas de remos, es decir, jabeques.295 La aparición de estos nuevos y rápidos barcos en el Mediterráneo fue el estoque final para las galeras que habían surcado este mar durante siglos. Así, la introducción del jabeque en la escuadra de galeras por Campillo fue el preludio de la desaparición de la escuadra unos años más tarde. Además, durante los últimos años las galeras de la Monarquía no se habían destacado precisamente por su calidad. Las quejas continuas, por parte de la oficialidad de las galeras, encabezadas por el capitán general Miguel Reggio, que aconsejaba la construcción de galeras en Italia en lugar de en las atarazanas de Barcelona, minaron la credibilidad y continuidad del astillero catalán.

La muerte de Campillo inesperadamente en abril de 1743 encumbró en lo más alto de la Secretaría de Estado y del Despacho a Cenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, que, además de ejercer la lugartenencia del Almirantazgo, tendría un papel decisivo en el futuro de la escuadra de galeras. En 1744 se produjo la batalla de cabo Sicié, en la que la escuadra de José Navarro venció a la armada inglesa a pesar de su superioridad numérica y mayor potencia de fuego. Los navíos españoles construidos por Gaztañeta y Autrán demostraron ser óptimos para el combate.296 Esta hazaña le valió a Navarro la concesión del título de marqués de la Victoria. En 1745, el marqués de la Ensenada tomó la decisión de clausurar la fábrica de galeras en las atarazanas de Barcelona e instalarla en Cartagena. Además, promulgó unas nuevas Ordenanzas para las galeras. Con el traslado a Cartagena, el marqués de la Ensenada acabó con siglos de tradición constructiva en las atarazanas de Barcelona. Sin embargo, la galera, como buque, ya estaba condenada.

En julio de 1746 murió Felipe V, heredando el trono español su hijo primogénito Fernando VI. Su largo y belicoso reinado, con el breve paréntesis de su abdicación y reinado de Luis I, supuso para España el inicio de una política de reformas para la modernización de la administración, de la hacienda y, sobre todo, de los ejércitos y fuerzas marítimas de la Monarquía. Todas estas reformas, encaminadas a conseguir un mayor centralismo y la implantación definitiva del absolutismo, en muchas ocasiones no tuvieron el efecto deseado, en parte por su agresiva política exterior que ponía en peligro el equilibrio europeo surgido de los Tratados de Utrecht de 1713. El gasto desmesurado de sus campañas militares y de la Casa Real, dejaba en agua de borrajas los efectos de las reformas económicas. Pese a todo, Felipe V logró superar las anticuadas estructuras de los Habsburgo, haciendo recaer el peso del gobierno en los secretarios de Estado y del Despacho, en detrimento de los antiguos consejos del sistema polisinodial propio de los Habsburgo. Es un hecho constatable que Felipe V modernizó las fuerzas marítimas de la Monarquía. La eliminación de la multiplicidad de armadas, flotas y escuadras regionales, que no hacían sino dificultar la gestión del poder naval español, y su unificación en una única Armada Real, fue clave en este sentido. También cabe destacar que la única reminiscencia de la antigua estructura naval de la monarquía Habsburgo fue la escuadra de galeras, a la que se mantuvo durante todo el reinado e, importante, formando un cuerpo aparte del resto de Marina.297

En 1748, el Tratado de Aquisgrán puso fin a la Guerra de Sucesión Austriaca. María Teresa de Habsburgo mantendría sus derechos a la sucesión del Sacro Imperio Románico Germánico. Por su parte, los Borbones mantendrían su poder en Italia, manteniendo los reinos de Sicilia y Nápoles en la cabeza de Carlos de Borbón y, además, obteniendo la posesión de los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla para el infante don Felipe, Almirante General. De esta manera, las aspiraciones de Felipe V e Isabel de Farnesio, de colocar a sus hijos en sendos tronos italianos, consiguieron hacerse realidad. El infante Felipe renunció al título de Almirante General, que ya no tenía sentido puesto que había sido creado para honrar al hijo de los reyes que no tenía territorios soberanos, y la institución del Almirantazgo acabó disuelta. La guerra había puesto de relieve la poca operatividad de las galeras y las mayores prestaciones que ofrecían los jabeques. La puntilla a la escuadra de galeras de España vino de Francia, donde, tras la muerte de Jean-Philippe d’Orléans, capitán general de las galeras de Francia, en junio de 1748, Luis XV ordenaba la disolución de esta escuadra. Y es que las galeras francesas iniciaron un rápido declive a partir de la muerte de Luis XIV, en 1720. Así, su número fue reduciéndose progresivamente y de las unidades disponibles, únicamente la mitad estaban en condiciones de salir a navegar.298 La similitud con el estado de las galeras en España es clara. El 28 de noviembre de 1748, el marqués de la Ensenada ordenó la abolición de la escuadra de galeras de España.299 Es lógico que Juan José Sánchez Baena y Pedro Fondevila hayan achacado la decisión del marqués de la Ensenada al seguidismo de la política francesa, propio de la Monarquía durante esos años.300 La orden de Ensenada acababa con siglos de historia, pues de la mano de la abolición de las escuadra de galeras vino también el cierre del astillero de Barcelona. En pocos años, el Mediterráneo, que otrora había sido un mar de galeras, se iba vaciando de ellas.


[NOTAS] Las galeras, la Monarquía hispánica y el Mediterráneo de la Edad Moderna

1 Beatriz ALONSO ACERO, «Defensa del Mediterráneo: escenarios, objetivos y estrategias», en Edad Moderna, vol. I. Ultramar y la Marina, H. O’Donnell y Duque de Estrada (coords.), dentro de, Historia Militar de España, H. O’Donnell y Duque de Estrada (dirs.) (Madrid: Ministerio de Defensa y CEHISMI, 2012): 227.

2 Andrew C. HESS, «The Evolution of the Ottoman Seaborne Empire in the Age of the Oceanic Discoveries, 1453-1525», en The American Historical Review, 75-77 (1970): 1892-1919.

3 Palmira BRUMMETT, «The Overrated adversary: Rhodes and Ottoman naval power», en The Historical Journal, 36-3 (1993): 517-541.

4 Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, «La construcción del Imperio otomano y la visión del enfrentamiento mediterráneo según los musulmanes», en Antemurales de la Fe: conflictividad confesional en la Monarquía de los Habsburgo, 1516-1714, P. García Martín, R. Quirós Rosado y C. Bravo Lozano (coords.) (Madrid: Universidad Autónoma de Madrid y Ministerio de Defensa, 2015): 93-103.

5 Miguel Ángel de BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad: las armadas en el Mediterráneo en la Edad Moderna», en Cuadernos de Historia Moderna Anejos: Armar y marear en los siglos modernos (XV-XVIII), M. Pi Corrales (coord.) (Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2006): 80-81.

6 José Enrique LÓPEZ DE COCA CASTAÑER, El Reino de Granada en la época de los Reyes Católicos. Repoblación, comercio, frontera (Granada: Universidad de Granada, 1989). Miguel Ángel LADERO QUESADA, Las guerras de Granada en el siglo XV (Barcelona: Ariel, 2002).

7 Joseph PÉREZ, Historia de una tragedia: la expulsión de los judíos en España (Barcelona: Crítica, 2001).

8 Miguel GARRIDO ATIENZA y José Enrique LÓPEZ DE COCA CASTAÑER, Las capitulaciones para la entrega de Granada (Granada: Universidad de Granada, 1992). Isabelle POUTRIN, «Los derechos de los vencidos las capitulaciones de Granada (1491)», en Sharq Al-Andalus: Estudios mudéjares y moriscos, 19 (2008-2010): 11-34.

9 María Jesús RUBIERA MATA (coord.), Carlos V, los moriscos y el Islam (Alicante: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V y Universidad de Alicante, 2001).

10 Santiago SOBREQUÉS I VIDAL y Jaume SOBREQUÉS I CALLICÓ, La guerra civil catalana del segle XV (Barcelona: Edicions 62, 1973), 2 vols.

11 Los soberanos de Navarra —la reina Catalina I de Foix y su consorte Juan III de Albret— no eran solo reyes de Navarra, pues también señores de grandes feudos en el Pirineo francés y en la zona de Aquitania. Eran vasallos del rey de Francia y, al mismo tiempo, reyes independientes de un reino enclavado entre las Coronas de Castilla y Aragón. La situación de Navarra durante esa época fue frágil, amenazada tanto por el norte como por el sur y desde su interior, pues existía una fuerte división entre dos principales y antiguos bandos nobiliarios: los agramonteses y los beamonteses. Se habían enfrentado en la guerra civil de Navarra (1451-1464), apoyando los primeros al padre de Fernando el Católico, Juan II de Aragón (consorte del reino), en su enfrentamiento contra su hijo el príncipe de Viana, apoyado por los segundos. Estas facciones se volverían a enfrentar durante la sangrienta guerra civil que, a su vez, fue la invasión de Navarra de 1512 y que, a través de diferentes episodios, se alargó hasta 1525. Para justificar la invasión, Fernando no solo argumentó la ruptura del pacto de 1488, pues esgrimió sus derechos dinásticos como hijo de Juan II y medio hermano de Carlos de Viana, reforzados también por las reclamaciones al trono de su segunda esposa, Germana de Foix. Para saber más: Alfredo Floristán (coord.), 1512. Conquista e incorporación de Navarra: Historiografía, derecho y otros procesos de integración en la Europa renacentista (Barcelona: Ariel, 2012).

12 José Enrique LÓPEZ DE COCA CASTAÑER, «Sobre la política norteafricana de los Reyes Católicos: los principados de Badis, Chauen y Tetuán (1491-1515)», en En la España Medieval, 41 (2018): 199-225.

13 «La conquista de las Canarias fue una obra colectiva de varias generaciones y grupos de conquistadores. En primer lugar, los normandos Bethencourt y La Salle, luego los Peraza y, finalmente, con Rejón, Vera y Lugo, bajo los auspicios de los Reyes Católicos. La conquista señorial, más limitada en medios, obtuvo unos éxitos más discretos, los mayores principalmente en su fase inicial bajo Bethencourt y La Salle, obteniendo sólo las islas menores. Desde 1477, la conquista, llamada ahora por la doctrina, la conquista real, obtuvo un nuevo impulso, debido al interés de los monarcas españoles, de modo que, en dos décadas, se conquistó la totalidad de las islas mayores del archipiélago. Aún así, la resistencia en Tenerife se prolongó hasta entrado el siglo XVI, en 1501 o 1506, hecho que actualmente parece olvidado.» En: Javier GARCÍA DE GABIOLA, «La conquista de las Canarias: un ensayo bélico para América (1402-1501)», en Medievalista, 51 (2019): 155-179, extracto: 177; también recomendamos: Eduardo AZNAR VALLEJO, La integración de las Islas Canarias en la Corona de Castilla (1478-1526) (2.ª ed.) (Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo Insular de Gran Canaria, 1992).

14 Sobre ello se han escrito y se siguen escribiendo incontables libros y obras, pero nos gustaría recomendar el reciente estudio de David M. CARBALLO, Collision of Worlds: A Deep History of the Fall of Aztec Mexico and the Forging of New Spain (Oxford: Oxford University Press, 2020). El autor analiza el encuentro entre europeos y mesoamericanos desde ambos lados y desde múltiples puntos de vista.

15 Bartolomé YUN-CASALILLA, Iberian World Empires and the Globalization of Europe 1415-1668 (Singapur: Palgrave Macmillan, 2019).

16 Técnicamente, y en concreto en los territorios de Castilla, juntamente con su madre la reina Juana, quien fue apartada del poder efectivo por su marido Felipe el Hermoso, su padre Fernando y por su hijo Carlos, y quien pasó gran parte de su vida recluida en Tordesillas.

17 ACA, Gen., serie V, n.º 239, f. 48, El rei als diputats informant-los de la seva coronació com a emperador el dia anterior, Aquisgrán, 23 de octubre de 1520.

18 Geoffrey PARKER, Carlos V: una nueva vida del emperador (Barcelona: Planeta, 2019): 245.

19 Enrique MARTÍNEZ RUIZ, «El Mediterráneo, un mar de galeras», en Revista de Historia Naval, 110 (2010): 7-24.

20 Gaspar FELIU, «La crisis catalana de la Baja Edad Media: Estado de la cuestión», en Hispania, 217 (2004): 435-466.

21 «Las varias fases de la guerra en el Mediterráneo plantearon demandas diferentes, pero también ofrecieron un abanico de oportunidades y beneficios a las diversas partes que componían la Monarquía hispánica. Los beneficiarios de la guerra de galeras fueron los catalanes y Nápoles y Sicilia, donde se construían y se reparaban las galeras y donde la Monarquía hispánica desembolsó más de dos millones y medio de ducados anuales mientras duró la Santa Liga». En: I. A. A. THOMPSON, «Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo durante el siglo XVI», en Manuscrits. Revista dHistòria Moderna, 24 (2006): 121; un aspecto que también destacó Jaume VICENS VIVES en «Estructura administrativa estatal en los siglos XVI y XVII», en su Coyuntura económica y reformismo burgués (Barcelona: Ariel, 1968): 99-142.

22 Un reciente y excelente artículo se centra precisamente en todos esos aspectos no bélicos desempeñados por las escuadras de galeras, poniendo el foco en la escuadra de Génova: Benoît MARÉCHAUX, «Los asentistas de galeras genoveses y la articulación naval de un imperio policéntrico (siglos XVI-XVII)», Hispania, 264 (2020): 47-77.

23 Fenómeno estudiado para el caso de Nápoles por Giuseppe GALASSO, en En la periferia del imperio: La monarquía hispánica y el Reino de Nápoles (Barcelona: Ediciones Península, 2000); véase también Feliciano BARRIOS PINTADO, La gobernación de la monarquía de España: consejos, juntas y secretarios de la administración de corte (1556-1700) (Madrid: Boletín Oficial del Estado, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y Fundación Rafael del Pino, 2015).

24 Para saber más sobre la evolución de la figura virreinal recomendamos: Manuel RIVERO RODRÍGUEZ, La edad de oro de los virreyes. El virreinato en la Monarquía Hispánica durante los siglos XVI y XVII (Madrid: Akal, 2011).

25 Miquel PÉREZ LATRE, La Generalitat de Catalunya en temps de Felip II. Política, administració i territori (Catarroja y Barcelona: Editorial Afers, 2004).

26 Victor FERRO DELGADO, El Dret Públic Català. Les Institucions a Catalunya fins al Decret de Nova Planta (Vic: Eumo Editorial, 1987).

27 Concepto hartamente trabajado por John H. ELLIOTT, resultando de obligada lectura su artículo titulado «Una Europa de monarquías compuestas», el cual podemos encontrar en dos volúmenes recopilatorios suyos: España en Europa: Estudios de historia comparada (Valencia: Universitat de València, 2002): 65-91; España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800) (Madrid: Taurus, 2010): 29-54. También mencionar el artículo de Fernando BOUZA, en «La configuración de la Monarquía Hispánica», en La Historia sin complejos. La nueva visión del Imperio Español (estudios en honor de John H. Elliott), D. García Hernán (ed.) (Madrid: Editorial Actas, 2010): 70-78, donde el autor hace un breve repaso tanto de la configuración y evolución de la Monarquía hispánica bajo los Austrias como del concepto historiográfico, y la aportación de Elliott al tema. En cuanto a los vínculos e identidades existentes en los reinos hispanos, léase a Xavier GIL PUJOL, «Un rey, una fe, muchas naciones. Patria y nación en la España de los siglos XVI y XVII» en La Monarquía de las Naciones: Patria, nación y naturaleza en la Monarquía de España, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO y B. J. GARCÍA GARCÍA (Madrid: Fundación Carlos de Amberes, 2004): 39-76.

28 AGS, EST, leg. 446, s. f., El discurso que el secretario [Stefano] Monreale hizo sobre acrecentar el número de galeras en el Reino de Sicilia. [ca. 1561].

29 AGS, EST, leg. 446, s. f., El discurso que.

30 Quizás el episodio más característico de esta colaboración fue la invernada de la armada turca al mando de Barbarroja en la ciudad francesa de Tolón, en el invierno de 1543-1544. Por orden del rey francés, la ciudad se vació de nativos, quienes hubieron de ser reubicados en los alrededores, para así poder alojar a los treinta mil hombres y las galeras enviados por el sultán en ayuda de Francisco I. La catedral fue convertida en mezquita y se llamaba a la oración cinco veces al día. Desde allí, los otomanos causaron estragos en las costas entre Cataluña y Génova, atacando y saqueando la ciudad de Niza, del duque de Saboya. El general de las galeras de Francia y embajador ante el sultán Antoine Escalin des Aimars (conocido como capitán Polin) escribió el 21 de enero de 1544:

«En cuanto a Barbarroja, él y su ejército están en Tolón. Y al ver Tolón, uno se pensaría que se encuentra Constantinopla: cada uno ejerciendo su profesión y haciendo mercadería turca con gran orden y justicia, pero al mismo tiempo continuando con el corso. De hecho, hace unos días se apoderaron de siete galeras y otras embarcaciones y envió dos a pique, que iban en camino de España a Italia, llenas de hombres y dinero».

En Jérome MAURAND, Itinéraire de Jérome Maurand: D’Antibes a Constantinople (1544), [intr. y trad. de L. Dorez] (París: Ernest Leroux, 1901): 311. Sobre este hecho, y sobre todo, la alianza franco-otomana, se han escrito numerosos estudios. Para una visión completa sobre la invernada de Tolón recomendamos: Christine ISOM-VERHAAREN, Allies with the Infidel: The Ottoman and French. Alliance in the Sixteenth-Century (Londres y Nueva York: I. B. Tauris, 2011); mientras que una visión general, actualizada y en castellano sobre la alianza, recomendamos: Evrim TÜRKÇELIK, «El Imperio Otomano y la política de alianzas: las relaciones franco-otomanas en el tránsito del siglo XVI a XVII», en Hispania, 249 (2015): 39-68.

31 Keith CAMERON, From Valois to Bourbon; Dynasty, State and Society in Early Modern France (Exeter: University of Exeter, 1989).

32 Los bandoleros traspasaban las fronteras y se refugiaban con el reino vecino y colaboraban con los hugonotes para escándalo de todos:

«A los tres de este [mes] en Puigcerdá, una compañía de hombres de mala vida de Carolones [Vall de Carol], van por aquella tierra matando y robando; [y] entendiéndolo el veguer de allí, salió a [por] ellos con el somatén, y viniendo a las manos, le mataron y a un hermano suyo y a un comisario real que traía con él y a otro hombre, e hirieron otros dos o tres. Estos ladrones no se han entendido lo que hubo heridos o muertos porque se retiraron luego a la montaña y pelearon desde lugar seguro (…).

Ha sido un caso terrible y desvergonzado, yo he enviado allí un doctor de este Consejo Criminal y un alguacil ordinario para hacer la información de ello y para que, dándome aviso de cómo ha pasado se provea lo que más conviene. Que según ha sido el caso, cualquier castigo y rigor que en estos se hiciere parece que será poco. Escríbenme que se acogieron luego a un castillo de Francia, que es de su mujer de Vendôme, a donde dicen que tenía un alcaide hombre de bien y por ser estos malhechores de la Vall de Carol, que está a media legua de Francia, han procurado que se quitase este alcaide como en efecto lo han hecho, y han puesto otro hombre de su parcialidad, y los acoge y favorece allí.

V. M. debe mandar escribir a don Francesc de Alba para que trate este negocio con el rey de Francia para que se ponga en aquella parte persona católica y que no sea sospechosa ni parcial, con orden que cuando algunos de estos [que] se acogen allí los castigue o me los remita».

AGS, EST, leg. 332, f. 157, Diego Hurtado de Mendoza a SM., [Barcelona], 30 de mayo de 1565. Vendôme hacía referencia al fallecido duque de Vendôme, Antonio de Borbón (1562), que, a pesar de tener unas convicciones religiosas oscilantes, formaba parte de los hugonotes. Era por matrimonio rey de Navarra, pues su mujer, Juana de Albret, muchísimo más implicada en la causa protestante, se dedicó a propagar su religión en la Baja Navarra y sus demás territorios pirenaicos. Antonio y Juana fueron los padres del primer Borbón en el trono de Francia, el futuro Enrique IV, que contaba con once años en tiempos de la misiva del virrey. Para saber más: David BRYSON, Queen Jeanne and the Promised Land: Dynasty, Homeland, Religion and Violence in Sixteenth-Century France (Leiden, Boston y Colonia: Brill, 1999).

33 Alfredo CHAMORRO ESTEBAN, «Ceremonial monárquico y rituales cívicos: las visitas reales en Barcelona desde el siglo XV hasta el XVII», en Pedralbes. Revista dHistòria Moderna, 34 (2014): 315.

34 AGS, GyM, leg. 51, f. 77, Juan Muñoz de Salazar al Príncipe Felipe, Barcelona, 17 de junio de 1553.

35 El bandolerismo no fue un fenómeno limitado a Cataluña, puesto que se dio en toda la Corona de Aragón, en Córcega y Cerdeña, en el centro y sur de Italia o en los Balcanes, por lo que podríamos decir que se trató de un fenómeno mediterráneo. Sobre el tema, recomendamos para el caso de Cataluña: Xavier TORRES, Nyerros i cadells: bàndols i bandolerisme a la Catalunya moderna (1590-1640) (Barcelona: Reial Acadèmia de Bones Lletres y Quaderns Crema, 1993). Para una visión de conjunto del fenómeno: Àngel CASALS (dir.), El bandolerisme a la Corona dAragó (Galerada, 2012 y 2019), 2 vols.

36 John BREWER, The sinews of power: war, money and the English State, 1688-1783 (Londres: Unwin Hyman, 1989). Richard BONNEY, The European Dynastic States 1494-1660 (Oxford: Oxford University Press, 1991). Richard BONNEY (ed.), Economic systems and State finance (Oxford y Nueva York: Clarendon Press y European Science Foundation, 1995). Richard BONNEY (ed.), The rise of the fiscal State in Europe, c1250-1815 (Nueva York: Oxford University Press, 1999). Jan GLETE, Navies and nations: warships, navies and state building in Europe and America, 1500-1860 (Estocolmo: Almqvist y Wiksell International, 1993), 2 vols. Jan GLETE, War and the State in Early Modern Europe: Spain, The Dutch Republic and Sweden as fiscal-military States (Londres y Nueva York: Routledge, 2002).

37 James D. TRACY, Emperor Charles V, Impresario of War: Campaign Strategy, International Finance, and Domestic Politics (Cambridge: Cambridge University Press, 2002).

38 Sílvia DAHL TERMENS, Enric GARCIA DOMINGO y Olga LÓPEZ MIGUEL, Les Drassanes Reials de Barcelona (Barcelona: Efadós y Museu Marítim de Barcelona, 2013).

39 THOMPSON, «Las galeras en la política»: 96-99 y 106-107.

40 Palmira BRUMMETT, Ottoman Seapower and Levantine Diplomacy in the Age of Discovery (Albany: State University of New York Press, 1994).

41 Colin IMBER, «The Reconstruction of the Ottoman Fleet after the Battle of Lepanto. 1571-1572», en su Studies in Ottoman History and Law (Estambul: Isis Press, 1996): 85-101.

42 Rudi MATTHEE, «The Ottoman-Safavid War of 986-998/1578-90: Motives and Causes», en International Journal of Turkish Studies, 20, 1-2 (2014): 1-20.

43 María José RODRÍGUEZ SALGADO, Felipe II, el «Paladín de la Cristiandad» y la paz con el Turco (Valladolid: Universidad de Valladolid, 2004).

44 Manuel LOMAS CORTÉS, El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614), 2.ª ed. (Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2016).

45 Concepto historiográfico que nace en los años cincuenta del siglo XX y con el que se intentan englobar la época de conflicto e inestabilidad global que se produjo durante el siglo XVII, especial pero no solamente en Europa. Es una teoría hartamente debatida en la que se contemplan, entre otros aspectos socioeconómicos, los políticos, bélicos, climáticos e ideológicos. El término fue acuñado por Eric HOBSBAWM a través de dos artículos: «The General Crisis of the European Economy in the 17th CenturyI», en Past & Present, 5 (1954): 33-53, y «The Crisis of the 17th CenturyII», en Past & Present, 6 (1954): 44-65. Quien acabó de cimentar la teoría fue Hugh TREVOR-ROPER, en su «The General Crisis of the Seventeenth Century», en Past & Present, 16 (1959): 31-64. Geoffrey PARKER ha trabajado ampliamente este tema, destacando su libro El siglo maldito. Clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII (Barcelona: Planeta, 2013).También el libro con diferentes estudios sobre el tema Geoffrey PARKER (coord.), La crisis de la Monarquía de Felipe IV (Barcelona: Crítica, 2006). Un estado de la cuestión nos lo ofrece Àngel CASALS, «La crisis del siglo XVII: ¿de imprescindible a inexistente?», en Vínculos de Historia, 2 (2013): 51-65.

46 John H. ELLIOTT, La rebelión de los catalanes (1598-1640) (Madrid: Siglo XXI, 1999) (original en inglés, 1963). Eva SERRA PUIG, La Guerra dels Segadors (Barcelona: Bruguera, 1969). Xavier TORRES, La Guerra dels Segadors (Lérida y Vic: Pagès Editors y Eumo, 2006). Antoni SIMON I TARRÈS1640 (Barcelona: Rafael Dalmau, 2019).

47 «A partir de entonces, España estuvo condenada a un estatus de potencia naval de segunda, incluso de tercera, con consecuencias inevitables para sus pretensiones imperiales. La debilidad de España en el mar era más grave porque sus vecinos y rivales —sobre todo la República Neerlandesa, Inglaterra y Francia— estaban ampliando sus propias flotas: las tres tenían armadas más grandes que las de Carlos II. Además, España se estaba quedando atrás en la segunda mitad del siglo XVII por los avances en el diseño, tamaño, tonelaje y armamento de los buques de guerra, es decir, por la variante naval de la “Revolución Militar”». En Christopher STORRS, The Resilience of the Spanish Monarchy, 1665-1700, (Oxford: Oxford University Press, 2006): 64 (trad. cast., 2013).

48 El término, en castellano también referido como «resistencia», hace referencia a la capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido. Christopher STORRS, en su «La pervivencia de la monarquía española bajo el reinado de Carlos II (1665-1700)», en Manuscrits. Revista dHistòria Moderna, 21 (2003): 39-61, emplea por primera vez el concepto, que luego trata y ampliar en The Resilience of ya citado. Otros autores y obras centradas en este revisionismo de la etapa del último Habsburgo: Antonio ESPINO LÓPEZ, Catalunya durante el reinado de Carlos II. Política y guerra en la frontera catalana, 1679-1697 (Bellaterra: Universitat Autònoma de Barcelona, 1999). Antonio ESPINO LÓPEZ, Fronteras de la Monarquía: guerra y decadencia en tiempos de Carlos II (Lleida: Milenio, 2019). Davide MAFFI, Los últimos tercios. El Ejército de Carlos II (Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2020).

49 Su sobrino-nieto, segundogénito de El Gran Delfín Luis, quien a su vez era hijo y heredero de Luis XIV de Francia y María Teresa de Habsburgo (media hermana de Carlos II).

50 Joaquim ALBAREDA SALVADÓ, La Guerra de Sucesión de España (1700-1714) (Barcelona: Crítica, 2010).

51 Christopher STORRS, The Spanish Resurgence 1713-1748 (New Haven y Londres: Yale University Press, 2016).

52 Roberto FERNÁNDEZ DÍAZ, La España de los Borbones: las reformas del siglo XVIII (Madrid: Temas de Hoy, 1996).

53 Sobre las reformas borbónicas en la armada, recomendamos la tesis doctoral recientemente publicada: Antonio Ignacio SERRANO RUIZ-CALDERÓN, La construcción naval en España en el siglo XVIII (Madrid: Ministerio de Defensa, 2019).

54 Francisco SEGOVIA BARRIENTOS, Las Reials Drassanes de Barcelona entre 1700 y 1936. Astillero, cuartel, parque y maestranza de artillería, Real Fundición de bronce y fuerte (Barcelona: Museu Marítim de Barcelona y Angle Editorial, 2008).

55 Pedro FONDEVILA SILVA, «Las Galeras de España del siglo XVIII», en Revista General de Marina, 247 (2004): 223-237.

56 AMNM, caja 871, doc. 102, El marqués de la Ensenada al conde de la Revilla, San Lorenzo de El Escorial, 10 de noviembre de 1743.

57 En estos términos escribía a los Reyes Católicos su cronista y armador Diego de Valera alrededor de 1480: «Y al parecer mío, y de otros que más saben que yo, V. A. no debe de galeras empacharse, porque son muy costosas y poco provechosas para los mares de acá, é de invierno no pueden servir», en Diego DE VALERA, Epístolas de mosén Diego de Valera enviadas en diversos tiempos é á diversas personas, Epístolas, José A. de Balenchana (ed. e introd.) (Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1878): 78.

58 José Luis CASADO SOTO, «Política naval y tecnología en el mundo mediterráneo» en Edad Moderna, vol. I, Ultramar y la Marina, H. O’Donnell y Duque de Estrada (coords.), en Historia Militar de España, H. O’Donnell y Duque de Estrada (dirs.) (Madrid: Ministerio de Defensa y CEHISMI, 2012): 283.

59 José Luis CASADO SOTO, «Los barcos del Atlántico ibérico en el siglo de los descubrimientos. Aproximación a la definición de su perfil tipológico», en Andalucía, América y el Mar, B. Torres Ramírez (coord.) (Sevilla: Diputación de Huelva, 1991): 121-143.

60 José Luis CASADO SOTO «Reconstrucción de las Reales Atarazanas de Galeras de Santander», en Anuario del Instituto de Estudios Marítimos Juan de la Cosa, 5 (1983-1986): 57-84. Pablo Emilio PÉREZ-MALLAÍNA BUENO, «Las Reales Atarazanas de Sevilla, 1252-1493. Un astillero medieval en el extremo occidental de Europa», en Descubridores de América: Colón, los marinos y los puertos, D. González Cruz (coord.) (Madrid: Sílex, 2012): 349-367. Pablo Emilio PÉREZ-MALLAÍNA BUENO, Las Atarazanas de Sevilla. Ocho siglos de historia del arsenal del Guadalquivir (Sevilla: Editorial Universidad de Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla ICAS y Diputación de Sevilla, 2019): en concreto, el capítulo 8 «Cambiar para continuar»: 582-603.

61 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología», 284. Pol JUNYENT I MOLINS, «Política naval, estructura i logística de la marina de guerra de la Corona dAragó al segle XV. Larmada dAlfons el Magnànim (1430-1435)» (tesis doctoral inédita, dirigida por R. Salicrú Lluch, Institució Milà i Fontanals-CSIC, 2020). Este reciente estudio es de gran ayuda para conocer con más detalle las atarazanas y la construcción naval militar en la Cataluña del siglo XV.

62 Gemma CONTRERAS ZAMORANO y Amadeo SERRA DESFILIS, «Larsenal de la ciutat. Les drassanes del Grau», en El port de València i el seu entorn urbà. El Grau i el Cabanyal-Canyamelar en la historia (Valencia: Ajuntament de València, 1997): 29-56.

63 Cesáreo FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón (Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1895), vol. 1: 15 y ss.

64 ACA, RP, MR, vol. 2339, Inventario general de nueve galeras reales armadas en las atarazanas de Barcelona, realizado por Bartolomé Ferrer, regente de la Tesorería, Barcelona, 1503-1505.

65 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 1: 135.

66 Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, «El norte de África y los otomanos a principios del siglo XVI», en Homenaje al profesor Carlos Posac Mon, M. Lázaro Durán, J. L. Gómez Barceló y B. Rodríguez López (coords.) (Ceuta: Instituto de Estudios Ceutíes, 1998), vol. 2: 113-124.

67 Uno de los factores esenciales que movió la expansión peninsular al otro lado del estrecho de Gibraltar era intentar acabar con los daños que provocaban los piratas en las costas de Andalucía y Levante, que impedía que el poblamiento y el desarrollo económico de la costa se produjeran de una manera adecuada. Sobre el tema escribe José Enrique LÓPEZ DE COCA CASTAÑER, El reino de Granada en la época de los Reyes Católicos: repoblación, comercio y frontera (Granada: Universidad de Granada, 1989). Beatriz ALONSO ACERO, Cisneros y la conquista española del norte de África: cruzada, política y arte de la guerra (Madrid: Ministerio de Defensa, 2005). Debemos advertir que estas empresas no fueron realizadas de manera oficial por la Corona, puesto que, aunque contaban con todo el apoyo logístico de la misma, fueron promovidas y financiadas por particulares, como es el caso de la ocupación de la plaza de Melilla.

68 Contamos con una bella y relativamente reciente edición en turco del Libro de las Materias Marinas, Bülent ÖZÜKAN, Piri Reis, Kitab-î Bahriye (Estambul: Boyut Yayîn Grubu, 2013).

69 Fernand BRAUDEL, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (México: Fondo de Cultura Económica, 1976), 2 vols., (ed. org. 1949, revisada en 1966).

70 BRAUDEL, El Mediterráneo y el mundo, vol. 1: 165

71 Andrew CHESS, The Forgotten Frontier: A History of the Sixteenth-Century Ibero-African Frontier (Chicago y Londres: The University of Chicago, 1978). Bartolomé BENNASSAR y Lucile BENNASSAR, Los cristianos de Alá: la fascinante aventura de los renegados (Madrid: Nerea, 1989). Emilio SOLA, Los que van y vienen. Información y fronteras en el Mediterráneo clásico del siglo XVI (Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá de Henares, 2005). Natalie Zemon DAVIS, León el africano: Un viajero entre dos mundos (Valencia: Universitat de València, 2008). Noel MALCOLM, Agentes del Imperio: Caballeros, corsarios, jesuitas y espías en el mundo mediterráneo del siglo XVI (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2016).

72 Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, «Fronteras del Mediterráneo», en S. Truchuelo y E. Reitano (eds.), Las fronteras en el Mundo Atlántico (siglos XVI-XIX) (La Plata: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y Universidad Nacional de La Plata, 2017): 201.

73 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 284-286.

74 Andrew C. HESS, «The Ottoman Conquest of Egypt (1517) and the Beginning of the Sixteenth-Century World War» en International Journal of Middle East Studies, 4-1 (1973): 55-76.

75 Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, «La llegada de los turcos al Mediterráneo», en El Mediterráneo plural en la Edad Moderna: sujeto histórico y diversidad cultural, J. A. González Alcantud y A. Stoll (coords.) (Barcelona: Anthropos, 2011): 115-131.

76 Claudio CONSTANTINI, La Repubblica di Genova nellEtà Moderna (Turín: UTET, 1978. Manuel HERRERO SÁNCHEZ (coord.), La República de Génova y la Monarquía Hispánica (siglos XVI-XVII), en Hispania, 2019 (2005): 9-151. Thomas Allison KIRK, Genoa and the Sea: Policy and Power in an Early Modern Maritime Republic, 1559-1684 (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2005).

77 José Luis CASADO SOTO, «El Cantábrico y las galeras hispanas de la Edad Media a la Moderna», en Itsas Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco, 4 (2003): 544.

78 Sobre este tema existen numerosos estudios y, por ello, tan solo vamos a referenciar unos pocos títulos. Para Nápoles: Carlos José HERNANDO SÁNCHEZ, «Las fortificaciones y la defensa del estado en Nápoles bajo el Virrey Pedro de Toledo (1532-1553)» en E. Cruces Blanco (coord.), La organización militar en los siglos XV y XVI (Málaga: Cátedra General Castaños, 1993): 447-453. Giulio FENICIA, Il Regno di Napoli e la difesa del Mediterraneo nelletà. di Filippo II (1556-1598), Organizzazione e finanziamento (Bari: Cacucci Editore, 2003). Giovanni MUTO, «Strategie e Strutture del Controllo Militare del Territorio nel Regno di Napoli nel Cinquecento», en Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica. Política, estrategia y cultura en a Europa moderna (1500-1700), E. García Hernán y D. Maffi (eds.) (Madrid: Centro Superior de Investigaciones Científicas, 2006), vol. 1: 153-170. Para Sicilia y Malta: Valentina FAVARÒ, La modernizzazione militare nella Sicilia di Filippo II (Palermo: Associazione Mediterranea, 2009). Maurizio VESCO, «Designing the bastion against the Turks: Sicily and Malta», en Draughtsman Engineers Serving the Spanish Monarchy in the Sixteenth to Eighteenth Centuries, A. Cámara Muñoz (ed.) (Madrid: Fundación Juanelo Turriano, 2016): 247-270. Para Cerdeña: Giuseppe MELE, Torri e cannoni: la difesa costiera in Sardegna nelletà moderna (Sácer: EDES, 2000. Sobre la costa de Murcia: Francisco VELASCO HERNÁNDEZ, «La construcción de torres de defensa en el litoral de Lorca, Mazarrón y Cartagena durante el siglo XVI», en Murgetana, 136 (2017): 57-83 Para el caso de Valencia destaca: Juan Francisco PARDO MOLERO, La defensa del imperio. Carlos V, Valencia y el Mediterráneo (Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001). Mientras que una visión global nos la ofrecen: Alicia CÁMARA MUÑOZ, «Las fortificaciones y la defensa del Mediterráneo», en Felipe II y el Mediterráneo: La monarquía y los reinos II, E. Belenguer Cebrià (coord.) (Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1999), vol. 4: 355-378. Carlos José HERNANDO SÁNCHEZ (coord.), Las fortificaciones de Carlos V (Madrid: Ediciones del Umbral, 2000).

79 Hüseyin Serdar TABAKOĞLU, Akdeniz’de Savaş: Osmanlı-İspanya Mücadelesi («Guerra en el Mediterráneo: la lucha otomano-española») (Estambul: Kronik, 2019).

80 Rubén GONZÁLEZ CUERVA y Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, Túnez 1535: voces de una campaña europea (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas; Polifemo, 2017). Este libro publica por primera vez en castellano la «crónica oficial» de la conquista de Túnez, escrita en francés por el secretario del emperador Antoine Perrenin, y también recoge la crónica escrita por un lansquenete suizo llamado Niklaus Guldi, que ofrece otro punto de vista sobre la exitosa jornada que tanto prestigio aportó al emperador.

81 Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, Los Barbarroja: Corsarios del Mediterráneo (Madrid: Aldebarán Ediciones, 2004).

82 René QUATREFAGES, «La proveeduría des Armadas: de lexpédition de Tunis (1535) à celle dAlger (1541)», Mélanges de la Casa de Velázquez (París: Casa de Velázquez, 1978), vol. 14: 215-247.

83 La Orden había nacido en Jerusalén en el siglo XI, en el contexto de las cruzadas en Tierra Santa. A medida que los cristianos fueron perdiendo territorio, ella también fue reculando; de su primer asentamiento en Crac de los Caballeros, pasó a Acre y de allí a Chipre. A comienzos del siglo XIV, la Orden se instaló en Rodas, donde estuvieron hasta que fueron expulsados en 1522, cuando el nuevo sultán, Solimán, decidió iniciar su reinado conquistando la «inexpugnable» Rodas, lugar que se le había resistido ya en 1480 a su bisabuelo Mehmed II, conquistador de Constantinopla, y lugar donde estaban atrincherados los molestos «piratas» de San Juan. Se habían enriquecido con el comercio, la trata de esclavos, la escolta a los peregrinos y, sobre todo, con su actividad corsaria. Eric BROCKMAN, The two sieges of Rhodes, 1480-1522 (Londres: John Murray Publishers, 1969). Robert Douglas SMITH y Kelly DE VRIES, Besieged Rhodes: A New History (Stroud: The History Press, 2012).

84 A lo que había añadir las siguientes cuatro condiciones y que se reconociera su vasallaje: siendo la primera el pago anual, simbólico y a perpetuidad de un halcón peregrino; segunda, el obispo de Malta debía ser nombrado por el rey; tercera, el almirante general de la flota debía de ser siempre italiano, y la última, debían prometer respetar los privilegios y libertades de los malteses. Hugo ODONNELL Y DUQUE DE ESTRADA, «La cesión de Malta a los Caballeros de San Juan (1530)», en Revista de las Órdenes Militares, 1 (2001): 105-128.

85 Para saber más sobre la Orden y Malta, especialmente de su modo de hacer la guerra y sus actividades corsarias, véanse los trabajos de Hugo ODONNELL Y DUQUE DE ESTRADA, «Los caballeros del mar Mediterráneo. La Orden de Malta: monjes, guerreros y marinos en la defensa de la fe», en Historia 16, 208 (1993): 51-64; «La Orden de Malta, milicia y servicio», en Revista de Historia Militar, extra 1 (2001): 83-98. Asimismo, para establecer un estado de la cuestión sobre la armada de la Orden, véase su «La Soberana Orden de Malta y el Mar», en Simposio de la Orden de San Juan en España (Toledo: Diputación Provincial, 2003): 237-245.

86 BRAUDEL, El Mediterráneo y el mundo, vol. II: 326-344.

87 El emperador mandaría al virrey de Sicilia demoler las fortificaciones de la isla y abandonar el lugar.

88 AGS, EST, leg. 444, s. f., Relación de las personas que se ofrecen de armar galeras para el servicio de SM. [ca. 1560]. En esta relación en concreto aparecen listados: el duque de Saboya, el duque de Florencia, la república de Génova, el conde de Nicotera, Cefón de Genaro, Galeazzo Giustiniano, el señor de Piombino, Marcelo Caracciolo, Bertoldo Farnese, Tommaso Marin, Marco Centurión, el marqués de Terranova, el marqués de Trevico, Leonardo Lomelín, el conde de Aderno y el marqués de Pescara.

89 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 283-289.

90 Beatriz ALONSO ACERO, «El norte de África en el ocaso del emperador (1549-1558)», en Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530-1558), E. García Hernán y D. Maffi (eds.), J. Martínez Millán, E. García Hernán y D. Maffi (eds.), (Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001): 387-414.

91 Emilio SOLA, «Una guerra total mediterránea en el verano de 1558: turcos y franceses contra la Monarquía hispánica» (Menorca: Centro Europeo para la Difusión de las Ciencias Sociales, 2014).

92 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 290-291. Jan GLETE, «The Sea Power of Habsburg Spain and the development of European navies (1500-1700)», en Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica. Política, estrategia y cultura en a Europa moderna (1500-1700), E. García Hernán y D. Maffi (eds.) (Madrid: Centro Superior de Investigaciones Científicas, 2006), vol. 1: 833-860.

93 Sobre estos años iniciales véase María José RODRÍGUEZ SALGADO, Un Imperio en transición: Carlos V, Felipe II y su mundo, 1551-1559 (Barcelona: Crítica, 1992).

94 Manuel RIVERO RODRÍGUEZ, «El Consejo de Aragón y la fundación del Consejo de Italia», en Pedralbes. Revista dHistòria Moderna, 9 (1989): 57-90.

95 I. A. A. THOMPSON, Guerra y decadencia. Gobierno y administración en la España de los Austrias (Barcelona: Crítica, 1981): 10-13.

96 Para una visión global de la situación política y religiosa en Europa en los momentos previos y posteriores de la paz, véase el libro de John H. ELLIOTT, La Europa dividida 1559-1598: (Barcelona: Crítica, 2002): 17-46. (Ed. orig. en inglés 1968).

97 Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, «Bases y logística del corso berberisco», en La expulsión de los moriscos y la actividad de los corsarios norteafricanos (Madrid: Ministerio de Defensa, Dirección General de Relaciones Institucionales, 2011): 83-102.

98 Beatriz ALONSO ACERO, «El norte de África en el ocaso del emperador (1549-1558)», en Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530-1558), J. Martínez Millán y I. J. Ezquerra Revilla (coords.) (Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001), vol. 1: 387-414.

99 José Ramón SÁNCHEZ HOLGADO, «La puesta en valor del patrimonio cultural de La Herradura: el hundimiento parcial de la flota del Mediterráneo de Felipe II», en Espacio, tiempo y forma, serie VI, Geografía, 11 (2018): 247-275.

100 Con vistas a la campaña de Gelves, el rey contaba con una flota en todo el Mediterráneo de noventa y una galeras. Después de La Herradura, ese número se había reducido a cincuenta y cinco.

101 THOMPSON, Guerra y decadencia: 18-20.

102 BRAUDEL, El Mediterráno y el mundo, vol. 2: 409 y ss.

103 BRAUDEL, El Mediterráno y el mundo, vol. 2: 409 y ss.

104 A. Jorge AGUILERA LÓPEZ, «El inicio de la recuperación naval hispana en el Mediterráneo y la construcción de galeras en Barcelona durante el virreinato de García de Toledo (1558-1564)» en Nuevas perspectivas de investigación en Historia Moderna: economía, sociedad, política y cultura en el mundo hispánico, M.ª Ángeles Pérez Samper y José L. Betrán Moya (eds.) (Madrid: Fundación Española de Historia Moderna, 2018): 529-541.

105 Joan REGLÀ, Felipe II y Cataluña: 64.

106 Miguel de CERVANTES, Novelas ejemplares, Madrid, 1613, fol. VIIIr.

107 THOMPSON, Guerra y decadencia: 201.

108 Esteban MIRA CABALLOS, «El sistema naval español en el siglo XVI: las armadas del Imperio», Revista de Historia Naval, 74 (2001): 39-54.

109 Esteban MIRA CABALLOS, Las armadas imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005: 106-125.

110 Estos fueron: Rodrigo de Portuondo en 1523 y 1529, Álvaro de Bazán padre en 1530 y 1535 y Bernardino de Mendoza en 1539, 1540, 1543 y 1552. En FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 1: 331-337.

111 THOMPSON, Guerra y decadencia: 202-204.

112 AGS, EST, leg. 1.382, f. 296, Comendador Hernando Girón, veedor general de las galeras a Carlos V, Génova, 23 de agosto de 1552.

113 Valentina FAVARÒ, «La escuadra de galeras del Regno di Sicilia: construzione, armamento, amministrazione (secolo XVI)», en Mediterranio in armi (seculi XV-XVIII), R. Cancila (ed.) (Palermo: Associazione no profit Mediterranea, 2007): 289-313.

114 THOMPSON, Guerra y decadencia: 204-206.

115 José Antonio ESCUDERO, Felipe II: el rey en el despacho (Madrid: Editorial Complutense y Colegio Universitario de Segovia, 2002). La lista de obras e historiadores que se han interesado por la figura de este soberano resulta interminable, por eso, solo vamos a mencionar la, a nuestro parecer, más completa: Geoffrey PARKER, Felipe II: la biografía definitiva (Barcelona: Planeta, 2010); y su «continuación», El Rey Imprudente (Barcelona: Planeta, 2015); también y como principal novedad, el libro de Enrique MARTÍNEZ RUIZ, Felipe II: el rey, el hombre, el mito (Madrid: La Esfera de los Libros, 2020).

116 THOMPSON, Guerra y decadencia: 314-315.

117 Colin IMBER, «The Navy of Süleyman the Magnificent», en su Studies in Ottoman History and Law (Estambul: Isis Press, 1996): 1-70.

118 CODOIN, vol. 29: 24-27, García de Toledo a Felipe II, en galera en Bayas (Nápoles), 18 de enero de 1565.

119 CODOIN, vol. 29: 175-176, García de Toledo al secretario Francisco de Eraso, Mesina, 2 de junio de 1565.

120 CODOIN, vol. 29: 260-264, García de Toledo al secretario Vargas, Mesina, 5 de julio de 1565.

121 CODOIN, vol. 29: 310-317, Carta original de lo que SM. escribió a don García de Toledo, [Casa de] El Bosque de Segovia [actual palacio de Valsaín], 27 de julio de 1565.

122 Andrew C. HESS, «The Moriscos: An Ottoman Fifth Column in Sixteenth-Century Spain», en The American Historical Review, 74-1 (1968): 1-25.

123 A. Jorge AGUILERA LÓPEZ, «Fabricando el Socorro de Malta: Las Atarazanas Reales de Barcelona en la política Mediterránea de Felipe II (1556-1565)» (Barcelona: TFM inédito dirigido por Xavier Gil Pujol, Universitat de Barcelona, 2015). Rubén SÁEZ ABAD, El Gran Asedio. Malta1565 (Madrid: HRM Ediciones, 2015).

124 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 293.

125 Chakib BENAFRI, «La posición de la sublime puerta y de la regencia de Argel ante la rebelión de los moriscos granadinos (1568-1570): entre esperanza y decepción», en AREAS: Revista Internacional de Ciencias Sociales, 30 (2011): 141-146.

126 Antonio DOMÍNGUEZ ORTÍZ y Bernand VINCENT, Historia de los moriscos: vida y tragedia de una minoría (Madrid: Alianza, 1985).

127 Alessandro BARBERO, Lepanto. La battaglia dei tre imperi (Bari: Editore Laterza, 2010) (trad. cast. 2011).

128 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 293-294.

129 David GARCÍA HERNÁN y Enrique GARCÍA HERNÁN, Lepanto, el día después (Madrid: Actas, 1999).

130 John R. HALE, «From peacetime establishment to fighting machine: The Venetian army and the war of Cyprus and Lepanto», en Il Mediterraneo nella seconda metà del500 alla luce di Lepanto, G. Benzoni (ed.) (Florencia: Fondazione Giorgio Cini, 1974): 163-184.

131 Ralph DAVIS, «England and the Mediterranean, 1570-1670», en Essays in the Economic and Social History of Tudor and Stuart England in Honour of RH. Tanney (Londres: Cambridge University Press, 1961): 117-137.

132 Alexander H. DE GROOT, The Ottoman Empire and the Dutch Republic; a History of the Earliest Diplomatic Relations, 1610-1630 (Leiden: Nederlands Instituut voor het Nabye Oosten, 1978).

133 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 295-296.

134 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 295-296.

135 A pesar de que Juan de Austria y García de Toledo entre otros, eran partidarios de aumentar la armada hasta superar las trescientas. TOMPSON, «Las galeras en la política»: 107-108.

136 THOMPSON, Guerra y decadencia: 204-207.

137 Bibiano TORRES RAMÍREZ, «La defensa naval de las Indias durante el siglo XVI», en América y la España del siglo XVI (Madrid: Centro Superior de Investigaciones Científicas, 1983): 115-125.

138 Carlos CARNICER y Javier MARCOS, Espías de Felipe II: los servicios secretos del Imperio español (Madrid: La Esfera de los Libros, 2005).

139 Francisco VELASCO HERNÁNDEZ, Corsarismo, piratería y guerra costera en el Sureste español: el acoso turco berberisco a las costas de Alicante, Murcia y Almería en los siglos XVI y XVII (Murcia: Ediciones Nova Spartaria, 2019).

140 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 298-300.

141 Francisco VELASCO HERNÁNDEZ, «Corsarios y piratas ingleses y holandeses en el Sureste español durante el reinado de Felipe III (1598-1621)», en Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea, 32 (2012): 89-118.

142 THOMPSON, «Las galeras en la política»: 112-113.

143 THOMPSON, «Las galeras en la política»: 115.

144 La reciente obra de Manuel LOMAS CORTÉS, Governing the Galleys: Jurisdiction, Justice, and Trade in the Squadrons of the Hispanic Monarchy (Sixteenth-Seventeenth Centuries) (Leiden y Boston: Brill, 2020), explora las galeras, su mundo y su influencia no solo en el aspecto político y militar, sino también en el jurídico, comercial y económico.

145 «Considerant la present Cort els grans i innumerables danys que els turcs, moros i altres enemics de la Santa Fe Catòlica, corsaris i pirates que dordinari van en cos per aquests mars i costa del present Principat de Catalunya i Comtats de Rosselló i illes adjacents, [que] causen i donen no sols en captivar i prendre vaixells que naveguen per elles impedint tot comerç de les mercaderies; i saquejant i cremant pobles, cases, masies, esglésies i robant totes altres coses de fruit i altres provisions i bastiments en tan gran dany com és notori; però encara en captivar molt gran nombre de persones de tots estaments i edats i portar a aquelles a Barbaria i altres parts, ahont pateixen miserable servitud, i el que és pitjor, que molts dells, per la flaquesa de ledat o sexe o per no poder sofrir els treballs i esclavitud que els fan patir, saparten de [la] nostra Santa Fe Catòlica, renegant della i adherint-se a la malvada secta de Mahoma, perdent ses ànimes miserablement. I dels altres que poden rescatar-se traient tots anys grans sumes de diners que amb elles armen ses armades i tenen major poder per ofendrens i danyar, debilitant les forces daquests Regnes i augmentant les seves en gran dany i pèrdua de lhonor i hisendes dels poblats de dits Principat i Comtats i de les ànimes que perden. Per això, suplicant a Sa Majestat les necessitats de [la] dita Cort, li plaïa establir i ordenar amb llur consentiment que sien armades quatre galeres a gasto i despeses de la Generalitat.» ACA, Gen., serie G, n.º 135-1, f. 1v-1r, Registre i dietari per raó de les quatre galeres. Barcelona, 1599.

146 CASADO SOTO, «Política naval y tecnología»: 289-301.

147 David GOODMAN, El poderío naval español: historia de la armada española del siglo XVII (Barcelona: Península, 2001): 29.

148 Baltasar ÁLAMOS DE BARRIENTOS, Discurso político al rey Felipe III al comienzo de su reinado, 1598 (Barcelona: Anthropos, 1990): 70.

149 GOODMAN, El poderío naval español: 30-31.

150 GOODMAN, El poderío naval español: 30.

151 GOODMAN, El poderío naval español: 34.

152 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 214.

153 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 223.

154 Magdalena de Pazzis PI CORRALES, Tercios del Mar. Historia de la primera Infantería de Marina española (Madrid: Esfera de los Libros, 2019): 51.

155 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 207-208.

156 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 208.

157 CHAMORRO ESTEBAN, A., Barcelona y el rey. Las visitas reales de Fernando el Católico a Felipe V (Barcelona: La Tempestad, 2017): 81.

158 Sobre la creación de esta escuadra y la protección del litoral catalán, véase.

159 Sobre la escuadra de galeras de Lerma, véase Manuel LOMAS CORTÉS. «Las galeras de Dénia y el Duque de Lerma: un proyecto defensivo del litoral valenciano a comienzos del siglo XVII», en Felipe II y Almazarrón: la construcción local de un Imperio global, vol. 1, Vivir, defender y sentir la frontera, María Martínez Alcalde y José Javier Ruiz Ibáñez (coords.) (Murcia: Universidad de Murcia, 2014): 249-264. 

160 Bernardo J. GARCÍA GARCÍA, La Pax Hispánica (Leiven: Leiven University Press, 1996: 74, citado en Valentina CIPOLLONE, «La política navale della Spagna nel fronte mediterraneo (1635-1678)» (tesis doctoral inédita, Cagliari: Università degli Studi di Cagliari, 2011): 38.

161 Miguel Ángel BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad: las armadas en el Mediterráneo durante la Edad Moderna», en Armar y marear en los siglos modernos (XV-XVIII), Magdalena DE PAZZIS PI CORRALES (coord.), Cuadernos de Historia Moderna. Anejos (2006): 77.

162 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 243.

163 BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad»: 92.

164 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 244.

165 Bernardo J. GARCÍA GARCÍA, La Pax Hispánica. Política exterior del Duque de Lerma (Leuven, Leuven University Press, 1996): 161.

166 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 435.

167 CIPOLLONE, «La politica navale»44.

168 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 236.

169 Sobre la corrupción durante el reinado de Felipe III y, en concreto, del duque de Lerma, véase Alfredo ÁLVAR EZQUERRA, El duque de Lerma. Corrupción y desmoralización en la España del siglo XVII (Madrid: La Esfera de los Libros, 2010).

170 Manuel LOMAS CORTÉS, «La organización naval hispánica y la expulsión de los moriscos (1609)», en Estudis: revista de historia moderna, 31 (2005): 301-320; La expulsión de los moriscos del reino de Aragón: política y administración de una deportación: 1609-1611 (Teruel: Centro de Estudios Mudéjares, 2008); El puerto de Denia y el destierro morisco (1609-1610) (Valencia: Publicacions de la Universitat de València PUV, 2009; El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614) (Valencia: Publicacions de la Universitat de València PUV, 2011).

171 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 328.

172 GOODMAN, El poderío naval español: 38.

173 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde: 337.

174 BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad»: 93.

175 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 347.

176 La relación en cuestión lleva el título de Discorso e comparatione delle forze maritime del Re (di Spagna) con quelle dei veneziani e come potese S. M. aggrandirsi e migliorar le sue ármate nel Mare Mediterraneo, en Guido CANDIANI, G., «Galee forzate o di libertà: una comparazione tra la marina veneziana e quella spagnola allindomani della contesa dellinterdetto (1607)», en Guerra y Sociedad en la Monarquía Hispánica: Política, Estrategia y Cultura en la Europa Moderna (1500-1700), Enrique García Hernán y Davide Maffi (eds.) (Madrid: CSIC, Fundación Mapfre y Laberinto, 2006): 947-964.

177 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 348.

178 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 348.

179 Sobre los corsarios de Salé, véase José Manuel GUTIÉRREZ DE LA CÁMARA SEÑÁN, «Los corsarios de Salé», en La expulsión de los moriscos y la actividad de los corsarios norteafricanos, XLI Jornadas de Historia Marítima, Cuaderno monográfico 61 (Madrid: Instituto de Historia y Cultura Naval, 2011): 47-70.

180 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 3: 355.

181 BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad»: 95.

182 GOODMAN, El poderío naval español: 39.

183 BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad»: 96.

184 BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad»: 95.

185 BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad»: 96.

186 BUNES IBARRA, «La defensa de la Cristiandad»: 95.

187 Citado por Antonio ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima de la Monarquía. La marina de Carlos II (Madrid: Ministerio de Defensa, 2019): 24.

188 GOODMAN, El poderío naval español: 41.

189 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 4: 7.

190 GOODMAN, El poderío naval español: 40.

191 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 4: 8.

192 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 4: 21.

193 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 4: 27.

194 La conveniencia de llevar a cabo una estrategia defensiva en tierra y ofensiva en el mar fue propuesta por Manuel López Pereyra al Consejo de Estado en 1624. Algunos autores y tratadistas, como Diego Saavedra Fajardo o Matías de Novoa, también consideraron oportuna para los intereses de la Corona utilizar esta estrategia. Véase ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima, 24 y 25.

195 Esteban MIRA CABALLOS, Las armadas del Imperio. Poder y hegemonía en tiempos de los Austrias (Madrid: La Esfera de los Libros, 2019): 207-208.

196 MIRA CABALLOS, Las armadas del Imperio: 208.

197 GOODMAN, El poderío naval español: 44.

198 Cristina BORREGUERO BELTRÁN, La Guerra de los Treinta Años 1618-1648. Europa ante el abismo (Madrid: La Esfera de los Libros, 2018): 248.

199 Sobre la construcción de esta armadilla, véase Alfredo CHAMORRO ESTEBAN, «Las Reales Atarazanas de Barcelona en el contexto de la Guerra de los Treinta Años: la fábrica de galeras de la Monarquía (1635-1640)», en Monarquías en conflicto. Linajes y noblezas en la articulación de la Monarquía Hispánica, José Ignacio Fortea Pérez, Juan Eloy Gelabert González, Roberto López Vela y Elena Postigo Castellanos (coords.), XV Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna (Santander), (Madrid: Fundación Española de Historia Moderna, 2018): 307-324.

200 GOODMAN, El poderío naval español: 45.

201 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. V: 62.

202 GOODMAN, El poderío naval español: 47.

203 Robert STRADLING, Europa y el declive de la estructura imperial española 1580-1720 (Madrid: Cátedra, 1983): 159.

204 GOODMAN, El poderío naval español: 47.

205 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. 4: 157.

206 STRADLING, Europa y el declive: 173.

207 Citado por ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 25.

208 STRADLING, Europa y el declive: 54.

209 Sobre las tripulaciones, la marinería y la soldadesca de a bordo, véase Magdalena de Pazzis PI CORRALES, Los tercios del mar. Historia de la primera infantería de marina española (Madrid: La Esfera de los Libros, 2019).

210 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 18.

211 GOODMAN, El poderío naval español: 48.

212 Rafael VALLADARES, Felipe IV y la restauración de Portugal (Málaga: Algazara, 1994): 134-146 y 154-160, citado por ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 19.

213 GOODMAN, El poderío naval español: 49.

214 Antonio ESPINO LÓPEZ, «El poder naval y las guerras con Francia. Cataluña, 1652-1673», en Revista de Historia Naval, 148 (2020): 12.

215 ESPINO LÓPEZ, «El poder naval»: 12.

216 STRADLING, Europa y el declive: 167.

217 GOODMAN, El poderío naval español: 51.

218 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 19.

219 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 19.

220 Juan Antonio SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales de la Monarquía Hispánica durante la regencia de doña Mariana de Austria», en Studia Historica, Cuadernos de Historia Moderna (1999): 20.

221 VALLADARES, Felipe IV y la restauración.

222 VALLADARES, Felipe IV y la restauración.

223 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 21.

224 Christopher STORRS, La resistencia de la Monarquía Hispánica 1665-1700 (Madrid: Actas, 2013): 127.

225 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. V: 88.

226 Citado por FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. V: 88

227 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. V: 88.

228 STORRS, La resistencia de la Monarquía, 1665-1700.

229 Manuel RIVERO RODRÍGUEZ, La monarquía de los Austrias. Historia del Imperio español (Madrid: Alianza, 2017): 285.

230 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 22.

231 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 31.

232 SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales»: 141.

233 SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales»: 147.

234 Vicente MONTOJO MONTOJO y FEDERICO MAESTRE DE SAN JUAN PELEGRÍN, «Las galeras de España en la regencia del reinado de Carlos II (1665-1700)», en Revista de Historia Naval, 139 (2017): 82.

235 MONTOJO MONTOJO Y MAESTRE DE SAN JUAN PELEGRÍN, «Las galeras de España»: 92.

236 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 166.

237 MONTOJO MONTOJO Y MAESTRE DE SAN JUAN PELEGRÍN, «Las galeras de España»: 81.

238 SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales»: 152.

239 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 44.

240 Sobre las galeras francesas y su construcción en Marsella, véase André ZYSBERG, Marseille au temps du Roi-Soleil: la ville, les galères, larsenal (1660-1715) (Marsella: Éditions Jean Laffitte, 2007).

241 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 45.

242 SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales»: 153.

243 ESPINO LÓPEZ, «El poder naval»: 23.

244 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 167.

245 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 50.

246 Gonçal LÓPEZ NADAL, El corsarisme mallorquí a la Mediterrània occidental, 1652-1698: un comerç forçat (Barcelona, 1986): 83, citado por SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales»: 167.

247 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. V: 121.

248 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. V: 134.

249 SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales»: 167.

250 STORRS, La resistencia de la Monarquía: 128.

251 SÁNCHEZ BELÉN, «Las relaciones internacionales»: 170.

252 STRADLING, Europa y el declive: 232.

253 STORRS, La resistencia de la Monarquía: 123.

254 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 171.

255 STRADLING, Europa y el declive: 233.

256 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 97 y 98.

257 AMNM, ms. 2.344, Llibre ahont se copiaran las cartas que se reban tocant a fabrica de galeras, f. 23, José de Marimon a García de Bustamante, Barcelona, 15 de agosto de 1693.

258 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 108.

259 ESPINO LÓPEZ, La frontera marítima: 110.

260 Sobre los puertos estratégicos del Mediterráneo véase Francisco-Felipe OLESA MUÑIDO, La organización naval de los estados mediterráneos y en especial de España durante los siglos XVI y XVII (Madrid: Editorial Naval, 1968), vol. I: 135-152.

261 STORRS, La resistencia de la Monarquía: 133.

262 STORRS, La resistencia de la Monarquía: 143.

263 José Patricio MERINO NAVARRO, «La Armada en el siglo XVIII», en Historia Social de las Fuerzas Armadas (Madrid: Alhambra, 1986), vol. 2: 87.

264 Dionisio A. PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio de Marina. La Secretaría de Estado y del Despacho de Marina (1714-1808) (Madrid: Ministerio de Defensa, 1988): 30.

265 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 30.

266 Vicente BACALLAR Y SANNA, Comentarios de la guerra de España historia de su rey Phelipe V el Animoso, desde el principio de su reinado hasta la paz general del año 1725 (orig. 1799).

267 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. VI: 9.

268 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. VI: 56.

269 FONDEVILA SILVA, «Las galeras de España»: 231.

270 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 35.

271 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 36.

272 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 39.

273 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 42.

274 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 42.

275 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 44.

276 FÉRNANDEZ DURO, Armada española desde: 112-114. PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 44-45. Iván VALDEZ-BUBNOV, Poder naval y modernización del Estado: política de construcción naval española (siglos XVI-XVIII) (México: UNAM, 2011): 135.

277 VALDEZ-BUBNOV, Poder naval y modernización: 136.

278 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 73.

279 VALDEZ-BUBNOV, Poder naval y modernización: 163.

280 Sobre José Patiño y su labro reformista véase Carlos PÉREZ FERNÁNDEZ-TURÉGANO, Patiño y las reformas de la administración durante el reinado de Felipe V (Madrid: Ministerio de Defensa, 2006).

281 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 98. Sobre el astillero de Sant Feliu de Guíxols, véase Pablo DE LA FUENTE DE PABLO y Marcel PUJOL I HAMELINK, La reial fàbrica de vaixells de Sant Feliu de Guíxols (1715-1721) (Sant Feliu de Guíxols: Ajuntament de Sant Feliu de Guíxols, 2010).

282 PÉREZ FERNÁNDEZ-TURÉGANO, Patiño y las reformas: 93.

283 VALDEZ-BUBNOV, Poder naval y modernización: 165.

284 VALDEZ-BUBNOV, Poder naval y modernización: 157.

285 FONDEVILA SILVA, «Las galeras de España»: 231.

286 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. VI: 135.

287 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. VI: 140.

288 VALDEZ-BUBNOV, Poder naval y modernización: 203.

289 PÉREZ FERNÁNDEZ-TURÉGANO, Patiño y las reformas: 116.

290 Sobre el cuerpo de Guardia Estandartes, véase Juan José SÁNCHEZ BAENA y Pedro FONDEVILA SILVA, «Origen y organización de los Guardas de Estandarte de la Escuadra de Galeras de España (1728-1748)», en Proceedings of the 4th Mediterranean Maritime History Network Conference, Jordi Ibarz Gelabert, Enric García Domingo, Inma González Sánchez y Olga López Miguel (eds.) (Barcelona: Museu Marítim de Barcelona, 2016): 413-429.

291 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. VI: 206.

292 Citado por PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 116.

293 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 123.

294 FERNÁNDEZ DURO, Armada española desde, vol. VI: 234.

295 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 139.

296 PERONA TOMÁS, Los orígenes del Ministerio: 144.

297 FONDEVILA SILVA, «Las galeras de España»: 224.

298 André ZYSBERG y René BURLET, Gloria y miseria de las galeras (Madrid: Aguilar Universal, 1990): 126.

299 AMNM, Ms. 1238, ff. 147-153.

300 SÁNCHEZ BAENA y FONDEVILA SILVA, «Origen y organización»: 428.

 

Las Atarazanas Reales de Barcelona (siglos XIII-XVIII)

DOI: https://doi.org/10.51829/978-84-121242-3-1

La fundación de las Reales Atarazanas está directamente vinculada a la consolidación de los intereses mediterráneos de la Corona de Aragón en el siglo XIII. Durante el reinado de Jaime I el Conquistador, la aspiración de una expansión terrestres más allá de los Pirineos se sustituyó progresivamente por una proyección hacia el sur —Valencia y Murcia— y Mallorca.1 Las campañas requirieron unas fuerzas navales potentes, que desde aquellos momentos constituyeron una de las bases fundamentales de la política expansionista de la Corona.

Tradicionalmente se ha atribuido a este período la primera referencia documental sobre las Reales Atarazanas. Hasta hace muy poco, la historiografía había creído encontrar la primera alusión en un documento de 1243 en el que Jaime I mencionaba su localización, en el lado oeste de la ciudad, en un área que se pretendía reservar para usos comerciales e industriales, incluida la construcción naval. Esta ubicación se había identificado en el emplazamiento actual del edificio, al final de la Rambla. Si la disposición real hubiera hecho referencia al actual edificio de las atarazanas, habría afectado a los terrenos que en aquel momento tanto franciscanos como mercedarios habían ocupado con el apoyo de la Corona.2 En cambio, si la ubicación se interpreta de acuerdo con la localización de la atarazana vieja, ubicada cerca del Regomir, se estaría refiriendo a la zona que acogía la actividad mercantil que se pretendía impulsar. Todos los autores coinciden en atribuir la decisión de construir una nueva atarazana a Pedro III. Durante su reinado (1276-1285) se consolidó una política expansionista por el Mediterráneo basada en la potencia naval de la Corona a partir de la ocupación de Sicilia en 1282. Así pues, resultaba imprescindible contar con un lugar adecuado, capaz de construir y reparar la flota que dicha política requería.

La atarazana existente, a la que nos hemos referido como vieja, situada en el corazón de la ciudad, resultaba insuficiente en cuanto a la capacidad y, además, de difícil acceso. Asimismo, los intereses mercantiles de la ciudad condicionaban su funcionamiento, dado que las instalaciones eran utilizadas por el Consejo de Ciento. El monarca buscó entonces un nuevo emplazamiento para su atarazana; debía ser un espacio de su propiedad y bajo su control, donde las naves tuvieran un fácil acceso y estuvieran subordinadas exclusivamente a los intereses reales. Por estas razones fue por las que se optó por la zona más allá del convento de San Francisco, situada cerca de Las Huertas de San Bertrán, al pie de Montjuïc, fuera del recinto de las murallas de la ciudad. Se proyectó una nueva instalación que consistía en una construcción aislada y abierta al mar: un muro perimetral, con arcadas y almacenes (llamados botigues), con torres en los ángulos que limitaban un patio central descubierto, siendo este el principal espacio destinado a la construcción y mantenimiento de la flota real.

De este primer recinto se conocían las dos torres que lo remataban por la cara norte o de montaña. Los trabajos arqueológicos a lo largo de las últimas décadas en el edificio han permitido la localización y la identificación del muro perimetral que unía estas dos torres (es decir, el límite del edificio por el lado de Montjuïc), de las botigues adosadas a este muro, que servían como almacenes y/o pequeños talleres, y del acceso original por el lado este. Además, los trabajos arquitectónicos han permitido la localización del muro de cierre original por el lado oeste, adosado a la muralla que se construyó a mediados del siglo XIV por orden de Pedro IV.3 Todos estos elementos permiten construir algunas hipótesis de trabajo sobre esta primera atarazana real, de la que se tienen pocas noticias ciertas. Los límites de poniente y levante, es decir, los perpendiculares a la línea de costa, coinciden con los de la edificación del cuerpo central del edificio tal como se conserva actualmente. En cambio, los sondeos arqueológicos realizados en el 2011 permitieron constatar que el recinto original rebasaba la fachada actual y se proyectaba en dirección al mar, aunque no se ha podido determinar exactamente las dimensiones de esta parte del edificio desaparecida.4

 

Una atarazana para el rey: la expansión mediterránea (siglos XIII-XV)

El conflicto a raíz del control de Sicilia y la conquista posterior por parte de Pedro III y culminada por Alfonso III (1282-1289)5 constituye el arranque de una situación de tensión permanente entre las diferentes potencias navales en el Mediterráneo occidental —Venecia, Génova, Pisa y la Corona de Aragón—, que estará vigente también durante el siglo XIV y que se materializó en operaciones navales en todo el Mediterráneo.6 Para mantener esta política de proyección marítima, era imprescindible disponer de escuadras que permitieran la conquista y la defensa de los territorios y la seguridad de las vías de comunicación que los conectaban. Se debe advertir que esta necesidad no supuso la existencia de una flota permanente, eso se daría siglos más tarde. Y es que, a lo largo de la Edad Media, no existió nunca una armada permanente, sino que ante cada situación de conflicto se organizaba una flota con las características y las dimensiones adecuadas a las necesidades previstas y a los recursos de la Corona en cada momento.7

Es por ello que Pedro III impulsa la construcción de la atarazana real a finales del siglo XIII, y sus sucesores, conscientes como él de la importancia de disponer de infraestructuras logísticas y recursos navales, prestaron una especial atención al mantenimiento de las atarazanas. Alfonso IV (1327-1336) fue quien ordenó las primeras obras de cubrimiento de las atarazanas y estableció un sistema para hacer frente a los gastos que estos trabajos comportaban.8 Su hijo Pedro IV (1336-1387) continuó con el impulso dado a las drassanes (atarazanas), existiendo a partir de la década de 1350 frecuentes alusiones a los trabajos de mantenimiento y mejora del edificio, especialmente referida a la zona de los almacenes y cobertizos o soportales para albergar los materiales y útiles más delicados empleados en los trabajos de construcción naval.9 Los últimos trabajos arqueológicos han aportado nueva luz a este período de la historia del edificio.10

Las excavaciones han permitido la identificación, en las naves del sector oeste, de una serie de catorce pilares, que dejan entrever que el primer edificio medieval propiamente dicho se estructuraba en un mínimo de tres naves perpendiculares a la línea de la costa, más estrechas y seguramente más bajas que las actuales, que harían permeable la circulación en su interior. Dentro del perímetro original, otra parte del espacio estaría ocupada por una superficie descubierta, cuya extensión no se puede determinar a causa de las transformaciones del edificio en años posteriores. Por otra parte, los estudios documentales ya habían aportado también información sobre la morfología de las instalaciones.11 La mención de la reparación sistemática de los portales dañados por los embates del mar insinúa la existencia de naves o soportales con un cierre que consistía en puertas de madera y muros de tapial u otros materiales fáciles de derribar cuando se tenían que introducir o sacar galeras en el interior de las instalaciones. La referencia a construcciones de galeras delante del portal de la atarazana sugiere que el recinto estaba cerrado y protegido, y que existía un acceso cerca del mar encaramado a la Rambla. Finalmente, las referencias sobre la distinción entre los trabajos desarrollados en el interior o en el exterior del arsenal confirman la existencia del llamado Camp de la Drassana, un espacio a cielo abierto ubicado entre el recinto de la atarazana y la muralla de la ciudad, ampliamente citado a partir de la década de 1370.12 La confirmación de la vinculación entre los restos localizados y una primera etapa constructiva, que se extendería hasta finales de la década de 1350, tomaría especial relevancia, ya que coincidiría con la profundización de la expansión aragonesa por el Mediterráneo que conduce a la conquista de Cerdeña y a los enfrentamientos con Génova.13

La decisión final de emprender un gran proyecto de reforma del recinto se justificaría por las constantes obras de reparación, y pone de manifiesto la importancia estratégica del edificio. Tradicionalmente, este momento había sido identificado como el de máximo esplendor en la construcción medieval, y se asociaba, erróneamente, con el cuerpo central del edificio, conservado intacto a lo largo de los siglos, lo que lo convertía en una muestra singular del gótico civil catalán. Los vestigios localizados permiten esbozar un edificio de características parecidas al de la etapa precedente, pero de dimensiones más cercanas al actual. El nuevo conjunto preveía la edificación de un mínimo de cinco naves perpendiculares a la línea de costa, dos de la cuales, ubicadas en el interior, se conservan hoy «fosilizadas» con el edificio actual. Un patio central separaría estas «naves de mar» de las «naves de montaña», cuyos vestigios también se han localizado en las excavaciones. Este segundo conjunto de pilares y arcos define un módulo arquitectónico que, a diferencia de las naves de mar, no coincide con el edificio actual y rebasaría el recinto fundacional por el lado de la montaña.14 La documentación refiere también la existencia de las torres ubicadas en el perímetro de las instalaciones. Tenemos noticias de la de levante, probablemente situada cerca de la puerta;15 por el lado de poniente, el recinto estaba adosado a la muralla de la ciudad, tal como todavía hoy se puede ver. A pesar de la existencia, desde la fundación de las instalaciones por Pedro III, de un muro perimetral en cuyos ángulos se situaban sendas torres, esta construcción no se puede considerar fortificada hasta finales del siglo XIV, cuando se incluye en el recinto amurallado de la ciudad.

Un proyecto arquitectónico tan ambicioso sobrepasaba la capacidad financiera de la Corona. El recurso frecuente de las aportaciones económicas de otras instituciones que compartían intereses en materia naval —defensa del litoral, mantenimiento y seguridad de las rutas marítimas, abastecimiento de la ciudad y del reino—, especialmente el Consejo de Ciento y la Diputación del General, condujo al establecimiento de un acuerdo institucional para afrontar esta empresa. A cambio, se consolidaba el derecho de uso compartido de las instalaciones que se había ido adquiriendo gradualmente como contrapartida de las aportaciones monetarias de la ciudad y de las Cortes en el armamento de las escuadras en situaciones de conflicto.

En este proyecto de ampliación de las Atarazanas Reales de 1378, se pretendió también incorporarlas al recinto amurallado de la ciudad, por lo cual era necesario modificar su trazado. El acuerdo firmado sancionó esta coincidencia de intereses: los consejeros de Barcelona accedieron a modificar el trazado de la muralla para incorporar el arsenal real al recinto fortificado —un ofrecimiento que ya habían formulado en 1374—, y se comprometieron a una aportación regular durante siete años para sufragar las obras en el recinto, siempre que el rey aportara las mismas cantidades.16 Debido a la difícil situación económica de la Corona, el rey tuvo que renunciar a la vieja aspiración de construir un nuevo palacio junto a la atarazana.17 La pretensión, sin embargo, no desaparecería, ya que, en 1390, cuando se planea otra ampliación de las atarazanas, la idea de construir un palacio real se retomó, aunque no parece ser que los planes tuvieran una magnitud como los precedentes. La arqueología ha permitido detectar una intervención para eliminar una gran parte del patio descubierto en funcionamiento hasta ese momento: la construcción de nuevas naves, siguiendo la modulación arquitectónica que ya se había implantado en el conjunto, dio como resultado la creación de un estrecho pasillo transversal —este-oeste—, que separaba las tramadas de arcos. Los arqueólogos han situado esta obra durante los reinados de Juan I (1387-1396) y Alfonso V (1416-1458).18

A mediados del siglo XV se inició la última gran obra en la atarazana medieval. Hacia 1443 se empezó a construir la Botiga nova del General de Catalunya, que recientemente se ha identificado con el edificio que tradicionalmente se conocía con el nombre de Pere IV, y que ahora ha recuperado su nombre original. La demanda regular de subsidios económicos extraordinarios para el sostenimiento de las armadas reales que la Corona formuló a las Cortes comportaba que los barcos, quedaran en propiedad del General de Cataluña y bajo la administración de su delegación o Diputación del General. Se establecía así, ante la necesidad de la Corona, una forzada colaboración que adquirió carácter permanente a partir de 1413, que en teoría beneficiaba a ambas partes, ya que el rey compartía el uso y propiedad tanto de las naves como de las Atarazanas Reales.19

Las necesidades logísticas y la voluntad de separar los bienes propios de los de la Corona justificaron la existencia de botigues del General de Cataluña dentro del arsenal. La construcción de la ya referida botiga nova a partir de 1443 responde a una política de consolidación institucional que se tradujo en el impulso a diversas obras de magnitud considerable, como la Casa de la Diputación del General (hoy dentro del recinto del Palau de la Generalitat, que tenían como finalidad dar respuesta a necesidades prácticas y aumentar la visibilidad de la institución en la capital del principado.20 La botiga nova se trata de un edificio exento, construido en la misma localización donde el rey había iniciado la edificación del nuevo palacio real, junto al recinto de la atarazana y orientado al patio descubierto de la misma. Tradicionalmente, por las características y la ubicación, habían propiciado la identificación del edificio con el mismo palacio, pero las informaciones documentales localizadas, permiten sostener la hipótesis de que, en realidad, se trata del nuevo almacén que la Diputación hizo construir para albergar los materiales, utensilios y efectos de sus galeras.21

Las Drassanes Reials deben entenderse no solo como una instalación, sino también como una institución creada para velar por la gestión de los recursos navales de la Corona en el seno de su administración. Si el valor logístico atribuido a la infraestructura ha quedado reflejado en la voluntad de expansión y mejora constante de la instalación, el valor estratégico queda materializado con la institucionalización de las atarazanas. Fue Pedro IV quien a mediados del siglo XIV creó el cargo de conservador de les Drassanes Reials d’açà i d’enllà la mar. Este apelativo, que designaba el oficio específico de administrador del conjunto de las Atarazanas Reales de la Corona, refleja, por una parte, la estructura del reino, ya que se refiere a un bloque territorial integrado por Cataluña, Aragón, Valencia y Mallorca, y otro formado por las tierras incorporadas a partir del siglo XIII, como Cerdeña. Por otra parte, el cargo muestra la estructura en red que la Corona diseñó para gestionar de una manera global e integrada las atarazanas que poseía en los diversos puertos mediterráneos.22

El primer conservador de las atarazanas fue Bonanat Descoll, vicealmirante de la flota real. El cargo, que parece haberse instituido expresamente para su persona y actividad, aparece registrado a partir de 1358. Se trataba de un oficial de alto rango que recibía órdenes directas del rey y era asistido en sus funciones cotidianas por otros oficiales: el escribano, custodio de los sellos y los documentos, y un receptor y distribuidor del dinero asignado a la institución, que rendía cuentas ante el mestre racional. El conservador de las atarazanas ejercía la coordinación y el control de la red de instalaciones mediante una administración periférica, encabezada por sus lugartenientes o drassaners, uno por cada atarazana. Después de la muerte de Descoll en 1363, el rey no lo sustituyó y encomendó sus funciones al batlle general —que era el administrador del patrimonio regio— de cada reino. En el caso de Cataluña, fue Pere ça Costa, quien se hizo cargo de la gestión de las atarazanas de Barcelona, Colliure y Tortosa. En cada arsenal subsistió la figura del drassaner, responsable de la gestión de la instalación. Este oficio, parece ser más antiguo que el cargo creado para Descoll. Aparece con el nombre de guarda de la Drassana ya en el siglo XIII, y parece ser que fue instituido por Pedro III (constando en la documentación desde 1285). A pesar de estar por debajo del conservador de las atarazanas, primero, y del batlle general, después, era designado por el propio monarca, y sus funciones principales eran la guarda y custodia del edificio, y la gestión, la administración y la coordinación de las actividades constructivas navales.

Las Atarazanas Reales de Barcelona que, en origen, habían sido concebidas como una infraestructura exclusivamente al servicio del monarca, pasaron a acoger, como hemos visto, los intereses de otras instituciones que se implicaron —a petición de la Corona— en la ampliación del edificio. Es por ello que ambas instituciones —Consejo de Ciento y Diputación del General— crearon sendos cargos equiparables al de drassaner —el drassaner del General de Catalunya y el drassaner de la ciutat—, que ejercieron sus funciones en la institución velando por los intereses respectivos.

En el caso del primero, se consignaron como funciones del cargo la adquisición de materiales para la construcción y la reparación de las galeras de la Diputación, la custodia de las jarcias, velas, remos y otros efectos náuticos, y la gestión y administración del personal y las finanzas implicadas en estas operaciones.23 El incremento progresivo y constante del peso específico de la política naval de la Diputación en el entramado institucional de la Monarquía se da especialmente a raíz de la reforma institucional de 1413 y, sobre todo, durante el reinado de Alfonso el Magnánimo.24 Una importancia que se traduce en las significativas aportaciones en tiempos de guerra, pero también en una política naval desarrollada en tiempos de paz, vinculada a la seguridad y la vigilancia de las costas y al impulso del comercio de ultramar —Flandes y las islas del Mediterráneo oriental—. Esta acción institucional se tradujo en la posesión de espacios propios en el conjunto de las atarazanas —como la botiga nova— y, sobre todo, en la plena gestión del conjunto logístico ya en el siglo XVI.

El cargo de drassaner de la ciutat estaba al servicio del Consejo de Ciento, y se encargaba de velar por los intereses navales de Barcelona.25 A día de hoy no se han encontrado referencias documentales anteriores a mediados del siglo XIV, pero no se puede descartar que existiera con anterioridad, vinculado a la «atarazana vieja» —también llamada Drassana de la ciutat—.26

 

La fábrica de galeras de Carlos V y Felipe II: auge y guerra santa en el Mediterráneo (siglo XVI)

En el siglo XVI la dinastía Habsburgo se hace —a través de los azares dinásticos— con los tronos de las coronas de Castilla y Aragón y los demás territorios a ellos vinculados, formando un conglomerado de estados y jurisdicciones cuyo conjunto ha sido denominado —entre otras formas—, Monarquía hispánica y que historiográficamente se conoce como monarquía compuesta.27 Paralelamente y como ya hemos visto, al otro extremo del Mediterráneo, el Imperio otomano no dejaba de aumentar su extensión gracias a sus exitosas campañas de conquista. Es en este contexto donde el Mediterráneo se convierte en el espacio donde ambas potencias se disputarán la hegemonía.

En este escenario, tenso y complejo, y donde los territorios, gentes y rutas estaban bajo la amenaza constante del Turco y sus aliados berberiscos, el rey se preocupó por contrarrestar dicha amenaza. Es por ello que ya en las Cortes de Barcelona de 1529, Carlos V instaba vivamente a la activación de las obras de la muralla de mar, iniciadas dos años antes, para así conseguir una defensa eficaz contra las incursiones corsarias.28 En la misma línea hay que situar la construcción del baluarte que se construirá en la atarazana a mediados del siglo. Esta preocupación también afectó a las escuadras de galeras, convirtiendo por ello a Barcelona en un enclave militar de primer nivel. En ese mismo en 1529, veinte galeras zarparon de las Atarazanas Reales y se añadieron a la escuadra del almirante genovés —recientemente incorporado al servicio del emperador— Andrea Doria, para las campañas que este dirigió por el Mediterráneo. El episodio más significativo que vivió la ciudad dentro de esta lucha contra el islam en el Mediterráneo fue la preparación y partida de la expedición a Túnez que el propio emperador comandó en 1535, con la finalidad de reponer en el trono a Muley Hassan, bey feudatario del emperador depuesto por el corsario Barbarroja:

En el año 1532 [sic, 1533], los moros todos del reino, y principalmente los vecinos de la ciudad de Túnez, estaban en grandísima discordia con Muley Hassan, su rey, a causa que era hombre muy cruel y había muerto malamente a muchos de sus hermanos y de los más principales moros. Por lo cual, y por quererse vengar del rey, escribieron muy en secreto a Barbarroja, que estaba en Argel, rogándole mucho, que con la más gente que pudiese se fuese a Túnez, prometiéndole darle la ciudad y todo el reino (…). El Turco, sultán Solimán, que entonces reinaba, siendo como era magnánimo y ambiciosísimo príncipe, holgose en extremo con el aviso (…); y por tanto, mandó luego poner en orden cuarenta galeras. Y como fue el verano del año siguiente, 1533 [sic, 1534], las envió a Barbarroja con hasta ocho mil turcos, y con mucha artillería y municiones de guerra, con esta orden: que no fuesen a Túnez, ni a otra parte de Barbaría, hasta que Barbarroja los avisase a dónde habían de ir (…).

Luego que Barbarroja desembarcó en La Goleta tanta gente y municiones, fue de ello avisado al rey de Túnez, y como estaba tan en odio de sus vasallos, bien entendió que todo esto era cosa acordada entre ellos y Barbarroja; y por tanto, no se teniendo por seguro si se detenía más en Túnez, con la más riqueza que pudo, y con sus mujeres y hijos, acompañado de algunos pocos amigos y criados, se pasó a los Alarbes (…), y de allí al Carruán. Por lo cual entró luego Barbarroja en Túnez sin haber resistencia alguna. Y siendo recibido de todos con muy grandes alegrías, fue también luego aceptado y jurado por rey (…).

La intención que Barbarroja tenía en fortificar (…) La Goleta fue para que si algún poder de cristianos viniese para echarle de aquel Reino (como ya tenía aviso que el Muley Hassan andaba tratando y negociando con el emperador Carlos V, ofreciéndose por su vasallo, y representándole los grandes daños que sus Reinos y estados de Italia, como Cerdeña, Sicilia, Calabria y Nápoles recibirían de fuerza, con tan mal vecino como era Barbarroja), no sólo ellos tuviesen el desembarcar menos seguro, pero se pudiese defender mucho mejor y hacerles grande daño de la Goleta.29

A pesar de la victoria alcanzada y de la propaganda realizada, la campaña no conllevó la desaparición del problema.30

En cuanto al conocimiento sobre las atarazanas, la expedición de Túnez resultó capital, porque la crónica visual recogida en los tapices conmemorativos de este acontecimiento contiene la primera vista de Barcelona. Jan Cornelisz Vermeyen y Pieter Coecke van Aelst estuvieron presentes durante la preparación de la jornada.31 Ellos fueron los autores de los dibujos sobre los que después se realizarían los tapices. El primero de ellos plasmó los personajes, el segundo reprodujo las arquitecturas y las topografías. De los tapices se conservan diez originales, tejidos en Bruselas por Willem de Pennemaker entre 1546 y 1554.32 Barcelona está representada en el primer tapiz de la serie, que contiene un mapa de la expedición, y en el segundo tapiz, que reproduce la revista de las tropas. Ambas escenas incorporan una representación de la ciudad en la que se pueden distinguir claramente las atarazanas, aunque no con suficiente detalle para analizar el trazado del edificio.33

Las siguientes obras que contienen una imagen clara de las atarazanas datan de la segunda mitad del siglo XVI. Se trata de tres dibujos de Anton van der Wyngaerde, realizados en 1563, y la publicación de un grabado en el Civitates Orbis Terrarum, obra publicada en Colonia entre 1572 y 1614, a cargo de Georg Braun, Franz Hogenberg y Simon Novellanus. Algunos autores han defendido que la imagen incluida en el Civitates es, en realidad, una composición realizada para un tapiz de la serie de la expedición de Túnez de 1535 que habría desaparecido o no se llegó a tejer. Siendo recuperada con posterioridad para la edición del atlas y habría servido para la confección del grabado publicado. Los argumentos en que se basa esta hipótesis son: la falta de firma en el grabado reproducido —el único sin firmar en toda la obra—; la ausencia del baluarte de la atarazana, construido en 1551-1552; la inclusión del arco iris, una alegoría de afirmación del poder del emperador que se empleó bastante en la época; la tipología de las galeras representadas en el mar, que se ajusta más a las de 1535 que a las de épocas posteriores; y también la similitud de las características técnicas de las vistas de Vermeyen y las del grabado.34

Unos cuantos años antes de la aparición del Civitates, Anton van der Wyngaerde realizó tres vistas de Barcelona en cuya composición las atarazanas adquieren un protagonismo destacado. Fue un trabajo realizado para el rey Felipe II, que le había encargado un conjunto de representaciones pictóricas de las ciudades más destacadas de sus reinos.35 La primera de las tres obras es un esbozo, conservado en el Victoria and Albert Museum de Londres, que representa la fachada marítima de la ciudad sin perspectiva y realizado en tinta; esta primera tenía un carácter orientativo. Las otras dos obras resultan de más entidad, siendo dos grandes panorámicas, coloreadas y llenas de detalles que se conservan en la Österrreichische Nationalbiblithek de Viena. La primera de estas dos panorámicas, se podría considerar la versión definitiva del esbozo conservado en Londres. A su vez, se trata de la primera representación conocida del frente marítimo de la ciudad, en la que empleó una combinación de técnicas para poder retratar Barcelona desde el mar con detalle: combinó la técnica del alzado, para plasmar la primera línea de mar, y la perspectiva caballera, para incorporar la visión del resto de la ciudad que quedaba detrás. El segundo dibujo panorámico —y el tercero en total—, representa la ciudad condal desde Montjuïc, con la torre de señales y Las Huertas de San Bertrán en primer plano. Es la primera vista conocida trazada desde este lugar, y contiene una descripción visual muy detallada del urbanismo de la ciudad y de la playa, en la que destaca el edificio de las Atarazanas Reales. La minuciosidad empleada para la representación del arsenal ha constituido una fuente de información fundamental para el estudio de estas instalaciones navales.36

El análisis combinado de las imágenes contenidas en estas primeras representaciones, de los datos aportados por la arqueología y de las fuentes documentales escritas ha permitido un gran avance en la reconstrucción de la evolución arquitectónica de las atarazanas durante los siglos XVIXVII.37 El examen cuidadoso de la iconografía permite distinguir un edificio formado por dos tramos o cuerpos de ocho naves cada uno, con torres en los ángulos y que correspondería al edificio construido en tiempos de Pedro IV; a continuación del segundo tramo —el situado más alejado del mar—, aparece una construcción exenta, de planta rectangular, que correspondería a la botiga nova del General de Catalunya, ubicada al lado de un gran patio. En las representaciones pictóricas, se aprecia, además, una simetría respecto a la ubicación del portal de la atarazana, de manera que las naves de mar se alineaban con la torre de les Puces, que aparece representada con toda claridad en la vista de Van der Wyngaerde como parte de la muralla de mar.38

Barcelona desde el mar, Anton Van Der Wyngaerde

Barcelona desde el mar, Anton Van Der Wyngaerde. Reproducción de un facsímil. (Museu Marítim de Barcelona).

Barcelona desde Montjuic, Anton Van Der Wyngaerde

Barcelona desde Montjuic, Anton Van Der Wyngaerde. Reproducción de un facsímil. (Museu Marítim de Barcelona).

Por otra parte, las excavaciones arqueológicas han detectado que los basamentos de todos los pilares que soportan las arcadas del edificio actual, a excepción de las dos tramadas de arcos más cercanas a la fachada de mar —que corresponderían al edificio medieval—, datan del siglo XVI y se asientan sobre los cimientos de los construidos a finales del siglo XIV por orden de Pedro IV. Durante la segunda mitad del siglo XVI se habría procedido al derribo de las naves de montaña medievales y se habría hecho retroceder el conjunto edificado con el fin de protegerlo de los embates del mar que amenazaban la fachada, como consecuencia del cambio de corrientes provocado por la construcción del muelle del puerto. La edificación se habría empezado por el lado de montaña y habría avanzado hacia la fachada de mar para no colapsar el funcionamiento de las instalaciones. Este proceso habría culminado con la desaparición del patio de separación entre las naves de montaña y las de mar, que aún se aprecia en las representaciones pictóricas, integrando las segundas en la nueva edificación.39 La observación atenta del edificio permite detectar algunos indicios que corroboran esta nueva cronología. Por un lado, la presencia casi obsesiva del escudo de la cruz de San Jorge, emblema de la Diputación del General, que pone de manifiesto la procedencia de los recuerdos monetarios para sufragar las obras. Por otro, dos fechas —1576 y 1580— incisas en los pilares de la primera nave, junto al portal de la atarazana, sirven para acotar el arco cronológico de la construcción. Además, las marcas de picapedrero, especialmente las que representan una herradura, localizadas cerca de las fechas mencionadas, podrían corresponder con toda probabilidad al maestro de obras Pere Ferrer, el cual aparece en la documentación como autor de los trabajos encargados por la Diputación durante el último cuarto del siglo XVI.

Así pues, las Atarazanas Reales, tal como han llegado a la actualidad, son en gran medida, una construcción cuya estructura fue edificada durante la segunda mitad del siglo XVI, ya que el trazado actual no se corresponde al que reproducen las representaciones iconográficas descritas. La cronología del edificio conservado se compacta, pues, en plena época moderna, lo que induce a pensar que las ampliaciones posteriores, ya identificadas como obras del siglo XVII, se integran en un mismo programa de «reforma integral» del arsenal, que se dilataría en el tiempo y culminaría con las obras de comienzos del siglo XVIII.40 Probablemente, las intervenciones más destacadas durante el siglo XVII corresponden a las realizadas para la fortificación del conjunto del arsenal y su ampliación hacia el lado de levante, con la construcción de cuatro nuevas naves, que se llevó a cabo entre 1612 y 1618, tres de la cuales presentan las mismas dimensiones, mientras que la cuarta, al este del conjunto, habría sido construida con posterioridad y derribada en una fecha indeterminada antes de mediados del siglo XVIII.41

El valor estratégico del arsenal impulsó el reforzar sus elementos defensivos y, al mismo tiempo, como ya se había hecho a finales del siglo XIV, integrarlo en el sistema de fortificaciones de la ciudad. A partir de mediados del siglo XVI, se localizan nuevas informaciones referidas a la fortificación del edificio. Dos planos nos muestran un baluarte adosado al ángulo suroeste de la atarazana. El primero, datado entre 1518 y 1538, es el proyecto de construcción de un puerto para Barcelona situado al oeste del arsenal, que configuraría una dársena para cien galeras y se iría estrechando hacia un faro para poderla cerrar con una cadena.42 El segundo documento es el proyecto de reforma del baluarte realizado por Giovan Battista Calvi43 a partir de 1552, y que aparece perfectamente definido en los dibujos de Van der Wyngaerde de 1563. Calvi, ingeniero italiano al servicio de la Corona, que había llegado a la Península procedente de Piacenza en 1552, había sido nombrado responsable de la reforma y mejora de las fortificaciones del litoral mediterráneo peninsular, de las Islas Baleares y de los presidios norteafricanos.

La construcción del baluarte respondía a la demanda sistemática de los consejeros de la ciudad de fortificar el frente marítimo de Barcelona, según ellos, extremadamente desprotegido; una solicitud que se volvería especialmente insistente a partir de 1550 y que motivó, también, el impulso de la construcción de la muralla de mar, totalmente acabada en 1562. En la actualidad se conserva, en el recinto de la atarazana, un resto fosilizado del baluarte, datado, a partir del análisis de los elementos arquitectónicos que lo forman, entre finales del siglo XVI y el primer tercio del siglo XVII. Este elemento permitía la conexión entre los dos espacios —atarazana y baluarte del rey— y materializaría, de esta manera, una relación que seguramente existió desde los orígenes del elemento fortificado.44

Sobre la reforma del edificio durante el siglo XVI, la información contenida en la documentación histórica confirma todo lo indicado, pues se han encontrado múltiples evidencias sobre las diferentes obras llevadas a cabo. Lamentablemente para los investigadores, aún no hemos podido hallar una serie documental que trate propiamente dichas obras. Sin embargo, sí que hemos podido encontrar múltiples referencias, muchas de ellas producto de la correspondencia, en las que se menciona cómo están las cosas en el presente y en lo tocante al problema del dinero, y a quién le tocaba hacerse cargo de según qué gasto: si a la Corona o a la Diputación. Tenemos muy bien documentada y estudiadas las obras del baluarte encargadas a Calvi,45 cosa que no sucede de la misma manera con las obras de finales de los años treinta, que corrieron a cargo del también italiano Benedetto da Ravenna, también conocido por la versión castellanizada de su nombre.

Nacido en 1485, Benedicto de Rávena participó como artillero en la conquista de Trípoli de 1510, comandada por Pedro Navarro. Después pasó a Nápoles y Lombardía, y en 1517 arribó a España. En 1522 intervino en la defensa del cerco otomano de Rodas asistiendo al ingeniero Gabriel Tadino de Martinengo y como capitán general de artillería. La expulsada Orden de San Juan le concedió merced de su hábito por los servicios prestados. Junto con Tadino, que también era de la Orden, sirvió al emperador Carlos V bajo las órdenes del marqués de Pescara. Más tarde, Benedicto fue a Castilla, donde reformó varios castillos bajo el patronato del condestable de Castilla Íñigo Fernández de Velasco, y sirvió al sobrino de este, el duque de Braganza en Portugal. Es en 1530 cuando lo encontramos en Perpiñán y marchando junto al emperador en su campaña de Túnez en 1535, donde se ocupó de las fortificaciones de los presidios norteafricanos, para luego volver a trabajar en Perpiñán. Hasta 1548 su actividad como ingeniero no cesó, pues se hizo cargo de mejorar las defensas de Cádiz, Gibraltar, presidios portugueses en el actual Marruecos y, sobre todo, en Cataluña en la frontera con Francia: Salsas, Perpiñán, Colibre y Rosas. Finalmente, al quedarse ciego pidió que se le licenciara, falleciendo en Sevilla en 1555 y siendo en la práctica sustituido por Calvi. Sobre sus trabajos defensivos en Barcelona, son pocas las referencias que encontramos.46

Gracias a la correspondencia de Fadrique de Portugal, arzobispo de Zaragoza y virrey de Cataluña desde 1525 hasta su fallecimiento en 1539, tenemos algunas pistas. En 1535, después de desalojar del trono de Túnez a Barbarroja, el emperador había pasado a Italia, y estando en Roma le llegó la noticia de que Francia había reemprendido la guerra invadiendo a su aliado el ducado de Saboya, con la idea de llegar hasta Milán y reclamar el ducado de Lombardía, pues el duque Francisco II Sforza había fallecido sin descendientes, pero al estar casado con la sobrina de Carlos V, el emperador lo retuvo como estaba acordado en los esponsales para después cedérselo a su hijo Felipe. Francisco I, por su parte, como heredero de los derechos dinásticos de su primo y suegro Luis XII, tanto en Francia como en Milán, reclamaba el ducado para sí.47 Esta nueva guerra con Francia, cuyo entendimiento con los corsarios berberiscos era ya sabido por el emperador, pues entre otras evidencias había encontrado que muchas de las piezas de artillería de los tunecinos usadas contra él había sido forjadas en Francia, ponía en jaque a Cataluña, pues el ataque podía llegar tanto por la frontera norte como por la costa. Es por ello que las obras y los preparativos para la defensa del territorio se vuelven frenéticas. Asimismo, en la fábrica de galeras se trabaja sin cesar, llegando materiales, suministros, víveres, municiones y gentes de Génova, Mallorca, Vizcaya, Cantabria, Málaga, Valencia, etc., o desde tan lejos como Flandes.48 Sobre las galeras que se hacen y las obras defensivas, escribe el virrey:

En la fábrica de estas galeras se da toda la prisa que se puede dar, estas nueve que están fuera de la atarazana, que estaban cubiertas de teja cuando vuestra merced por aquí pasó, están ya a punto de poderse varar y echar al agua cuando S. M. fuese servido. (…) La obra del baluarte y murallas para la defensa de la marina de esta ciudad se va continuando con mucha diligencia y aunque las murallas no tengan el altura que han de tener, pensamos que con lo que está hecho se podría ya defender la ciudad desde el baluarte nuevo de levante hasta el que ya estaba hecho cabo el muelle.49

Y en otra, del mismo mes de febrero de 1537, ya nos dice lo perjudicial que resulta botar las galeras de una en una, pues cada vez que se hace se debe echar abajo la muralla que protege la línea de mar y la fachada de las Atarazanas Reales, por donde entran y salen las galeras:

Las nueve galeras que están fuera de la atarazana que estaban tejadas porque las lluvias no les hiciesen daño, están ya a punto y está entre ellas la bastarda de cuatro remos por banco. Para que salgan estas ha se derrocar la muralla y porque no es bien que salgan en muchas veces, por no hacer costa de hacer y deshacer la dicha muralla muchas veces, suplico a V. M. mande ordenar que cuando salgan algunas de ellas, salgan todas porque las otras están en cubierto dentro de las dichas atarazanas.50

Las murallas servían no solo para protegerse de un ataque externo, sino también interno, y es por ello que el recinto de las atarazanas contaba con su propia tapia. Al mismo tiempo, y debido al continuo estado de guerra, se había tomado la decisión de cercar la fachada de las atarazanas, pues existía la posibilidad no solo de un ataque externo, sino de un sabotaje interno, tal y como había ocurrido en Génova en 1530:

A los 21 del presente [mes] en la noche se puso fuego a las galeras de esta ciudad que estaban en el atarazanal, que eran nueve, y de ellas se quemaron ocho que no quedó memoria que hubiese habido galeras, y asimismo el tejado del dicho atarazanal. Y hasta ahora no se puede alcanzar más que se cree que el fuego fue puesto por mano de alguno (…) y más sospecha hay que haya venido por mano de cristianos que de moros.51

O en Venecia en 1534:

De Venecia escriben como se había puesto fuego en el atarazanal y se habían quemado todas las velas, jarcias y remos y aderezos y armas (…) y si no fuera al principio de la noche y que no hacía viento se hubiesen quemado todas las galeras y el atarazanal.52

Debido a ello, era lógico que las autoridades fueran precavidas y, por ello, no solamente se contaban con los soldados que custodiaban los baluartes y las murallas, sino que también se instaló una guardia de las atarazanas,53 compuesta inicialmente por diez soldados, luego de veinticinco y que más tarde arribaría a los cincuenta.54 Volviendo a los preparativos defensivos, el virrey Fadrique —cuya salud iba empeorando—, informaba al emperador de que con los recursos y dineros disponibles se había parapetado la ciudad lo mejor posible, poniendo especial atención en la fachada marítima, pues era poco probable que llegase alguna fuerza por tierra. Para proseguir requería los servicios del ingeniero italiano que se encontraba trabajando en las defensas en la frontera con Francia:

Del baluarte y murallas de la defensa de esta ciudad no se decir a V. M. otra cosa, sino que hago más de lo que puedo y siempre con mal de pechos a cuestas, y más me aprovecha lo que trabajo para mi salud que no si estuviese en la cama. Han pasado muchos días de grandes infortunios de la mar que ni nos dejan traer piedra ni cal ni cosa ninguna, más yo espero en Dios de ponerlo presto en defensa de baluarte a baluarte, donde el espolón de levante hasta el baluarte esta hecho al moll [muelle], y porque yo querría que micer Benedicto de Rávena que está en Perpiñán, viniese luego aquí a darnos forma como se hará lo que falta del baluarte del espolón de levante y así para cosas de la muralla nueva. Suplico a V. M. le mande por una cédula que venga luego aquí.55

Finalmente, las obras no llegaron acometerse en su totalidad, debido a la escasez de fondos y, sobre todo, porque tanto España como Francia firmaron la llamada tregua de Niza en 1538. Después de la infructuosa invasión de Carlos V y de la falta de acción de Francia, teniendo ambos monarcas numerosas deudas, y temiendo el emperador que los otomanos interviniesen abiertamente en el conflicto en auxilio de su aliado,56 se llegó a dicho acuerdo —gracias a la mediación del papa Paulo III—, estableciendo una tregua de diez años y un proyecto de liga común frente a los musulmanes y los protestantes.

A raíz de este encuentro, se fraguó la Santa de Liga de 1538, en respuesta a las conquistas otomanas de las posesiones venecianas en el Jónico, el Egeo y el Adriático, así como a las devastadoras razias en Calabria llevadas a cabo por Barbarroja, que desde 1534 actuaba como almirante de toda la flota otomana. La alianza formada entre el emperador, el papa, Venecia y la Orden de San Juan —instalada desde 1530 en Malta—, y de la que Francia se excusó de participar, reunió una grandísima flota de alrededor de ciento sesenta y dos galeras, además de muchos otros bajeles bajo el liderazgo de Andrea Doria.57 La flota tuvo éxito en sus acciones iniciales,58 como en la captura de Castelnuovo,59 pero las desavenencias entre los aliados hizo que la liga fracasara estrepitosamente en la batalla de Préveza,60 donde, a pesar de la superioridad numérica de los aliados, el gran encuentro entre ambas flotas se saldó con una decisiva victoria de Barbarroja, donde, sin apenas bajas, destruyó una quincena de naves y capturó para su flota treinta y seis galeras y más de tres mil prisioneros, y provocó la retirada de Doria, asegurándose de esta manera que el este del Mediterráneo quedaba bajo control indiscutido de los turcos.61

Las defensas en Barcelona permanecieron de esta manera durante los siguientes años, pues a la fracasada empresa de Argel de 154162 le siguió que Francia aprovechará para romper la tregua y, con ayuda de la flota otomana, capturar Niza en 1542. La guerra concluiría en 1546 restaurando el statu quo de 1538. Carlos V, ya centrado en los asuntos de Alemania y en la guerra contra la protestante liga de Esmalcada, no volvería a sus reinos hispanos hasta su abdicación en 1556. Quienes tomarían las riendas de España fueron sus hijos: primeramente, su primogénito Felipe (1543-1548), hasta que partió al encuentro de su padre; seguido de su hija María y su sobrino-yerno Maximiliano de Habsburgo (1548-1551); nuevamente Felipe (1551-1554), y finalmente, su hija menor, la reina viuda de Portugal, Juana (1554-1559). Después de su paso por Inglaterra, Felipe retornaría a España —ya como rey— en 1559, con el objetivo de acometer el asunto mediterráneo con todas sus fuerzas.

Durante estos años de ausencia del emperador, y en el contexto de la última de las llamadas guerras de Italia contra Francia (1551-1559), es cuando se acometería no únicamente la reforma del mencionado baluarte por parte de Calvi, sino que también se llevaba a cabo una gran mejora en las atarazanas, construyéndose almacenes y nuevas naves cubiertas. Como ya hemos tratado, las Atarazanas Reales de Barcelona, en origen, habían sido concebidas como una infraestructura exclusivamente al servicio del monarca, pero, debido a las necesidades de la Corona siglos atrás, pasaron a albergar también al Consejo de Ciento y a la Diputación del General. Durante el período que tratamos, a pesar de que seguían contando con almacenes de su propiedad —las llamadas botigues—, el peso de ambas instituciones en la fábrica era puramente anecdótico, comparado con el papel que tuvieron en los siglos XIVXV. A pesar de ello, colaboraron económicamente tanto en la reforma del edificio como en la construcción de su baluarte y elementos defensivos. Debido a esta particular situación, el tema del dinero y de quién había de hacerse cargo de las obras siempre fue motivo de conflicto entre las tres partes, tal es así que, en un momento tan crítico como cuando en 1552, ya con la obra programada y llegando constantemente desde las islas e Italia avisos de la llegada de flota otomana,63 los concelleres, intentándose ahorrar parte de la factura de la obra, pretenden recortar la altura de la muralla, cosa que escandaliza tanto al ingeniero como al contador de cuentas y proveedor de la frontera, Juan Muñoz de Salazar, que escribe al príncipe Felipe desde Barcelona, el 5 de agosto de 1552:

Se acabó de tomar resolución determinada que lo del baluarte que se ha de hacer a la parte de la atarazana en presencia de todos los consejeros y de Juan Bautista, ingeniero de S. M., y porque el baluarte que se ha de hacer ha de costar según lo que está asentado siete mil escudos: los cinco mil que la ciudad paga y dos mil que V. A. les ha hecho merced. Y hecho la traza y el modelo del dicho baluarte (…), pareció que podría costar (…), siete mil y ocho cientos escudos o hasta ocho mil. Y los consejeros y personas que trataban de ello, dijeron con muy buena voluntad que querían gastar los siete mil escudos y que se acortase y estrechase un poco el dicho baluarte en cantidad hasta mil escudos de oro (…). El ingeniero dijo que por ninguna manera convenía quitarle un palmo de la traza del dicho baluarte porque no haría los efectos necesarios para la defensa de la atarazana y ofensa de los enemigos. De todo di razón a don Bernardino de Mendoza [capitán de las galeras de España] y me dijo que fuese al Consejo con el dicho ingeniero y que dijese a los consejeros que el baluarte se hiciese justa forma de la traza sin quitarle nada y que lo más costase de los siete mil escudos que V. A. lo mandaría pagar.64

Este tira y afloja entre la Corona y las autoridades territoriales por la financiación y consecuente comienzo o continuación de las diferentes obras y reformas que se hicieron a lo largo del siglo fue frecuente, especialmente en la década de los setenta.

La obra del baluarte de Calvi se acometió siguiendo el parecer de la Corona, que se encargó de sufragar el resto,65 y quedando la atarazana bien resguardada: «el baluarte de la atarazana va adelante, y si este se acaba con tiempo será muy gran reparo para esta ciudad porque será guarda de mucha parte de la marina y de la parte de fuera hacia el portal de San Pablo». En cuanto a la muralla de mar:

Como el atarazana por la parte de la mar es la más flaca parte que hay en Barcelona, ha parecido al virrey y al maestre de campo Guevara y a otras personas que se juntaron, que las puertas se tornasen a tapiar como estaban antes y poner aquello en mediana razón para que ofreciéndose alguna cosa, se pueda defender. Y así se ha empezado a poner en orden para que esté a mejor recaudo.66

Salazar, en otra carta, nos detalla cómo han quedado los preparativos:

El baluarte de la atarazana está puesto en defensa de muralla por las tres partes y por cuarto de la marina está abierto porque no se ha podido tomar el agua sino de una parte del lienzo,67 yo hice juntar personas con dar razón al virrey para que se viese si aquel baluarte se había de defender viniendo [una] armada o no; y entre los que vinieron (…) concluyeron que se defendiese; y luego se puso la mano en hacer un reparo que hoy queda hecho de fajina68 y tierra muy acertado. Por manera que el baluarte está en defensa y el reparo se ha hecho de tal manera que la obra de piedra y cal puede pasar muy bien adelante. Y así la ciudad está con mucho contentamiento.69

Por otro lado, cabe destacar que estos años fueron claves para la continuidad de las atarazanas de Barcelona, pues la Monarquía sopesó trasladar la industria a Tortosa. Varias fueron las razones que impulsaron esta decisión. Una de ellas fue el tema de la madera para las galeras. La madera, y en general los bosques, jugaban un papel clave no solo en la construcción naval, sino en casi todos los aspectos de las sociedades del antiguo régimen, siendo lógicamente imprescindible para la fabricación de galeras. Cataluña era una tierra abundante en ese tipo de materia prima, pero debido a la presión de los diferentes sectores, como la construcción naval, poco a poco, los bosques cercanos a los núcleos de Barcelona y, en menor medida, de Mataró, empezaban a mermar: «atravesando por algunos de los montes y pinares que hay entorno de esta ciudad de Barcelona, he visto mucha cantidad de pinos descabezados que no son para servirse de ellos; y así se hace en lo de adelante, dentro de pocos años no habrá fusta para un navío».70 El problema no era únicamente los muchos sectores que empleaban los bosques y la madera, sino que esta también se exportaba y, por ello, hubo de prohibirse esta práctica:

Desde que yo vine a esta ciudad no he dado licencia para cortar ni sacar de este principado y condados ninguna madera de pino, ni la daré; y siempre tendré cuidado de que se conserve la que hay como V. A. manda y proveer que se siembren álamos blancos y almeces y robles en las partes que hubiere disposición para ello.71

Donde sí había gran abundancia de madera era alrededor de Tortosa, en la raya con Valencia y el delta del Ebro, además, a través del Ebro era desde donde llegaba, surcando el Cinca o el Segre, la excelente madera cortada en los Pirineos. A su vez, era un lugar muy azotado por el corsarismo, lo cual había provocado una abrupta despoblación en la zona,72 y con la presencia de una atarazana real de nueva planta se podrían disuadir las incursiones piráticas. A diferencia de Barcelona, que no contaba con un puerto adecuado con el que resguardar los buques,73 Tortosa era un lugar en donde a los capitanes sí les gustaba invernar con sus escuadras: «lo que toca al invernadero del río de Tortosa (…) y al comendador mayor [Luis de Requesens] y a don Sancho [de Leyva] les parece que es el mejor que S. M. tiene en toda España».74 A todos estos elementos había que sumar también el hecho de lo molesto que resultaba al poder regio y, por tanto, a la actuación virreinal, el tener que lidiar con las autoridades de la ciudad y el principado que residían en Barcelona.

Las atarazanas se encontraban en ese momento saturadas, pues no solamente estaban construyendo treinta y seis nuevas galeras, sino que además sufría las incomodidades de las obras defensivas y de salvaguardar no solamente los materiales necesarios para la construcción de los bajeles, sino todo tipo de bastimentos y municiones, para los que hubo que adecuarse unos almacenes o casa de municiones.75

Como consecuencia de todo esto, y debido a la necesidad de más galeras, se encargó en 1552 la construcción de seis galeras en la nueva fábrica de galeras de Tortosa, que quedó a cargo del vizconde —usufructuario— de Castellbó, Lluís Oliver de Boteller:76 «En lo de fabricar galeras en Tortosa que escribió el dicho marqués [de Aguilar], a muchos días que he ordenado se hagan ahí seis y dado el cargo de hacerlas al vizconde Oliver».77 La iniciativa era cosa de Juan Fernández Manrique de Lara, marqués de Aguilar de Campoo y virrey de Cataluña desde 1543 hasta su fallecimiento en 1553. Su fallecimiento no le permitió continuar con el proyecto, pero su sucesor en la lugartenencia del principado, el marqués de Tarifa Per Afán de Ribera,78 prosiguió con el susodicho y lo tomó como suyo al querer llevarlo más allá y establecer allí unas atarazanas reales de nueva planta:

Después de haberlo comunicado con algunas personas que de esto tienen práctica y experiencia, me he resolvido (…), que cuando S. M. fuese servido de mandar labrar cantidad de galeras, que la mayor parte de ellas se podrían hacer mejor y a menos costa en Tortosa que en esta ciudad por razón de la abundancia de madera y de las otras comodidades que hay en aquel lugar, pero esto ha de ser habiendo allí casa de munición y cobertizo en que se metan las [galeras] que se labrasen y no faltando dineros para que la fábrica de ellas continúe sin parar.79

Por su parte, el mayor opositor del proyecto no fue otro que Francesc Antoni Setantí i Llorà, perteneciente a una familia de mercaderes bien establecida y quien, a pesar de carecer de título específico para ello, hacía las veces de superintendente de las atarazanas.80 Setantí, que contaba con «la administración de galeras en sus manos»,81 estaba en contra de trasladar la producción de galeras a Tortosa, y es por ello que envió un extenso memorial a la corte en el que detallaba en diferentes puntos dicho asunto. Él apostaba por reformar las atarazanas de Barcelona y capitalizar toda la industria allí, en lugar de dilapidar la real hacienda en tener dos edificios que mantener con toda la duplicidad de oficios y salarios.82 El contador y proveedor Salazar, se mostraba de acuerdo con el parecer de Setantí.83 Era, por tanto, contrario a establecer otra fábrica en Tortosa, y favorecía la reforma y ampliación de las atarazanas de Barcelona:

Que lo de las naves que se quieren cubrir en la atarazana de Barcelona está muy entendido que será servicio de S. M. hacerse especialmente costando tan pocos dineros como dicen que costarán dándose a destajo y no de otra manera (…).

Que lo de fabricar en Tortosa, muchos inconvenientes tendrían fabricándose allí por lo que se ha visto por experiencia; y con más facilidad se podrí traer la madera a Barcelona que no hacer atarazana de nuevo en Tortosa.84

Los informes de estos dos oficiales, tan implicados en la construcción de galeras, hizo que el Consejo de Guerra se decantase por recomendar al rey apostar por la construcción de los «cobertizos», los cuales autorizó su construcción la gobernadora escribiendo al margen «hágase el cobertizo».85 Este es el presupuesto y el diseño que Setantí presentó para la reformar parte del edificio:

Relación del costo que tendrá una cubierta donde estén dos galeras y un bergantín [o galera bastarda] y que la maestranza pueda trabajar dentro de ella conforme a un modelo [que] ha mostrado maestre Francisco Tubiol, veneciano (…), se hará de la manera siguiente:

Pinos 56

Primeramente, habrá menester fusta para toda la dicha cubierta conforme al dicho modelo [para poder] labrar dentro de ella dos galeras y un bergantín a placer (…). Cincuenta y seis pinos de once guas (…) que costarán precios en Barcelona de todo (…), sesenta y seis libras (…).

66 libras

Maestranza

A menester de maestranza para hacer dicha cubierta con el coste de las sierras cuarenta y seis libras.

46 libras

Teja

Habrá menester de teja para cada cubierta doce mil tejas que a razón de siete libras por mil tejas son ochenta y cuatro libras.

84 libras

Lata* / tablazón

A menester para cada cubierta de gasto por alguna lata y tablazón sin los dichos pinos, veinte libras en lo que el entrará la manufactura de retejarla.

20 libras

[Total]

Que de fusta y manufactura y teja montarán lo dicho sin los pilares que han de ser de piedra que sea cosa más grave.

216 libras

Pilares de piedra 40

Se han de hacer los pilares de piedra picada de cuatro palmos en grueso y llevará cuatro lo más de alto cada pilar, que todas cuatro en cuatro de la dicha anchura (…). Esta se hallará quien lo haga a diez libras y cree se menos, será menester para cuatro cubiertas en que estarán ocho galeras y habrá en ellas cuarenta pilares que costarán cuatrocientas libras al presente precio.

400 libras

* Tabla delgada sobre la cual se aseguran las tejas.

Esto será a diez escudos más o menos por cubierta, y el maestro veneciano que lleva salario ordinario de S. M. a dieciocho escudos cada mes se obliga a ello.86

Relación de lo que costarán las cubiertas de galeras, 1544

Relación de lo que costarán las cubiertas de galeras, 1544. (España. Ministerio de Cultura y Deporte. Archivo General de Simancas, GYM, Leg. 59, 76).

La princesa Juana envió dinero para comenzar las obras a finales de 1555.87 Estas nuevas naves cubiertas supusieron que la fábrica de galeras aumentase su productividad, provocando alrededor de 1558 el cese de la actividad en Tortosa.88 Fueron pocas las que se sumaron a las seis inicialmente encargadas. Si esas se acabaron relativamente rápido, la falta de dinero hizo que no se pudieran armar adecuadamente y se fueran deteriorando, lo que provocó que ningún capitán quisiera tomarlas, pues priorizaban las que había en Barcelona.89 A pesar de que se ordenó dar salida a las mismas, la negativa de los capitanes hizo que las galeras de Tortosa tuviesen que ser remolcadas hasta Barcelona, donde se repararon y adecuaron.90

El regreso a la península ibérica de Felipe vino marcado por la paz con Francia y por emprender una política marítima mediterránea adecuada, y es por ello que se trató el tema clave sobre cómo administrar las galeras y qué tipo de acciones tomar.91 Esto genera un intenso intercambio epistolar acompañado de extensas relaciones y memoriales elaborados por capitanes, marinos, consejeros, virreyes y nobles, sobre el tema en el que la opinión mayoritaria alegaba por que el rey tomase las galeras por administración directa y emprendiese una gran campaña de construcción naval vertebrada entre Barcelona, Nápoles, Sicilia y la aliada Génova, y se hiciese con una flota de mínimo cien galeras con las que poder plantar cara a sus enemigos.92 García de Toledo, nuevo virrey de Cataluña, su antecesor y ahora virrey de Nápoles Per Afán de Ribera, así como el barón de Villalonga, fueron algunos de los defensores de esta política. El rey, que era de este parecer y que como príncipe había aconsejado a su padre tomar ese rumbo, acabó de convencerse a raíz del desastre de la isla Djerba de 1560, donde el almirante otomano Dragut infringió una severa derrota a los cristianos.93 Pues no solamente se perdieron decenas de galeras y otros tantos navíos en una rápida batalla sin apenas daño para los turcos, sino que miles hombres, veteranos soldados, marinos y remeros difíciles de reemplazar fallecieron.94

A pesar del subsiguiente desastre en La Herradura (1562), gracias a los problemas internos que atravesaba el Imperio otomano,95 hubo gran inacción por parte de La Sublime Puerta durante esos años clave, lo cual permitió a la Monarquía, no solamente recuperar y aumentar sus fuerzas, sino que pudo cosechar varias victorias sucesivas en Orán (1563), en el Peñón de Vélez (1564) y, sobre todo, en el gran asedio de Malta (1565). No solo la moral cristiana aumentó, pues se veía que se podía no solamente defenderse, sino que las fuerzas cristianas tenían oportunidad de ofender. Y es que, por primera vez, la situación permitía intentar lanzarse a la ofensiva: Francia se encontraba sumergida en sus guerras civiles, lo que no le permitiría boicotear o atacar por la retaguardia; el gran y temido Solimán había fallecido y su sucesor tenía poco interés en gobernar y proseguir las grandes campañas lanzadas por su padre; y la cátedra de San Pedro estaba ocupada por un papa cruzado. Todo esto condujo a la celebradísima y loada victoria de Lepanto,96 la cual, aunque nosotros sabemos que tuvo unas repercusiones mucho más limitadas de las auguradas y que, en lugar del comienzo de una reconquista del oriente mediterráneo, en realidad supuso el principio del fin de la guerra a gran escala, la Monarquía en aquel momento no lo sabía, y es por ello que se decidió acometer una nueva reforma de las atarazanas de Barcelona.97 Pues lo ministros y capitanes del rey pedían que no se dejase de aumentar la flota de galeras, y ello requería un espacio adecuado.

Esa fue una de las tantas misiones que llevaba el nuevo virrey en 1570, el gran prior de Castilla de la Orden de San Juan Hernando de Toledo, hijo bastardo del duque de Alba, el cual habría deseado para su hijo otro virreinato: «Hubiese querido para el prior… cargo, que fuera de más autoridad y menos trabajo y que, el que se tuviera en él, fuera en cosas que lucieran, y no de andar tras forajidos, y si guardan los fueros o no guardan los fueros». Porque el principado de Cataluña, si bien era considerado el de mayor rango entre los de la península ibérica, carecía del prestigio de los mandos italianos (Nápoles, Sicilia y Milán), estrechamente vinculados a la casa de Alba.98

En una relación sobre las defensas y otros elementos militares presentes en el principado, el pagador Velasco decía lo siguiente:

En las atarazanas de Barcelona hay treinta y dos galeras nuevas la mitad de ellas debajo de cobertizos de tabla, y demás de ser muy costosos por la necesidad que hay de repararlos a menudo, no bastan a defender que cuando llueve no entre el agua en las galeras, que es de grande inconveniente para conservarlas, a cuya causa conviene disponer de ellas tan presto cuanto se pudiere o que a lo menos no se eche al agua ninguna de las que están debajo de las arcadas de piedra hasta que se acaben de varar estas que están en descubierto. Porque si no se hace así las vendrá a consumir el tiempo dentro de pocos años o quedarán tales que serán de poco provecho para servir. Y porque a causa de estar mal cercadas las atarazanas, hacen cada noche guarda en ellas veinticinco soldados (…), convendría para excusar este gasto y asegurarlas mejor cercarlas de una pared de piedra de altura suficiente y fabricar dentro algunas casillas [habitaciones] de poca costa donde se recogiesen cuenta con la guarda, porque cercadas y guardadas de esta manera estarían a mejor recaudo sin costa (…). Podría ser que sirviendo V. M. a los diputados de Cataluña que hiciesen esta obra, se encargasen de ella, pues parece que no cae en menos razón cercar las atarazanas que fabricar las arcadas que en ellas hacen, pues se encamina y endereza todo a un mismo fin.99

Y es que, aparte de reparar los desperfectos y mejorar la obra presente, se quería fabricar unas nuevas arcadas en la zona del edificio perteneciente a la Diputación, cuyo espacio había estado empleando la Corona durante décadas, pues, aunque la propiedad era indiscutiblemente de la Diputación del General, era la Corona quien se hacía cargo económicamente de la guerra.100 Es por ello que ya que el edificio que había de ser reformado era propiedad de la Diputación, era esta quien debía hacerse cargo de costear y acometer la obra demandada.

Y es que, como ocurría en la mayoría de los territorios cuya prioridad era su propio ámbito y necesidades, estos no se sentían complacidos por las respuestas de tipo global, y por la gran escalada que daba su soberano —señor no solo de ese lugar, sino de un imperio—, a las diferentes problemáticas que enfrentaban. Esto fue uno de los grandes inconvenientes de las monarquías compuestas, siendo especialmente paradigmático en la Monarquía hispánica, la cual tenía una mentalidad «universal» que chocaba totalmente con los intereses rigurosamente provinciales de muchos de los territorios que formaban el imperio.101 En el caso de los Habsburgo, aunque inicialmente no fue así,102 el territorio —debido a la castellanización de la dinastía— que más pareció abrazar la idea imperial fue Castilla; mientras que las provincias de la periferia, generalmente se sintieron poco apegadas a todo ese tipo de iniciativas.103

Las obras de las arcadas se iniciaron a pesar del descontento de la Diputación, pero como maniobra de presión política —vinculada a diferentes pleitos y a como se estaba tratando el tema del bandolerismo—, se decidió pararlas, provocando que el rey les pidiese reanudarlas:

S. M. manava assentar i fer moltes galeres en la drassana que té lo General en la present ciutat, i que de part de S. M. pregava, a dits senyors diputats, continuessin la obra que allí tenen començada, segons que és necessari per la bona fàbrica de dites galeres. I los senyors diputats, responent (…) que manarien continuar la obra de la drassana i servirien sempre a S. M. en tot lo que fos possible y deguessin.104

Las obras se fueron parando y reanudando durante la década de los setenta e incluso la Diputación no tenía necesidad de dicho nuevo espacio, pues eran las galeras del rey las que ahí se fabricaban. Tanto el rey como el Consejo de Guerra tenían claro el asunto: «La justificación y causas que dais por haber parado en la fábrica de las atarazanas no militan», les decía el rey en una misiva a los diputados;105 mientras que el Consejo: «La ciudad de Barcelona está obligada a hacer las arcadas de la atarazana, que se mande escribir a los diputados las hagan acabar».106 Varios de estos episodios fueron recogidos en el Dietari de la Diputació del General:

Mossèn Jerònim Heredia, per part del excel·lent lloctinent general, vingué en lo consistori dels senyors diputats i digué a ses senyories que algunes arcades de la obra nova de la drassana estaven perilloses de caure, per no ésser acabades de cloure, i que sa excel·lència pregava a ses senyories les manessin acabar de cloure o derrocar, perquè no estiguessin amb tant gran perill com estan de matar la gent. I dits senyors diputats li respongueren que veurien lo que se hauria de fer.107

Y nuevamente se volvía a insistir: «I aprés sa excel·lència [el virrey] digué, en efecte (…), de part de S. M., (…) que així mateix fessin continuar i acabar la obra de la drassana que havia cessat sens justa causa, perquè altrament S. M. en restaria molt desservit». Tal y como decía Felipe II en sus misivas del 13 de junio de 1577:

Y fuera bien que, por esta ocasión, no alzarais la mano de la obra de las atarazanas, pues veis lo que importa. Y así os encargamos mucho que la continuéis y acabéis con toda la diligencia que se ha de esperar de tan fieles vasallos, que allende que será corresponder a vuestro deber y obligación y a lo que es en beneficio público de ese nuestro principado, quedaremos de ello muy servido y de lo contrario no podríamos dejar de tener el sentimiento.108

El tira y afloja por las obras se siguió prolongando en el tiempo y las obras no avanzaban:

En aquest dia, de matí, lo magnífic Jerònim González Gant, secretari del excel·lent senyor lloctinent general, vingué en lo present consistori dels senyors diputats i, de part de dit senyor lloctinent general, digué en efecte als dits senyors diputats que sa excel·lència pregava a ses senyories fessin passar avant la obra de les drassanes, que los predecessors de ses senyories manaren parar, o la fessin enderrocar. I los senyors diputats, en efecte, li respongueren que mirarien lo que acerca de això haurien de fer, i que per servei de S. M. i de sa excel·lència farien tot lo que es podria i es deuria fer.109

Parece ser que, finalmente, ya en 1579, la Diputación accedió a hacerse cargo del pago y finalizar la obra.110 La reforma de las naves de la Diputación se iniciaron en 1571 y acabaron en 1580, exactamente el mismo tiempo que duró el virreinato del prior Hernando de Toledo, que después fue a Portugal acompañando a su padre durante la guerra de sucesión del trono portugués, siendo en 1583 nombrado miembro del Consejo de Estado y del de Guerra.

Las atarazanas, al igual que Barcelona y el principado fueron visitadas en 1585 por el rey, lo que produjo cierto revulsivo para la fábrica de galeras, cuya actividad —a diferencia de sus problemas— había disminuido enormemente en los últimos años. Ello hizo que el rey se interesara por el estado de la fábrica y se encargaran nuevas galeras para renovar sus flotas y los buques insignia de sus capitanes. Asimismo, y consciente del daño que producía la inactividad en el arsenal y el desperdicio que suponía, habiendo al mismo tiempo gran demanda de nuevos buques para sus empresas atlánticas, se pensó en que se hiciesen galeazas o galeras adaptadas para las costas americanas, además de plantearse que en Cataluña se hicieran galeones como los que se hacían en el Cantábrico, es por ello que se demandó a la Diputación construir dos nuevas arcadas en 1587. Y por lo que el rey envía al experimentado capitán Antonio de Alzate —que acabará siendo nombrado superintendente y comisario general de las atarazanas—, para que audite, investigue y elabore informes, con el objetivo de reformar tanto el edificio como la institución, lo cual trataremos con la debida atención más adelante.

En cuanto a la reforma física del edificio, Alzate recomienda, primero de todo, la creación de un archivo propio para las atarazanas:

Haya lugar adonde se junten y asistan en el dicho atarazanal y tengan sus libros las personas y oficiales de S. M. (…), pues hay tan buen aparejo y se pueden hacer tan a poca costa los aposentos que sean a propósito para ello por estar ya hecho los muros en la entrada de la segunda puerta.111

Asimismo, recomienda reaprovechar el espacio dentro del recinto. Allí hay una pequeña vivienda empleada por el maestro mayor, muy mal tapiada y de fácil acceso; según Alzate, se podrían evitar inconvenientes de todo tipo si se desalojaban y en el espacio se construyen hornos para cocer bizcocho y pan para las galeras, pues es un lugar adecuado para ello, y propone emplear las astillas que se generan al construir los buques como alimento para los hornos.112 Y lo mismo dice sobre la clavazón y los materiales de hierro. Reconoce que es cierto que fuera de Barcelona resulta más barato adquirirlos, no obstante, aunque el quintal de clavazón sea en sí más caro, se ahorra mucho dinero y sobre todo tiempo, y se mejora en planificación instalando una pequeña fundición en el lugar que trabaje todo el año.113 En cuanto a la guardia que custodia el arsenal, resultan un problema, y propone reformarla. A su vez, recomienda que, si se quiere realmente salvaguardar el edificio, la guardia, o al menos sus mandos o el superintendente, deberían estar acuartelados en el mismo:

Que se deberían hacer a lo menos para la persona que tiene a cargo el dicho atarazanal, pues conviene que viva dentro de él; y otra para el capitán o cabo de la guardia. Estos aposentos los harían por ventura los diputados como han hecho con las arcadas, y no serían de mucha costa por estar las paredes hechas.114

Y recomienda al rey que mande hacer las siguientes obras tocantes a la muralla, a los almacenes y a las nuevas arcadas que se construyen:

Asimismo, se advierte que todo el cercado que está de parte de la ciudad (…) es de tapia y está toda para caerse desmoronada y con diversos agujeros por donde se entiende que se hace daño [robos y sabotajes]; y lo mismo por la casa del maestro mayor. Y también se sirva V. M. de mandar se continúe con el cobertizo de la tejavana que está comenzada de la parte de dentro de las dichas atarazanas, que será de gran servicio para la conservación de los árboles,115 entenas y palamentos [juegos de palos y otras piezas], y aún para trabajar la maestranza el día que lloviere, pues será de tan poca costa todo en consideración de lo que ha de aprovechar.

La Diputació del General de Cataluña comenzó el año pasado para el servicio de V. M. a fabricar dos arcadas grandes junto al atarazanal en la plaza que se sigue, en las cuales se pueden hacer dos galeras reales y, a necesidad, dos galeazas, las cuales están ya para cubrirse [las arcadas]; y si V. M. se sirviese de mandar escribir a los diputados de Cataluña las hagan cubrir, lo harán con brevedad y por ser los dichos arcos de tanto servicio para V. M.116

Alzate era un hombre viajado, instruido en la mar y con experiencia tanto militar como administrativa. Se había criado en Italia y conocía bien sus diferentes arsenales y, por ello, las reformas que proponía para Barcelona —tanto físicas del edificio como de gestión— tenían como objetivo enmendar sus carencias y aplicar las fórmulas que funcionaba en Italia. Y como veremos a continuación, no iban nada mal equivocadas, especialmente si consideramos al siguiente «analista» una referencia válida: el nonagésimo dux de Venecia (1606-1612).

Antes del dux, Leonardo Donato (o Donà) fue el embajador de Venecia en España. Al finalizar su misión, como todos los embajadores, debía presentar —primero oralmente frente al Senado y después por escrito— un detallado y secreto informe —relazioni— que contenía todo tipo de información del país donde había llevado a cabo su misión. En su relazioni de 1573, Donato le dedica unas agridulces líneas a las atarazanas de Barcelona. Empieza diciendo: «Son fabricadas todas estas galeras de España nell’ arsenaletto di Barcellona».117 Es llamativo que emplee el diminutivo de arsenal para referirse a la mayor factoría de galeras presente en la época en el Mediterráneo occidental, pues las atarazanas de Barcelona se situaban por delante —en cuanto a tamaño y capacidad constructiva— de sus contrapartes en Marsella, Argel, Génova, Livorno, Roma, Nápoles o Mesina.118 Sin embargo, es comprensible que lo defina como pequeño arsenal si su referencia principal no era otra que el arsenal de Venecia. Pero es que lo de Venecia era algo extraordinario. Podríamos decir que, mientras que el resto eran ciudades con un arsenal, Venecia era un arsenal con una ciudad. Precisamente, en 1573 se culminaron unas enormes obras iniciadas cien años antes y cuyo objetivo fue doblar el tamaño del ya enorme arsenal de Venecia. Para esa época, se ha estimado que el terreno que abarcaba era de casi 24 hectáreas.119

Se trataba de un enorme complejo industrial, militar y estatal sin igual, que daba trabajo a miles de trabajadores que tenían un estatus especial, los arsenalotti.120 El trabajo en el arsenal empleaba unos métodos de producción de gran eficiencia, con líneas de ensamblaje, uso de piezas estandarizadas, trabajadores especializados, además de un riguroso sistema de calidad y control.121 Obviamente, no siempre se mostró tan eficiente, pero lo cierto es que su capacidad y prestigio eran tales que, para sus contemporáneos, resultaba algo maravilloso, y los venecianos sabían, además, cómo manejar la propaganda. Estando Enrique de Valois (futuro Enrique III de Francia) de paso por Venecia en el verano de 1574, una galera fue ensamblada, botada y completamente armada para su real entretenimiento, todo en una hora.122

Volviendo a las palabras de Donato, el arsenalito de Barcelona:

Está muy mal provisto, no tiene artillería, ni aparejos preparados, ni almacén de maderas, consta de veinticuatro arcos cubiertos muy bien construidos, y puestos en cuatro clases, uno detrás del otro, bajo los cuales se fabrican las galeras, y es necesario, cuando se quiere varar la cuarta [galera] de ellas, ubicada en el último arco, que le hayan dejado espacio las tres colocadas delante de ella.123

El suministro de artillería siempre fue un problema importante para la Monarquía. En 1560, de manera permanente, únicamente había una real fundición en Málaga, habiendo almacenes o casas de la munición repartidas por el territorio, una de ellas ubicada en las atarazanas de Barcelona. A pesar de que España tenía ciertas industrias dedicadas a ello, además de abundancia de las estratégicas materias primas,124 fue casi totalmente dependiente del suministro de artillería extranjera, debido a la gran cantidad requerida, la falta de planificación y que algunos de los yacimientos eran demasiado caros para explotarlos.125 Por otro lado, en cuanto a los suministros y el depósito de madera, el astillero catalán sí contaba con ellos, pero, nuevamente, el elevado número de bastimentos, la constante falta de fondos y la inadecuada planificación hacían imposible que se pudiera contar con una reserva estable. Especialmente en la época en la que escribe Donato, post-Lepanto, cuando la armada de galeras del rey alcanzó su cifra récord de 146 galeras.126

La descripción que el veneciano hace de las atarazanas coincide con las prospecciones arqueológicas que las describe para el siglo XVI de la siguiente manera: sumando el cuerpo de las naves existentes de Pedro el Ceremonioso, el cuerpo de las naves centrales del siglo XV, con el patio de levante y este nuevo añadido en época de Felipe II, hacen un total de siete naves de veintitrés crujías y una más, la septentrional, de diecisiete. Un recinto de casi 1,2 hectáreas,127 al cual, a partir de 1551, se le añadirá en el lado sur el baluarte diseñado por Calvi, adosado a la muralla medieval.128

Cabe destacar que las «ventiquattro volti di breccia benissimo fabbricati», fueron hechas empleando los arcos de diafragma, perpetuando el modelo medieval desarrollado en el siglo XIV, lo cual nos confirma su rotundo éxito como modelo constructivo. Estos arcos fueron muy empleados por el gótico catalán, pues se trataba de una solución muy original que presentaba múltiples ventajas, tales como su fácil construcción, el abaratamiento de los costes y su sencillez y efectividad, que reducía las complicaciones técnicas. La prueba de su éxito en las atarazanas está en que estos arcos se convertirán en el modelo base sobre el cual se harán prácticamente todas las modificaciones y reformas del edificio hasta el siglo XVIII.129

Foto del interior de las Reales Atarazanas con las naves cubiertas con arcos de diafragma

Foto del interior de las Reales Atarazanas con las naves cubiertas con arcos de diafragma. (Foto: J. Biel. Museu Marítim de Barcelona).

 

Las atarazanas de Felipe III, Felipe IV y Carlos II: decadencia, conflicto y reforma (siglo XVII)

Las grandes escuadras de galeras como las que don Juan de Austria tuvo bajo su mando durante la década de los setenta, no solamente no serían requeridas durante el último cuarto del siglo XVI, sino que eran imposibles de sustentar paralelamente al enfrentamiento en el Atlántico. La Monarquía no disponía de los necesarios recursos humanos para mantener esos números: a pesar del endurecimiento del código penal, las galeras seguían sin contar con los remeros necesarios; faltaba marinería y maestranza. Lo mismo ocurría con los materiales: cada vez eran más caros y se habían de traer desde más lejos. Por lo que las treguas establecidas con la Sublime Puerta supusieron un alivio para las arcas y los recursos militares de la Monarquía, pues pudo centrarse en sus enfrentamientos contra los herejes de Flandes, Francia e Inglaterra. Es por ello que la última etapa del reinado de Felipe II evidenció una importante dejadez en el frente mediterráneo. La gran amenaza otomana parecía haberse detenido, pero, a pesar de todo, el Mediterráneo seguía siendo un lugar inseguro, tanto en sus costas como en la navegación, debido no solo al dañino corso berberisco, sino también al establecimiento y crecimiento del corso hereje, principalmente neerlandés e inglés.

Todas las diferentes escuadras de galeras habían reducido su número sustancialmente, y en el caso de la escuadra de España, se había incluso fragmentando, pues ahora también había una escuadra operando en Portugal y otra en el Cantábrico. A pesar de que durante el reinado de Felipe III y en tiempos de la denominada Pax Hispanica se volvió a poner la mira en el Mediterráneo —cosechando tanto éxitos como fracasos—, los recursos y la inversión seguían siendo insuficientes. Obviamente, todo ello repercutió en los diferentes astilleros de la Monarquía, aunque con diferencia, el que salió peor parado de ellos fue el de Barcelona. En Mesina y, sobre todo, en Nápoles, se supieron adaptar a la nueva situación mejor que en Barcelona. En Italia los materiales demandados para la construcción y provisión de las galeras eran más abundantes y accesibles, además —administrativamente—, tanto para la Monarquía como, sobre todo, para los virreyes, Sicilia y Nápoles resultaban mucho más manejables que Cataluña. A todo esto, también ayudó que algunos de sus virreyes —destacando el Gran Duque de Osuna—, fueron gobernantes muy versados e implicados en los asuntos de la mar.130

En 1593 falleció en el cargo el diestro superintendente de las Atarazanas Reales de Barcelona, el capitán Antonio de Alzate, siendo nombrado Ramon d’Oms para el cargo. Ramon d’Oms formaba parte de una ilustre familia noble catalana y se había labrado una importante carrera vinculada al mar, tanto armando como capitaneando galeras, participando en expediciones tales como Lepanto. Durante el tiempo en que estuvo al frente de las atarazanas de Barcelona, la labor de Oms fue cuestionada porque algunos oficiales de las galeras denunciaron que los buques construidos bajo su mandato eran defectuosos.131 Con todo, desde el punto de vista cuantitativo, Oms sí podía presumir de haber realizado una buena labor, pues con los recursos de los que disponía132 y con el mal estado del edificio pudo organizar la construcción de hasta ocho buques simultáneamente. Y es que, en esos primeros años de la centuria, la Monarquía necesitaba embarcaciones.133 No obstante, la negativa valoración de algunos capitanes de galeras, bajo el mando del conde de Santa Gadea, no solo reavivaba un debate ya existente en el astillero, sino que perjudicaba el prestigio tanto del astillero barcelonés como de su superintendente y la maestranza, los cuales escribieron varios memoriales en su defensa.

Esta cuestión también puso en duda la capacidad del virrey, el duque de Feria (1596-1602). Feria admitía al rey su poca experiencia en temas marineros pero le informaba de que todas las galeras que se habían construido desde que era virrey «han sido por la misma orden que estas últimas, antes se han ido mejorando y perfeccionando algunas cosas», por lo que le parecía «cosa prodigiosa que de tan buenas galeras como aquí se hacían repentinamente se pasase a otro extremo siendo hechas por unos mismos maestros», y se posicionaba junto al superintendente en que la crítica del conde de Santa Gadea estaba fundada en relaciones de personas poco formadas en su oficio, «y si los oficiales que están allá saben tan poco de fábrica de galeras como los que aquí vinieron (…), temo que el servicio de V. M. lo pase mal porque la desorden y confusión que aquí hubo fue cosa vergonzosa». Por último, advertía Feria al rey que en ese momento se estaban haciendo en las atarazanas cinco galeras, y que si eran ciertos los errores que decía el conde de Santa Gadea, tenían los ocho buques que se habían varado, los mismos tendrían las que al presente se estaban construyendo, por lo que solicitaba las órdenes a seguir.134

El principal problema con que contaban las atarazanas era su constante falta de inversión, lo cual provocaba una mala planificación y gestión, haciendo que se trabajase con discontinuidad y que, por falta de medios y materiales, muchas veces se malograse el trabajo bien hecho.135 Por orden del rey, la fábrica de galeras tenía una consignación de 20.000 escudos anuales, procedente de los impuestos eclesiásticos, pero, sin embargo, esta financiación nunca llegaba, pues era requerida para otros menesteres:

Adviértase que aquí no hay ninguna consignación para la fábrica de galeras, aunque S. M. había mandado por su real cédula del año de mil quinientos noventa y seis se consignaban para ella. Veinte mil ducados para cada año en el subsidio y excusado de Cataluña y esta consignación no tuvo efecto por haberse librado a otras personas y enviar comisarios de la corte para llevarlo el dinero para ella como al presente está un comisario días a cobrándole para llevarle allá.136

Paralelamente, y como resultado de las Cortes Catalanas de 1599, el rey había concedido, entre muchas otras peticiones, permitir a la Diputación construir —y mantener con sus propios medios— una escuadra galeras. Se empezaría con la creación de cuatro, las cuales, si todo iba bien, podrían ampliarse hasta las ocho galeras. Esto provocó el entusiasmo de muchos, pues tal como escribe el drassaner major del General Frederic Despalau en su diario: «hom té per cert que serà molt gran remei per a tots els germans [mals] externs de Catalunya, i serà ressuscitar la memòria de les coses que feren els catalans per la mar en temps passat».137 Gracias a la buena fama y experiencia, así como a los diferentes informes elaborados,138 Ramon d’Oms fue designado en 1605 capitán general de las galeras de Cataluña, «con dejación de la superintendencia de las atarazanas». Sin embargo, Oms tuvo que esperar hasta 1608 para poder hacerse cargo de las galeras, ya que la Diputación se dilato enormemente en establecer la escuadra, la cual solo pudo empezar cuando el rey accedió a vender algunas de sus galeras.139

A Ramon d’Oms lo vino a sustituir Carlos de Alzate, experimentado capitán de galeras e hijo del predecesor de Oms en la superintendencia. Alzate hijo, al igual que su padre, se esmeró en el cargo, no solo supervisando el trabajo y el funcionamiento de en las atarazanas, sino también inspeccionando los bosques del principado. En una relación explica que, entre 1608 a 1617, se habían construido en el astillero cinco bergantines y quince galeras ordinarias, que se integraron en las escuadras de España, Portugal y Cataluña, entre ellas dos galeras capitanas y una real.140 Al mismo tiempo, y en el contexto de la expulsión de los moriscos, las atarazanas fueron también empleadas como prisión. Los moriscos, que se resistieron a la expulsión e intentaron huir, una vez atrapados, fueron condenados a remar en las galeras y enviados a las diferentes escuadras. Esta función también fue asumida por Alzate.141 A pesar de lo limitadas que se encontraban, parecía que las atarazanas iban recuperando su funcionalidad. Todo un logro, especialmente si se tiene en cuenta la inestabilidad política, económica y social que hubo en el principado durante las primeras décadas del siglo XVII.

A diferencia de los otros virreinatos en los cuales se había podido articular un gobierno burocrático centralizado, en Cataluña, los límites del poder real estaban perfectamente delimitados en las constituciones que el monarca había jurado observar. Esto cerraba cualquier transformación gradual del poder virreinal para convertirlo en un instrumento más efectivo del control real desde Castilla. Anteriormente, se habían dado numerosos roces entre la administración real y la local, aunque la gravedad de esto dependía, en gran medida, de las circunstancias del momento, así como del carácter y habilidad del virrey.142 La elección de virreyes que llevó a cabo Lerma durante los primeros años del reinado no fue afortunada. Gobiernos débiles, carentes de los recursos necesarios e incapaces de frenar al creciente y descontrolado bandolerismo.143 Los bandoleros habían convertido en una ruta no segura la ruta de la plata que pasaba por Barcelona camino a Italia. Los sucesivos e incapaces virreyes, en su intento por remediarlo, se habían enemistado con las principales fuerzas políticas del principado, en especial con la frustrada nobleza catalana.144 El colapso del gobierno en Cataluña peligraba: «aquesta falta i dany és tan gran que en temem d’una revolució i escàndol». Las autoridades del principado esperaban que el rey interviniese y pusiera orden, aunque para ello tuviera que «violar» las constituciones.145 La situación parecía ser una gran oportunidad para que el poder real, so pretexto de restaurar el orden, se abriese paso en Cataluña.146

El virrey que puso remedio a la inestabilidad fue Francisco Fernández de la Cueva, duque de Albuquerque (1615-1619). Combatió el bandidaje con dureza hasta casi erradicarlo, para lo cual no dudó en violentar las constituciones del principado y obviar aquellas que le limitaban en su capacidad de acción. Así, procedió a demoler varias fortalezas de la nobleza rural en las que las partidas de bandoleros encontraban refugio. Sus medidas de represión contaron con el apoyo tácito de las élites urbanas, principalmente con las de Barcelona, pues el bandolerismo se había convertido en un elemento claramente disruptivo de la actividad comercial del principado.147 Esta alianza, forjada por Albuquerque entre la Corona y las élites urbanas, explotada adecuadamente desde la corte, hubiere servido para cimentar las relaciones entre Cataluña y Castilla. El fracaso en este proceso se debe, principalmente, al sucesor de Albuquerque, que no estuvo a la altura de una tarea mucho más compleja: reconciliar una sociedad divida y herida en su orgullo.148

Fernando Afán de Ribera, duque de Alcalá (1619-1622), en lugar de volver al respeto de las constituciones, prosiguió con la política de Albuquerque, consiguiendo un gobierno eficaz, pero desencantando a todo el mundo, especialmente a la aristocracia y a la Dubitación. Este quehacer del duque de Alcalá repercutió directamente a Carlos de Alzate en la cuestión suscitada entre el virrey y el propio superintendente con los diputados del General en torno la cuestión de la reforma y acabado de los arcos de las atarazanas y, sobre todo, por la colocación de las armas reales de Castilla y León en el principal de ellos.

Los años de dejadez y la intermitencia e interrupción de las reformas, además del envite del mar, hacía que algunas partes de las atarazanas estuvieran parcialmente derruidas o en peligro de caer. En julio de 1617, el superintendente escribió al rey para solicitarle que ordenase a la Diputación del General que acabase las arcadas destinadas a albergar la galera real. El proceso se dilató hasta 1620, cuando por orden del virrey Alcalá, Alzate comunicó en la propia Casa de la Diputación esa demanda. Los diputados hicieron caso omiso, por lo que fue la hacienda real quien se avino a sufragar las obras:

Por la detención de los diputados en hacer las arcadas capaces de [la] Real en virtud de una cedula de S. M. [que] habrá 15 días ordenó al señor virrey se comenzase por cuenta de la real hacienda como se ha hecho, y me ordeno pusiese las armas de Castilla como se hizo.

Continuaba el superintendente explicando lo que siguió a la colocación de las armas reales: «Ha habido grandes disensiones sobre esto, y si al rey nuestro señor habrá Dios sido servido de llevarle, las habrá muy grandes por no haber jurado al príncipe».149 La colocación de las armas de Castilla —especialmente en el contexto político en que se encontraba el principado— coincidió con el grave empeoramiento de la salud de Felipe III que, finalmente, le llevó a la tumba. El futuro Felipe IV no había sido jurado como heredero en los territorios de la Corona de Aragón y para la Diputación, esto supuso un nuevo agravio. Remontándose a un capítulo de Cortes del año 1373, y por documentos similares que encontraron, alegaron que:

Lo General del present Principat e o los senyors diputats de aquell per medi de sons oficials i ministres, tingué la administració en la major part de les drassanes, ço és, fins en las arcades a on se troben esculpides les armes de la Llotja de la present ciutat, fent fabricar en totes les ocasions que se són ofertes necessàries i ha aparegut convenir als senyors diputats las obres que per obs de la conservació de les galeres, navilis i altres vaixells del dit General, eixàrcies, municions, provisions y altres bastiments de aquells, posant en les obres les armes del General, sens haver-se vist cosa ni acte positiu en contrari, ni altres armes algunes dins les dites drassanes en tots los edificis i obres fets en dites drassanes pel dit General.150

La colocación de las armas de Castilla y León en las obras interrumpidas iniciadas por la Diputación, pero continuadas por Alzate gracias al dinero del rey, según los diputados, no solo perjudicaba y agraviaba al principado, sino que también deservía al propio monarca.151 El tono de la Diputación era duro, por cuanto incluso pone en tela de juicio el cargo de Alzate, alegando que, según esos capítulos de Cortes, las Atarazanas Reales eran jurisdicción de la Diputación. Si bien, y como ya hemos visto, durante el siglo XIV y, en menor medida, en el XV, la Diputación tenía y ejercía cierto control sobre las atarazanas, ya en el siglo XVI, no quedaba apenas rastro de él, limitándose a la propiedad de ciertas áreas y almacenes. De ahí surgía el hecho de que a la Diputación se le pidiese costear directamente ciertas reformas y, al mismo tiempo —y por su poca implicación—, esta intentara evitarlo. Indudablemente, y como desarrollaremos en el apartado pertinente, la supervisión de las atarazanas recaía en el cargo del superintendente nombrado por el rey.

No obstante, los diputados tenían razón cuando decían que las armas mandadas poner por el duque de Alcalá «per inducció, segons se entén, de sos oficials no ben intencionats a las coses d’aquest Principat, tant per ésser forasters», constituían un agravio porque en las atarazanas:

Tant gran novetat i cosa perjudicial a l’honor i reputació de tota esta província, per quant en ella nunca lo regne de Lleó ni de Castella han tingut autoritat de posar armes, sent aquelles molt estranyes a esta terra i, si bé de present, dits regnes i est Principat resideixen sots una mateixa persona, emperò ells són molt diversos i separats.152

Finalmente, ante el más que posible enquistamiento del problema, que dificultaría sobremanera su acción de gobierno en Cataluña, Alcalá consintió en quitar las armas de Castilla y León para que la Diputación pusiese las suyas cuando acabase la obra. En este caso, el duque dio su brazo a torcer a cambio de que los diputados, efectivamente, financiaran las obras.153

Iniciado ya el reinado de Felipe IV, en un afán por saber el estado sus cuentas, se encargaron visitas en todo el organigrama institucional, y las atarazanas no fueron una excepción. En 1621 el rey encargó al veedor hacer una visita de las cuentas de los libros de la veeduría y contaduría del arsenal catalán. Si bien la inspección reveló que no se había producido ningún fraude, el visitador detectó algunas irregularidades, ya que se había destinado dinero para otros menesteres.154 El rey ordenó algunas detenciones y ejecuciones de bienes de los pagadores que no habían saldado sus deudas, quienes no dudaron en refugiarse en las iglesias para eludir la justicia real. Además, acudieron al virrey Alcalá para que intercediese por ellos, quien dijo que los oficiales habían recibido «órdenes de los virreyes mis predecesores a quienes debían obedecer». En vista a lo alegado por los acusados y «de que a los dichos pagadores se les hace agravio», el virrey solicitó a Felipe IV clemencia para ellos. Además, aclaraba que «yo no he dado orden alguna en razón de esto ni divertido solo un real de la consignación de galeras», pero simpatizaba con los virreyes anteriores, quienes en un intento por cumplir con su mandato y sin los fondos requeridos, hubieron de recurrir a desviar el dinero de las atarazanas.155

Ciertamente, las arcas reales en el principado acuciaban un importante déficit y era necesario incrementar los ingresos. Para ello, el duque de Alcalá decidió pedir a los pueblos y ciudades del principado el quinto de los ingresos desde 1599, lo que exasperó, más aún, la paciencia de los catalanes.156 La negativa al pago de los quints aunó a la Diputación del General y al Consejo de Ciento a colaborar para evitar su aplicación. La impopularidad del duque y la inmediata finalización de su gobierno tras los preceptivos tres años decidieron al rey a no prolongar otro trienio su cargo de virrey, y designó como sucesor al obispo de Barcelona, Joan Sentís, que gobernaría Cataluña hasta la visita del nuevo monarca. Sin embargo, la marcha del duque no fue inmediata y, ya en primavera, el rey anunció a las autoridades del principado que el gobierno de Alcalá se alargaría hasta septiembre. No obstante, desde principios de año, Alcalá estuvo preparando su marcha. El duque pedía al rey que, del mismo modo que hizo cuando fue a Barcelona para ejercer su cargo, le enviase galeras para poder embarcar su familia y equipaje y regresar a Sevilla.157 El duque quería marcharse de la ciudad con todos los honores de un virrey y sin tener que costearse el desplazamiento. Al no poder hacerse los preparativos a tiempo, Alcalá decidió llevarse todo el dinero que había asignado a las atarazanas como compensación por los atrasos que el rey le adeudaba y para financiar su regreso. Así se excusaba el duque ante el rey:

En observancia de las ordenes de V. M. después que estoy en este gobierno, he tenido particular cuidado de que no se divirtiese dinero alguno de la consignación de las galeras en otros efectos, deseando infinito interrumpir el ejemplar que hallé de mis antecesores que se han valido de este dinero en las ocasiones que se les ofrecían, pero habiendo tan poco espacio de tiempo desde que V. M. se sirvió de concederme licencia al día de mi partida. Y siendo tanta la necesidad con que me he hallado de acomodar mis deudas no habiéndoseme pagado en Valencia ni aquí el sueldo que V. M. me señaló, ni habido sido posible enviar dineros en mi tiempo para la paga de la gente de guerra, me ha sido fuerza echar mano de una partida de dinero que los clérigos pusieron en las arcas de la dicha consignación, y de la resta del precio de una galera que se vendió a los Diputados de Cataluña algunos meses ha, que todo creo llegaría a cinco mil escudos, algo más o menos, de que doy cuenta a V. M.158

Según declaró Alzate, el virrey, empleando como excusa que el «dinero en el arca de cuatro llaves [era] para poder distribuir[lo] antes de su partida», se llevó un total de 26.000 reales, además del anticipo dado por la Diputación para una galera.159 Pero ahí no acabó el expolio del virrey, que también se hizo con dos partidas que se custodiaban en el arca, una de 70.000 reales y otra de 30.000 reales. El duque ordenó que se fueran pagando las órdenes y libranzas que él mismo fuera indicando. Además, obtuvo 48.950 reales provenientes de la venta de bizcocho que vendió a las galeras de Génova y que había hecho fabricar con 4.000 ducados que se habían remitido, dejando a las galeras de Sicilia desproveídas. Y lo más grave, ninguna de estas dos operaciones se registró en los libros de cuentas.160 El superintendente y el resto de oficiales de las atarazanas intentaron resistirse al virrey, provocando la ira del duque:

Por haberle respondido que no podíamos convenirnos a ello mando prendernos y poniéndolo en ejecución, después de tenernos presos, nos envió a pedir las llaves del arca por el escribano de la Capitanía General. No habiendo querido dárselas le mandó que con un alguacil fuese a nuestras casas y por fuerza las tomase de donde las hallase y se las llevase y entregase. Y habiendo hecho así, ordenó al dicho escribano que en su presencia hiciese abrir la dicha arca y dando fe del dinero que hallase en ella, asistiese a su distribución, pagando las libranzas que allí presentase don Pedro de Acuña dirigidas a mí el pagador, y así se hizo, que todas fueron de sueldos que había hecho librar a criados suyos en quien había proveído diferentes plazas.

Como se puede comprobar, la acción del duque fue contundente y no sin violencia, reflejo del carácter y maneras de un virrey que convulsionó un principado ya alterado. Alzate y el resto decían haber «hecho cuanto hemos podido», y pedían una respuesta que fuese «ejemplar», sino nada impediría que «todos los virreyes que fueren sucediendo harán lo mismo cuando les parezca».161 El diligente Carlos de Alzate falleció en 1623, y en su lugar fue elegido Bernardino de Marimón, sin apenas experiencia con las galeras, perteneciente al brazo militar y que, de hecho, se hubo de refugiar en Francia en 1618 huyendo de la justicia real por sus vínculos con el bandolerismo.162

Marimón se había reconciliado con la Corona y, como recompensa a los servicios prestados, especialmente intercediendo para que el obispo de Barcelona pudiese jurar su cargo de virrey (1522-1526), el rey recompensó «su reforma» con la superintendencia, pues eso es lo que el valimiento del conde-duque de Olivares buscada: la reforma, tanto para la Monarquía como también para las Atarazanas Reales. Estando la Monarquía envuelta en la conocida como Guerra de los Treinta Años (1618-1648), las atarazanas seguían sin la financiación y recursos adecuados, pero, a pesar de todo, se intentó remediar algunos de sus males. En 1624 encargó las obras de reparación de cuatro arcadas. La Diputación otorgó la obra en subasta pública, adquiriéndola el maestro carpintero Sebastià Claret.163 En 1627 se emprendió la reparación del baluarte de las atarazanas, con una partida de 30.213 libras que quedaban del servicio otorgado por el principado en las Cortes de 1585, para el reparo de fortificaciones.164 En 1629 se emprendió una evaluación y reparación general de los tejados del edificio que estaban muy deteriorados. Los encargados de inspeccionarlos fueron el maestro carpintero Sebastià Claret y el maestro de casas Francesc Socies. La detallada evaluación que hicieron nos describe no solo el edificio, sino también su mal estado:

Hem trobat que hi ha en dit drassanal nou tires o andanes de teulada, ultra del que es troben en l’obra nova, en lo primer pati, i en cada tira o andana hi ha vint-i-dues arcades, que vénen a ser dues-centes arcades grans, poc més o menys. Cada arcada té d’amplària tres canes i mitja, sobre les quals dues-centes arcades, passen uns canals per prendre les aigües pluvials, que tenen dos palms d’amplària i tres palms d’alçada (…). A més, hi ha altres dues-centes arcades traveres, i cada una de [les] dites arcades traveras té dos caminals de quatre palms d’amplària (…), uns de rajola, a forma d’escala, i altres llisos, de morter, que entre tots vénen a ser quatre-cents caminals (…). Los defectes i adobs [que hi] han menester són los següents: Primer tots els canals que són sobre les arcades hem trobat plenes d’herba, com són olivardes, que arriben a la cinta d’un home, amb les arrels que entren per les juntes entre pedra i pedra, que donen un notable dany a [les] dites arcades. A més, hem trobat moltíssimes teules rompudes i los caminals tots enderrocats, lo morter tot escorxat i les rajoles desfetes; les vores dels costats dels caminals tots oberts, de manera que l’aigua entra als caps de les bigues i les podreixen i, en altres parts, ço és, sobre lo magatzem dit «lo General» les goteres donen dins d’aquell i sobre los sostres que no es veuen, a on estan los brocats de la Real, que té recòndits lo rei, nostre senyor, en [el] dit magatzem, de valor de molts milenars. De manera que necessita tot lo demandat de reparo o, altrament, totes les dites teulades perillarien de molt dany dins poc temps. A més, hem trobat en l’obra nova, fora, a on es fan les galeres reials, que necessitant recórrer alguns canals i caminals que estan escorxades les vores. A més, hem trobat les teulades dels estudis que estan rompudes i s’hi plou en ells molt. Més, hem trobat la xemeneia del fogó, on es fon la pega i el quitrà per la fàbrica de galeres, tota a terra, de manera que necessita fer-la nova. A més, hem trobat altra teulada que cobreix l’estança dita «la fusteria» de dita drassana amb moltíssimes teules rompudes. I finalment, hem trobat totes les teulades que donen sobre l’estança del carbó i les parets d’aquella molt dolentes i espatllades, les quals necessiten arrebossar i posar algunes llambordes. Tota aquesta feina es podrà fer en dos mesos (…), donant vostres senyories tres paletes i quatre o sis manobres, les mans dels quals i lo valor dels recaptes, experiència i consciència pujaran dos-cents ducats.165

A la falta de dinero y el deteriorado estado del edificio, se le había de sumar la falta de madera. Marimón se encargó de inspeccionar los bosques, y estos, tras años de explotación continuada tanto para construcción naval como para otros fines, estaban muy esquilmados. El virrey obispo de Solsona (1627-1629), a instancias de Marimón, recomendó: «comprar heredades y hacer plantíos en nombre de S. M. pareciéndole que no había madera por muchos buques de galeras», además de «que se hiciesen unos pregones con que se prevenía que no se gastase tanta madera y se conservase la que había y también que se hiciesen».166 Asimismo, se prohibió sacar madera del principado, construir embarcaciones para extranjeros, se limitaron las licencias para la tala de árboles y la prohibición de hacer hornos para hacer pega, alquitrán y brea en aquellos bosques señalados para la extracción maderera para las galeras.167 Estas medidas fueron mal recibidas tanto entre la población como entre los diputados, que las consideraron anticonstitucionales.168

Con la voluntad de incrementar los ingresos, en 1628 se decidió abrir una carnicería en las atarazanas. La venta de carne en la ciudad, muy regulada por las autoridades municipales, proporcionaba importantes beneficios. Otras instituciones, como el cabildo de la catedral, también habían abierto carnicerías, a pesar de la oposición del gobierno municipal. Al mes siguiente, los concelleres protestaron por «los grans danys i perjudicis n’havien de resultar a la ciutat i a sos arrendadors (…) que seria (…) en pèrdua de grandíssims milenars».169 Junto con el Consejo de Ciento, los otros grandes perjudicados con la apertura de la carnicería de las atarazanas eran los arrendadores de la carne, que pagaban importantes sumas de dinero al Consejo para quedarse con el aprovisionamiento, corte y venta de la carne en la ciudad. Tras la queja y acusación, el superintendente se defendió alegando que:

Siguiendo el derecho y prorrogativas que tienen en todas partes y la costumbre que se ha tenido en estas atarazanas, tienen carnicería en ellas siempre que han tenido comodidad para ello. Se han convenido los suplicantes con una persona que mate los carneros que fueren menester para ellos en dichas atarazanas, pagando primero el derecho que es costumbre a la ciudad. (…) En el castillo de Perpiñán y demás castillos y presidios de este Principado (…) y que en otras casas particulares de esta ciudad se permite, no siendo casas reales, como lo es esta, de más calidad. [Y] antes se le sigue provecho que daño, pues se le censan cuatrocientas libras, que dan por cada pilón de carne en un año. Y de que no se le sigue daño, es clara señal el permitir otras carnicerías en casas particulares y dejar entrar por las puertas la carne que traen de Sants, Valldonzella y otras partes, pagando el derecho en la puerta por donde entra, por todo lo cual y porque muchas veces falta la carne en las carnicerías de la ciudad y la venden tan mala que por eso y por no estar a mano para los soldados y demás personas que están de guardia y asisten en las atarazanas, se quedan sin carne y por la autoridad de esta casa real, suplica a V. E., sea servido de mandar no se impida el tener aquí esta carnicería.170

El virrey trató de ser conciliador, y en su decreto permitió que hubiera carnicería en las atarazanas con la condición de que únicamente se vendiese carne a la milicia, ordenando al capitán de las atarazanas que diese orden para que no dejasen comprar carne a nadie más, ya que, de lo contrario, se consideraría fraude. A pesar de esa orden, se siguió vendiendo carne no solo a los soldados de las atarazanas, cosa que volvieron a denunciar los concelleres. El Consejo se quejaba de que el superintendente vendía carne a toda la gente de guerra, no solo de la ciudad, sino también a los soldados de las galeras u otras embarcaciones, lo que, según afirmaban los representantes del Consejo ante el virrey, vulneraba las leyes y privilegios de la ciudad, como el otorgado por Fernando el Católico en 1511, que «les concedió toda la jurisdicción que S. M. tenía, y expresamente quiso que ningún oficial suyo se entremetiese en proveer la dicha ciudad ni en cosa más acerca de esto, sino en ejecutar las ordenes de dichos concelleres».171

Los concelleres consideraban que las atarazanas estaban dentro de la ciudad y, por eso, debía ajustarse a las leyes que regían la venta de carne. Además, insistían en que ellos podían permitir o no la entrada de carne foránea dentro de los muros de ciudad, según lo considerasen necesario. Por otro lado, los concelleres consideraban, además, que las atarazanas no eran verdaderamente un emplazamiento militar, pues:

Mirando con propiedad, libremente, el sitio y puesto de la atarazana, no se puede llamar fortaleza, ni lugar de presidio, y así es engaño y querer hacer muy gran tiro a la milicia, como quieren algunos comparar el modo de proceder de la atarazana, al castillo de Milán, Amberes y en nuestra tierra, Perpiñán. Sino [que es] un puesto a propósito que la ciudad en tiempos pasados, escogió para servir a los reyes dentro de ella, para fabricar galeras, y juntamente almacén de guardar madera con seguridad. Y de nuestros tiempos se ha inventado el llamar soldados, a los pocos hombres que allí residen las horas que les toca, que antes el nombre de ellos era guardas del atarazanal, y no eran más de cuatro a seis personas, solo a fin de evitar un incendio.172

Los concelleres basaban este argumento en el pasado y en el origen bajomedieval del astillero, pero para la Corona, las atarazanas eran consideradas un enclave militar de primer orden, pues no solo servía de astillero, almacén de pertrechos navales, sino también militares, custodiando todo tipo de bastimentos, armas y artillería. Contaba, además, de muros y de un baluarte «a la moderna». Por todo ello, esa guardia de las atarazanas contaba en el último cuarto del siglo XVI con una guardia de cincuenta soldados, con dos sargentos y un capitán. Sin olvidar que estaba supeditado no solo al capitán general y virrey de Cataluña y a la autoridad del capitán general del Mar Mediterráneo, correspondiendo sus asuntos al Consejo de Guerra. Por tanto, esa alegación hecha por el Consejo hubiera tenido cabida durante la época de los Trastámara, pero no durante los Habsburgo, quienes consideraban el recinto un indispensable enclave militar dentro de su política mediterránea.

A pesar de todas las acusaciones, reproches y alegatos, la cuestión era que la carnicería les hacía la competencia, puesto que los ganaderos preferían vender la carne al astillero, donde se la pagaban mejor que los arrendadores de la ciudad. A los pocos días, el virrey convocó nuevamente a todos los implicados para comunicarles su decisión diciendo que: «había muy bien mirado (…), y que por dar gusto a los concelleres y a la ciudad, él mandaría de muy buena gana revocar la licencia y mandaría quitar dicha carnicería, y que no se tallase más carne en ella en dicha atarazana».173

En el contexto de la guerra por la Sucesión de Mantua —conflicto periférico dentro la Guerra de los Treinta Años—, las galeras se hacían cada vez más indispensables para seguir enviando hombres, dineros y recursos. Asimismo, los preparativos bélicos de Francia hacían inevitable el choque frontal entre ambas monarquías. Por ello, Olivares necesitaba reforzar la armada en el Mediterráneo y la presión exigida al maltratado astillero catalán iba en aumento.174 Marimón elaboró una relación para el virrey de Cataluña, el cardenal-infante (1632-1633), donde le exponía sus principales problemas y algunas posibles soluciones. Se trataba de los mismos viejos problemas: escasez de madera, falta de dinero, reforma de la administración, insuficiente maestranza y finalización de las obras de la fábrica como del baluarte.175 Las diferentes cuestiones de los ocho puntos elaborados por Marimón se debatieron en la Junta de Galeras, que entendió la conveniencia de la mayoría de ellas. Como consecuencia, en 1633 el rey escribió a los diputados de Cataluña:

La fábrica de las galeras es de la importancia que se sabe y así conviene que los lugares destinados para ella sean capaces, anchos y claros para su armazón y construcción y, porque estoy informado que los arcos de la atarazana donde hoy se labran, son tan angostos y obscuros que, en tiempo de nublados, por falta de luz [la maestranza] pierden mucha parte de jornal (…). Conviene que los [arcos] hechos en el patio de la dicha atarazana se acaben y cubran, por estar hechas, de las tres partes las dos y ellos, a peligro de caer por no tener trabazón por la parte donde se han de acabar y, asimismo, que ese Principado ha acostumbrado hacer siempre todas las obras que han sido necesarias en las dichas atarazanas por su cuenta. (…) Luego de que se ponga mano en ella y no se alce hasta su entera perfección, de manera que se puedan armar y labrar allí galeras. Y, porque también estoy informado que el baluarte de las dichas atarazanas está abierto y que se puede entrar por allí a pie llano, (…) es necesario para tenerlo cerrado, hacer un paredón por la parte de afuera, para estorbar el paso y prevenir que, en ningún tiempo, se pueda por allí pegar fuego a la madera o [a las] galeras. Os encargo asimismo que, por ser esto tan importante y necesario, procuréis que, con toda brevedad se haga el dicho paredón y se asegure el baluarte, tomando lo necesario para esta obra última del dinero que está en vuestro poder para fortificaciones, que en lo uno y en lo otro recibiré de vosotros particular servicio.176

A los pocos días de recibir la misiva real, los diputados fueron a inspeccionar las atarazanas para comprobar la situación y concluyeron que: «mostraven voler-se enderrocar en algunes parts i en altres necessitaven de continuació per la conservació d’aquelles, per estar imperfectes i així, amb perill molt gran de caure».177 En cuanto a la defensa del edificio, en 1639 refería Marimón al virrey Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma (1638-1640):

Está el baluarte caído y por él se puede entrar a pie llano, tanto que, si el enemigo había de querer entrar en este lugar, por ninguna parte podría hacerlo con tanta facilidad. (…) Todas las murallas de dichas atarazanas son tan bajas que con facilidad se puede subir por ellas y cualesquiera franceses de muchos que hay en este lugar, puede pegarles fuego quemando todos los almacenes con los pertrechos y municiones que hay de guerra y juntamente pegarse a la torre de la pólvora y quemar la mitad del lugar.178

En plena guerra con Francia, la Monarquía temía que la masiva inmigración francesa que desde el siglo XVI se había asentado en Cataluña, no solo pudiese esparcir la herejía hugonote, sino que sirviese de quinta columna en favor de Luis XIII.179

Planta de la evolución, reforma y ampliación de las Reales Atarazanas de Barcelona

Planta de la evolución, reforma y ampliación de las Reales Atarazanas de Barcelona, 1276-1700 extraída de la planimetría de la memoria de la intervención arqueológica realizada en el edificio por la empresa ATICS entre septiembre de 2011 y noviembre de 2012. Según el estudio realizado por Iñaqui Moreno (ATICS), Esteve Nadal y Albert Cubeles. (Museu Marítim de Barcelona).

A la vez que se iniciada la guerra, a inicios del año 1635, el conde-duque encargó al astillero la construcción de una armadilla de veintiséis navíos compuesta de diferentes tipologías de embarcaciones (entre las que no figuraba ninguna galera). La armadilla tardó dos años en completarse.180 Cerca de Génova, el 1 de septiembre de 1638, quince galeras españolas se enfrentaron a quince francesas. No hubo un claro vencedor, puesto que ambos contendientes perdieron cinco galeras. Es por esto que, una vez acabada la armadilla, el rey ordenó fabricar galeras, pues había necesidad: «que esta escuadra se refuerce de manera que se pueda oponer a las galeras de Francia y aun si fuere posible quedar superior en potencia». Debían estar acabadas lo antes posible: «pues de crecer mis fuerzas marítimas depende la seguridad de las costas de España y Italia».181

La urgencia y necesidad de esos buques, era tan acuciante como la mala planificación y recursos. Sobre la madera requerida:

Se ha de gastar mucho tiempo así en la corta como en la conducción de ellas mayormente en tiempo de invierno por no poder los carros traer mucha cargazón respeto de los grandes barros que se hacen en los caminos; y las que han de venir por mar por las borrascas y temporales muy difíciles de llegar a las atarazanas.182

La impuntualidad del pago del subsidio y el excusado por parte del clero no ayudaba a acelerar los trabajos, en un contexto de cada vez mayor tensión social. Los oficiales de las atarazanas tuvieron que hacer frente a la resistencia de los lugareños que, obligados a colaborar en los acarreos de madera, debían dejar durante cierto tiempo sus hogares y tareas. A pesar de los contratiempos, tres galeras se lograron finalizar en julio de 1639.183 Más galeras estaban en construcción y a buen ritmo, a pesar de los muchos contratiempos y dificultades.184 A mediados de abril de 1640, tres nuevas galeras estaban prácticamente acabadas.185

Paralelamente, la situación interna en Cataluña se hacía cada vez más insostenible. En abril y mayo, en diferentes poblaciones de La Garrotxa y de la Selva —comarcas estrechamente vinculadas a la provisión de madera para las atarazanas de Barcelona— se produjeron enfrentamientos directos entre la población y las tropas del rey. El malestar se extendió rápidamente entre una población que, desde hacía años, sufría las carestías de las malas cosechas y de la guerra, y los abusos de los soldados a quienes habían de alojar. Ese malestar acabó dando paso a una revuelta. La población empezó a perseguir a los soldados mientras avanzaba hacía Barcelona, adonde llegaron el 22 de mayo. Entraron gritando: «No es posi ningún al camí si no voldrà morir!», y marchando detrás de una imagen de Cristo, vociferaban: «Visca el rei i muiren traïdors».186

El conde de Santa Coloma, viendo peligrar su vida, junto con otros notables y oficiales, se refugió en las atarazanas. Gracias a la intervención del obispo de Barcelona, los insurrectos consintieron en abandonar la ciudad. Al mismo tiempo, los concelleres de Barcelona lograron convencer al virrey de Santa Coloma para que regresase a su palacio, donde contaría con la protección de la guardia de la ciudad. En junio, los temores a una gran revuelta se hicieron realidad, ante la llegada a la ciudad de los malcontentos segadores.187 El conde de Santa Coloma estaba seguro de que entre ellos había muchos amotinados, pues no eran pocos los que portaban armas y decía al rey el 2 de junio:

Se ha tenido inteligencia por medio de un espía secreto que el dictamen de los villanos es ahora prender al virrey y todos los ministros y valerse de este torcedor para pedir un perdón general. Y aquí se va con tanta malicia que tratan de querer cerrar la puerta que está delante del atarazanal para que no tenga la retirada que el otro día, y con esto tenerme oprimido. Pero yo estoy resuelto de no consentirlo de ninguna manera, metiéndome en el atarazanal, advirtiéndoles primero que no lo hagan y para cualquier accidente es grandísima falta que no haya aquí un par de galeras a mi disposición como lo tengo representado a V. M.188

El día del Corpus Christi estalló la revuelta, siendo el palacio del virrey y las casas de los oficiales reales los objetivos de los insurrectos. Santa Coloma no pudo embarcar en las galeras del marqués de Villafranca porque el muelle estaba ocupado por la turba, así que no le quedó otro remedio que refugiarse de nuevo en las atarazanas, adonde se dirigió con un séquito de unas cincuenta personas. Los alzados se dirigieron allí y empezaron a prender fuego al edificio. El virrey decidió huir hacia Montjuïc; sin embargo, fue atrapado y asesinado por los segadores en la playa el 7 de junio.189

El día 9, los diputados fueron a inspeccionar las atarazanas y ver qué obras serían necesarias «per custòdia, així de dites drassanes com de la present ciutat».190 Lugar al que el Consejo de Ciento le asignó una guardia para custodiarla tanto de día como de noche.191

En cuanto al superintendente Marimón, no solo trató de ayudar al virrey, sino que, en medio de la anarquía —y arriesgando su vida—, trató de proteger las atarazanas y, en general, los intereses del rey.192 Fue a la corte inicialmente como embajador, pero finalmente hubo de quedarse en calidad de exiliado, al ser declarado traidor y sus propiedades confiscadas.193 Acabó sus días como cobrador del rey en Extremadura.

El Consejo de Ciento fue tomando el control de las atarazanas. Bajo pretexto de tenerlo custodiado en servicio al rey y evitar que lo pudiesen robar, llevaron a cabo un inventario de todo el material tanto naval como de guerra.194 A pesar de la resistencia de los oficiales reales, los oficiales de la ciudad inventariaron todas las armas y la pólvora y la sacaron del arsenal, alegando que «lo imminent perill de las coses no dona lloc a interposar consulta a S. M.». El veedor real y el mayordomo de las atarazanas al ver que se repartían y no se almacenaban, exigieron sin éxito que al menos se pagara por ellas. El «inventario» se alargó durante algunos meses y cada vez con menos cuidado. El 24 de diciembre, el sargento mayor de la ciudad, Domingo Moradell, entró en el almacén de la artillería «rompent la porta d’aquell i sens intervenció dels oficials de dita drassana qui tenien la clau de dit aposento».195

En cuanto a la construcción naval, en el astillero hallaron dos buques de «barco luengo» y otra embarcación más pequeña con todos los materiales necesarios para armarla y arbolarla, incluido los remos. Los dos primeros se entregaron a los patrones de Barcelona Josep Morelló y Miquel Mas, además de todos los materiales necesarios para impermeabilizarlos y poderlos arbolar. En la «botiga de la clavaó» encontraron cien clavos «dinals» que habían sobrado de la construcción de estos barcos. Ya en los almacenes encontraron una buena cantidad de jarcia, cuatro árboles de trinquete con sus respectivas antenas y otros dos árboles de maestra para los barcos luengos, además de las correspondientes velas. Todo este material parece que era el sobrante de la construcción de la armadilla de 1635. En otro patio del astillero había otras tantas piezas y maderamen que fueron inventariadas por el maestro de hacer galeras de las atarazanas, Jaume Pere Jaume. Asimismo, también se encontraron varios calderos y cántaros para las galeras y algunos fanales. El inventario nos permite comprobar no solo la multifuncionalidad del edificio, sino también para observar que la artillería y, en general, su función como arsenal, cada vez tenía más peso dentro de las atarazanas.

Aunque carecemos de las fuentes que pueda detallarnos la actividad constructiva durante este período, sabemos que los concelleres reemplazaron el cuadro de mando de la institución y ordenaron acabar y armar los barcos luengos,196 encargándose cuatro más, los cuales desconocemos si se llegaron a construir.197 Asimismo, el maestro Pere Jaume se encargó de construir algún pequeño número de falúas, aunque solo tenemos constancia de una, que fue quemada por los partidarios de Felipe IV.198 La gran mayoría de los cargos y la maestranza huyeron, así que, sin expertos ni recursos, fue difícil para la ciudad poner en marcha el astillero. Quizás por ello fue que las atarazanas empezaran a emplearse como prisión.199 Así, desde enero a marzo de 1642, tan solo doce guardias custodiaron a más de cuatrocientos soldados allí recluidos.200 Otro apunte nos lo da el dietario de la Diputación, donde se anotó que, tras la batalla de Balaguer (1645), en apenas tres días entraron presos en las atarazanas cerca de dos mil soldados reales.201 Todo parece indicar que la función que primó en el edificio durante este período fue la de prisión y no la de astillero, pues, además, tenemos constancia de que muchos de los materiales para galeras previamente inventariados fueron empleados para reforzar las defensas del baluarte y del edificio ante el posible ataque de la flota española.202

El 13 de octubre de 1652, el Consejo de Ciento entregó Barcelona a Juan José de Austria. Las autoridades municipales que quedaron tras la capitulación trataron de encontrar una salida honrosa para la ciudad para mitigar el posible castigo de Felipe IV. Sobre todo, los barceloneses querían que el rey mantuviera sus antiguos privilegios. Sin embargo, esto no iba a ser fácil, por cuanto la ciudad había sido conquistada y, como muchos ministros en la corte aconsejaban, el rey debía hacer valer el derecho de conquista y castigar a los catalanes con el mayor rigor posible. Entre las medidas que se recomendaba tomar estaba la de la construcción de una ciudadela, con una guarnición permanente, para controlar a los barceloneses ante futuros conatos de revuelta.203 Si bien no escaparon a algunas importantes medidas de control por parte de la Monarquía,204 los catalanes obtuvieron el perdón del rey y, en febrero de 1653, llegó a Barcelona la confirmación de las constituciones de Cataluña. Se desechaba, por tanto, la idea de erigir un fortín o ciudadela, aunque el rey se reservaba el control de los baluartes, de las puertas de la ciudad y de las reales atarazanas.

Tras la capitulación de Barcelona y la aparente reconciliación entre Felipe IV y Cataluña, la guerra con Francia continuó, por lo que la presencia del ejército y los alojamientos persistieron, aunque se pensó en algunas maneras de remediarlo, como construyendo unos cuarteles dentro de las atarazanas. En octubre de 1658, el rey nombró a Juan de Marimón —hijo de Bernardino— encargado de realizar los alojamientos de las tropas en el principado, sumando ese cargo al regente de la tesorería que ya poseía y al de superintendente de las atarazanas (al cual no quiso renunciar en detrimento de los otros dos «por ser el de mayor rango»).205 Por su parte, las autoridades catalanas, en su empeño por recuperar todos sus privilegios, ofrecieron al rey encargarse de las reformas proyectadas en las atarazanas (el cuartel), a cambio de que este les restituyera el control de las puertas de la ciudad.206 Aunque desde Madrid, habiendo ya hecho las paces con Francia, reconsideraron la idea de hacer: «cuartel cerrado y seguro (…) para asegurarla de cualquier accidente popular y aliviarla [Barcelona] del alojamiento de los soldados».207

El pleno de los consejos de Estado y Guerra, recomendaron al monarca:

Que se redujese a cuartel cerrado y seguro en el atarazanal la gente que hubiere de quedar en Barcelona, reservando aquello que sea necesario para la comunicación y seguridad del cuartel, como son la Puerta del Socorro; la muralla contigua al atarazanal; la Fosa de los Judíos; y el fuerte de Montjuic; con el Baluarte que llaman del Rey, que son de su distrito; y también los baluartes de Levante y Mediodía. Y que con esto mandaría V. M. se les vuelvan las puertas, esperando del celo y afecto de la ciudad y Principado, ayudarían así para la disposición de esto como para la fortificación de la frontera.208

El virrey Francisco de Orozco, marqués de Mortara (1650-1652/1656-1663), informó a la ciudad de que el rey había accedido a las peticiones de retorno de las puertas de la ciudad y que, respecto a las atarazanas, no se trataba de hacer «fortificación alguna contra la ciudad, ni en ofensa suya, reduciéndose [las obras] a las precisas para la defensa del cuartel [y] de la marina, [como] medio más principal con que asegurar la quietud de la misma ciudad y librarla de cualquier accidente popular».209 A pesar de la aclaración sobre la función de la fortificación, el Consejo de Ciento objetó al virrey diciendo que anteriormente solo se había hablado de hacer «un cobert i habitació per la gent de guerra, i no altre cosa» y que su embajador (el síndico Pere Montaner), no les había informado sobre ello.210 La ciudad no estaba dispuesta a que se construyese una ciudadela en su extremo sur, puesto que el mayor control real supondría la debilitar el poder municipal. Es por ello que suplicaron al rey para evitarlo.211

Mortara hizo oídos sordos a las quejas del Consejo de Ciento y aseguró que las intenciones del rey respecto a la reforma de las atarazanas había sido, en todo momento, la de construir un cuartel fortificado, y achacando la desinformación a la torpeza del síndico Pere Montaner.212El virrey ya había advertido al Consejo de Aragón que Montaner no había dado toda la información:

Dice también el marqués [de Mortara] que cuando la ciudad resolvió hacer demostraciones de alegría por la merced de entregarles las puertas por el aviso que tuvo de su síndico [Pere Montaner], este no les escribió que había de hacerse en la atarazana cuartel cerrado y seguro, ni que se había de fortificar nada (…). Hoy día no saben lo que V. M. ha dispuesto en esto, ni el síndico les ha escrito nunca con claridad, con que es menester vaya todo muy claro.213

En el mes de septiembre se reunió el brazo militar de la ciudad para tratar del asunto y comunicaron al virrey que: «si hubiese de ser más que fabricar en ella dicha habitación o alojamiento para los soldados no se hallaba con fuerzas para ponerlo en ejecución, antes, les parecía más conveniente quedase la guarnición en la forma que hoy tiene». La desaprobación del brazo militar, en opinión del virrey, se debía a que solo habían ido partidarios de Felicià Sayol, cuya fidelidad al rey era cuestionable,214 recomendando por ello desatender la petición del brazo militar.215

El Consejo de Aragón achacó todo el asunto al malentendido ocasionado por el síndico de Barcelona, y pidió que se examinasen sus papeles para demostrar «la osadía y artificio con que en esta materia se ha portado y que su único fin es dar a entender allá y acá que es el arbitrio de todas las materias de Cataluña», con el fin de ganar mercedes de parte del rey como de la Barcelona.216 Desconocemos si las acusaciones tanto del virrey como del Consejo que hacía el síndico eran justas. Lo cierto es que el proyecto de fortificación de las atarazanas se aplazó temporalmente hasta la llegada de un nuevo virrey.

Durante la rebelión catalana, la Monarquía se vio privada de las atarazanas y, por ello, durante el conflicto y posteriormente se hubieron de encargar las galeras destinadas a la escuadra de España a Génova.217 La escuadra de España era, por ello, la más debilitada, y en un afán por reforzarla, se iban a incorporar tres galeras, entre ellas una capitana y una patrona. Había la voluntad de que se acabasen en Barcelona, puesto que era privilegio no escrito que las galeras de mando (especialmente las reales y las capitanas), se hicieran en Barcelona. Sin embargo, el mal estado de las atarazanas lo desaconsejaba. Por lo que, finalmente, se decidió enviar a Génova todos los materiales necesarios para acabarlas, además de las gentes necesarias para navegarlas.218

Las dificultades y riesgos que planteaba la construcción de las galeras fuera de los territorios del rey y el aparente aplazamiento del plan de fortificación de las atarazanas hizo que se valorase la reactivación del astillero barcelonés. El nuevo virrey, el marqués de Castel Rodrigo (1663-1664), fue uno de sus principales impulsores: «Luego que llegó a la ciudad de Barcelona conoció en acto practico de cuan gran utilidad seria al servicio de V. M. la fábrica de galeras en las atarazanas de ella, e hizo cortar madera, y pensó en llevar maestros [de Nápoles] a propósito».219 Sin embargo, la reapertura de las atarazanas se retrasó, y no fue hasta el año siguiente cuando la idea tomó mayor fuerza, debido al futuro viaje que la infanta —y futura emperatriz— Margarita Teresa debía emprender hasta Viena para contraer matrimonio. No solo había necesidad de reparar algunas galeras, sino que se debía acondicionar y acrecentar la capitana para que fuese una galera real. Es por ello que se confió la tarea de inspeccionar la capitana al exiliado maestro mayor de Barcelona, Jerónimo Verde, quien, como muchos otros, había huido de Barcelona en 1640, instalándose y trabajando en el puerto de Cartagena.220

En cuanto a las otras tres galeras, en opinión del capitán de las galeras de España, no valía la pena repararlas por lo maltrechas que estaban y,por ello, recomendaba que Jerónimo Verde volviese a Barcelona y se reemprendiese allí la actividad fabril. Con el apoyo del virrey Vicente Gonzaga (1664-1667) y del capitán de las galeras de España, así se hizo.221 Volviéndose a construir galeras en Barcelona casi un cuarto de siglo después. En 1665 fallece Felipe IV, sucediéndole el enfermizo rey niño Carlos II, aunque quien gobernaría en calidad de regente sería la reina madre Mariana de Habsburgo, apoyada por la Junta de Regencia.

Buscando fortalecer la armada en el Mediterráneo para poder hacer frente al expansionismo francés, se ordenó la construcción de nuevos buques en Barcelona.222 El superintendente Félix de Marimón —hijo de Juan—, se dedicó a inspeccionar los maltratados bosques, elaborando una detallada relación sobre sus principales males y remedios para su conservación y mejor explotación.223 Como consecuencia, el virrey duque de Sessa (1669-1673) tomó una serie de medidas restringiendo la explotación de los bosques y reglamentando los usos y compraventa de madera. Inmediatamente, los pregones generaron la oposición de los diputados de Cataluña, que alegaban iban contra constituciones. El abogado fiscal de la Diputación enumeró hasta veinticinco puntos en los que los pregones las vulneraban, tanto en el fondo como en la forma.224 Como venía siendo habitual, se entró en una agria polémica legal donde el virrey y los diputados arguyeron argumentos y procedimientos que justificaban sus causas.225 La Real Audiencia de Cataluña decidió intervenir, y lo hizo del lado de la Diputación, si bien lo que perseguía era obtener la jurisdicción en las atarazanas en materia de justicia, la pertenecía al virrey en tanto que era capitán general. Esto, a su vez, atrajo la atención de la Junta de Galeras, que se situó del lado de la causa del virrey.226

Ante esta situación, el rey en un intento de solventar el asunto, se acabó pronunciando a favor de la Real Audiencia. A pesar de ello, el asunto de los pregones siguió sin resolverse227 y, entretanto, llegó el nuevo virrey, el napolitano duque de San Germán (1673-1675). El nuevo virrey decidió emitir nuevamente los polémicos pregones, esta vez emitiéndolos como lugarteniente y no como capitán general, evitando así que los diputados pudieran oponerse.228 De esta manera se ponía un punto y final al embrollo, del cual la Real Audiencia salía reforzada a costa de la Capitanía General, pues no solo le arrebató la jurisdicción sobre las atarazanas, sino que sentó un precedente.

El conflicto institucional no facilitó la recuperación del astillero barcelonés. Las bases navales e invernaderos de Cartagena y El Puerto de Santa María asumían cada vez más funciones de astillero, y Cataluña pasaba a actuar como aprovisionador de madera para las galeras,229 provocando nuevamente la indignación de las autoridades catalanas: «se está actualmente cortando madera para el montaje de la artillería de aquellas plazas y no se le podrá pedir más porque los naturales de aquel principado pretenden no darla sino para las galeras que se fabrican en él».230 Carlos II dio un golpe de efecto a favor de las atarazanas al ordenar que «por lo que conviene que las galeras que hubieren de servir en nuestros mares se fabriquen en los dominios de esta Corona, pues con más ventajas y conveniencias se podrán hacer, mando se dé orden para que en Barcelona se continúe la fábrica de ellas». La Junta de Galeras reafirmó la orden del rey «dada la mejor y más ventajosa calidad de las maderas y conveniencias de entretener los naturales».231

Durante esta época, también tenemos constancia de reformas, obras y reparaciones en el edificio.232 En 1681 el virrey solicitó a la Diputación que asumieran las gastos de la cobertura y reparación de las naves de la fábrica, especialmente el arco donde se estaba construyeron la galera patrona para la escuadra de España.233 La Diputación contestó que, aunque su voluntad era servir al rey, no podían asumir el coste porque los capítulos de Cortes no se lo permitían:

Los diputats deuen obrar reguladament a lo que disposen dits capítols, i estos no permeten ni donen facultat ampla als consistorials per a poder gastar de les pecúnies del General, ultra de les obligacions i càrrecs que té la casa, i entre [aqu]estes, avui dia no judiquen compreses (…), les fàbriques i obres de la drassana.234

Los diputados añadían que cualquier gasto ocasionado por las obras de las atarazanas se les podía ser reclamado posteriormente en la visita trienal que se acostumbraba a hacer a la institución. Sin embargo, admitían que si el monarca lo solicitaba explícitamente por carta, no tendrían reparo en «disposar i ordenar se fabriquessin i cobrissin los dotze arcs que es judiquen necessaris per a la total perfecció i seguretat de la fàbrica de galeres, amb què lo consistori quedarà gustós de que S. M. quedi servit, i de vostre excel·lència obeït».235 El rey tramitó la orden y en julio se hicieron los pregones donde los diputados encantaban las obras a realizar para que los maestros de casas y los carpinteros pujasen y compitiesen por hacerse con el contrato. La subasta no tuvo el éxito esperado, ajuiciándose las obras de cantería al maestro de casas Josep Rossell y las de carpintería al maestro Francesc Jové.

La Diputación no fue la única que pagó la construcción y cubierto de las atarazanas. Los cónsules de la Lonja de Barcelona ofrecieron al rey un servicio de 8.000 libras barcelonesas, a cambio de aceptar una serie de peticiones, vinculadas a la insaculación para cargos.236 Con esta petición, los mercaderes de matrícula pretendían mantener su monopolio en la institución y evitar así la competencia de aquellos que, desde 1653, habían sido nombrados mercaderes, por privilegio real de Felipe IV. El rey aceptó tanto esta petición como la formulada en 1682, donde le ofrecieron 80.000 reales para que fuesen empleados en las fortificaciones de frontera o donde el rey considerase oportuno.237 En su memorial al rey, el virrey refería sobre los servicios de la Lonja en las atarazanas:

La necesidad grande que había, de que se reparasen, y cubriesen siete arcos dobles, que forman veinte y ocho bóvedas de los más juntos a la parte del mar, que en las atarazanas de la ciudad de Barcelona se hallaban del todo descubiertos, y casi para caerse, lo que era en notable perjuicio de la continua fábrica de galeras que tienen. (…) Participó al magistrado [de la Lonja] la necesidad que había (…); y aunque el magistrado no se hallaba por ningunas escrituras con noticia de que tuviese tal obligación (…), anteponiendo a todo el real servicio de V. M.238

Los regentes del Consejo de Aragón recomendaron al monarca no aceptar, sobre todo en cuanto al derecho a la insaculación, y más a cambio de un pago tan pequeño, recordándole que ciudades como Alicante o Játiva habían ofrecido más sin exigir tanto a cambio.239 Otros miembros del Consejo recomendaron dar dicha gracia pero no a perpetuidad, de tal manera que el rey pudiese recuperarla al cabo de un tiempo.240 La siempre acuciante necesidad de dinero, especialmente esperándose a los franceses en la frontera, obligaron a que el rey concediese la gracia con perpetuidad. Cuando en septiembre de 1683 se exigió el adelanto del pago, los nuevos cónsules de la Lonja rechazaron el acuerdo.241

Una nueva guerra contra la Francia de Luis XIV alteró al principado (1688-1697). Desde el inicio, Barcelona temió un bombardeo por parte de la armada francesa, que hizo acto de presencia en 1693.242 El duque de Noailles, jefe de los ejércitos franceses en el principado, pretendía que la ciudad se rindiese por miedo dada su indefensión.243 Efectivamente, la presencia de la armada francesa colapsó Barcelona. Las atarazanas se destinaron a acuartelar las tropas de caballería del virrey el duque de Medina Sidonia (1690-1693). Esto supuso que no solo se «echase a perder la mayor parte de la madera», sino que hubo de «cesar la fábrica empezada».244 La estancia de la caballería fue tan breve que la madera no se echó a perder y, a pesar de la progresiva ocupación francesa en Cataluña, se hizo el esfuerzo de proseguir con la construcción de dos buques nuevos,245 incluida una galera capitana.246 La construcción se alargó hasta 1696, cuando la capitana, bautizada Virgen de la Concepción, fue botada al agua «con toda felicidad».247 Ese fue el último buque construido en el siglo XVII.

 

El arsenal de los Borbones: el ocaso de la fábrica de galeras (siglo XVIII)

La sucesión de Carlos II había tenido en vilo no solo a la Monarquía hispánica, sino a toda Europa. Finalmente, su última voluntad (firmada el 3 de octubre de 1700) fue que su sobrino-nieto Felipe de Borbón heredase su patrimonio. Esto desató no solo un conflicto internacional, sino también interno, pues parte de los nuevos súbditos de Felipe V decidieron apoyar al pretendiente al trono de la dinastía Habsburgo, el también sobrino-nieto de Carlos II, el archiduque Carlos.248 Como es bien sabido, gran parte de los territorios de la Corona de Aragón se decantaron por este último durante la cruenta Guerra de Sucesión española (1701-1714).249 Barcelona tuvo un papel crucial en el conflicto como zona de guerra y, por ello, tal y como ocurrió durante la Guerra de los Segadores (1640-1652), apenas tenemos información sobre lo que ocurrió en las Atarazanas Reales.

Antes de que la guerra llegase a Barcelona, Felipe V había ordenado la construcción de dos galeras en el astillero, asimismo, se encargó la conversión en cuartel de algunos de sus arcos al maestro carpintero Miquel Jaumar, sin embargo, todo esto se detuvo cuando Barcelona tomó parte por el archiduque Carlos.250 Sabemos que, después de eso, hubo un cambio en el cuadro de mando de las atarazanas y que, entre otras cosas, el edificio fue empleado mayormente como almacén de artillería y pertrechos de guerra. Tras el largo y duro asedio de Barcelona y su consiguiente capitulación, era necesario reconstruir las defensas e infraestructuras de la ciudad. Las atarazanas habían quedado severamente dañadas por la acción de los proyectiles, y su reconstrucción se le asignó al ingeniero general Jorge Próspero de Verboom, quien a su vez fue el encargado de proyectar la construcción de la nueva ciudadela de la ciudad.

Plano realizado por W. A. Koblinau en 1709

Plano realizado por W. A. Koblinau en 1709. Se trata de la primera representación conocida de este tipo de las Atarazanas. (Museu Marítim de Barcelona).

Otra de las propuestas que se barajó fue la de fortificar las atarazanas. Verboom calculó que el coste total de la obra ascendería a algo más de seis mil doblones.251 Aunque rápidamente se encontró financiación para el proyecto,252 el rey, que dudaba si llevar a cabo el proyecto, ordenó que se suspendieran temporalmente las obras. El capitán general de Cataluña, el italiano Francisco Pío de Saboya, marqués de Castel Rodrigo (1715-1719/1720-1722), lamentó la paralización y sus potenciales consecuencias. Temiendo que, de no fortificarse las atarazanas, mientras las obras de la ciudadela no la hicieran mínimamente operativa, «todo este tiempo quedará esta plaza, no solo abierta por muchas partes, sino es también sin algún abrigo las tropas de su guarnición en cualquier accidente que pueda acontecer». Añadía:

Las Atarazanas, como están, no tienen defensa alguna, y allí se depositan todas las municiones, y pertrechos de guerra que hay, y que habrá de haber en mayor abundancia en adelante. Las tropas están esparcidas por la ciudad en cuarteles indefensos y en conventos.

A lo que añadía que el pueblo solo estaba controlado por el respeto que las tropas imponían, pero que era una situación peligrosa, puesto que cuando ese respeto ser perdiese, podían tomar «temerarias resoluciones» y por ello apostaba por fortificar las atarazanas pues de esa manera:

Mudan enteramente de situación estas cosas, pues en ellas todas las municiones, pertrechos de guerra, y lo demás que se quiera introducir, está en resguardo y seguridad. Un cuerpo de infantería y caballería está fuera de todo insulto, y apto a obrar útilmente y con víveres para todo el tiempo que se quiera.

Por este motivo, le explicaba al secretario del Despacho de Estado cuan necesario era que el rey permitiese que «se trabaje en estas obras» para que «haya de gozar la España de tranquila paz y quietud», pues en su opinión:

Son tan varios los sucesos del mundo y sus contingencias tan extravagantes, que nunca serán sobradas cuantas precauciones se tomen, y particularmente en este Principado en el cual están los humores, cada día de peor calidad, siendo cierto que puestas las atarazanas en este estado (lo que se conseguirá en dos meses) estará este pueblo con mucha sujeción, y fuera de esperanza de conseguir el logro de sus perversos designios.253

Parece ser que estos argumentos convencieron al rey, que aprobó que se reanudasen las obras, las cuales iban a ser nuevamente interrumpidas, aunque por otros motivos.

El Tratado de Utrecht-Rastatt (1713/1715) supuso la pérdida de las posesiones europeas del patrimonio de Felipe V. La Monarquía, por tanto, dejaba de poder contar con los astilleros de los reinos de Nápoles, de Sicilia y —en menor medida— de Cerdeña, por lo que las únicas atarazanas mediterráneas con las que contaba Felipe V eran las de Barcelona. Es por ello que se le encargó a Marimón —restituido en la superintendencia—, que se encargase de hacer acopio de la madera necesaria para la fábrica de dos galeras.254 El problema fue que, entre las obras proyectadas, y estando muchas de las naves y almacenes ocupado por artillería y material de guerra —«[por] no haber otros almacenes capaces donde poner estos géneros, por su gran cantidad»—, no había espacio suficiente para almacenar la madera y otros materiales constructivos, ni espacio donde labrar los nuevos buques.255

A lo largo del siglo XVII, a medida que la cantidad de buques construidos iba decayendo, el espacio dedicado a la —más y más empleada— artillería fue arrebatándole cada vez más espacio al astillero. Una situación difícil de resolver, especialmente porque no existía otro lugar donde almacenar con seguridad todo ese armamento. Así escribía el responsable de artillería y demás material bélico:

Bien comprehendo de cuanta importancia se hace el establecimiento de la fábrica de las galeras, y la creación de maestros y operarios prácticos en ella, y aun de la de los bajeles, respecto de concebir que en ninguna otra parte pudiera florecer mejor por la aplicación e inclinación de estos naturales (…). Espero que (…) me prevenga lo que debo ejecutar, aunque en el ínterin, no dejaré de reconocer si colocándose con más unión dichos géneros, puede hacerse lugar para la introducción de la madera y establecimiento de la fábrica.256

Como posible solución se propuso a Verboom que rediseñase el plano que había hecho de las atarazanas para construir un almacén seguro «a prueba de bombas», para trasladar allí las armas y dejar espacio libre para la fábrica de galeras.257 Felipe V dio el visto bueno al plano del nuevo diseño y ordenó que se financiase con parte de las confiscaciones hechas en Cataluña tras la guerra.258 Verboom refería que, inicialmente, su proyecto de fortificación «solo [tuvo] por objeto el cubrirlas ceñidamente para ponerlas en defensa con el menos gasto que fuera posible, siguiendo su ámbito, sin que nadie hubiera hasta ahora hecho el reparo de que los pertrechos de guerra que se hallan en las Atarazanas no pudiesen quedar en ellas».

El ingeniero se mostraba totalmente a favor de reactivar el astillero, puesto que esa era la función original del edificio. Por ello, su nuevo diseño proponía expandir y ensanchar las atarazanas hacia las huertas situadas al norte, construyéndose varios polvorines capaces de almacenar hasta siete mil quintales de pólvora, además de otros espacios para almacenar las piezas y resto del equipo. Asimismo, quedaba espacio por si, con el tiempo, se pretendía hacer cuarteles para tropas o almacenes para paja, leña, trigo y todo lo necesario para el abasto de las tropas. En el primer proyecto de Verboom había que derribar bastantes casas y el convento e iglesia de Santa Mónica, pero con el nuevo eso no era necesario —excepto por unas pocas casas cerca de las huertas—, por lo que se conservaría «un muy hermoso templo de fábrica nueva, que sería lástima de derribarlo». Es más, Verboom proponía insertar el convento en las fortificaciones de las atarazanas, «en donde en parte de él hay al presente un cuartel de tropas y pudiera servir de mucho lo demás en ocasiones de guerra o de sediciones».259 Por su parte, el presidente del Consejo de Órdenes propuso ensanchar el almacén del vestuario y el traslado de la herrería (que estaba situada en las primeras arcadas) a la parte que conectaba con el portal de Santa Madrona. Según él, de esta manera, quedaría suficiente en el astillero para construir tres galeras a la vez, aclarando, además, que, al presente, solo se había ordenado la construcción de dos y que, por tanto, solo requerirían siete arcadas.260

Felipe V aprobó el plan de Verboom, aunque limitando por ahora su realización a la fortificación de las murallas y aplazando la construcción de los almacenes y cuarteles para más adelante. Indicando que el asunto del astillero, se resolviese estrechando el espacio ocupado por la artillería.261 Castel Rodrigo convocó al ingeniero general, al superintendente de las atarazanas y al comandante de la artillería con el fin de llevar a cabo esas órdenes. Sin embargo, tras reconocer exhaustivamente el edificio y las posibilidades que había de ganar espacio, confesaba el marqués que «no pudo el discurso ni el arbitrio» encontrar una verdadera solución al problema, a pesar de que se ganó algo más de espacio reubicando a unos soldados ahí acuartelados.262

El asiento para realizar las obras programadas se sacó en pública subasta. Dos compañías (una francesa y otra española) pujaron por ellas, igualando sus propuestas. El rey finalmente decidió asignar el contrato —con el beneplácito del capitán general y otros oficiales— a la Compañía de los aragoneses y catalanes, a cargo a su vez de las obras de la nueva ciudadela de Barcelona. Uno de los motivos que favoreció la asignación a la compañía española fue precisamente su condición de «vasallaje natural que (…) debe preferirse (…) al extranjero».263 Por otro lado, los ingenieros —especialmente Verboom— eran contrarios de esta elección, pues consideraba que la compañía de los aragoneses y catalanes no serían capaces de gestionar ambas obras, y se corría el riesgo de que pudiesen dejar en la estacada ambas, cosa que no ocurriría de haber asignado cada obra a una compañía distinta.264 Estas desavenencias de pareceres hizo que, si bien finalmente el contrato fue asignado a los aragoneses y catalanes,265 las obras en las atarazanas —excepto unas reparaciones—, se aplazaran hasta que se finalizasen las de la ciudadela.266

Con todo este embrollo era difícil que la construcción de las dos galeras —a la que se añadía una tercera, una capitana—, progresase adecuadamente, pues en 1723 seguía sin liberarse el espacio requerido para ello.267 Debido a la evolución constante y a las cambiantes necesidades de la navegación, los arcos existentes no eran los más adecuados para acoger a las galeras del siglo XVIII, especialmente buques más grandes como los de mando. En ese sentido —y como ya había ocurrido en tiempos pasados—, en agosto de 1724 se ordenó que se ensancharan dos de los arcos para poder hacer allí galeras capitanas «y de todos los gálibos».268 A pesar de todo, la galera capitana, profusamente esculpida y dorada, se puedo acabar —salvo por algunos adornos e insignias— antes de los pensado, siendo del agrado de los oficiales de Marina, quienes «quedaron contentos del corte y demás labor».269 Otras dos nuevas galeras fueron encargadas exigiéndose que se acabasen para entrar en acción en 1726.270

Plano de la construcción de la grada central de las Reales Atarazanas de Barcelona

Plano de la construcción de la grada central de las Reales Atarazanas de Barcelona, con la unificación de las dos naves centrales en una única, del ingeniero Alejandro de Retz, c. 1724. (Museu Marítim de Barcelona).

Evolución desde el inicio de la construcción de las Atarazanas de Barcelona

Evolución desde el inicio de la construcción de las Atarazanas de Barcelona como fábrica de galeras hasta esta última gran reforma. Video explicativo que se exhibe en la exposición permanente del Museu Marítim de Barcelona. (Video: Wasabi Produccions. Museu Marítim de Barcelona).

El problema de la falta de espacio continuaba sin resolverse del todo.271 Hubo incluso discrepancias en cuanto a qué organismo debía financiar el traslado del material,272 es por ello que, al final, se acabó empleando a presidiarios para dicha faena.273 Aunque con lentitud, finalmente se conseguía avanzar: «queda ya el terreno preciso para continuar toda la obra del ensanche del arco sin embarazo alguno».274 Según escribía el superintendente, el nuevo arco debía hacerse más grueso y ostentoso que los demás y de piedra picada (de sillería). En su frontal debía tener cornisas y pedestales, y en medio, las armas reales, hechas en cobre esculpido y pintadas y doradas con pintura de aceite.275

El relevo en 1725 en la Capitanía General y en algunos oficiales, hizo temer al superintendente que todo iba a volver a frenarse. Se acordó realizar una visita a las atarazanas con el nuevo encargado de la artillería, y así lo refiere el superintendente:

Pongo a noticia de V. E. como antes de ayer por la tarde el comandante de la artillería conde de Mariani y yo nos conferimos en las atarazanas y con el mayor cuidado reconocimos todo el terreno así que el que está mandado quede por el tren de artillería (que son los arcos de fábrica de capitana, medios arcos inmediatos, patio y herrería), como el [espacio] que está destinado para la fábrica de galeras, que es el restante excepto la sala de armas y almacén del vestuario. Y por más que se haya considerado la forma de como unas y otras nos podríamos componer no se encontró medio. Respecto que a los de la artillería les falta terreno para poner la mitad de los pertrechos del que nos han de ceder por haber ocupado ya los que han sacado del terreno que ocuparon estos días por la continuación de la obra que se está haciendo de los arcos de la capitana, y con esto queda la fábrica de galeras sin poder empezar hasta que se dé el terreno referido, que es el menos [que] puede ocupar como lo considera asimismo el comandante. Dijo el conde de Mariani que le diese el almacén del vestuario o bien que S. M. dispusiese otra nueva obra para la artillería contigua a los arcos de la fábrica de capitana que era el único medio que esto tenia para componernos y que lo demás era impracticable.276

Como se puede deducir de estas palabras, la fábrica de galeras estaba asfixiada por la demandante artillería y cada vez se hacía más evidente que no había lugar para los dos. Pues, a medida que se conseguía despejar espacio, llegaba nuevo material que necesariamente era depositado en las atarazanas.277 A esos inconvenientes se les sumó otro viejo conocido: el mar. El 8 de noviembre de 1726:

En la nueva falsabraga que se hizo en las atarazanas frente a los arcos nuevos de la construcción de galeras, y en la misma surtida, ha arruinado la mar, con sus flujos y reflujos, la parte que la está mirando al lado derecho, que amenaza ruina, y que pudiéndose evidentemente temer que si continua otro cualquiera accidente, ocasionará duplicados daños y gastos.278

Como medida más urgente, se decidió que se colocasen unas «piedras de carretales todo el frente de la salida de los arcos». Posteriormente, el ingeniero jefe Alejandro de Retz elaboró una relación de las reparaciones que se debían hacer para que se ejecutasen, mediante asiento, por «sujetos muy hábiles y precaucionados», dadas las malas consecuencias que se derivarían para el edificio de hacer un mal trabajo.279 A pesar de todos los contratiempos, la construcción naval proseguía, aunque se limitaba a reparar o reemplazar las galeras existentes. Durante este período, la escuadra de galeras no llegó a sobrepasar las seis unidades. Los numerosos y continuados cambios en las necesidades de la guerra, la ciencia náutica y la ingeniería naval, provocaron que las galeras —que también se habían ido adaptando—, ya no fueran los buques insignia del Mediterráneo. Las galeras seguían siendo útiles, pero no de la misma e indispensable manera que antaño.

Durante la década de los treinta hubo una dinámica muy similar: insuficiencia de espacio para el astillero, lentitud en la construcción de los pocos buques encargados, reparaciones menores en el edificio. Como novedad, se adquirió en Génova una nueva galera.280 Lejos de ser un hecho aislado y anecdótico, significó apostar por el estilo constructivo italiano en detrimento del barcelonés. Poco después, y por indicaciones precisamente del teniente general y segundo cabo de las galeras Miguel Reggio, se trasladó a Barcelona a unos maestros de aja «que por haber concurrido en Génova a la construcción y varo de la [galera] San Genaro están bien enterados de las proporciones y modo de ajustar las piezas, lo que se ejecuta en Italia con mucha perfección».281 Todo esto iba desacreditando la capacidad del astillero barcelonés, pese a la defensa a ultranza de su superintendente.282

Plano de las Atarazanas de Barcelona

Plano de las Atarazanas de Barcelona donde se muestra en «colorado» el espacio dedicado a la construcción naval y en «azul» el destinado a la artillería, c. 1739. (Museu Marítim de Barcelona).

En ese contexto, no es de extrañar que, en septiembre de 1736, y por orden de José Patiño, el astillero se viese obligado a ceder a la artillería una buena porción de su espacio.283 A ese hecho se le hubo de sumar los continuos desperfectos que se encontraban en las galeras construidas en Barcelona, cuyas necesarias reparaciones hacía que no solo afectase a la durabilidad del navío, sino que su precio aumentase considerablemente.284 En 1741, el almirante-infante Felipe de Borbón decidió encargar en Barcelona dos galeras por asiento al maestro Ramon Canals, con el objetivo de que pudiesen intervenir en la campaña del año siguiente.285 La falta de piezas y materiales hizo que se atrasara su botadura hasta noviembre de 1743.286 Sin embargo, para ese entonces, la escuadra de galeras estaba en franca decadencia, y se empezó a optar por otro tipo de naves como el jabeque o la galeota. El superintendente intentó convencer tanto al almirante-infante como al marqués de la Ensenada para llevar a cabo las reformas que el astillero requería para hacer frente a nuevos y mejores buques.287 La inadecuación del puerto, tampoco ayudaba a convencer a los ministros reales de que Barcelona era la mejor de sus opciones para continuar con el rol de astillero:

Han sido tan repetidos los temporales del mar en este año y antecedentes, que no solamente han descompuesto el puerto de esta ciudad por la mucha arena que ha traído, sino que también se ha llenado el boquete del astillero por donde se varan los buques de galera y se han movido las piedras de sillería y carretadas de los terraplenes que se hicieron el año de 1740 y siendo inexcusable la recomposición, a causa que no se derriben del todo.

La situación en ese año era ya de colapso, como continuaba explicando el superintendente:

Estamos tan ceñidos por la falta de lugar en estas atarazanas para reportar y amontonar las maderas que se conducen por ser muchas y voluminosas y trabajar después las piezas para las fábricas que es menester capacidad para entenderla y manejarse los que las labran; como también para dar lugar al diferente armamento de la escuadra que suelen dejar de unas campañas a otras, y trabajar los remos nuevos, asegurando a V. E. que no se sabe cómo hacerse causando unas cosas y otras más gasto de peones y pérdida de tiempo por no tener la media arcada colateral a la sala de armas del terreno de la fábrica que tiene y conservan los de artillería sobre que tengo hecho varias representaciones a fin de que se recuperara la fábrica proyectada ha[ce] años por los ingenieros y acordado para la separación de las dos dependencias de artillería y fábrica de galeras, quedando esta abierta.288

Sin embargo, el intendente Antonio Sartine consideró que el terreno disponible para el astillero era de sobra suficiente para el uso que se le estaba dando, a diferencia de la artillería, que no contaba con tantas habitaciones ni espacios.289 Esa última opinión fue la que prevaleció, pues el marqués de la Ensenada concluía:

De todo lo expresado se infiere que el paraje que disfruta en las atarazanas la fábrica de galeras es muy bastante para que esté bien servida, y al contrario muy estrecho el lugar que ocupa la artillería, lo que tuvo muy presente S. M. por los informes del duque de Montemar, marqués de Risbourg y el conde de Glimes, para no alterar ni señalar más terreno a la dependencia de galeras.290

Tras estas palabras, nada bueno se podía presagiar para el futuro de la construcción naval en las atarazanas. Finalmente, el 9 de noviembre de 1745 llegó el tiro de gracia, cuando el marqués de la Ensenada emitió una Cédula con el nuevo Reglamento de Galeras, por el que se suprimía la fábrica de galeras en las Atarazanas Reales de Barcelona:

Por cuanto he resuelto que se establezca, y continúe en el puerto de Cartagena, para desde primero de enero del año próximo de mil setecientos cuarenta y seis en adelante, la construcción de mis reales galeras (…). Por tanto he venido a suprimir el astillero que hasta ahora ha permanecido en las Atarazanas de Barcelona, y que de los empleados en esta fábrica queden solamente en ejercicio de sus plazas los que se expresarán, con la circunstancia, de que han de pasar a servirlas a Cartagena con el sueldo que se les señala, a reserva del conde de la Revilla [Juan Antonio de Marimón] que ha de gozarlo durante su vida en Barcelona, y a los que por esta regla quedaren separados, se les atenderá, y destinará en las plazas vacantes que se corresponda, según sus clases, mérito y circunstancias.291

La Cédula puso un punto y final a cerca de quinientos años de construcción naval en Barcelona. Las Atarazanas Reales de Barcelona, fundadas a finales del XIII —y cuyos orígenes se remontaban más atrás—, como infraestructura principal con la que proyectar el poder político y militar del rey en el Mediterráneo, cesó en su función original a mediados del siglo XVIII.

Todo se debía a la reorganización naval de España. El litoral se dividió en tres departamentos marítimos, estableciéndose en cada uno de ellos un arsenal. Cartagena, que contaba con un magnífico puerto natural y que era una de las principales bases e invernaderos de las galeras, fue designada como cabecera del Departamento Marítimo del Mediterráneo, proyectándose la construcción de su arsenal en 1731.292 Para la administración, no tenía sentido —especialmente con los quebraderos que ocasionaba—, mantener el astillero de Barcelona. Su escaso —y discutido— volumen de trabajo era perfectamente asumible por el nuevo arsenal de Cartagena (que no se acabaría hasta 1782).

Por tanto, a partir de 1745 se inició el traslado de los pertrechos y de la poca maestranza que quedaba a Cartagena. Todavía en julio de 1746, el conde de la Revilla fue apilando las maderas que llegaban para construir galeras en un terreno asignado a la Marina, pero tampoco aquí pudieron permanecer, por designarse como zona de pruebas para los artilleros, por lo que hubo de retirarlas.293 La simbólica rendición de la fábrica de galeras ante la artillería llegó en septiembre de 1747: el último mayordomo de las atarazanas, Flavio Galvero, entregó al guardalmacén de la artillería, Santiago de Llanos, las cuatro llaves o «grifos de oro» que servían para regular el agua de los estanques donde se maduraba la madera de roble que tan decisiva fue en la suerte del astillero.294 La artillería pasaría a ser la industria y función principal de las atarazanas, que pasarían a ser Real Fundición a partir de 1766.295 En cuanto al resto de los trabajadores, la cédula establecía que el conde de la Revilla permaneciese en Barcelona, gozando de su sueldo de 12.408 reales de vellón anuales. Por otro lado, se envió a Cartagena al maestro mayor de galeras Juan Verde, al maestro mayor calafate Jaime Vila, al maestro de popas Francisco Llopart, y a los maestros de aja Francisco Ferrer, Jaime Mas y Josep Gener.296 Todos ellos miembros de linajes vinculados a la construcción naval en las atarazanas de Barcelona, y que ahora pasarían a enriquecer a la armada en Cartagena.

Reglamento de Galeras

Reglamento de Galeras. Cédula del marqués de la Ensenada en la que queda establecido el traslado del arsenal de construcción de Galeras de Barcelona a Cartagena. (Ministerio de Defensa. Archivo Museo Naval, ms. 1.205, doc. 8).


[NOTAS] Las Atarazanas Reales de Barcelona (siglos XIII-XVIII)

1 Para una visión general de la Corona de Aragón durante este período, véase el capítulo de Enric GUINOT RODRÍGUEZ, «La Corona de Aragón en los siglos XII y XIII», en La Corona de Aragón: siglos XII-XVIII, E. Belenguer y F. V. Garín (eds.), (Valencia: Generalitat Valenciana y SEACEX, 2006): 23-59.

2 Entre 1232 y 1242, el monarca autorizó el establecimiento de las órdenes religiosas en la zona: una fundación de franciscanos en el límite de poniente del frente marítimo y un convento de clarisas en el extremo de levante.

3 Albert CUBELES I BONET, Iñaki MORENO NAVARRO y Esteve NADAL I ROMA, «Noves descobertes arqueològiques a la Drassana Reial de Barcelona», en Revista de Catalunya, 278 (2012): 120-122. Sílvia DAHL TERMENS, Enric GARCIA DOMINGO y Olga LÓPEZ MIGUEL, Les Drassanes Reials de Barcelona (Barcelona: Efadós y Museu Marítim de Barcelona, 2013): 22-30.

4 Robert TERRADAS, Las atarazanas de Barcelona: trazado, construcción y restauración (Barcelona: Editorial Enginyeria i Arquitectura La Salle, 2009).

5 Para situarse en la época y contexto de la conquista catalana de Sicilia, nada mejor que sumergirse en el clásico de Steven RUNCIMAN, Las vísperas sicilianas. Una historia del mundo mediterráneo a finales del siglo XIII (Madrid: Reino de Redonda, 2009), (ed. orig. 1958).

6 Arcadi GARCÍA SANZ, Història de la Marina Catalana (Barcelona: Aedos, 1977): 256-288.

7 Para una visión global del asunto, véanse los artículos de Mario ORSI, «La marina catalanoaragonesa», en Desperta Ferro Antigua y Medieval, 5 (2011): 60-65; y «Tipologías y tácticas navales», en Desperta Ferro Antigua y Medieval, 22 (2014): 39-43.

8 CUBELES I BONET, MORENO NAVARRO y NADAL I ROMA, «Noves descobertes arqueològiques»: 122.

9 Albert ESTRADA-RIUS, La Drassana Reial de Barcelona a lEdat Mitjana. Organització institucional i construcción naval a la Corona dAragó (Barcelona: Museu Marítim de Barcelona y Angle Editorial, 2004): 173-175.

10 Esteve NADAL I ROMA y Adriana VILARDELL FERNÁNDEZ, «Drassanes Reials», en Anuari dArqueologia i Patrimoni de Barcelona (Barcelona: Ajuntament de Barcelona e Institut de Cultura, 2011): 61-62.

11 ESTRADA-RIUS, La Drassana Reial: 176-177.

12 DAHL TERMENS, GARCIA DOMINGO y LÓPEZ MIGUEL, Les Drassanes Reials de Barcelona: 33-35.

13 CUBELES I BONET, MORENO NAVARRO y NADAL I ROMA, «Noves descobertes arqueològiques»: 124-125.

14 NADAL I ROMA y VILARDELL FERNÁNDEZ, «Drassanes Reials»: 62.

15 ESTRADA-RIUS, La Drassana Reial: 186.

16 ESTRADA-RIUS, La Drassana Reial: 188.

17 CUBELES I BONET, MORENO NAVARRO y NADAL I ROMA, «Noves descobertes arqueològiques»: 125.

18 Iñaki MORENO, «Drassanes Reials», en Anuari darqueologia i patrimoni de Barcelona (Barcelona: Ajuntament de Barcelona e Institut de Cultura, 2011): 57-58.

19 CUBELES I BONET, MORENO NAVARRO y NADAL I ROMA, «Noves descobertes arqueològiques»: 126.

20 Albert ESTRADA-RIUS, La Generalitat de Catalunya a la Drassana Reial de Barcelona en temps dAlfons el Magnànim (Barcelona: Museu Marítim de Barcelona y Angle Editorial, 2008): 39-51.

21 ESTRADA-RIUS, La Generalitat de Catalunya: 65-73.

22 ESTRADA-RIUS, La Generalitat de Catalunya: 35-41.

23 ESTRADA-RIUS, La Generalitat de Catalunya: 47-56.

24 ESTRADA-RIUS, La Generalitat de Catalunya: 13-19.

25 ESTRADA-RIUS, La Generalitat de Catalunya: 56-64.

26 DAHL TERMENS, GARCIA DOMINGO y LÓPEZ MIGUEL, Les Drassanes Reials de Barcelona: 35-45.

27 Concepto hartamente trabajado por John H. ELLIOTT, resultando de obligada lectura su artículo titulado «Una Europa de monarquías compuestas», que podemos encontrar en dos volúmenes recopilatorios suyos: España en Europa: Estudios de historia comparada (Valencia: Universitat de València, 2002): 65-91; España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800) (Madrid: Taurus, 2010): 29-54. También mencionar el artículo de Fernando BOUZA, «La configuración de la Monarquía Hispánica», en La Historia sin complejos. La nueva visión del Imperio Español (estudios en honor de John HElliott), D. García Hernán (ed.) (Madrid: Editorial Actas, 2010): 70-78, donde el autor hace un breve repaso tanto de la configuración y evolución de la Monarquía hispánica bajo los Austrias como del concepto historiográfico y la aportación de Elliott al tema. En cuanto a los vínculos e identidades existentes en los reinos hispanos, léase a Xavier GIL PUJOL, «Un rey, una fe, muchas naciones. Patria y nación en la España de los siglos XVI y XVII» en La Monarquía de las Naciones: Patria, nación y naturaleza en la Monarquía de España, A. Álvarez-Ossorio Alvariño y B. J. García García (Madrid: Fundación Carlos de Amberes, 2004): 39-76.

28 Albert GARCIA ESPUCHE, «La imatge global», en Retrat de Barcelona (Barcelona: Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y Ajuntament de Barcelona, 1995), vol. 1: 77.

29 Diego DE HAEDO, Topografía e historia general de Argel (Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1927), vol. 1: 260-264. Esta detallada obra, escrita en el siglo XVI, y en su edición del siglo XX compuesta por tres volúmenes, tiene la singularidad de ser la única fuente contemporánea —conocida— en cualquier lengua que nos da información de primera mano sobre Argel y en general sobre todo el Magreb durante esa época. Supuestamente fue escrita por el monje benedictino y abad de Frómista Diego de Haedo, pero dicha autoría ha sido cuestionada por varios historiadores, entre los que destaca George Camamis y Emilio Sola, y quienes le atribuyen el libro al sacerdote benedictino y amigo y cautivo con Cervantes, Antonio de Sosa. Para saber más: George CAMAMIS, Estudios sobre el cautiverio en el Siglo de Oro: Madrid: Gredos, 1977). Emilio SOLA, «Antonio de Sosa: un clásico inédito amigo de Cervantes (historia y literatura)», en Actas del Primer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos, 1990): 409-412.

30 DAHL TERMENS, GARCIA DOMINGO y LÓPEZ MIGUEL, Les Drassanes Reials de Barcelona: 47-49.

31 Miguel FALOMIR FAUS y Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, «Carlos V, Vermeyen y la conquista de Túnez», en Carlos V europeísmo y universalidad, F. Sánchez-Montes González y J. L. Castellano (coords.) (Madrid: Sociedad Estatal para la conmemoración de los centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001), vol. 5: 243-258.

32 Felipe V hizo tejer una copia de toda la serie en la Real Fábrica de Tapices de Madrid entre 1731 y 1744. Gracias a esta copia se sabe que la serie completa estaba integrada por doce cartones. El octavo y el undécimo se perdieron antes de 1834, ya que en el testamento de Fernando VII se hace referencia a la serie de diez tapices.

33 Para saber más sobre los tapices, el capítulo de Concepción HERRERO CARRETERO, «Los tapices», en Tapices y Armaduras del Renacimiento. Joyas de la Colecciones Reales, J. Hernández Ferrero, C. Herrero Carretero y J. A. Godoy (Madrid y Barcelona: Patrimonio Nacional y Lunwerg, 1992).

34 GARCIA ESPUCHE, «La imatge global»: 67-70. Hendrik J. HORN, Jan Cornelisz Vermeyen: Painter of Charles V and His Conquest of Tunis, Paintings, Etchings, Drawings, Cartoons and Tapestries (Güeldres: Davaco Publishers, Doornspijk, 1989), 2 vols.

35 Richard KAGAN (dir.), Ciudades del Siglo de Oro. Las vistas españolas de Anton van den Wymgaerde (Madrid: El Viso, 1986): 166-173.

36 Montserrat GALERA, Francesc ROCA y Salvador TARRAGÓ, Atlas de Barcelona (Barcelona: Col·legi Oficial dArquitectes de Catalunya, 1982): 12-17.

37 Robert TERRADAS, «Les Drassanes de Barcelona. La geometria, la traça i lestructura com a garants de la identitat de ledifici», en Drassana: revista del Museu Marítim, 19 (2008): 68-87.

38 ESTRADA-RIUS, La Drassana Reial: 192-194.

39 NADAL I ROMA y VILARDELL FERNÁNDEZ, «Drassanes Reials»: 59-63.

40 CUBELES I BONET, MORENO NAVARRO y NADAL I ROMA, «Noves descobertes arqueològiques»: 120.

41 DAHL TERMENS, GARCIA DOMINGO y LÓPEZ MIGUEL, Les Drassanes Reials de Barcelona: 55-63.

42 Damià MARTÍNEZ LATORRE, «La fortificación de Barcelona a mediados del siglo XVI: el baluarte de las Atarazanas y la Puerta de Mar de Giovan Battista Calvi», en Drassana: revista del Museu Marítim, 12 (2004): 82-92.

43 También conocido y nombrado en la documentación real por Juan Bautista Calvi.

44 Eloi CASTELLS, Helena MORÁN y Núria NOLASCO, «La documentació integral del patrimoni construït aplicada a lestudi històric i estructural de les Drassanes Reials de Barcelona. El Portal de la Pau, la Casa de Manteniment i la Casa del Governador», en Drassana: revista del Museu Marítim, 19 (2011): 88-103.

45 Damià MARTÍNEZ LATORRE, Giovan Battista Calvi: Ingeniero de las fortificaciones de Carlos V y Felipe II (1552-1565), (Madrid: Ministerio de Defensa, 2006).

46 Pablo DE LA FUENTE DE PABLO, «Las fortificaciones reales del golfo de Rosas en época moderna» (tesis doctoral inédita dirigida por A. Cámara Muñoz, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1996), 3 vols. Pablo DE LA FUENTE DE PABLO, La ciudad como problema militar: Perpiñán y los ingenieros de la monarquía española (ss. XVI-XVII) (Madrid: Ministerio de Defensa, 1999). Alicia CÁMARA MUÑOZ, «Las fortificaciones del emperador Carlos V», en Carlos V. Las armas y las letras, catálogo de exposición (Madrid: Sociedad Estatal para la conmemoración de los centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000): 123-137.

47 Una obra que narra la historia del ducado y su vinculación con Carlos V y la rama hispana de los Habsburgo: Vicente DE CADENAS Y VICENT, La herencia imperial de Carlos V en Italia: el Milanesado (Madrid: Hidalguía y Centro Superior de Investigaciones Científicas, 1978).

48 «Estas son las medidas de los árboles y entenas que el emperador nuestro señor me mandó que le enviase para hacerlos traer de Flandes: Los árboles para las galeras han de tener largura de veintisiete guas hasta en veintiocho, y de gordura por lo más bajo de seis hasta siete palmas de gua. La cual gua es de cuatro palmos de Barcelona que es media caña; y en lo alto han de tener de gordura los dichos árboles de cuatro palmos hasta cuatro y medio de gua. Las entenas han de ser dos para cada galera; la una se dice entre los marines car y la otra pena. El car ha de tener de largura veinticinco guas y de gordura por lo más bajo, de cuatro palmos hasta cuatro y medio de gua, y la pena ha de tener de largura veintiséis guas y de la misma gordura del car.» AGS, EST-K, leg. 1.691, f. 132, Copia de las medidas que han de tener los árboles y entenas que el emperador nuestro señor ha de mandar hacer venir de Flandes para sus galeras [Barcelona, 1537].

49 AGS, EST-K, leg. 1.691, f. 37, El Arzobispo de Zaragoza al comendador mayor de León, Barcelona, 3 de febrero de 1537.

50 AGS, EST-K, leg. 1.691, f. 41, El Arzobispo de Zaragoza a SM., Barcelona, 19 de febrero de 1537.

51 AGS, EST, leg. 1.364, f. 61, Gómez Suárez de Figueroa a SM., Génova, 22 de febrero de 1530.

52 AGS, EST, leg. 1.367, f. 16, Gómez Suárez de Figueroa a SM., Génova, 15 de febrero de 1534.

53 El príncipe Felipe escribe desde el monasterio de Montserrat al emperador: «Para que haya buen recaudo en la dicha fábrica y hacienda, tiene necesidad de algunas personas de las compañías que residen en Perpiñán, por ser hombres de confianza y que entienden los negocios que se hacen y han de hacer en la atarazana». AGS, EST, leg. 319, f. 188, El príncipe Felipe a SM., Montserrat, 2 de agosto de 1551.

54 AGS, CSU, SE2, leg. 47, Libro de los asientos de los soldados ordinarios que sirvieron en las atarazanas de Barcelona, Barcelona, 1584-1591.

55 AGS, EST-K, leg. 1.691, f. 61, El Arzobispo de Zaragoza a SM., Barcelona, 29 de marzo de 1537.

56 Édith GARNIER, LAlliance impie. François Ier et Soliman le Magnifique contre Charles Quint (París: Éditions du Félin, 2008).

57 Miguel Ángel DE BUNES IBARRA, «Carlos V, Venecia y la Sublime Puerta la embajada de Diego Hurtado de Mendoza en Venecia», en Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530-1558), J. Martínez Millán e I. J. Ezquerra Revilla (coords.) (Madrid: Sociedad Estatal para la conmemoración de los centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001), vol. 1: 591-618.

58 Sobre los planes y escaramuzas de la liga en aguas de Corfú: AGS, GyM, leg. 13, f. 118, Francisco Duarte a SM., 18 de septiembre de 1538. AGS, GyM, leg. 13, f. 121, Francisco Duarte al Comendador Mayor de León, 11 de octubre de 1538.

59 Actual Herceg Novi, en Montenegro.

60 Acontecida en el mismo lugar que la decisiva batalla de Actium del 31 a. C. entre la flota de César Augusto al mando de Agripa y la flota de Marco Antonio y Cleopatra VII. David J. CALIFF, Battle of Actium (Filadelfia: Chelsea House Publishers2004).

61 Carla RAHN PHILIPS, «Navies at the Mediterranean in the Early Modern Period», en Naval Strategy and Policy in the Mediterranean: Past, Present and Future, JB. Hattendorf (ed.) (Londres y Portland: Frank Cass2000): 16-17.

62 En AGS, GyM, leg. 20, se encuentra numerosa documentación sobre los preparativos y la organización de la armada para la empresa de Argel.

63 Este tipo de avisos provenientes de los embajadores, de los gobernadores, virreyes, aliados, esclavos huidos, espías, etc., fueron constantes. Aunque el presente es de 1555, este ilustra perfectamente cómo llegaban las noticias:

«Este correo despacha el señor marqués [de Tarifa, el virrey Per Afán de Ribera] con el aviso del armada del Turco: la cual es en Apulia con buen número de velas y esto se sabe por el aviso que ha enviado el virrey de Mallorca, y aquel lo tiene del virrey de Cerdeña; y el de Cerdeña de Nápoles. También hay cartas de mercaderes que lo dicen y se afirma y dicen que [la] trae el hijo de Barbarroja [Hasán Bajá] por rey de Argel, no podrá dejar de hacer mucho daño a tierra de cristianos, como siempre ha hecho. Plega a Dios lo quiera remediar.»

AGS, GyM, leg. 59, f. 30, Mateo de San Clemente a Francisco de Ledesma, Barcelona, 6 de julio de 1555.

64 AGS, GyM, leg. 47, f. 124, Carta de Juan Muñoz de Salazar al príncipe Felipe, Barcelona, 5 de agosto de 1552.

65 AGS, GyM, leg. 59, f. 185, Cuenta de los dineros del baluarte que se hace en Barcelona dado por Guillén Guircés [Barcelona, 1555].

66 AGS, GyM, leg. 52, f. 139, Juan Muñoz de Salazar al príncipe Felipe, Barcelona, 6 de septiembre de 1553.

67 Porción de una muralla que va de baluarte a baluarte.

68 Haz de ramas delgadas muy apretadas usada para revestimientos.

69 AGS, GyM, leg. 52, f. 143, Juan Muñoz de Salazar al príncipe Felipe, Barcelona, 8 de septiembre de 1553.

70 AGS, GyM, leg. 47, f. 73, Juan Muñoz de Salazar al príncipe Felipe, Barcelona, 16 de julio de 1552.

71 AGS, GyM, leg. 59, f. 38, Per Afán de Ribera a Juana de Habsburgo, Barcelona, 18 de julio de 1555.

72 Santiago COLOMAR FERRER, «Una frontera oblidada. Atacs i desembarcaments de corsaris nord-africans a Catalunya, València i Balears (1571-1650)» (Barcelona: tesis doctoral inédita, dirigida por E. Belenguer i Cebrià, Universitat de Barcelona, 2016): 36.

73 Exceptuando el muelle de Santa Creu, más tarde conocido como el moll Vell, que se empezó a construir en 1477 y afectado constantemente por los temporales y las mareas. Mikel SOBERÓN RODRÍGUEZ, «El port baixmedieval de la ciutat de Barcelona: una visió des de larqueologia. Lescullera de 1477 i la troballa dun vaixell tinglat», en Quarhis: Quaderns dArqueologia i Història de la Ciutat de Barcelona, 6 (2010): 134-163.

74 ANC, APR, leg. 50, f. 9, Juan de Austria a SM., Cartagena, 22 de agosto de 1569.

75 «En las obras de los almacenes de las atarazanas donde se ponen municiones se han gastado veinte mil doscientos noventa y seis maravedís», AGS, GyM, leg. 15, f. 44, Relación de los maravedís que S. M. ha mandado enviar a poder de Diego de Cazalla pagador del armada [Barcelona], 1539.

76 Había conseguido el vizcondado en 1528, a raíz de un préstamo que realizó a la virreina de Valencia, la reina viuda de Fernando el Católico, Germana de Foix. Por otro lado, dos de los hijos de Lluís llegaron a ostentar la presidencia de la Diputación del General, al igual que su hermano Francesc (1530-1533): Pere (1575-1578 y 1584-1587) y Francesc (1587-1588 y 1596-1598). Josep Maria SOLÉ I SABATÉ (dir.), Història de la Generalitat de Catalunya i els seus Presidents (Barcelona Enciclopèdia Catalana, 2003), vol. 2: 121. Salvador-J. ROVIRA I GÓMEZ, Els nobles de Tortosa (segle XVI) (Tortosa: Consell Comarcal del Baix Ebre), 1996.

77 Manuel FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Corpus documental de Carlos V (1548-1554) (Salamanca: Universidad de Salamanca, 1977), vol. 3: 447.

78 A partir de 1558 también ostentó el título de primer duque de Alcalá de los Gazules.

79 AGS, GyM, leg. 59, f. 49, Per Afán de Ribera a Juana de Habsburgo, Barcelona, 18 de agosto de 1555.

80 En un documento en el que se habla sobre unos impagos de Jerónimo de Almazán de 1555 se hace referencia al «comisario Francesc Setantí»: AGS, EST, leg. 332, f. 85, Pedro de Cardona a SM., Barcelona, 3 de enero de 1565.

81 AGS, EST, leg. 332, f. 82, Francesc Setantí a Francisco de Ledesma, Barcelona, 7 de julio de 1555.

82 Los escritos de Setantí resultan complejos de leer pues a su estilo «gongorista», le sigue su ortografía poco clara, con un castellano plagado de catalanismos e italianismos. Sus misivas, especialmente el presente memorial, son una grandísima fuente de información, que pensamos seguir estudiando. AGS, GyM, leg. 59, f. 79, Copia del memorial que dio Setantí al marqués de Tarifa con su parecer sobre hacerse galeras en Barcelona y no en Tortosa y otras cosas [Barcelona], 6 de julio de 1555.

83 AGS, EST, leg. 319, f. 187, El príncipe Felipe a SM., Montserrat, 2 de agosto de 1551.

84 AGS, GyM, leg. 59, f. 182, Juan Muñoz de Salazar a Juana de Habsburgo [Barcelona, 1555].

85 AGS, GyM, leg. 59, f. 50, Lo que escribe el virrey de Cataluña por cartas de 30 de julio y 16 de agosto [Madrid, 1555].

86 AGS, GyM, leg. 59, f. 76, Relación de lo que costará las cubiertas de galeras [Barcelona, 1555].

87 AGS, GyM, leg. 60, f. 192, Per Afán de Ribera a Juana de Habsburgo, Barcelona, 27 de diciembre de 1555.

88 AGS, CMC, 1EP, leg. 1.375, Miguel Esteban pagador de la fábrica de las galeras que se hicieron en Tortosa (1552-1558).

89 «V. A. me ha mandado (…) que tenga cuidado que las primeras galeras que se hubieren de dar sean las seis que se labran en Tortosa por el peligro en que están de perderse.» AGS, GyM, leg. 59, f. 38, Per Afán de Ribera a Juana de Habsburgo, Barcelona, 18 de julio de 1555.

90 AGS, GyM, leg. 59, f. 49, Per Afán de Ribera a Juana de Habsburgo, Barcelona, 18 de agosto de 1555.

91 Phillip WILLIAMS, «The Strategy of Galley Warfare in the Mediterranean (1560-1620)», en E. García Hernán y D. Maffi (eds.), Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica. Política, estrategia y cultura en a Europa moderna (1500-1700) (Madrid: Centro Superior de Investigaciones Científicas, 2006), vol. 1: 891-920.

92 Muchos de esos memoriales y correspondencia se pueden encontrar en AGS, EST, legs. 441-455.

93 Miguel MUÑOZ DE SAN PEDRO, «Don Álvaro de Sande, cronista del desastre de los Gelves», en Revista de Estudios Extremeños, 10 (1954): 467-509. R. C. ANDERSON, Naval Wars in the Levant 1559-1853 (Princeton: Princeton University Press, 1952): 8-14.

94 Destacan los casi cinco mil soldados que habían tomado posesión de la isla y que, una vez derrotada la flota, quedaron aislados. Tras tres meses de asedio, se rindieron, siendo llevados como esclavos a la capital otomana. Entre los cautivos se encontraba el maestre de campo Álvaro de Sande, que estuvo preso en Constantinopla hasta 1565, cuando, después de duras negociaciones y una gran suma, fue liberado. Obtuvo su venganza, pues ese mismo año participó en el sitio de Malta, donde no solo los otomanos sufrieron una importante derrota, sino que su captor, Dragut, encontró su fin. Dragut ordenó levantar un monumento —como recordatorio y advertencia— en Djerba, empleando como materiales los huesos y. sobre todo, los cráneos de los derrotados, que unidos con argamasa se elevaron haciendo una pirámide que contaba con una base de algo más de siete metros por más de diez de alto. Burj al-Rus, literalmente la torre de cráneos en árabe, se mantuvo en pie hasta 1848, cuando el rey de Túnez decidió derruirla y dar sepultura a los restos. Christine QUIGLEY, Skulls and Skeletons: Human Bone Collections and Accumulations (Jefferson y Londres: McFarland, 2001): 172.

95 La inestabilidad se debió, entre otras muchas cosas, a las intrigas palaciegas en torno a la sucesión del cada vez más anciano sultán. LesliePEIRCE, The Imperial Harem: Women and Sovereignty in the Ottoman Empire (Nueva York: Oxford University Press, 1993): 79-86.

96 Mercedes BLANCO, «La batalla de Lepanto y la cuestión del poema heroico», en Calíope: Journal of the Society for Renaissance and Baroque Hispanic Society, vol. 19: 1 (2014): 23-53.

97 Las pequeñas obras dentro del edificio, especialmente las tocantes a los almacenes o aquellas necesarias para adecuar el espacio de manera puntual fueron bastante habituales, cosa que se ve reflejada en la contaduría que ha logrado conservarse, pues en ella se refleja el pago de dichos trabajos: «A ciertos peones que trabajaron en derribar una pared en las atarazanas (…) y entregar al mayordomo de ella las municiones (…) y por otros gastos y jornales (…), cincuenta y una libras, dos sueldos y seis dineros de la dicha moneda [de Barcelona]»: AGS, CMC, 1EP, leg. 1.029, Cuentas de Pedro Cazador, pagador de SM. en Cataluña, Barcelona, 1564-1568.

98 Santiago FERNÁNDEZ CONTI, «El gobierno de Catalunya en tiempos de Felipe II: algunos aspectos del primer virreinato del prior don Hernando de Toledo (1571-1574)», en Felipe II (1527-1598): Europa y la monarquía católica, J. Martínez Millán (dir.) (Madrid: Parteluz, 1998) vol. 1: 188-189.

99 AGS, GyM, leg. 75, f. 160, García de Velasco a SM. [Barcelona, 1571].

100 «Relación de lo que monta la paga de un mes del capitán general y de su gente de guerra que reside en la frontera de Perpiñán y fortalezas de aquella y oficiales y de Barcelona y Tortosa, la cual se ha de pagar y se acostumbra de pagar del dinero que viene de Castilla para ello. Para que V. S. ilustrísima mande las pagas del dinero que al presente ha venido, se hayan de hacer contener respecto a que ha de haber de él para las obras de Rosas y el baluarte de Barcelona y fábrica de galeras y de respecto para correos y otros gastos que se ofrecen cada día y por pagar el trigo y gastos del bizcocho que se han hecho y trigo y otras cosas que se han enviado por mandado de V. S. ilustrísima a Menorca.» AGS, GyM, leg. 69, f. 227, Relación de lo que monta la paga de un mes de la gente de Cataluña, 1559.

101 Jesús LALINDE ABADÍA, «España y la Monarquía Universal (en torno al concepto de “Estado Moderno”)», en Quaderni Fiorentini: per la storia del pensiero giuridico moderno, 15 (1986): 109-166.

102 A la llegada de Carlos de Habsburgo a los tronos hispanos, mientras en la Corona de Aragón, especialmente en Barcelona se celebró la elección del rey como nuevo emperador del Sacro Imperio; al mismo tiempo, la Corona de Castilla se enfurecía y, al poco tiempo, se alzaba en armas por el rechazo que provocaban las ausencias de su nuevo rey, a quien consideraban un extranjero.

103 Giuseppe GALASSO, En la periferia del imperio: la monarquía hispánica y el reino de Nápoles (Barcelona: Península, 2000).

104 DGC, vol. 2: 418, Barcelona, 14 de julio de 1573.

105 DGC, vol. 2: 535, Barcelona, 6 de agosto de 1577.

106 AGS, GyM, leg. 81, f. 246, Deliberaciones del Consejo de Guerra, 11 de mayo de 1576.

107 DGC, vol. 2: 528, Barcelona, 28 de mayo de 1577.

108 DGC, vol. 2: 533, Barcelona, 6 de agosto de 1577.

109 DGC, vol. 3: 6, Barcelona, 21 de noviembre de 1578.

110 «Avisar a V. M. como se han recibido las letras para los diputados y las di luego al pagador para que cobrase los dineros de los diputados.» AGS, GyM, leg. 91, f. 159, Pedro de Cardona a SM., Barcelona, 19 de diciembre de 1579.

111 AGS, GyM, leg. 264, f. 226, Relación del atarazanal de Barcelona, Barcelona, agosto de 1588. No era el único que consideraba que poner hornos resultaría un acierto. Pedro de Isunza ya había escrito en ese sentido en más de una ocasión al rey, pues decía que se especulaba con el trigo, debido a que, en tiempos de abundancia, se guardaba por resultar demasiado barato y se esperaba a tiempos de carestía para venderse a precios abusivos: «y pues he tocado esta materia, suplico a V. M. con la instancia que me es posible, dé la licencia para que dentro de estas atarazanas se hagan cuatro bocas de hornos como muchas veces lo he suplicado (…). Porque fabricándose el bizcocho en ellas, habrá tantas mejoras en él [bizcocho], así en la bondad [calidad] como en el barato que de ello resulte»: AGS, GyM, leg. 178, f. 24, Pedro de Isunza a SM., Barcelona, 13 de agosto de 1586.

112 AGS, GyM, leg. 264, f. 226, Relación del atarazanal de Barcelona, Barcelona, agosto de 1588.

113 AGS, GyM, leg. 264, f. 225, Relación de las atarazanas de Barcelona por el capitán Antonio de Alzate, Barcelona, septiembre de 1587.

114 AGS, GyM, leg. 264, f. 232, Lo que parece al señor don Juan de Cardona sobre las cosas de la atarazana de Barcelona habiendo visto lo que don Manrique de Lara y Antonio de Alzate han dicho en las relaciones que han dado [San Lorenzo de El Escorial, 1588].

115 En este contexto —y otros similares—, el «árbol» o el «árbol de/de la galera», al palo o mástil, es decir un madero destinado a sostener la vela colocado perpendicularmente en la quilla de la embarcación.

116 AGS, GyM, leg. 264, f. 220, Advertimiento del capitán Antonio de Alzate tocantes a la fábrica de galeras que se hacen en Barcelona, 1588.

117 Eugenio ALBÈRI, Relazioni degli ambasciatori veneti al Senato durante il secolo decimosesto (Florencia: Società Editrice Fiorentina, 1862), serie 1, vol6395.

118 Los astilleros provenzales de Tolón, y sobre todo de Marsella, no se desarrollarían hasta el reinado de Luis XIV, ya en el siglo XVII, cuando Francia realmente potenciaría su armada mediterránea. Véanse: Paul MASSON, Les galères de France (1481-1781): Marseille, port de guerre (París: Librairie Hachette, 1934). André ZYSBERG y Béatrice HÉNIN, Marseille au temps des galères: 1660-1748 (Marsella: Rivages, 1983). Sobre Argel contamos con la descripción de discutida autoría, DE HAEDO, Topografía e historia general. Asimismo, contamos con la obra de Moulay BELHAMISSI, Histoire de la Marine algérienne (1516-1830) (Argel: Entreprise Nationale du Livre, 1986). Sobre la Darsena de Génova: Luciana GATTI, L’Arsenale e le galee. Pratiche di costruzione e linguaggio tecnico a Genova tra Medioevo ed età Moderna (Génova: CNR, 1990). En cuanto a las galeras de Livorno para los Medici, recomendamos: Lucia FRATTARELLI FISCHER, «Il bagno delle galere in “terra cristiana”. Schiavi a Livorno fra Cinque e Seicento», en Nuovi Studi Lovernesi, 8 (2000): 69-94. Para las galeras pontificias y su infraestructura, recomendamos los trabajos de Fabrizio FILIOLI URANIO, en especial su reciente La squadra navale pontificia nella Repubblica internazionale delle galere: secoli XVI-XVII (Roma: Aracne, 2016. Nápoles, era una populosa y rica ciudad, capital del reino homónimo, que contaba con un buen puerto, pero con un mal arsenal. En 1575 se planeó construir un arsenal nuevo, comenzándose en 1577. Este será el gran arsenal mediterráneo de la Monarquía Hispánica durante el siglo XVII. Léase: Maria R. PESSOLANO, «Il porto di Napoli nei secoli XVI-XVIII», en Sopra i porti di mare: 2. Il regno di Napoli, G. Simoncini (ed.) (Florencia: Olschki, 1993): 67-115. Mirella MAFRICI, «Navi e pirati: la difesa del Regno di Napoli nel secolo XVI», en Aspetti ed attualità del potere marittimo in Mediterraneo nei secoli XII-XV, Paolo Alberini (Roma: Stabilimento Grafico Militare, 1999): 383-396. En cuanto a Sicilia, fue a iniciativa del gran impulsor de las atarazanas de Barcelona, García de Toledo, quien en 1565 apostase por la creación de un nuevo y mayor arsenal en Mesina, en detrimento de Palermo, pero tardaría años en acabarse y no de la manera que inicialmente se pensó. Maurizio VESCO, «Un viceré ammiraglio per unisola: Garcia Álvarez de Toledo e il potenziamento delle infrastrutture marittime siciliane», en La Sicilia dei viceré nelletà degli Asburgo (1516-1700). La difesa dellisola, le città capitali, la celebrazione della monarchia, S. Piazza (ed.) (Palermo: Caracol, 2016): 111-136. Valentina FAVARÒ, La modernizzazione militare nella Sicilia di Filippo II (Palermo: Associazione Mediterranea, 2009). Sobre la escuadra de Sicilia: Valentina FAVARÒ, «La escuadra de galeras del Regno di Sicilia: construzione, armamento, amministrazione (secolo XVI)», en Mediterranio in armi (seculi XV-XVIII), Rossella Cancila (ed.) (Palermo: Associazione no profit Mediterranea, 2007).

119 Frederic CLANE, Venetian Ships and Shipbuilders of the Renaissance (Baltimore: John Hopkins University Press1934): 140.

120 Robert CDAVIS, Shipbuilders of the Venetian Arsenal: Workers and Workplace in the Preindustrial City (Baltimore: John Hopkins University Press1991).

121 LANE, Venetian Ships and: 142-144.

122 Obviamente era imposible construir una galera en una hora, pero lo que enseñaron al rey electo de Polonia-Lituania y futuro de Francia, fue la última etapa del proceso de construcción, al cual también se le había dedicar una enorme cantidad de tiempo y esfuerzo, por lo que es asombroso que pudiera completarse en tan solo una hora. Lane considera que muchas preparaciones y trabajos fueron realizados previamente, especialmente el calafateado de la galera, por lo que esta muestra no debe tomarse como una referencia real, sino como más bien como un ejercicio de propaganda frente a una potencia extranjera. LANE, Venetian Ships and: 144.

123 ALBÈRI, Relazioni degli ambasciatori: 385.

124 Hierro en Guipúzcoa y Vizcaya, cobre en Sierra Morena, azufre en la mina de Hellín (Albacete) y salitre en Granada, Murcia, La Mancha, Aragón y Cataluña. IAA. THOMPSON, War and Government in Habsburg Spain 1560-1620, (Londres: The Athlone Press1976): 236.

125 THOMPSON, War and Government: 234-237.

126 La escuadra de Nápoles contaba con 54, la de Sicilia con 22, la de España con 46 y la de Génova con 24. Eso sin incluir la de los «particulares italianos» y otros príncipes, también a sueldo de Felipe II, como las de Mónaco, Saboya, Toscana. I. A. A. THOMPSON, «Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo durante el siglo XVI», en Manuscrits: Revista dHistòria Moderna, 24 (2006): 98.

127 Tomando como buenas tanto estas dimensiones como las anteriormente facilitadas para Venecia, el arsenal de la Serenísima República podría albergar veinte infraestructuras como la de Barcelona. No es de extrañar que le pareciera un «arsenaletto».

128 Iñaki MORENO EXPÓSITO y Marcel PUJOL I HAMELINK, «Arqueologia a la Drassana: l’evolució de l’edifici quan s’hi construïen galeres», en Tribuna d’Arqueologia 2012-2013 (Barcelona: Generalitat de Catalunya, 2015): 182.

129 MORENO EXPÓSITO y PUJOL I HAMELINK, «Arqueologia a la Drassana».

130 Cesáreo FERNÁNDEZ DURO, El gran Duque de Osuna y su marina (Sevilla: Editorial Renacimiento, 2006) (1.ª ed. 1885). Luis M. LINDE, Don Pedro Girón, duque de Osuna: La hegemonía española en Europa a comienzos del siglo XVII (Madrid: Ediciones Encuentro, 2005).

131 «Han salido tan herradas en medidas y fabrica que son cuasi inútiles.» AGS, GyM, leg. 568, f. 296, El rey al duque de Feria, 17 de septiembre de 1600.

132 AGS, EST, leg. 457, s. f., El Consejo de Estado al rey, Aranjuez, 8 de abril de 1600.

133 AGS, GyM, leg. 564, f. 111, El duque de Feria a SM., Barcelona, 2 de febrero de 1600.

134 AGS, GyM, leg. 567, f. 137, El duque de Feria a SM., Barcelona, 9 de noviembre de 1600.

135 AGS, GyM, leg. 579, ff. 482 y 483, La Junta de Galeras al rey, s. f.

136 AGS, GyM, leg. 582, f. 94, Duque de Feria a SM., [Barcelona], 7 de diciembre de 1600.

137 BC, Ms. 510, f. 107, Diari de Frederic Despalau. Citado por John H. ELLIOTT, La rebelión de los catalanes (1598-1640) (Madrid: Siglo XXI, 1999) (original en inglés, 1963): 48.

138 «Don Ramon d’Oms que ha andado en la mar y dado buena cuenta de si, y se ha visto hablar bien de él a todos los que de aquel tiempo lo conocieron, y que ahora es superintendente de las galeras que se hacen en las atarazanas de Barcelona y que de aquello y de todo lo demás que [se] le ha encargado ha dado siempre mucha satisfacción»; «se tiene la misma satisfacción que representa el duque [de Feria], y es plático de la mar por haber navegado siempre con don Berenguer d’Oms, su hermano que tuvo una galera, y ser hombre cuerdo modesto y de valor». ACA, CA, leg. 270, f. 102, Deliberaciones del Consejo de Aragón, 28 de octubre de 1600.

139 Para el origen, la evolución y final de esta efímera y poco efectiva escuadra, recomendamos: Jordi GILABERT TOMÀS, «La Defensa contra el cors musulmà: lesquadra de galeres de la Generalitat de Catalunya (1599-1623)», en Drassana: revista del Museu Marítim, 21 (2013): 98-128. Santiago DE LLOBET MASACHS, «La pèrdua de les galeres de Catalunya lany 1623», Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 1990: 117-160.

140 AGS, GyM, leg. 825, s. f., Relación de Carlos de Alzate, Barcelona, 9 de septiembre de 1617.

141 AGS, GyM, leg. 825, s.f., Carlos de Alzate a la Junta de Galeras, Barcelona, 12 de noviembre de 1616.

142 ELLIOTT, La rebelión de los catalanes: 74-75.

143 Xavier TORRES, Nyerros i cadells: bàndols i bandolerisme a la Catalunya moderna (1590-1640) (Barcelona: Reial Acadèmia de Bones Lletres y Quaderns Crema, 1993).

144 TORRES, Nyerros i cadells: 98-102.

145 Escribía el obispo de Vic en 1615: «Sepa vuestra merced que la gente de este principado culpa mucho a todos los obispos porque no se juntan a representar todos estos males y pedir remedio, y dicen que envíe S. M. gente y los conquiste, que todos se le darán para que siente la justicia como en Castilla y les quite sus malos usos y costumbres que la impiden», TORRES, Nyerros i cadells: 107.

146 Sea como fuere, no es la finalidad de este texto profundizar en este aspecto, y por ello remitimos al referido libro de ELLIOTT, La rebelión de los catalanes.

147 ELLIOTT, La rebelión de los catalanes: 106-116.

148 ELLIOTT, La rebelión de los catalanes: 117-118.

149 AGS, GyM, leg. 874, s. f., Carlos de Alzate a la Junta de Galeras, Barcelona, 3 de abril de 1621.

150 DGC, vol. 4: 450-451, Barcelona, 24 de marzo de 1621.

151 También se incluían las armas de la Corona de Aragón en otras partes de la obra. DGC, vol. 4: 471-472, Barcelona, 28 de abril de 1621.

152 DGC, vol. 4.

153 «Aunque ni con la prisa que yo quisiera se ha fabricado un buen pedazo en las atarazanas por cuenta de los diputados después que estoy en este Principado habiendo gran cantidad de años que no se había puesto piedra en ellas y ahora con la carta de S. M. haremos que se apresure más.» AGS, GyM, leg. 887, s. f., El duque de Alcalá al rey, Barcelona, 1 de enero de 1622.

154 AGS, GyM, leg. 874, s. f., El veedor Manuel de Orriola al rey, Barcelona, 6 de noviembre de 1621.

155 AGS, GyM, leg. 874, s. f., El duque de Alcalá a SM., Barcelona, 20 de noviembre de 1621.

156 ELLIOTT, La rebelión de los catalanes: 136-137.

157 «V. M. fue servido de mandarme dar seis galeras cuando le vine a servir a este Principado y ahora que acabo el trienio y habré de salir de aquí en todo julio suplico a V. M. se sirva de hacerme la misma merced para que me vuelva. Y de mandar haciéndomela que se despache alguna cedula en que V. M. mande que vayan a mi orden las galeras hasta dejarme en Sevilla (…) y esto se hace en las flotas y armadas de galeones en que van y vuelven los que han servido de virreyes en las Indias y en toda parte es necesario para que se conserve la reputación de los que han servido a V. M.» AGS, GyM, leg. 887, s. f., El duque de Alcalá al rey, Banyoles, 13 de marzo de 1622.

158 AGS, GyM, leg. 887, s. f., El duque de Alcalá al rey, Tarragona, 8 de septiembre de 1622.

159 AGS, GyM, leg. 887, s. f., Carlos de Alzate, Martín Juan de Calvo, Miguel de Santisteban y Argain y Matías de Murillo a SM., Barcelona, 10 de septiembre de 1622.

160 AGS, GyM, leg. 887, s. f., Carlos de Alzate, Martín Juan de Calvo, Miguel de Santisteban y Argain y Matías de Murillo a SM., Barcelona, 16 de septiembre de 1622.

161 AGS, GyM, leg. 887, s. f., Carlos de Alzate, Martín Juan de Calvo, Miguel de Santisteban y Argain y Matías de Murillo a SM., Barcelona, 10 de septiembre de 1622.

162 ELLIOTT, La rebelión de los catalanes: 113-114.

163 DGC, vol. 5: 17, Barcelona, 7 de noviembre de 1623.

164 DGC, vol. 5: 187, Barcelona, 3 de abril de 1627.

165 DGC, vol. 5: 301, Barcelona, 10 de diciembre de 1629.

166 ACA, CA, leg. 276, f. 13, El Consejo de Aragón a SM. [1626-1627].

167 ACA, CA, leg. 276, f. 13, Bando del virrey, obispo de Solsona, Barcelona, 26 de octubre de 1627.

168 Los diputados también consideraron que el pregón atentaba contra las constituciones, en tanto que el obispo de Solsona lo había emitido como capitán general y no como lugarteniente. Sobre ello el propio virrey aclara que:

Antiguamente los cargos de capitán general y del virrey y lugarteniente de este Principado y condados estaban en personas distintas, y el capitán general residía en Perpiñán y tenía a cargo las cosas de la guerra y de toda aquella frontera, y el virrey y lugarteniente residía en Barcelona, y tenía el gobierno universal y administración de la justicia de todo el Principado y condados, sin reconocer ni dar mejoría o superioridad el uno al otro.

Esto fue causa de infinitos encuentros y disensiones entre los capitanes generales y lugartenientes o virreyes sobre el ejercicio de sus jurisdicciones, y lo padecían los súbditos de unos y otros con grande escándalo, turbando el buen gobierno y recta administración de la justicia, en tanto que para soldar esto obligó al invictísimo emperador Carlos Quinto en unir estos dos cargos en una persona, y fue la primera la del Marques de Aguilar en el año 1543, a quien dio privilegio de virrey y lugarteniente y privilegio de capitán general, despachados entrambos por el Consejo de Aragón y fue una resolución muy prudente, con que cesaron los encuentros y no se faltó al servicio de S. M. y se pudo gobernar con paz.

AGS, GyM, leg. 953, s. f., Relación para la conservación de los bosques de Cataluña en beneficio de la fábrica de galeras, el obispo de Solsona, Barcelona, 4 de septiembre de 1627.

169 DACB, vol. 10: 267, Barcelona, 22 de mayo de 1628.

170 DACB, vol. 10: 268-269, Barcelona, 22 de mayo de 1628.

171 DACB, vol. 10, Barcelona, 22 de mayo de 1628.

172 DACB, vol. 10: 272, Barcelona, 22 de mayo de 1628.

173 DACB, vol. 10: 275, Barcelona, 22 de mayo de 1628.

174 AGS, GyM, leg. 1.088, s.f., Bernardino de Marimón al secretario Pedro Coloma, Barcelona, 23 de julio de 1633.

175 AGS, GyM, leg. 1.074, s. f., Juan Lorenzo de Villanueva a SM., Madrid, 1 de agosto de 1633. ACA, CA, leg. 276, f. 14, El Consejo de Aragón al cardenal-infante, Madrid, 1 de agosto de 1633.

176 DGC, vol. 5: 1.656, El rey a los diputados de Cataluña, Madrid, 1 de agosto de 1633.

177 DGC, vol. 5: 1.656, El rey a los diputados de Cataluña, 505-506, Barcelona, 13 de agosto de 1633.

178 ACA, Gen., serie C, n.º 6332, Bernardino de Marimón al conde de Santa Coloma, Barcelona, 5 de agosto de 1639.

179 Jordi NADAL y Emili GIRALT, Immigració i redreç demogràficels francesos a la Catalunya dels segles XVI i XVII, EUMO, Vic, 2000.

180 AGS, GyM, leg. 1.206, s. f., El duque de Cardona al rey, Barcelona, 28 de junio de 1637.

181 AGS, EST, leg. 2.662, s.f., El rey al conde de Santa Coloma, Madrid, 13 de noviembre de 1638.

182 AGS, EST, leg. 2.662, s. f., Bernardino de Marimón al rey, Barcelona, 20 de noviembre de 1638.

183 ACA, Gen., serie C, n.º 5.698, Bernardino de Marimón a Jerónimo de Villanueva, Barcelona, 9 de julio de 1639.

184 AGS, EST, leg. 3.857, f. 18, Bernardino de Marimón a Jerónimo de Villanueva, Barcelona, 25 de febrero de 1640.

185 AGS, EST, leg. 3.857, f. 30, Bernardino de Marimón a Jerónimo de Villanueva, Barcelona, 14 de abril de 1640.

186 ELLIOTT, La rebelión de los catalanes: 372-381.

187 Miquel PARETS, Crònica, en M. R. Margalef (ed.) y otros (Barcelona: Barcino, 2011), lib. 1, 361.

188 ACA, CA, leg. 287, f 40, El conde de Santa Coloma al rey, Barcelona, 2 de junio de 1640.

189 ELLIOTT, La rebelión de los catalanes: 395-397.

190 DGC, vol. 5: 1040, Barcelona, 9 de junio de 1640.

191 AHCB, Deliberaciones de Guerra, I.B-III/2, f. 10, Barcelona, 12 de junio de 1640.

192 ACA, CA, leg. 292, exp. n.º 13, Memorial del Consejo de Aragón, 29 de marzo de 1643.

193 DGC, vol. 6: 84-86, Barcelona, 12 de septiembre de 1645.

194 AHCB, Armades i port, Inventari de les coses tretes de la Drassana. En cuanto al material de guerra, entre otras cosas, encontraron gran cantidad de barriles de pólvora que se enumeraron, pesaron y registraron. En una sala cercana al portal de Sant Pau encontraron doscientos espadines en muy mal estado y diverso material de caballería, como eran riendas, frenos y cabalgaduras. También había material para los zapadores, como los 400 capazos, 100 picos y 100 palas que había en una de las instancias o las 1.500 palas halladas en otra. En cuanto a la artillería, entre el abundante material encontrado por los oficiales de la Ciudad destacan, únicamente como ejemplo: dos falconetes de bronce, de 14 quintales de peso cada una, con su cureña incluida; ocho piezas de cañón de hierro colado (dos de 10 quintales, una de 21 quintales, dos de 26 quintales y otras tres de 30 quintales). En el patio de las atarazanas había 5 medios cañones de bronce, de 50 quintales, cada uno, con sus cureñas y ruedas de hierro, y tres cuartos de cañón, dos de 22 quintales y el restante de 23. Además, se encontraron varios centenares de balas de hierro de diversos pesos, desde las 3 libras hasta las 17 y otros varios quintales de balas para mosquete y arcabuz.

195 AHCB, Armades i port.

196 AHCB, Deliberaciones de Guerra, 1.B-III/2, Barcelona, 16 de septiembre de 1640.

197 AHCB, Deliberaciones de Guerra, 18 de septiembre de 1640.

198 AHCB, Armades i port, C. VII-23, Memorial dels gastos que Monsieur Maturin Grotin majordom de Sa Exa. ha fets per la faluca que es estada enviada per servei de la ciutat i los enemics la cremaren, Barcelona [¿1640-1641?].

199 Francesc CARRERAS Y CANDÍ, Les Dreçanes Barcelonines (Barcelona: Editorial Tàber, 1928: 26.

200 AHCB, Armades i ports, 1C. VII-24, ff. 1-10.

201 DGC, vol. 6: 79 y 80, Barcelona, 27 y 30 de junio de 1645.

202 AHCB, Deliberaciones de Guerra, 1.B-III/2, Barcelona, s. f.

203 Xavier TORRES, La Guerra dels Segadors (Lérida y Vic: Pagès Editors y Eumo, 2006): 263.

204 Fernando SÁNCHEZ MARCOS, Cataluña y el Gobierno central tras la Guerra de los Segadores, 1652-1679: el papel de don Juan de Austria en las relaciones entre Cataluña y el Gobierno central, 1652-1679 (Barcelona: Universitat de Barcelona, 1983).

205 ACA, CA, leg. 312, n.º 33, El Consejo de Aragón al rey [Madrid] 30 de octubre de 1658.

206 ACA, CA, leg. 316, n.º 7/10, El Consejo de Ciento al rey, Barcelona, 30 de junio de 1661.

207 ACA, CA, leg. 216, n.º 3, El Consejo de Aragón al rey, Madrid, 9 de septiembre de 1661.

208 ACA, CA, leg. 316, n.º 74/3, El Consejo de Aragón al rey, Madrid, 19 de julio de 1661.

209 ACA, CA, leg. 316, n.º 7/3, El marqués de Mortara al Consejo de Ciento, Barcelona, agosto de 1661.

210 ACA, CA, leg. 316, n.º 7/2, El Consejo de Ciento al marqués de Mortara, Barcelona, 25 de agosto de 1661.

211 «La Ciudad señor postrada a los reales pies de V. M. con el debido obsequio y rendimiento, representa el desconsuelo que a todos generalmente han ocasionado aquellas palabras de “cuartel seguro y cerrado”, que parece miren en algo a que los otros vasallos de V. M. y naciones del mundo lleguen a dudar que la Ciudad enteramente no tiene borradas las memorias de los accidentes pasados y se duda en la confianza, razones señor que con el mayor sentimiento que puede, lo significa y representa a V. M., y espera que V. M. como padre y señor, mandará que las dichas palabras no miren en cosa que pueda poner en duda la gracia que mereció de [dar] V. M. en el año de 1652.» ACA, CA, leg. 316, n.º 3, La Ciudad de Barcelona al rey, Barcelona, 1661.

212 ACA, CA, leg. 316, n.º 7/4, El marqués de Mortara al Consejo de Ciento, Barcelona, 27 de agosto de 1661.

213 ACA, CA, leg. 316, n.º 74/3, El Consejo de Aragón a SM., Madrid, 19 de julio de 1661.

214 ACA, CA, leg. 316, n.º 3/5, El marqués de Mortara al rey, Barcelona, 24 de septiembre de 1661.

215 ACA, CA, leg. 316, n.º 3, El Consejo de Aragón al rey, Madrid, 23 de octubre de 1661.

216 ACA, CA, leg. 220, n.º 6, El Consejo de Aragón al rey, Madrid, 23 de junio de 1662.

217 AGS, GyM, leg. 3.444, s.f., La Junta de Galeras al rey, [Madrid] 9 de febrero de 1661.

218 AGS, GyM, leg. 3.444, s. f., La Junta de Galeras al rey, Madrid, 3 de abril de 1661.

219 AGS, EST, leg. 3.286, f. 179, El Consejo de Guerra al rey, Madrid, 16 de julio de 1663.

220 AGS, GyM, leg. 3.352, s. f., Minuta de Jerónimo Verde, Cartagena, 25 de julio de 1664.

221 AGS, GyM, leg. 3.352, s. f., El rey al marqués de Santa Cruz y de Bayona, Madrid, 31 de agosto de 1664.

222 Antonio ESPINO LÓPEZ, Las guerras de Cataluña. El teatro de Marte, 1652-1714 (Madrid: Edaf, 2014): 79.

223 ACA, CA, leg. 204, n.º 1/68, El Consejo de Aragón a la reina regente, Madrid, 2 de enero de 1673.

224 DGC, vol. 7: 561 y 568, Barcelona, 22 y 28 de febrero de 1673.

225 ACA, CA, leg. 204, n.º 1/73, El duque de Sessa a la reina regente, Barcelona, 15 de abril de 1673. DGC, vol. 7: 616-641, Barcelona, el 20 de septiembre de 1673.

226 ACA, CA, leg. 204, n.º 1/71, La Junta de Galeras a la reina regente, Barcelona, 14 de marzo de 1673.

227 ACA, CA, leg. 328, s. f., El Consejo de Aragón a la reina regente, Madrid, 23 de agosto de 1673.

228 ACA, CA, leg. 204, n.º 1/94, El Consejo de Aragón a la reina regente, Madrid, 21 de agosto de 1673.

229 Vicente MONTOJO MONTOJO y Federico MAESTRE DE SAN JUAN PELEGRÍN, «Actividad de las galeras de España con base en Cartagena en el reinado de Carlos II», en Revista de Historia Naval, 142 (2018): 35-57.

230 AGS, GyM, leg. 3.658, s. f., La Junta de Galeras al rey, Madrid, 5 de octubre de 1680.

231 AGS, GyM, leg. 3.658, s. f., La Junta de Galeras al rey, Madrid, 30 de octubre de 1680.

232 Entre otras cosas, en 1680, se arregló la puerta del baluarte. Los encargados de realizar la obra fueron el maestro albañil Jacinto Carol y el maestro carpintero Joseph Serra, ambos vecinos de Barcelona; en 1687, el superintendente Marimón encargó la reparación de los tejados del edificio «por la parte que mira a la calle por donde se sale a la puerta llamada de San Bertrán» al maestro albañil Jaime Arman Díaz, vecino de Barcelona. AGS, CMC, 3EP, leg. 3.121, Cuentas del pagador del ejército de Cataluña, don Juan de Gachapay y Vera.

233 «Hallándose el buque de la galera patrona que se está fabricando en la atarazana de esta ciudad descubierto por la popa, y por esta razón expuesto a recibir considerables daños con los accidentes del tiempo, no excuso prevenirlo a vuestra señoría, para que disponga que con toda brevedad se hagan los reparos que en dicha atarazana tocan a vuestra señoría. Y en particular que, desde luego, se cubra el arco donde está dicha galera patrona, según me lo prometo del celo con que vuestra señoría atiende a cuanto es del mayor servicio de S. M., mayormente para evitar los inconvenientes que de lo contrario pueden resultar.» DGC, vol. 8: 1408, El duque Bournonville a los diputados, Barcelona, 4 de febrero, 1681.

234 DGC, vol. 8: 487-488, Barcelona, 31 de mayo de 1681.

235 DGC, vol. 8: 487-488, Barcelona, 31 de mayo de 1681.

236 Entre las que destacaban: que los mercaderes creados por privilegio no pudieran ser admitidos en la Lonja; que durante quince años no se dieran privilegios de mercader, a excepción de aquellos que ofrecieran una cantidad de cien doblones; que los que recibieran privilegio de mercader o sus hijos y descendientes no pudieran ser insaculados en las bolsas de concelleres, ni Consejo de Ciento durante veinte años, así como, tampoco pudieran concurrir en ayuntamiento, ni otros oficios y puestos de la magistratura de la ciudad.

237 ACA, CA, leg. 333, s. f., El duque de Bournonville al rey, Barcelona, 28 de febrero de 1682.

238 BC, Col·lecció Bonsoms-Chacón, n.º 5485.

239 ACA, CA, leg. 333, s. f., Bautista Pastor y Josep Rull al rey, Madrid, 3 de octubre de 1683.

240 ACA, CA, leg. 333, s. f., El Consejo de Aragón al rey, Madrid, 5 de diciembre de 1682.

241 ACA, CA, leg. 333, s. f., El duque de Buornonville al secretario Francisco Izquierdo de Berbegal, Barcelona, 11 de septiembre de 1683.

242 Antonio ESPINO LÓPEZ, Catalunya durante el reinado de Carlos II. Política y guerra en la frontera catalana, 1679-1697 (Bellaterra: Universitat Autònoma de Barcelona, 1999): 125.

243 ESPINO LÓPEZ, Catalunya durante el reinado: 133.

244 AMNM, Llibre ahont se copiaran las cartas que se reban tocant a fàbrica de galeres, f. 85, José de Marimón al virrey, Barcelona, 15 de agosto de 1693.

245 AMNM, Llibre ahont se copiaran, f. 101, José de Marimón al virrey, Barcelona, 30 de octubre de 1694.

246 AMNM, Llibre ahont se copiaran, f. 24, José de Marimón a García de Bustamante, Barcelona, 22 de agosto de 1693.

247 AMNM, Llibre ahont se copiaran, f. 41, José de Marimón, Barcelona, 4 de agosto de 1696.

248 Joaquim ALBAREDA SALVADÓ, Els catalans i Felip V. De la conspiració a la revolta (1700-1705) (Barcelona: Fundació La Caixa, 1993).

249 Joaquim ALBAREDA SALVADÓ, La Guerra de Sucesión de España (1700-1714) (Barcelona: Crítica, 2010).

250 AHPB, Francesc Cervera, 883/27, f. 40, Barcelona, 18 de febrero de 1705.

251 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f. Estimación de las obras propuestas para las Reales Atarazanas, según los planos y perfiles adjuntos, Barcelona, 24 de agosto de 1715.

252 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f. El marqués de Castel Rodrigo al marqués de Grimaldo, Barcelona, 14 de septiembre de 1715.

253 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f. El marqués de Castel Rodrigo al marqués de Grimaldo, Barcelona, 22 de septiembre de 1715.

254 «Habiéndose puesto en la consideración de S. M. lo que se me ofrecía sobre la formación de la fábrica de galeras en las atarazanas, ha sido servido resolver que se restablezca.» AMNM, caja 751, doc. 1, Juan Antonio Gil de Taboada a José de Marimón, Madrid, 8 de junio de 1715.

255 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., Nicolás de Hinojosa al marqués de Grimaldo, Barcelona, 19 de octubre de 1715.

256 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., Nicolás de Hinojosa al marqués de Grimaldo, Barcelona, 19 de octubre de 1715.

257 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., El marqués de Castel Rodrigo al marqués de Grimaldo, Barcelona, 27 de octubre de 1715.

258 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., Nicolás de Hinojosa al marqués de Grimaldo, Barcelona, 20 de noviembre de 1715.

259 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., Jorge Próspero Verboom a Miguel Fernández Durán, Barcelona, 26 de octubre de 1715.

260 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., El marqués de Bedmar al marqués de Grimaldo, Madrid, 31 de octubre de 1715.

261 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., El marqués de Grimaldo al marqués de Castel Rodrigo, a Jorge Próspero Verboom y a Nicolás de Hinojosa, Madrid, 9 de noviembre de 1715.

262 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., El marqués de Castel Rodrigo al marqués de Grimaldo, Barcelona, 16 de noviembre de 1715.

263 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., Nicolás de Hinojosa a Miguel Hernández Durán, Barcelona, 18 de diciembre de 1715.

264 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., El marqués de Bedmar a Miguel Fernández Durán, Madrid, 28 de enero de 1716. Jorge Próspero Verboom a Miguel Fernández Durán, Barcelona, 15 de febrero de 1716.

265 A quienes se les prohibió incurrir en ningún otro asiento hasta completar los asignados. AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., El marqués de Bedmar a Jorge Próspero de Verboom, Madrid, 28 de febrero de 1716.

266 AHN, DyC, leg. 418, N. 8, s. f., El marqués de Bedmar a Miguel Fernández Durán, Madrid, 26 de febrero de 1716.

267 «Que sin dilación hagan desembarazar los arcos de las atarazanas de los pertrechos con que están ocupados haciendo este gasto de cuenta de la real hacienda para que con ningún pretexto ni motivo se retarde la construcción de estos buques por lo que interesa al real servicio en su breve conclusión», AMNM, caja 871, doc. 10, Alejandro de Retz a Juan Antonio de Marimón, Madrid, 17 de enero de 1723.

268 AMNM, caja 871, doc. 10, El marqués de Risbourg [¿al conde de Montemar?] Barcelona, 17 de junio de 1725.

269 AMNM, caja 871, doc. 33, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 26 de agosto de 1724.

270 AMNM, caja 871, doc. 24, El inquisidor general a Juan Antonio de Marimón, Madrid, 24 de marzo de 1725.

271 «La mitad de las Atarazanas de Barcelona la ocupaban diferentes pertrechos de artillería y la otra mitad la fábrica de galeras, con tres arcos más de la Capitana. Y por esta razón, no se podía proseguir la obra que S. M. tiene mandado se haga para el ensanche de los arcos, se daba orden al comandante de esa artillería para que todos los referidos pertrechos que ocupaban los arcos de la fábrica de galeras se pasasen a los tres arcos de la fábrica de Capitana, y que dejase vacío todo el demás terreno que ocupa de las atarazanas para la fábrica de galeras, exceptuando la sala de armas, y almacén de vestuario.» AMNM, caja 871, doc. 10, El marqués de Castelar al conde de Montemar, Madrid, 23 de marzo de 1725.

272 AMNM, caja 871, doc. 33, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 26 de agosto de 1724.

273 AMNM, caja 871, doc. 24, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 7 de abril de 1725.

274 AMNM, caja 871, doc. 27, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 12 de mayo de 1725.

275 AMNM, caja 871, doc. 26, [Marqués de Risbourg] a Juan Antonio de Marimón, Barcelona, 8 de mayo de 1725.

276 AMNM, caja 871, doc. 30, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 23 de junio de 1725.

277 AMNM, caja 871, doc. 31, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 21 de julio de 1725.

278 AMNM, caja 871, doc. 36, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 12 de noviembre de 1726.

279 AMNM, caja 871, doc. 37, Relación de Alejandro de Retz, Barcelona, 15 de noviembre de 1726.

280 AMNM, caja 871, doc. 67, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 26 de abril de 1732.

281 AMNM, caja 871, doc. 67, El inquisidor general a Juan Antonio de Marimón, Madrid, 30 de agosto de 1732.

282 AMNM, caja 871, doc. 68, Juan Antonio de Marimón al inquisidor general, Barcelona, 22 de noviembre de 1732.

283 AMNM, caja 871, doc. 87, Antonio Sartine a Juan Antonio de Marimón, Barcelona, 8 de septiembre de 1736.

284 AMNM, caja 871, doc. 98, Andrés Fernández Carrega, auto 1.º, Cartagena, 7 de enero de 1738.

285 AMNM, caja 871, doc. 105, El conde de la Revilla, Barcelona, 13 de mayo de 1741.

286 AMNM, caja 871, doc. 102, El marqués de la Ensenada al conde de la Revilla, San Lorenzo de El Escorial, 10 de noviembre de 1743.

287 AMNM, caja 871, doc. 113, El conde de la Revilla al cardenal de Molina, Barcelona, 30 de noviembre de 1743.

288 AMNM, caja 871, doc. 119, El conde de la Revilla al cardenal de Molina, Barcelona, 23 de mayo de 1744.

289 AMNM, caja 871, doc. 120, El marqués de la Ensenada al cardenal de Molina. San Ildefonso, 27 de julio de 1744.

290 AMNM, caja 871, doc. 120, El marqués de la Ensenada.

291 AMNM, ms. 1.205, doc. 8, Reglamento de Galeras. Cédula del marqués de la Ensenada, San Lorenzo del El Escorial, 11 de noviembre de 1745.

292 M.ª Teresa PÉREZ-CRESPO MUÑOZ, El arsenal de Cartagena en el siglo XVIII (Madrid: Editorial Naval, 1992).

293 AMNM, caja 871, doc. 144, Juan Bautista Silly al conde de la Revilla, Barcelona, 21 de julio de 1746.

294 AMNM, caja 871, doc. 145, Juan Bautista Silly al marqués de Cerdañola, Barcelona, 2 de septiembre de 1747.

295 Sobre las atarazanas y su historia entre los XVIIIXX, resulta obligatoria la referencia a la obra de Francisco SEGOVIA BARRIENTOS, Las Reials Drassanes de Barcelona entre 1700 y 1936. Astillero, cuartel, parque y maestranza de artillería, Real Fundición de bronce y fuerte (Barcelona: Museu Marítim de Barcelona y Angle, 2008).

296 AMNM, ms. 1.205, doc. 8, Reglamento de Galeras. Cédula del marqués de la Ensenada.

 

Las gentes de las atarazanas

DOI: https://doi.org/10.51829/978-84-121242-3-1

Las Reales Atarazanas de Barcelona, como ya hemos visto, en origen habían sido concebidas como una infraestructura exclusivamente al servicio del monarca, pero que, debido a las necesidades de la Corona siglos atrás, pasaron a albergar también al Consejo de Ciento y a la Diputación del General. Durante el período que estudiamos, a pesar de que seguían contando con talleres de su propiedad —las llamadas botigues—, el peso de ambas instituciones en la fábrica era puramente anecdótico comparado con el importante papel que tuvieron en los siglos XIVXV.1 Es por ello que podemos decir que hay una especie de retorno al punto inicial, donde el rey parece tener el dominio en solitario de la institución, pero con la ventaja añadida de que, a pesar de la preminencia real, ambas instituciones contribuyeron económicamente tanto en la reforma del edificio como en la construcción de su baluarte y elementos defensivos.

La Monarquía era consciente del importantísimo papel que jugaban no solamente estas infraestructuras, sino todos los lugares donde existían los recursos humanos, materiales, económicos e intelectuales, así como la tradición para la construcción, el mantenimiento y apreste de las flotas, pues teniendo el rey sus posesiones dispersas y separadas por mares y océanos, y estando a su vez rodeado de potencias rivales y enemigas, las atarazanas y arsenales resultaban imprescindibles para la supervivencia de la Monarquía. Es por ello que el rey, ya en tiempos de Fernando el Católico, fue imponiendo cada vez más su voluntad en este ámbito. Mientras que en la zona atlántica fue la iniciativa privada —con el beneplácito de la Corona— quien se encargó de la construcción naval, debido a que en esa zona, durante gran parte del siglo XVI, dicho esfuerzo se destinó al comercio y a la pesca que no a las acciones bélicas; en el Mediterráneo fue la Corona quién financió, construyó y mantuvo una serie de flotas permanentes destinadas mayor, aunque no exclusivamente, a las operaciones militares.

La Corona fue quien se encargó de dirigir, administrar y financiar esta empresa marítima, y los territorios y los vasallos del rey lo agradecían, pues el peligro en las costas era constante y el miedo que tenía la población y las autoridades locales a ser víctima, ya no de un ataque otomano, sino de una pequeña razzia corsaria o pirata, no solamente era real, sino constante. Sirvan los siguientes pocos ejemplos para ilustrar la situación. Así el 13 de junio de 1527:

En la matinada arribaren disset fustes de moros (…) davant Badalona, a on mataren quatre homes i s’emportaren passades vint-i-cinc ànimes. I el senyor virrei amb molta gent (…) anaren fins a Besòs, emperò los moros ja eren tornats i embarcats en les galeres i fustes i, essent dins aquelles, tiraren molts tirs d’artilleria (…) i passaren totes disset davant Barcelona sense contradicció alguna.2

O en 1553:

Habemos visto estos días quemar los turcos a las villas de Palamós y Pineda y Malgrat y otras. Y están hoy en día muchas ánimas en poder de los enemigos de nuestra fe.3

O el 25 de junio de 1564:

Aquest dia a la matinada vingueren setze galiotes de moros i desembarcaren al cap de Besòs i corregueren fins a Sant Adrià i algunes cases de Badalona i cremaren part de la d’en Alzina de Badalona i part de la casa de mossèn Setantí (…) i s’emportaren tres-cents cinquanta-cinc moltons dels corrals dels carnissers de la ciutat i no capturaren sinó una dona i dos minyons i mataren alguns mossos, i aprés es partiren del cap de Besòs i passaren al cap de Llobregat i estigueren allí fins a la vesprada.4

O el 27 de junio de 1595, cuando los municipios de Reus, Vilaseca, Masricart y La Canonja pedían ayuda a los diputados del General:

Fa molts anys que [estas universidades] pateixen grans vexacions i danys dels moros, turcs i corsaris (…), així en la mar com en la terra, i ens roben i captiven d’ordinari i fan altres danys enormes (…) i així està avui la major part d’aquella terra erma o mal cultivada.5

La guerra en el Mediterráneo fue una empresa conjunta de los diferentes territorios del rey y sus aliados, y que no solo intentaba dar respuesta al problema expuesto, sino que, en gran medida, los territorios y las gentes involucradas se vieron beneficiados por el dinamismo económico que toda ella generó. De entre todas esas gentes, quienes a nosotros más nos interesan fueron los que trabajaron en las Atarazanas Reales de Barcelona implicados en la construcción de las galeras que, como nunca antes, llenaron el otrora conocido como Mare Nostrum.

Cómo los prisioneros cristianos se venden como esclavos en el mercado de Argel

Cómo los prisioneros cristianos se venden como esclavos en el mercado de Argel. Gravado del neerlandés Jan Luyken, 1684. (Rijksmuseum Ámsterdam).

 

La supervisión de las Atarazanas Reales de Barcelona: el superintendente

El rey asignó el gobierno de las diferentes atarazanas y arsenales al Consejo de Guerra.6 En el caso de Cataluña —así como en Nápoles y Sicilia—, el virrey hacía de supervisor de las atarazanas reales y quedaba a cargo del dinero destinado para la fábrica. Es por ello que el virrey podía ordenar prestaciones personales y, en caso necesario, la requisa de los materiales necesitados para la construcción de las galeras, lo cual generaba siempre malestar entre la población y el choque con las autoridades: «que más estruendo han hecho esta fábrica de estas galeras por todas estas tierras y fronteras de lo que V. M. puede pensar».7 Otro ejemplo de esto, lo encontramos cuando García de Toledo prohibió —por la necesidad que había de hierro para las galeras—, que los herreros del reino de Nápoles sacasen el hierro que habían comprado en Cataluña, destinado, a su vez, a la construcción naval en la que Nápoles también estaba inmersa, provocando las protestas de su virrey, lo que ocasionó la intervención del rey, quien accedió a la petición napolitana.8

Por otro lado, quien tenía autoridad —al menos en España e Italia—, sobre todos los virreyes, gobernadores «y cualquier otros oficiales y súbditos nuestros mayores o menores», tanto por escrito como de palabra, como si fuera el rey mismo quien lo mandará, era el capitán general de la Mar.9 Este tenía, además, función inspectora sobre todas las atarazanas habidas y por haber, cuyas funciones quedan claramente precisadas en las instrucciones dadas a Juan de Austria para el desempeño de dicho cargo.10

Dentro de las atarazanas de Barcelona, aunque la jerarquía la encontramos bien definida, resultan confusas las diferentes denominaciones que para el mismo cargo existieron, especialmente durante la primera mitad del XVI. Así pues, en la cúspide de los oficiales reales se encontraba el otrora llamado «conservador de las atarazanas» y, que en adelante, se le conocería por el título de «superintendente de las atarazanas». Al superintendente a veces se le hacía referencia como «comisario general y proveedor de la fábrica de galeras», y en otras ocasiones resultaba ser dos cargos distintos, aunque la preeminencia está en el superintendente, con jurisdicción en todas las atarazanas del principado y todas las cosas anejas a ellas. En cuanto a los oficiales de la atarazana, destacan: el comisario general, encargado de la logística y el estado de la fábrica y sus alrededores; el veedor y el contador, quienes llevaban la cuenta y razón tanto general como particular de todo lo que se despachaba. En muchas ocasiones, no eran cargos específicos para la fábrica de galeras, sino que su jurisdicción abarcaba todo el principado y los condados, y podían ser capitalizados por un mismo individuo. También estaba el mayordomo de las atarazanas, en catalán llamado drassaner, que tenía el control de todos los materiales, bastimentos, municiones y pertrechos de la fábrica, el cual estaba ayudado por un sobrestante mayor. Había varios escribanos, que formaban parte de la administración de la institución. También estaba el portalero, que custodiaba las llaves de las atarazanas y que, entre otras cosas, «da cuenta de lo que entra y sale de noche y no haya robos».11 Además de otros muchos entretenidos, criados y otros oficiales reales o mandos militares habidos en el principado o que el rey pudiese enviar. Asimismo, también participaban indirectamente en su gobierno las autoridades locales, como corregidores, diputados, bailes —batlles—, veguers, etc. La regulación de las funciones de todos estos oficiales, no estaba contemplada en las leyes catalanas y, por tanto, los encontronazos y los incidentes, tocantes a jurisdicción, legalidad o jerarquía, fueron constantes y numerosos.12

Como ya hemos mencionado, por encima de estos oficiales se encontraba el virrey de Cataluña, aunque no era por ostentar ese título, sino más bien por las competencias que tenía como capitán general del principado. Durante el reinado de Carlos V, los virreyes que más se involucraron en la construcción naval fueron el obispo de Sigüenza y más tarde arzobispo de Zaragoza, Fadrique de Portugal (1525-1539), y su sucesor el marqués de Lombay, el más tarde conocido como San Francisco de Borja (1539-1543), pues fue durante sus virreinatos cuando se gestaron las dos grandes empresas que, dirigidas por el propio emperador e imbuidas con aire de cruzada, se lanzaron contra el norte de África, la de Túnez en 1535 y la de Argel en 1541.

Los sucesivos virreyes de Cataluña tuvieron que asumir como una de sus tareas principales la gestión de la fábrica de las galeras. En esta tarea solía ayudar al virrey el gobernador de Cataluña, cargo que durante todo el siglo XVI estuvo en manos de una rama menor de la familia Cardona. El que jugó un papel más importante relacionado con las galeras, fue el segundo de los Cardona en ocupar el cargo de gobernador, Pedro de Cardona y Requesens, quien desde aproximadamente 1545 hasta su fallecimiento en 1593 jugaría un papel muy importante tanto en la fábrica de galeras —pues ocupó el cargo de superintendente en varias ocasiones— como en la vida política del principado.13 A su vez, los capitanes de las escuadras de galeras tenían también autoridad dentro de los quehaceres de la fábrica, aunque este hecho era más debido a su experiencia en asuntos de la mar y porque, en última instancia, eran ellos quienes iban a emplearlas, que no al cargo que ostentaban.

Esta multitud de cargos, oficiales y ministros no solo del rey, sino también de la ciudad y del principado, con funciones superpuestas o con los límites poco definidos, hacía que surgiesen conflictos bastante a menudo. Especialmente problemáticos eran los que implicaban a los oficiales del rey contra los del territorio. Así escribía el prior Hernando de Toledo (1571-1580) en 1574, a raíz del conflicto que se originó cuando el comendador Gil de Andrade, capitán de galeras del rey, vino a Palamós para abastecerse de provisiones y dinero, estando vigente la prohibición de sacar —sin licencia del rey— dinero de esos reinos:

Se ha alterado esta tierra pareciéndoles les toman su dinero sin conocimiento de causa, lo cual y sacarlos de Cataluña es contra fuero y constituciones del reino. Visto esto y que ninguna otra cosa los aquietará que saber que el dinero está en Génova a mi requisión (…), hecho lo cual los oiré yo de justicia. No obstante que pretendo que V. M. la tiene y se condenará o librará el dinero conforme a ella.14

Episodios de este tipo se tornarán muy comunes, no solo por temas relacionados con las atarazanas o las galeras, sino a medida que se intensifique la política real en Cataluña.15

Mientras que el virrey, como encarnación del monarca, era quien gobernaba tanto en el territorio como en el astillero, quien dirigía y supervisaba el día a día de la fábrica y sus gentes era el superintendente. Es por ello que resulta muy informativo conocer los asuntos de la fábrica a través de sus testimonios y vivencias. Exceptuando al aparato contable y administrativo, los superintendentes son los que más documentación han generado, pues se comunicaban constantemente con la corte y con los capitanes de galeras, informando acerca de lo que sucedía, las problemáticas existentes y las necesidades que había.

Para el siglo XVI, del primero que tenemos noticias que sirvió de superintendente de las atarazanas fue Bartolomé Ferrer, que asumió la responsabilidad desde su cargo de regente de la tesorería de Cataluña en tiempos de Fernando el Católico.16 No tenemos evidencia alguna de que llegara a ocupar el cargo de conservador o superintendente como tal, y es solo a partir del reinado de Felipe II que se nombra a alguien específicamente para ello. Hasta que la construcción de galeras no pasó a ser una actividad permanente, cada vez que el monarca mandaba construir galeras, un oficial real de confianza y conocedor del territorio asumía la responsabilidad de dirigir y controlar la empresa hasta que esta finalizase. El tesorero Bartolomé Ferrer fue quién se ocupó de las nueve galeras que el Rey Católico mandó hacer en 1502.17

Durante esta inicial época de transición, consecuencia del cambio dinástico, la nueva morfología imperial de la Monarquía y lo poco arraigada que estaba por aquel entonces la figura del virrey,18 fue la persona del regente de la tesorería quien no solamente hizo las veces de superintendente, sino quien también se encargó de manejar el dinero destinado a la fábrica de galeras. Eventualmente, será el virrey quien tendrá control de las finanzas y el dinero destinado a la construcción naval. En 1528 el emperador manda que se hagan cincuenta galeras en Barcelona, dando para ello orden a todos los territorios de la Corona de Aragón para que participasen y colaborasen en la tarea,19 quedando la gestión de estos recursos en manos de Ferrer. A su fallecimiento en 1530, la emperatriz Isabel, ejerciendo de lugarteniente general y gobernadora de España, escribía:

Amado nuestro, vimos lo que nos escribisteis, y de la muerte de Bartolomé Ferrer vuestro tío me ha desplacido mucho, porque lo teníamos por buen servidor nuestro, como lo era (…), he holgado que hayáis vos sucedido en su lugar, porque sé que habéis cuidado de las cosas de nuestro servicio, como él lo tenía cuanto toca de las nuestras galeras (…) trabajéis para que con toda la más presteza que ser pueda se acaben.20

La carta iba dirigida a Joan Ferrer Despuig, quien le sucedió en el cargo de tesorero y asumió sin título específico el mismo trabajo que hacía su tío en las atarazanas. Joan no era ajeno al mar, pues de hecho, había capitaneado una de las primeras veinte galeras —llamada Nuestra Señora de la Piedad— que de las cincuenta encargadas se habían hecho y que llevaron al emperador a Italia en el verano de 1529. El emperador nos confirma la responsabilidad de Ferrer cuando, en 1533, le manda una carta donde le pide que asista al capitán Bazán cuando vaya a proveerse a Barcelona, dice: «Joan Ferrer Despuig, regente de tesorería de este principado de Cataluña, yo os mando que, de la palazón, armas, jarcias y otras que están en las atarazanas a vuestro cargo, deis y entreguéis a Álvaro de Bazán [el Viejo], capitán general de las galeras de España».21 Despuig siguió ejerciendo como regente de la tesorería hasta su fallecimiento en 1558,22 pero no fue así con sus funciones en las atarazanas. En 1534, buscando reducir la dependencia de las galeras de Andrea Doria, la Corona decidió emprender la construcción de un gran número de galeras en Barcelona. Siendo designado para ese cometido el veneciano Juan Rena, obispo de Alguer.23

Juan Rena había entrado al servicio de los Reyes Católicos a comienzos del siglo XVI, siendo empleado como diplomático y proveedor de las armadas en la frontera Mediterránea de Andalucía con el Magreb, para luego ser enviado a Navarra durante la conquista, hasta que fue requerido por el emperador para que se encargara de la organización naval.24 Aprovechó sobremanera sus redes de contactos y sus conocimientos, labrándose con ello una gran reputación hasta ganarse la confianza del emperador, quien progresivamente le fue otorgando más competencias hasta destinarlo a Barcelona. Allí se encargaría de dirigir la construcción de las galeras y de organizar el resto de la flota destinada para Túnez contra Barabarroja. Rena era un firme partidario de limitar tanto la dependencia como la influencia de Andrea Doria, mediante la creación de una gran armada de galeras propiedad del emperador. No es de extrañar que trabajando arduamente en dicha tarea se consolidara su enemistad con el almirante genovés.25 La expedición a Túnez fue un éxito, pero la nueva guerra contra Francia hizo que el emperador, en 1536, destinara a Rena organizar la provisión del ejército que invadió Provenza, falleciendo tan solo tres años más tarde.26

A Rena lo substituyó en el cargo el barcelonés Francesc Antoni Setantí i Llorà, miembro de una importante familia de mercaderes de la ciudad. Sin embargo, ejerció el oficio nuevamente y como los anteriores, sin cargo o título específico. Setantí se encargó de la construcción de galeras en las atarazanas de Barcelona durante la guerra con Francia (1551-1559). Así, del astillero catalán salieron buques para nutrir la escuadra de España, incluidas las cuatro de la orden de Santiago, al mando del comendador Luis de Requesens. En 1555 Setantí pedía dinero para las galeras que se hacían en Barcelona: «si por miseria se dejan perder es muy mal gobierno y cargo grande mío, pues se me ha encomendado». Sin embargo, a tenor de lo escrito en una carta, Setantí necesitaba afirmar su autoridad en las atarazanas y, por eso, solicitaba que se le otorgase el título apropiado: «convendría que esto fuese de título, por la autoridad del negocio y servicio de nuestro rey (…) porque en fin yo [solo] soy conocido sino por Setantí».27 En 1555, en un extenso memorial que envió a la corte, mostraba su desacuerdo con los planes de trasladar la producción de galeras a Tortosa. Proponía, por el contrario, reformar las atarazanas de Barcelona y capitalizar toda la industria allí, en lugar de dilapidar la real hacienda en tener dos edificios que mantener con toda la duplicidad de oficios y salarios.28 Finalmente, prevaleció la opinión de Setantí, llevándose a cabo la construcción de las nuevas naves cubiertas al poco tiempo, y viéndose el provecho de ello durante el virreinato de García de Toledo, que es cuando la actividad constructiva se maximizará en Barcelona. Setantí se mantuvo en el cargo hasta 1561 o 1562, a pesar de que no sabemos si en algún momento obtuvo un nombramiento oficial de superintendente.

A inicios de la década de 1560, se hizo cargo de las atarazanas el gobernador de Cataluña, don Pedro de Cardona, que permaneció en él hasta 1565. Posiblemente, el descontento del virrey don García de Toledo con la gestión del gobernador Cardona influyó en su cese y en el nombramiento de Andrés de Biure como nuevo superintendente. Biure era un noble ampurdanés, señor de San Jorge,29 muy activo en la política del principado durante las dos décadas precedentes a su nombramiento. Además de comandar una compañía de soldados en Rosas, era lugarteniente de capitán general del Ampurdán y de la artillería del principado. La Corona confiaba en él, ya que tuvo un destacado papel en la fortificación de la frontera con Francia y, a petición suya, la Corona accedió a construir defensas en las islas Medas.30 Acerca de su persona, escribía el pagador Muñoz de Salazar que era «persona que ha servido y sirve muy bien y con gran cuidado de lo que toca la hacienda»,31 por lo tanto, pese a que esta afirmación era de unos años antes, era adecuado para ocuparse del astillero. Además, mantuvo una estrecha amistad con el ingeniero italiano Giovan Battista Calvi, responsable, entre otras muchas obras, de la construcción del baluarte de las atarazanas.32 Andrés de Biure dirigió las atarazanas entre 1565 y 1572.

En 1572 volvería otra vez a ocuparse de las cuestiones de la fábrica el gobernador don Pedro de Cardona, pero, al año siguiente, lo haría el contador aragonés Jerónimo de Heredia.33 Puede que hasta la llegada de Isunza en 1583 la fábrica estuviese desatendida o que se encargase la tarea de manera temporal, como fue el caso del contador Heredia, que se ocupó de ello únicamente en 1573. Esta etapa poco clara coincide con el recular de la actividad en el atarazanal, así como con la segunda quiebra económica de Felipe II. La ausencia de una autoridad nombrada por el rey con capacidad suficiente para dirigir el astillero había generado cierto vacío de poder y disputas entre los maestros mayores de galeras. Como ya advirtió Juan de Cardona en el informe que elaboró sobre la situación de las atarazanas después de la estancia del rey en la ciudad: «el remedio para adelante es a mi parecer (…), que haya una persona plática y de experiencia que tenga cuenta y cargo del atarazanal de Barcelona».34 Por otro lado, a esta situación ayudó la enfermedad del virrey Manrique de Lara, que se vio obligado a delegar su responsabilidad de supervisar las atarazanas en otra persona:

Una de las cosas que más pena me da de hallarme enfermo es haber veinte días que no he podido levantarme de la cama para ir a ver lo que se hace en las atarazanas, porque según lo que V. M. me escribe y lo que yo veo de la necesidad que hay de galeras en la escuadra de España no querría apartar los ojos de la fábrica, pero pues Dios es servido de que más no se puede he procurado suplirlo lo mejor que he podido rogando a un comendador de San Juan que se llama fray Ramón Fortún que es muy plático y suficiente hombre que asista en las atarazanas y haga trabajar a la gente.35

Fray Fortún será uno de los candidatos que el virrey oficialmente proponga al rey y al Consejo para el cargo de comisario de la fábrica: «persona de gran conciencia y verdad y que tiene particular inteligencia en lo de [la] fábrica de galeras, por haberse pagado por su mano en muchos años todas las de las de su Religión en Malta y fortificación (…) y ha servido (…) a V. M. muy bien». Sin embargo, el virrey Manrique advertía que, en su opinión, el mejor candidato era el capitán Antonio de Alzate, que ese mismo año de 1587 había llegado a Barcelona, procedente de Nápoles, para auditar por orden del rey la fábrica de Barcelona. Pero el Consejo consideraba que estaba «tan viejo y enfermo que (…) podría durar muy poco por ser el oficio de mucho trabajo y el de las atarazanas que ahora tiene [auditarlas] no tanto».36

El capitán Alzate era nacido en Nápoles, aunque pertenecía a un linaje navarro procedente de Fuenterrabía. Contaba con una gran experiencia en lo tocante a las galeras y con un excelente historial al servicio del rey.37 Por su impoluto expediente y por sus conocimientos relacionados con la construcción y armamento de las galeras y de las atarazanas de Nápoles, Génova y Lisboa, así como por estar capacitado para realizar tareas contables y administrativas, el rey le encomendó auditar la deficiente fábrica de Barcelona. Alzate interrogó a los trabajadores de las atarazanas sobre varios aspectos, lo que le permitió redactar y enviar a la corte dos extensos y minuciosos memoriales en los que denunciaba la situación del astillero y las malas praxis que se hacían en él, a la vez que proponía las posibles soluciones, basándose en lo que había visto en otros arsenales. En el primero de ellos, de septiembre de 1587, comenzaba admitiendo: «bien conozco que tenía necesidad de más larga experiencia de la que yo tengo de las cosas de Cataluña para tratar lo que aquí diré de la fábrica de galeras». Pero este desconocimiento no le impidió detectar múltiples carencias, como en la provisión y conducción de los materiales, el fraude que se producía por el habitual absentismo laboral de la maestranza y los altos costes de sus salarios o la ausencia de una única contabilidad que facilitara la transparencia de los gastos e ingresos de las atarazanas. En este sentido, afirmaba Alzate que la mala gestión de los recursos es de «costa tan grande, que después de la maestranza, no hay ninguna otra mayor».38 Finalmente, otro de los asuntos que denunció fue las malas artes que acostumbraban a usar los soldados y guardas de las atarazanas, como los robos, el juego o la vida licenciosa que llevaban, dejando entrar y salir a mujeres y extraños continuamente.

Gracias a los memoriales y a su actitud, Antonio de Alzate pronto se hizo con el respeto de los oficiales de las atarazanas. Así, en febrero de 1588, el propio virrey Manrique de Lara escribía a Felipe II: «aquí está Antonio de Alzate que es hombre muy suficiente y se ha hecho ya plático en la tierra y entiendo que sería muy apropósito para este oficio [el de comisario], lo cual ganaría mucho el servicio de V. M.».39 Por otro lado, el contador Pedro de Urquina también expresaba su favorable valoración de Alzate cuando pedía que se le proveyesen los cargos de comisario y superintendente de las atarazanas porque es «hombre hábil y suficiente y propio para ello por la mucha plática y experiencia que muestra tener del ministerio de fábricas de galeras y otras cosas como se ha conocido de él en el poco tiempo que asiste en el atarazanal».40 Basándose en los informes elaborados por Alzate, y siendo especialmente evaluados por Juan de Cardona,41 el Consejo de Guerra recomendó al rey que «se llamase a esta corte al capitán Antonio de Alzate (…) para que diese razón del estado en que estaba aquello y el medio que se podía tener para componerlo en la forma que conviniese». Además, añadía:

Para esto sería muy a propósito el dicho capitán Antonio de Alzate, como por haber venido por desde Nápoles por orden de V. M. a servir en las dichas atarazanas como lo ha hecho estos años y que podría V. M. siendo servido mandar que se le diese título de cabo y superintendente de ellas y acrecentarle diez ducados al mes de sueldo (…), que la ocupación del susodicho es trabajosa y que merece que V. M. le haga esta merced por los muchos años que ha que sirve con gran satisfacción y aprobación y que se le den por una vez mil ducados.42

El rey aprobó la resolución del Consejo.43 Además de recibir los cargos que lo situaban al frente de la fábrica de galeras y todos sus anejos oficialmente en 1590, el rey le hizo merced de que el aumento de sueldo fuese retroactivo desde 1587 que llegó a Barcelona.44 Sin embargo, en el nombramiento esto no se especificó, por lo que tuvo que reclamar al rey que le expidiese la correspondiente cédula.45 Únicamente recibió el dinero por parte del pagador Francisco de Arana cuando este recibió orden explícita del rey.46 Alzate estuvo en los años sucesivos muy ocupado intentando llevar a cabo las reformas requeridas, así como ocupándose de inspeccionar bosques para emplearlos en la construcción naval, interesándose por los plantíos, explorando la posibilidad de construir galeones en Cataluña, fortificando los Alfaques, reclutando marineros y haciendo inventarios de todo tipo. Sin embargo, todos esos esfuerzos no culminaron en la reforma deseada, sino que sirvieron de parche, pues únicamente sirvieron para poner en orden en la fábrica. Alzate se encontró sin los recursos económicos suficientes para llevarlos a cabo, en un momento en que la Corona no priorizaba la construcción de galeras y en que el principado se hallaba cada vez más agitado.

Cuando Antonio de Alzate murió en 1593, uno de sus hijos, Íñigo López de Alzate, capitán de una galera en la escuadra de España, con más de diez años de servicio en las galeras —cinco en las de Nápoles y cinco en las España—, pidió el cargo de su padre. Ante esta petición, el rey preguntó al virrey, duque de Maqueda, su parecer:

Lo he mirado con el cuidado que debo a todo lo que es del servicio de V. M., y teniendo muy buena relación de la persona y teniendo al difunto por dignísimo y de que su hijo mayor sea favorecido y acrecentado. [Pero] por no le haber tratado en tiempo de fábrica, no me atrevo a decir a V. M. que es tan a propósito como conviene.47

Las dudas de Maqueda, debido a la falta de experiencia y mocedad del hijo de Alzate, hicieron que el rey no le ofreciese el cargo de su padre, el cual acabó recayendo en Ramon d’Oms. Tal y como informa el virrey a Felipe II: «caballero del hábito de Montesa que me dicen a servido en las galeras de España algunos años. Le he tratado y paréceme bien. Es comúnmente tenido por hombre quieto y de buena conciencia».48 Ramon d’Oms i Calders era un viejo conocido y compañero de armas del capitán Alzate, con una carrera y experiencia similar.49 Tenía por aquel entonces unos cuarenta y dos años y había servido más de dos décadas como capitán de galera, luchando en Lepanto y en la guerra de sucesión portuguesa, además de en muchas otras operaciones. Lo encontramos en Lisboa haciendo las veces de superintendente de las atarazanas lisboetas durante la época que allí estuvo el maestre Pedro Catalán, con el que había trabado cierta amistad y había estado colaborando con Alzate los dos últimos años con los plantíos de árboles. Todo ello, además de ser natural de Cataluña, le valieron para ser elegido nuevo superintendente y comisario general de las Atarazanas Reales de Barcelona. Don Ramon también tenía a su cargo la alcaldía de Elna, de la que, a inicios de 1598, solicitó al rey que le relevase por «la mucha ocupación que tiene en la fábrica de las galeras (a que forzosamente ha de asistir) no puede acudir a la guarda del Castillo como tiene obligación».50

Su labor al frente de las atarazanas de Barcelona fue cuestionada porque, en ocasiones, los oficiales de las galeras denunciaron que los buques construidos bajo su mandato eran defectuosos. Entre otras cosas, se lamentaban del excesivo tamaño de los buques y de lo desproporcionados que estaban, lo que impedía maniobrar con ellos, ya que, «ni son buenas para el remo ni para la vela»; carecían de la agilidad suficiente para poder perseguir a otras embarcaciones; a pesar de llevar un exceso de carga de maderas, los buques eran muy débiles, debido en parte a la mala calidad de la clavazón utilizada, y la cinta del buque era muy baja, lo que facilitaba que entrase el agua a cubierta. La evaluación de los oficiales era muy negativa, lo que socavaba directamente el prestigio del astillero catalán, de su superintendente y de sus trabajadores. Rápidamente, Ramon d’Oms, y sus cuatro maestros mayores de galeras se defendieron de las acusaciones, respondiendo en un memorial a todos y cada uno de los defectos que se presuponían tenían las galeras.51

En las Cortes de Barcelona de 1599, Felipe III concedió a la Diputación del General crear una escuadra de cuatro galeras para defender las costas catalanas de los ataques corsarios. En octubre de 1600, a petición del Consejo de Aragón, el duque de Feria elaboró una terna de candidatos, de entre los que el rey debía escoger al que sería capitán general de esa escuadra, y Ramon d’Oms se encontraba entre los nombres. Su dilatada carrera militar en las galeras así lo recomendaba. Sobre él se dijo en el documento presentado al rey:

Don Ramon d’Oms que ha andado en la mar y dado buena quanta de si, y ha visto hablar bien del a todos los que de aquel tiempo lo conocieron, y que agora es superintendente de las galeras que se hacen en las Atarazanas de Barcelona y que de aquello y de todo lo demás que le ha encargado ha dado siempre mucha satisfacción.52

Tras presentar los méritos de los pretendientes al puesto, el Consejo de Aragón concluía que, junto con el conde de Quirra y el marqués de Aitona, Ramon d’Oms era el mejor capacitado para el puesto de general pues «es plático de la mar por haber navegado siempre con Berenguer d’Oms, su hermano que tuvo una galera, y ser hombre cuerdo modesto y de valor».53 Finalmente, el rey se decidió por Ramon d’Oms, a quien nombró capitán general, eso sí, «con dejación de la superintendencia de las atarazanas». Sin embargo, Oms tuvo que esperar algunos años más para poder hacerse cargo de las galeras, ya que la compra de los cuatro buques se retrasó muchísimo, hasta el punto de que el rey tuvo que vender a la Diputación dos galeras de las que se acababan de terminar de construir en las atarazanas. Así, durante el largo proceso de adquisición y armamento de los cuatro buques por los diputados de Cataluña, que terminó en 1608, Ramon d’Oms continuó ejerciendo sus funciones de superintendente hasta que, preparadas ya las galeras para actuar en campaña, dejó definitivamente su cargo a mediados de ese año.

Sin embargo, Oms no quería deshacerse tan rápidamente de su oficio. En una carta dirigida al rey, solicitaba que, imposibilitado su hijo, Miquel d’Oms, para sucederle en el cargo, por haber tomado los hábitos capuchinos, se nombrase superintendente a su sobrino Berenguer d’Oms, quien, además, casaría con una de sus hijas. Pero, además —proseguía—, mientras don Berenguer adquiría la experiencia necesaria en el oficio, «le asistirá e industriara en él, demás que podría ser que el cargo de General de la galeras que ha de armar Cataluña le salga incierto, o, dure poco, porque en la condición con que ha de hacer el dicho Principado la compra de las dichas galeras se declara que no pudiéndolas sustentar las haya de tomar S. M. por el justo precio, y no proveyéndose el dicho oficio de superintendente en persona de su casa lo venía a perder todo».54 Queda claro, que don Ramon no acababa de fiarse de la continuidad de las galeras de Cataluña y quería guardarse las espaldas reteniendo el cargo de superintendente para su sobrino don Berenguer.

El Consejo de Guerra se reunió ya en octubre de 1607 para encontrar otros candidatos.55 Sus seis miembros coincidieron en que Francisco de Erill y Jerónimo de Torrellas era candidatos óptimos para ejercer el cargo. El primero era hermano del conde de Erill y había servido al rey durante ocho años en las galeras de Nápoles, llegando a ser nombrado capitán de galera por don Juan de Cardona. Además, decía la relación de servicios de los candidatos, «en el tiempo que hubo inquietudes en Cataluña hizo servicios particulares y sirvió el oficio de preboste general»,56 por el que recibió la merced de una renta de 400 ducados de por vida en el reino de Sicilia, y a los que Erill, incluso, estaba dispuesto a renunciar mientras ejerciese el cargo de superintendente. Sobre el segundo, veedor de la gente de guerra del principado, también había consenso pues «ha servido cerca de treinta y ocho años en el ministerio de la pluma en las armadas y ejércitos y en la corte y en otras comisiones de importancia y confianza».57 Además, hacía dieciséis años que ejercía el cargo de veedor, «dando de todo muy entera satisfacción, y el Consejo le tiene muy grande de la rectitud e integridad con que ha procedido siempre».58

Sin embargo, discrepaban en otros nombres. Don Francisco Sabater, caballero del hábito de San Juan de Malta, era un veterano de Flandes que había participado en muchas batallas y había sido hecho preso por los holandeses. Gozaba del respeto de los soldados por cuanto, en el sitio de Ostende, cuando los rebeldes holandeses trataron de asaltar el fuerte de Santiago que los españoles construían, «peleo en aquella ocasión el dicho capitán don Francisco pica a pica con ellos con tan gran valor que dio mucho ejemplo».59 Era tal su fama que, incluso, el archiduque Alberto y el marqués de Spínola escribieron sendas cartas a Felipe III informándole de su valor. Por eso, gozaba del beneplácito del conde de Chinchón y de Diego Brochero para el puesto de superintendente. Sin embargo, Sabater adolecía de una clara falta de experiencia en las galeras y, por eso, el resto de miembros del Consejo desestimó su candidatura y prefirieron reservarlo para comandar un tercio en la guerra. En su lugar, el Consejo optó por don Francisco de Meya, con más de cuarenta años de servicio tanto en las galeras de Sicilia como en Flandes.

Por último, la relación de aspirantes presentaba a don Carlos de Alzate, hijo del anterior superintendente Antonio de Alzate. Don Carlos era un veterano de las galeras, con más de quince años de servicio en la escuadra de Génova, primero, y en la de Nápoles, después. Así, por los servicios prestados por su padre y por él mismo, así como por haber perdido en batalla a dos hermanos, Carlos solicitaba el puesto de superintendente, para el que se creía notablemente capacitado por su amplia experiencia en las galeras. No dudó el rey en nombrar a Carlos de Alzate, a quien se le encomendó la dirección del astillero y la producción de las necesarias galeras. Sin embargo, el momento era bastante delicado por la grave situación económica que atravesaba la monarquía y que, debido a ello, dificultaba la construcción de los buques.

Durante los primeros años de su gobierno, don Carlos tuvo más facilidades, por cuanto el virrey de Cataluña del momento, el napolitano duque de Monteleón, mantuvo siempre un talante cooperador con las diversas administraciones del país y no fue distinto con el superintendente de las atarazanas. Así, en su primer año de trabajo, se vararon en las atarazanas cuatro galeras, dos para la escuadra de España y otras dos para renovar dos buques de los cuatro que tenía la de Portugal.60 Don Carlos desempeñó con esmero su cargo. Entre 1610 y 1611, visitó los bosques de Cataluña para saber en qué estado estaban y qué posibilidades ofrecían para la obtención de buena madera para la construcción de los buques. En 1612, fue enviado a la corte por el virrey de Cataluña, marqués de Almazán, por cosas tocantes al servicio del rey. En 1615, junto a los oficiales de las atarazanas, elaboró una relación del estado de la consignación de 200.000 ducados que el rey mandó remitir a las atarazanas diez años antes. En ella, Alzate informaba que, durante ese tiempo, se habían construido en el astillero diecinueve galeras ordinarias, que se integraron en las escuadras de España, Portugal y Cataluña. Además, se habían varado tres galeras capitanas y quedaban por acabarse otras cuatro ordinarias. También se habían construido cuatro bergantines, y otro a punto de acabarse, para servir en Orán, Ceuta y Melilla.61

En cambio, los últimos años de la superintendencia de Carlos de Alzate fueron algo más difíciles, reflejo, a su vez, de los complicados momentos que vivía el principado. Y es que, durante la última etapa del reinado de Felipe III, Cataluña y la monarquía se distanciaron sobremanera. La acción de los oficiales reales fue contestada, en muchas ocasiones, por las autoridades de la tierra, en forma de agravios y quejas continuas ante el virrey de turno. En este contexto, cabe encuadrar las protestas de los campesinos de las universidades del Camp de Tarragona, en 1619, ante la obligación que tenían de llevar la madera cortada para la construcción de las galeras del rey desde los bosques donde fueran talados los árboles hasta los puertos de la costa, principalmente Blanes, donde se embarcaba para conducirla a las atarazanas. La postura de los carreteros chocaba directamente con los intereses del superintendente Alzate y sus oficiales, que defendían su constitucionalidad. Esta cuestión —como veremos en el correspondiente capítulo— retrasó en muchas ocasiones la correcta llegada a tiempo de la madera al astillero, dificultando la producción de galeras.

La llegada a Cataluña del nuevo virrey, duque de Alcalá, no supuso una mejora para la situación política de Cataluña. Perteneciente a la aristocracia andaluza, y dotado de un fuerte carácter, Alcalá venía dispuesto a gobernar Cataluña, sí o sí, vulnerando, si era necesario, las constituciones del país. Desde el inicio de su mandato, las acciones de gobierno de Alcalá no agradaron a los catalanes. Este quehacer del duque de Alcalá repercutió directamente en la gestión de don Carlos de Alzate. En primer lugar, por la cuestión suscitada, en julio de 1617, entre el virrey y el propio superintendente con los diputados de General en torno la cuestión de la reforma y acabado de los arcos de las atarazanas y, sobre todo, por la colocación de las armas reales de Castilla y León en el principal de ellos, en lugar de las de Cataluña. En segundo lugar, ya iniciado el reinado de Felipe IV, en 1621, por la visita que hizo el veedor Manuel de Orriola a las atarazanas para sanear sus cuentas, y que evidenciaron algunas irregularidades. Los dos últimos años del gobierno de don Carlos de Alzate fueron de una acuciante falta de dinero para la construcción de galeras. En enero de 1622, el superintendente se quejaba de que, con el poco dinero que tenía, si no se le enviaban las consignaciones del año 1620 no podría acabar los buques de las galeras capitana y patrona real que se estaban construyendo.62 Y, por si era poco, en septiembre de 1622, el duque de Alcalá vació la caja de la fábrica de galeras para costear su viaje a Sevilla tras cesar su cargo como virrey de Cataluña. La resistencia de Alzate a la acción del duque no tuvo efecto, y este se lamentaba al rey, junto a los oficiales de las atarazanas, diciéndole que «de nuestra parte hemos hecho cuanto hemos podido y que de potencia absoluta ha procedido en esto el duque de que damos cuenta a V. M.».63

A tenor de lo expuesto hasta ahora, podemos afirmar que don Carlos desempeñó con ahínco su cargo. Tuvo que lidiar con virreyes y capitanes de galeras importantes y de fuerte carácter, como fueron los duques de Alburquerque y Alcalá, los marqueses de Almazán y Villafranca o el mismo don Filiberto de Saboya. Además, tuvo que hacer frente al problema, ya grave, de la falta de maestranza, porque los bajos sueldos ahuyentaban a calafates y maestros de azuela hacia otros lugares mejor pagados. Sin embargo, la opinión general era que había desempeñado bien su cargo. En 1617 el virrey duque de Alburquerque afirmaba sobre él «lo bien que cumple con las obligaciones de su oficio, sus servicios y buenas partes».64 Y razón tenía el duque cuando se refería a la buena labor del superintendente. Ese mismo año, don Carlos, justificando al rey en qué se habían empleado los 180.000 escudos de consignación, le informaba de que, durante su mandato, se habían realizado más de veinte embarcaciones: «Y aunque en mi tiempo no se han hecho sino diez y ocho galeras, computando la Real por dos y las dos galeras Capitanas de España y Portugal, que hoy navegan, por tres, y cinco bergantines de a trece bancos por una galera».65 Y hubiera hecho más si, como decía en su carta al monarca, hubiera tenido más maestranza y un mejor espacio en las atarazanas para construirlas, ya que, en invierno, el estado actual del astillero impedía que se pudiera trabajar en él.

Bernardino de Marimón sucedió a Carlos de Alzate en el puesto de superintendente de las Reales Atarazanas de Barcelona, tras su muerte en 1623. Hijo de Plegamans de Marimón, don Bernardino pertenecía a una de las familias más representativas del patriciado urbano barcelonés que poseía el título de nobleza desde las Cortes de 1585. La familia siempre se había destacado por el servicio a la monarquía, lo que llevó a uno de sus miembros, Aleix de Marimón y Jafer a ocupar el puesto de gobernador general del principado. Sin embargo, don Bernardino no se había destacado hasta ese momento por llevar una vida ejemplar. Pertenecía a aquellos bandos nobiliarios, posiblemente al de los cadell, que el virrey duque de Alburquerque tanto persiguió para acabar con ellos, hasta el punto de que, en 1618, tuvo que cruzar la frontera con Francia y refugiarse en el país vecino de la acción de la justicia real.66 Alburquerque consiguió pacificar Cataluña y mantuvo a los bandoleros a raya, consiguiendo acabar con aquel de carácter nobiliario, precisamente en el que se encuadraba don Bernardino.67

Entonces, ¿por qué fue nombrado don Bernardino sucesor de Carlos de Alzate? Su nombramiento resulta un tanto sorprendente porque, a diferencia de sus predecesores en el cargo, don Bernardino apenas tenía experiencia en las galeras, a excepción de su participación en la expedición del marqués de Santa Cruz a las islas Querquenes, cerca de la costa tunecina, para capturar esclavos que sirvieran de galeotes. David Goodman afirma que el rey recompensó a Marimón con la superintendencia en pago a sus servicios a favor de la monarquía en el asunto del juramento del virrey Sentís.68 A esto, poco más se puede añadir, además de que su tío don Berenguer de Marimón era capitán de galeras. Sea como fuere, don Bernardino se hizo cargo de las atarazanas en un momento de extrema delicadeza en las relaciones entre el principado y un rey, Felipe IV, que todavía no había ido a Barcelona a jurar su cargo y convocar Cortes. Todo ello en mitad de la crisis económica que atravesaba Cataluña, y que posteriormente se agravaría, y de la ya, casi endémica, falta de caudales de la Real Hacienda. A este respecto, en agosto de 1625, el virrey y obispo de Barcelona, pedía al rey que enviase libranzas «para que no pare la fábrica de estas galeras y se pierda lo que se ha trabajado».69 Pero, además, don Bernardino se hacía cargo del astillero en una coyuntura internacional bélica, la guerra de los Treinta Años, en la que España estaba inmersa en su apoyo a la causa imperial.

Don Bernardino se hizo pronto con las riendas del astillero. En su afán estaba reformarlo e incrementar su productividad para dar un mejor servicio a Felipe IV. Durante los primeros años se empleó en la reparación de aquellas partes del edificio que estaban más deterioradas, como las arcadas, los tejados y el baluarte de las atarazanas. En cuanto a la producción de galeras, una de sus primeras acciones fue realizar una visita a los bosques catalanes para evaluar su estado y ver las posibilidades madereras que ofrecían. La inspección, realizada durante el segundo semestre de 1626, ofreció un panorama muy negativo para el futuro del astillero ya que desveló que los bosques estaban muy esquilmados por los excesos que se cometían en la tala de árboles con otros fines que no eran la fábrica de galeras. En noviembre de ese mismo año, don Bernardino redactó un memorial muy detallado en el que explicaba todos los pormenores de la visita y, al año siguiente, propuso al virrey, obispo de Solsona, una serie de medidas para conservar mejor los montes y plantíos y acabar con los males que afectaban a las atarazanas.

Durante los primeros años de su mandato, don Bernardino se esforzó en cumplir los designios de la monarquía y sacó adelante la producción del astillero. Desde su ascenso al poder, el conde-duque de Olivares se había mostrado siempre partidario de reforzar la armada del rey, y más ahora que acababa de entrar en el conflicto por la sucesión del ducado de Mantua y la importancia que adquirían las galeras para el trasporte de la infantería a Italia. En 1627 se vararon en las atarazanas dos galeras ordinarias y una sutil y se comenzó la nueva capitana de España. Sin embargo, Marimón no lo tuvo fácil porque a la habitual falta de dinero se le añadieron la escasez de maestranza y, de nuevo, las quejas de los campesinos por el acarreto de madera. Para incrementar los ingresos, solicitó permiso al virrey para abrir una carnicería en las atarazanas en 1628, lo que llevó al choque con las autoridades, viéndose obligado a cerrarla.

En 1633 elaboró un detallado memorial para el cardenal infante, don Fernando de Austria, a la sazón, virrey de Cataluña, en el que enumeraba los males que afectaban a la fábrica de galeras a la vez que proponía algunas soluciones para solventarlos. La escasez de madera y la poca disposición de los naturales del principado a hacer plantíos y la grave falta de maestranza, a causa de los bajos sueldos que cobraban, eran los puntos principales del memorial. No podía faltar en su informe la denuncia de los continuos retrasos en la llegada de dinero para la construcción de los buques. La esperada guerra con Francia llegó al fin en 1635. Pero justo antes de su estallido, don Bernardino de Marimón fue cuestionado por su labor al frente de las atarazanas. La Junta de Reformación que tenía por cometido reducir drásticamente el gasto, fijó los ojos en el astillero catalán al recibir un informe del marqués de Valparaíso en el que se denunciaba el desmesurado coste que tenían las galeras fabricadas en Barcelona.70

Según el memorial presentado por el marqués, cada galera costaba a la hacienda real 13.388 escudos en plata, «que era cosa muy exorbitante». Por eso recomendaba que se dieran las galeras en asiento ya que su coste sería mucho más bajo y permitiría suprimir el cargo de superintendente, con el consecuente ahorro del sueldo. Valparaíso había puesto en entredicho la labor de Marimón, cosa que este no estaba dispuesto a permitir. La Junta de Reformación ordenó al veedor y contador de las atarazanas que enviase una relación de los costes exactos de las galeras fabricadas en Barcelona. En el memorial enviado a la Junta se demostró que en la cantidad indicada por Valparaíso se habían incluido sumas de dinero que no eran exclusivamente de las atarazanas por lo que el coste real de cada galera era de 5.557 escudos y 9 reales: más de la mitad de la cifra dada por el marqués. Entonces la Junta de Reformación quiso saber si era preferible la fabricación de galeras en el astillero por administración directa de la corona, como se había hecho hasta ese momento, o por asiento, como ocurría en otras muchas parcelas de la gestión y mantenimiento de las escuadras de galeras y de otras flotas de la monarquía.

Además, la Junta quiso tener una valoración de don Bernardino de Marimón al frente de la superintendencia. Por eso, solicitó la valoración de dos nobles que lo conocían bien y cuya opinión en la corte tenía cierto peso. El primero, el duque de Cardona, virrey de Cataluña, no respondió directamente a la Junta pero esta echó mano de un escrito anterior del propio duque en el que representaba la «puntualidad y cuidado con que siempre había visto acudir [a Marimón] en cuanto se le encargo del servicio de V. M.». Por suerte para Bernardino, la opinión del marqués de Villafranca, Pedro de Toledo y Osorio, capitán general de las galeras de España, fue muy favorable: «por todo lo que he podido alcanzar, don Bernardino es limpio en el interés y atento ministro de V. M.»71 Proseguía el marqués alabando la su disposición a cumplir las órdenes que se le daban:

También por haber sustentado las ordenes que recibe del Real Consejo de Guerra y Junta de Galeras, y no queriendo gastar (por esta causa) lo que tal vez le mandan, los virreyes casi siempre no los tiene propicios, aunque los respeta, como debe, y en conclusión, el padece porque sustenta el servicio de V. M. y ahorro de su Real Hacienda.72

Finalmente, Villafranca valoró muy positivamente su quehacer en la construcción de galeras:

En la inteligencia de fabricar, le tengo por práctico, y es tan activo y atento, que en pocos meses ha puesto en el agua seis galeras de España con Capitana y Patrona y el mejor Maestro que ay en la atarazana él fue quien me le hizo conocer y le saco a fabricar (con el acierto que se ha visto) de que a V. M. hice informe particular.73

Definitivamente, el marqués de Villafranca se convirtió en el mayor valedor de Bernardino y de su maestro mayor de galeras, Jerónimo Verde.

A primeros de ese mismo año de 1635 don Bernardino de Marimón emprendió la construcción de una armadilla por orden del conde-duque de Olivares que debía estar compuesta de diez fragatas, seis caíces, seis «barcos luengos» y cuatro pontones o barcazas. El objetivo de esta armadilla era destruir el comercio francés por el Mediterráneo.74 La construcción de esta armadilla concentró todos los esfuerzos de don Bernardino para entregarla en el plazo exigido por el conde-duque: mayo de 1635. La construcción de la armadilla detuvo la fábrica de galeras durante un tiempo, más largo de lo previsto porque, como era de esperar, la construcción de las fragatas se retrasó más de la cuenta. Pero, dadas las circunstancias bélicas del momento, se reemprendió de nuevo la construcción de buques de galera en las atarazanas. Durante esos años, el ritmo de construcción fue frenético. A pesar de las adversidades, Marimón pudo cumplir con las órdenes del rey y las galeras fueron varándose en los tiempos requeridos. Había demostrado con creces su capacidad gestora al mando de las atarazanas de Barcelona; incluso en un período en el que el propio principado de Cataluña era el frente de guerra, sufriendo los ataques de los ejércitos franceses, como la fue la invasión de Salses en julio de 1639. La buena opinión que sobre él dio el marqués de Villafranca en 1635 parece que fue del todo acertada, pues Marimón había conseguido construir y varar cinco buques de galeras en apenas unos meses.

Tocaba ahora poner en valor su persona. En julio de 1639, don Bernardino escribió al protonotario Villanueva solicitando que, dado lo servido que estaba el rey con su trabajo, le suplicase que le asegurase la sucesión de su oficio en su hijo Juan quien, además de haber participado en las campañas de la Monarquía, como en Leucata, había supervisado y dirigido la actividad productiva en las atarazanas mientras que don Bernardino estaba en las montañas controlando la tala de los árboles.75 Marimón estaba en la cresta de su éxito: era caballero de la orden de Santiago y uno de los mayores defensores de la política real en Cataluña y su nombre gozaba de buena opinión en la corte; además, tuvo una participación destacada en las fiestas reales que se hicieron en la ciudad, como el torneo que se hizo ante Felipe IV en 1632, en que comandó una cuadrilla en la que también estaba su hijo Juan.

Sin embargo, el estallido de la Guerra de los Segadores acabó con los planes de futuro de don Bernardino para su hijo. El superintendente se mantuvo fiel a Felipe IV, por lo que tuvo que huir de Cataluña, dejando sin acabar los tres buques de galera que se estaban construyendo en el astillero. Sus propiedades en Cataluña fueron confiscadas, y fue declarado traidor. Don Bernardino solicitó al rey que se le concediera una plaza de capa y espada en uno de los Consejos de la monarquía para poder sustentar a su familia. Sin embargo, únicamente se le otorgó el cargo de cobrador de millones en Extremadura, donde murió en el exilio, en fecha todavía incierta, pero no antes de la primavera de 1646. Don Bernardino no pudo ver como su hijo Juan era nombrado nuevo superintendente de las Reales Atarazanas de Barcelona porque para ese nombramiento todavía tenían que pasar algunos años.

Tras la finalización del conflicto Juan de Marimón regresó a Barcelona. En octubre de 1658 el rey le nombró encargado de realizar los alojamientos de las tropas en el principado. Don Juan, hijo de don Bernardino, sumaba este cargo al que ya poseía de superintendente de las atarazanas de Barcelona. Recientemente había sido nombrado regente de la tesorería del rey, en lo que suponía una recompensa por parte del rey a los servicios prestados y a su exilio obligado, y el de su familia, por haber tomado partido en la guerra por el bando real. Don Juan no quería renunciar a su puesto de superintendente ante su nombramiento de regente porque, decía, el primero era de mayor rango y le reportaba un mayor sueldo. Además, como por el momento no había fábrica de galeras, «por los empeños con que están los efectos de la Cruzada en Cataluña», no podía ejercer su cargo de superintendente, el cual recobraría en el momento en que se recuperase la producción.76 Por suerte para él, pudo retener ambos oficios en su persona, pese a que también se barajó la posibilidad de que renunciara la superintendencia de las atarazanas en su hijo.

La reapertura de las atarazanas llegó en 1664, con motivo del viaje de la emperatriz Margarita Teresa de Austria a Italia, para, de allí, pasar a Viena, cuando Felipe IV encargó al astillero la construcción de tres galeras ordinarias y una falúa real. Así, Juan de Marimón pudo ejercer el cargo de superintendente, como ya hiciera su difunto padre, dando así continuidad a su linaje en el desempeño del oficio. Durante esos primeros años, la actividad constructiva de las atarazanas fue importante. Juan de Marimón tuvo que hacer frente a las demandas constructivas de una corona exhausta económicamente e inmersa, de nuevo, en una nueva guerra con Francia, la Guerra de Devolución (1667-1668). Además, tuvo que compaginar su cargo de superintendente con los otros que desempeñaba de regente de la tesorería y encargado de los alojamientos de soldados. Esto, sin duda, repercutió en el ejercicio de sus funciones en las atarazanas ya que cada uno de los tres oficios requería mucha dedicación y tiempo. Aun así, consiguió construir y varar las galeras solicitadas por las autoridades navales, como las tres que siguieron a las fabricadas para el viaje de la emperatriz, y algunas otras más.

Juan de Marimón continuó ejerciendo de regente de la Tesorería Real hasta su muerte en 1675, pero su hijo don Félix de Marimón ya ejerció de superintendente de las atarazanas desde 1673, ocupando el puesto de regente a la muerte de su padre.77 Consiguió así retener y ocupar los oficios que desempeñaba su padre. Los Marimón continuarían con su fiel servicio a la monarquía. Don Félix asumió el cargo en un contexto bélico de alcance europeo, en el que Carlos II tenía que reforzar su armada en el Mediterráneo si quería hacer frente a la potente escuadra francesa. Por eso ordenó la construcción en las atarazanas de tres galeras. El nuevo superintendente inició una inspección de los montes y bosques catalanes para evaluar su estado, detectar que males les afectaban y averiguar las posibilidades de extraer madera que ofrecían, como ya hiciera su abuelo Bernardino de Marimón en 1626. Una vez hecha la inspección, el superintendente redactó un memorial donde, en ocho puntos, resumía los principales excesos que se cometían en los bosques que impedían su conservación y los remedios que cabría poner.78

En su memorial, principalmente, denunciaba los excesos que se cometían en los bosques, especialmente la tala indiscriminada de árboles y el contrabando de maderas, la saca de maderas del principado, concretamente hacia Francia o la proliferación de hornos ilegales para fabricar brea, alquitrán y pega. Con el memorial de don Félix en la mano, el virrey de Cataluña, duque de Sessa, tomó una serie de medidas que prohibían todos estos abusos y excesos, y que se pregonaron por plazas y lugares acostumbrados de las ciudades y pueblos. Sin embargo, estas medidas resultaban muy impopulares a ojos de muchos catalanes que se ganaban la vida gracias a los bosques y su explotación. Además, en su oposición a las órdenes del virrey se sumó la denuncia de los diputados de Cataluña que aseguraban que tales medidas no tenían vigencia por haber sido pregonadas por la Capitanía General y no por el virrey. Tras un enconado debate entre ambas partes, el rey decidió que los pregones se hiciesen de nuevo por el virrey.

En este sentido, los años en que Félix de Marimón estuvo a cargo de la superintendencia de las atarazanas no fueron nada fáciles a la hora de gobernar la institución. Coincidió con una ofensiva de los diputados de Cataluña por recuperar el poder político perdido durante y tras la Guerra de los Segadors. Esta ofensiva pasaba por dificultar las acciones de la monarquía en todas aquellas actuaciones que la Diputación considerase que contravenían las constituciones del país. Pese a las dificultades puestas por los diputados a las reformas y medidas propuestas en el memorial, la actividad productiva del astillero continuó. Ese mismo año de 1673 se comenzó la construcción de un buque de galera patrona y se iniciaron los trabajos de tala de árboles para conseguir la madera necesaria para el aconcho de las galeras, que se tenía que hacer en Cartagena. Y también aquí encontraron los diputados incompatibilidades con las constituciones de Cataluña por cuanto la madera no era para construir galeras en las atarazanas sino para otros menesteres.

Su labor al frente del astillero se vio reforzada en 1680 cuando el rey estableció que «por lo que conviene que las galeras que hubieren de servir en nuestros mares se fabriquen en los dominios de esta Corona, pues con más ventajas y conveniencias se podrán hacer, mando se de orden para que en Barcelona se continué la fábrica de ellas».79 En esos momentos se estaban construyendo en las atarazanas dos buques, uno para galera patrona y otro para ordinaria. No obstante, la producción siempre estuvo condicionada por la falta de dinero y, esos años no fueron una excepción. Félix de Marimón también se preocupó por el estado del edificio y no dudó en emprender las obras necesarias para repararlo. Ese mismo año de 1680 arregló la puerta del baluarte de las atarazanas y, un año más tarde, se dispuso a cubrir la arcada donde se estaba construyendo la galera patrona, aunque se topó de nuevo con la negativa de los diputados que eran los que tenían que costear las obras, hasta que no tuviesen notificación oficial del rey. Una vez recibida la orden de Carlos II, comenzaron las obras en la arcada.

Félix de Marimón culminó el proceso de ascenso social de la familia Marimón con el nombramiento, en 1683, de consejero de capa y espada del Consejo de Aragón. Además, le hizo merced de conceder a su hijo José de Marimón la sucesión del oficio de superintendente de las atarazanas.80 Su nombramiento como Consejero le obligó a trasladarse a la corte, por lo que su hijo José se hizo cargo del gobierno de las atarazanas. En 1688 don Félix ascendió a regente del Consejo de Aragón y, por si fuera poco, en 1690, recibió de Carlos II el título de marqués de Cerdañola, lugar del que los Marimón ya eran señores desde siglos pasados.

José de Marimón ejerció de superintendente de las atarazanas desde el traslado de su padre a la corte. Sin embargo, entre 1689 y 1690 parece ser que ocupó el cargo don Fernando de Araque, de cuyo gobierno al frente del astillero apenas sabemos nada.81 Fue superintendente del astillero entre 1689 y 1690, y durante ese tiempo se dedicó a finalizar la galera patrona que se estaba construyendo y ordenó la corta de madera para dos galeras más. No sabemos en qué momento y por qué dejó de ser superintendente. Lo cierto es que, en la primavera de 1691, don José de Marimón se hizo cargo de nuevo del oficio de superintendente de las atarazanas, encargando el rey, enseguida, que se hiciese una relación del dinero que se gastó en tiempos de Fernando de Araque y de algunas deudas que había dejado. Gracias al carteo de José de Marimón con el presidente del Consejo de Cruzada, el inquisidor mayor Gonzalo Fernández de Córdoba, conocemos bien el día a día del astillero durante la última década del siglo XVII: un período muy delicado para la Monarquía hispánica por la falta de sucesión para el rey Carlos II y por la nueva guerra con Francia, conocida como la Guerra de los Nueve Años (1689-1697).

Desde el inicio de la guerra, Barcelona temió un bombardeo por parte de la flota francesa con la llegada del verano, cosa que hizo en 1693.82 Efectivamente, la presencia de la armada francesa colapsó Barcelona y, como no podía ser de otra forma, también a las atarazanas. Ante esta situación, resultaba muy difícil trabajar bajo la amenaza francesa que podía bombardear o atacar de un momento a otro. La llegada del duque de Medina Sidonia, a la sazón virrey de Cataluña, con sus tropas de caballería y su acuartelamiento en las atarazanas, agravó, aún más, la continuidad de la actividad productiva porque, como advirtió Marimón, «habiéndose hecho en otra ocasión se reconoció después [de] haber echado a perder la mayor parte de la madera que se hallaba en dichas atarazanas y a más de esto, que tendría que cesar la fábrica empezada del referido buque». 83

No obstante su advertencia, el duque de Medina Sidonia mandó «se abriesen luego lo ejecute sin otra representación así por la precisión del tiempo y hallarse muy incomodada la caballería, como ser de mi obligación el obedecer sus órdenes y haber sido de los superintendentes en todas ocasiones».84 Ciertamente, como tenía claro José de Marimón, los superintendentes de las atarazanas debían obedecer las órdenes de los capitanes generales del principado. El bloqueo naval de Barcelona por parte de la escuadra francesa y la marcha del maestro mayor de galeras, Jerónimo Verde, al monte para iniciar los trabajos de tala de árboles para dos buques de galera (una capitana y una sencilla), cuya vuelta estaba prevista para la Navidad, paralizaron la actividad constructora ante la falta de maestros de galeras que dirigiesen las tareas. Por este motivo, Marimón solicitó a la Junta de Galeras que se suspendiese la fábrica del nuevo buque hasta el mes de febrero del año siguiente, «por ser el tiempo en [que] van alargándose los días por lo que son más oportunos para el trabajo».85

Cuando, a principios de 1694, se reiniciaron los trabajos, don José de Marimón se encontró con los habituales problemas: la falta de dinero y la falta de maestranza, agravada esta última porque varias poblaciones de la costa catalana, como Rosas, Cadaqués, Palamós y Blanes, frecuentes lugares de recluta de carpinteros de ribera y calafates, habían sido ocupadas por los franceses. A esto había que sumar la dificultad para proveerse de clavazón, ya que las montañas pirenaicas de dónde provenía el mineral de hierro, estaban cubiertas de nieve, y por lo tanto, intransitables sus pasos, u ocupadas por los propios franceses. No obstante, la amenaza de un posible sitio de Luis XIV a Barcelona siempre estuvo presente durante esos años, hasta que se hizo efectivo en 1697. En octubre de 1694, Marimón informaba a Gonzalo Fernández de Córdoba de que el sentimiento del posible asedio francés estaba más presente que nunca entre los barceloneses. Por eso, preocupado el presidente del Consejo de Cruzada por el estado en que estaba la construcción de la galera capitana, Marimón le dijo:

En cuanto a la seguridad de la fábrica respecto de los tiempos debo decir a V.S.I. que no puedo asegurar a V.S.I. si este invierno estará libre esta ciudad del enemigo porque todos los días corren varias novedades y el estarlo en primavera consiste en las prevenciones que hará el enemigo y las que se harán por nuestra parte, que si no son grandes temo una fatalidad.86

Y ya en diciembre, Marimón insistía en que:

Si no vienen tropas en tiempo es muy contingente, digo mal, es cierto que esto se perderá por que el francés no se descuidará como lo tenemos bien experimentado y más reconociendo la conveniencia que lo es pues ganando esta ciudad le costará poco lo restante de Cataluña y ha de saber V.S.I. que acá falta un todo que es lástima como estamos así de gente que es poca y mal asistida por la falta de medios.87

El panorama que planteaba el superintendente no era nada esperanzador. Aun así, durante 1695 el bombardeo de la ciudad no se hizo efectivo, y don José de Marimón pudo construir la nueva galera capitana de España, que se echó al agua en agosto de 1696.88

Sin embargo, en 1697 la flota francesa llevó a cabo el tan temido ataque a Barcelona. En marzo de ese año, José de Marimón se lamentaba a Gonzalo Fernández de Córdoba de que no pudo oponerse a que la madera que estaba ya enjuta para utilizarse en la construcción de galeras se destinase para fabricar cureñas para los cañones con que se pretendía reforzar la muralla y hacer frente a los franceses: «Veo el sentimiento que ha ocasionado a V. S. I. la noticia de que el Excmo. Sr. Don Francisco de Velasco se valga de la madera de fábrica de galeras para el montaje de la artillería de esta plaza».89

Ocupada la ciudad, claro está, cesó la actividad productiva del astillero, que se retomó una vez devuelta la plaza al monarca Carlos II, tras el tratado de Ryswick, en 1698. Las atarazanas estuvieron produciendo buques de galera hasta el estallido de la Guerra de Sucesión. Así, en 1703 se estaban construyendo en el astillero dos galeras ordinarias. Igual que hicieran su bisabuelo, abuelo y padre, don Bernardino, don Juan y don Félix, don José de Marimón tuvo que abandonar Cataluña por su adhesión a la causa felipista. Sin embargo, apenas tenemos datos de cuál fue su suerte durante el exilio.

Tras la finalización del conflicto, y a diferencia de lo sucedido tras la Guerra de los Segadores, Felipe V reabrió inmediatamente el astillero de galeras para reforzar su potencial naval en el Mediterráneo, que tan mermado había quedado, y poder llevar a cabo sus planes de recuperación de los territorios italianos perdidos tras el Tratado de Utrech. El rey volvió a confiar en don José de Marimón para que llevase las riendas de las reales atarazanas, pues su acreditada experiencia en su gobierno le acreditaba para volver a dirigirlas. Sin embargo, durante los primeros años de su mandato, su labor se vio condicionada por dos importantes hechos. El primero, el plan de fortificación de las atarazanas, a la par que se construía la ciudadela en el otro extremo de la ciudad, que finalmente se desestimó. El segundo, la ocupación de buena parte del edificio por los pertrechos del arma de artillería, que dificultó notablemente la fábrica de galeras, puesto que algunas arcadas quedaron imposibilitadas para la construcción naval y para el almacenaje de la madera. Así, En agosto de 1715, don Joseph de Marimón escribía sobre este asunto: «No puedo dejar de hacer recuerdo a V. S. cuan preciso es el que venga la orden para que se desembaracen de las Atarazanas lo que estaba destinado para la fábrica; pues no teniendo paraje donde recogerla después de cortada y desbastada se malbaratará en los bosques».90

Tras su reapertura, José de Marimón no estuvo mucho tiempo al mando de las atarazanas por su nombramiento como consejero del Consejo de Italia, que, del mismo modo que hizo su padre, le obligó a trasladarse a la corte, siendo ya el II marqués de Cerdañola, tras la muerte de su padre en 1721. En su lugar, se hizo cargo del gobierno del astillero su hijo Juan Antonio de Marimón, que además era conde de la Revilla, lo que consolidaba a la familia Marimón en la nobleza titulada. Juan Antonio ya aparece como superintendente de las atarazanas en 1722, cuando el tesorero de la cruzada, Francisco Antonio Ramírez, le comunicó que dispusiese todo lo necesario para comenzar la construcción de dos buques de galera sencillos, además de la capitana que ya se estaba construyendo. Ramírez le pedía que se aplicase de la mejor manera posible en la nueva fábrica:

Yo espero de la grande actividad y aplicación de V. S. solicitará con el celo que acostumbra la brevedad en todo y que desempeñara la palabra que yo he dado de que estas dos galeras han de hacer la próxima campaña, para cuyo efecto me prometo con la mayor confianza procurara V. S. acreditar el gran concepto que se ha sabido merecer por su puntualidad y aplicación al Real Servicio.91

Francisco Antonio Ramírez era un valedor del astillero barcelonés. Lo cierto es que existían serias dudas acerca de la calidad de las galeras fabricadas en Barcelona. Por eso, el rey ordenó que se trasladase a las atarazanas de Barcelona Antonio Canali, maestro de aja de la escuadra de galeras de España y buen conocedor de la navegabilidad de los buques, para que diera las medidas y gálibos correctos y construyese las nuevas galeras junto al maestro mayor de galeras Luis Verde. Por eso insistía Ramírez en que se hiciese las galeras de la mejor forma posible, para que «no nos desacrediten ese Atarazanal que tiene pocos amigos porque hay muchos que quieren sea la fábrica fuera de España».92 Sin embargo, don Juan Antonio Marimón tuvo que llevar a cabo su cometido con la dificultad añadida de la ocupación de parte de las atarazanas por el arma de artillería, que no solo no había liberado el espacio, sino que había ocupado más tras las campañas de Italia de Felipe V. Este asunto, que se agravó con la llegada de un tren de artillería de más de treinta cañones que trajo el marqués de Mari en 1725, fue un quebradero de cabeza para don Juan Antonio de Marimón y sus sucesores en el cargo.

En noviembre de 1726, los temporales causaros importantes daños en la fachada marítima de las atarazanas. Don Juan Antonio revisó los desperfectos junto al ingeniero Alejandro de Retz, y ambos decidieron, como medida más urgente, que se colocasen unas «piedras de carretales todo el frente de la salida de los arcos». A continuación, el ingeniero elaboró una relación de las obras imprescindibles para garantizar la seguridad del edificio, y que ascendían a más de 2.000 libras.93 Pese a las dificultades ocasionadas por la falta de espacio, durante los años siguientes el superintendente pudo cumplir las órdenes recibidas de las autoridades correspondientes. Así, ya entrada la década de 1730, construyó y varó varias galeras, entre ellas, la capitana de España, construida en 1733, a pesar de «la estrechez de terreno que no se pueden aplicar los maestros a la obra como es menester sin embargo por mi parte se habilitara todo cuanto sea practicable en cumplimiento de lo que S. M. mande».94

Durante todo el tiempo que estuvo al mando de las atarazanas, don Juan Antonio de Marimón tuvo que hacer frente a las críticas de los oficiales de las galeras y de algunos ministros de Marina en torno a la calidad de sus buques; especialmente se destacó en esto Miquel Reggio, general de la escuadra de galeras de España, que continuamente denunció los defectos de las galeras construidas en Barcelona, principalmente por la utilización de madera verde, y la conveniencia de comprarlos en Italia. Pero también tenía algunos defensores, como el nuevo comisario general de la Santa Cruzada y obispo de Barcelona, Gaspar de Molina y Oviedo, quien, en una carta dirigida al propio Marimón, expresaba su «gran satisfacción que este al cuidado de v.m. el encargo que me dice de la real fábrica de galeras, por los buenos informes que en cada tribunal he hallado del honor con que v.m. sabe desempeñar su obligación».95

El año 1736 fue difícil, tanto para el superintendente Juan Antonio Marimón como para las atarazanas. En primer lugar, a inicios de ese año llegó una orden del rey por la que, a partir de ese momento, se tenían que aplicar en las atarazanas de Barcelona las técnicas que se utilizaban en el arsenal de Nápoles para la construcción de las galeras, y que para ello el maestro mayor de la fábrica de galeras, Juan Verde, viajase hasta allí para aprenderlas. Marimón, por su parte, siempre defendió el trabajo de su maestranza y la utilización de buenos materiales, causa principal esta última de los defectos de los buques, según los oficiales de las galeras. En segundo lugar, la llegada de otro tren de artillería que se debía alojar en el edificio volvía a arrancar un espacio a la fábrica de galeras, lo que incidiría negativamente en la actividad productiva del astillero, ya que apenas dejaba espacio para el almacenaje de la madera que estaba llegando de los bosques. Con todo, ese mismo mes de septiembre de 1736, Juan Antonio de Marimón pudo varar dos galeras, una de ellas patrona.

En 1741, Juan Antonio de Marimón dejó la superintendencia de las atarazanas de Barcelona a su hijo, también llamado Juan Antonio. Todavía no sabemos por qué menesteres dejó el superintendente su cargo. Lo cierto es que el nuevo superintendente detentaría ese oficio por muy poco tiempo, ya que a las atarazanas de Barcelona le quedaba muy poco tiempo para albergar la fábrica de galeras. La mayor parte de las arcadas del edificio estaban ocupadas por la artillería, y la actividad constructiva era ya muy difícil por la falta de espacio. Aun así, son Juan Antonio todavía pudo botar algunas galeras. Sin embargo, a finales de 1745 llegó la cédula del marqués de la Ensenada por la que se suprimía la fábrica de galeras en Barcelona y se trasladaba a Cartagena, junto con los principales oficiales de la maestranza. A Marimón, en cambio, se le licenció del cargo y se le concedió una pensión en Barcelona de por vida. Así, Juan Antonio de Marimón y Boil fue el último superintendente de las atarazanas de Barcelona, y el que ponía fin a más de un siglo de la familia Marimón en ese cargo.

 

El maestro mayor de galeras y los maestros de hacer galeras

Eran muchas las profesiones que participaban en la construcción de las galeras en las atarazanas, tanto en la fábrica de los buques en el edificio, como en otras tareas, fuera de él, como en los bosques cortando la madera o en la propia playa. Sin embargo, sobre todos ellos destaca la presencia de los maestros mayores de galeras, que ocupaban la cúspide en la cadena productiva.

Sin duda, los maestros mayores de galeras eran profesionales esenciales para el éxito de la construcción naval en el Mediterráneo de los siglos modernos. Ellos poseían el saber constructivo de las galeras que recibían mediante transmisión oral, normalmente de padres a hijos. Su conocimiento y dominio de las técnicas y las medidas o gálibos para fabricar los buques se basaba en la tradición fabril de cada arsenal y de cada maestro. Esto generó la existencia de auténticas dinastías de maestros constructores de galeras, cuyo ejemplo más representativo lo tenemos en las propias atarazanas de Barcelona, donde la familia Verde ocupó este puesto durante más de ciento cincuenta años.

Eran múltiples las funciones que tenían los maestros de galeras. La principal de ellas, claro está, era la de dirigir la construcción del buque de galera, gracias a sus conocimientos y pericia. Al poseer las medidas, ellos eran los que establecían las primeras piezas de la galera, es decir, la quilla o carena, a partir de la cual, y según su tamaño, establecían las medidas que tendría la embarcación mediante cálculos geométricos. Claro está, al tener las medidas y dirigir los trabajos de construcción, eran la máxima autoridad de la maestranza del astillero y a quien estaban supeditados todo el resto de sus trabajadores. Pero no solo dirigían la construcción de la galera, sino que también eran los encargados reconocer los bosques en busca de árboles adecuados para la construcción de galeras, y supervisar su tala, corte de la madera y su posterior traslado al astillero. Su parecer era muy valorado para todo tipo de situaciones o actividades relacionadas con la construcción naval.

Su sabiduría, experiencia y buen hacer hacían que fueran muy cotizados por los estados europeos, que no dudaban en intentar contratarlos, en muchas ocasiones de forma secreta, ya que ningún gobierno quería perder sus servicios. Y es que los monarcas necesitaban tener en sus arsenales a los mejores maestros constructores, y para ello, intentaban seducirlos con suculentos contratos y asegurándoles un mejor porvenir que su lugar de trabajo habitual. Conocemos varios casos en que la corona española trató de traer renombrados maestros al astillero catalán. Ya en 1532, se quiso contratar a un maestro que trabajaba en el arsenal veneciano, del que se tenía muy buenas referencias, pues es «docto en historias griegas y romanas y tiene tan buen ingenio que de solo esto sin otra practica ni ejercicio tiene la fama que a V. M. digo». Sin duda alguna, se refería al afamado humanista Vettor Fausto.96 El maestro entabló negociaciones secretas con el embajador español en Venecia, aseverando que deseaba entrar al servicio del emperador para poder hacer galeras para la luchar contra el Turco.

El astillero de Johann-Wilhelm Baur

El astillero de Johann-Wilhelm Baur, c. 1635. Inspirado durante su estancia en Roma, el artista pintó un astillero idílico. Entre otras cosas, se puede apreciar a diferentes trabajadores ocupados en sus tareas, con sus herramientas y rodeados de buques en construcción o reparación. Si bien la imagen no es específica ni de Barcelona ni de galeras, resulta muy útil para poder imaginar cómo debía de ser el trabajo en la playa y los anejos de las atarazanas. (Musées de la ville de Strasbourg, M. Bertola).

Dos décadas más tarde, en 1552, el embajador del emperador en Venecia, don Francisco de Vargas, entabló contacto con varios maestros de galeras del arsenal veneciano para traerlos a las atarazanas de Barcelona. Las negociaciones se hicieron en secreto para evitar que el gobierno veneciano se enterase. Y es que, lógicamente, no permitirían que un poder extranjero interfiriese en un asunto tan esencial para un Estado como la construcción y el estado de las fuerzas navales. Con todo, en septiembre de ese año se firmaron las condiciones y pactos entre Francisco Tubiol, maestro de galeras del arsenal de Venecia, y el embajador español, por los que el primero se trasladaba a Barcelona para hacer galeras para el emperador. Tubiol se comprometió a «hacer todo lo que por él [virrey de Cataluña] y el tesorero me será mandado en hacer galeras bastardas y galeras sutiles y galeotas y fustas y bergantines y otros cualesquier bajeles de remo de la calidad que se hacen en el atarazanal de esta ciudad de Venecia».97

Sin duda, el éxito de las galeras venecianas durante ese siglo hacía que los maestros que trabajaban en su arsenal fueran reconocidos como grandes constructores de buques. Los gastos y manutención del viaje hasta Barcelona debían ir por cuenta de la administración virreinal. En cuanto a su sueldo, Tubiol cobraría 16 escudos al mes, más otros dos escudos para un criado suyo y un escudo de estrenas por cada bajel varado, cuyo pago haría el capitán de la embarcación, como se acostumbraba en el arsenal veneciano. Además, el virrey debía proporcionarle una casa para que viviese con su familia «honestamente durante mi vida sin pagar dinero alguno».98 Decía el embajador Vargas sobre Francisco Tubiol que tenía mucha industria y llevaba consigo varios modelos de embarcaciones.99 Ese mismo año, el embajador Vargas también contrató al maestro Bernardino para trabajar en las atarazanas de Barcelona con las mismas condiciones que Tubiol. Además, pedía que, durante tres años, se pagasen otros tres escudos por su hijo Lázaro di Bernardino, y que, pasado ese tiempo, se incrementase el sueldo según sus méritos. Sin embargo, Lázaro únicamente podría trabajar a las órdenes de su padre y no a las de cualquier otro maestro del astillero. Como muestra de compromiso por parte del embajador, ambos maestros recibieron cuatro pagas de adelanto. De los maestros que Vargas logró concertar que pasasen a Barcelona, algunos se echaron atrás justo antes de partir.100 No pasó eso con Tubiol, que aparece activo en el astillero catalán en 1554.101

Durante buena parte del siglo XVI, por no decir todo, en las atarazanas de Barcelona coexistieron varios maestros mayores de galeras, sin que hubiera una jerarquía entre ellos. Este hecho, particularmente habitual en la segunda mitad de la centuria, simplemente agravó el caos que ya reinaba en las atarazanas, y no se resolvería hasta que el nuevo monarca en 1599 pusiera orden. Tenemos pocos datos sobre los maestros de galeras que trabajaron en las atarazanas durante la primera mitad del siglo XVI.102 Todo lo contrario que para la segunda mitad de la centuria, ya que, gracias a la abundante documentación de que disponemos a partir de la década de 1560. Precisamente fue durante esos años cuando se puso en entredicho la reputación de los maestros catalanes, debido a la mala calidad de las galeras construidas en las atarazanas:

Las galeras que en Cataluña se han hecho por mano de maestros catalanes son pesadísimas, y así ha sido menester hacerlas tomar por fuerza a los capitanes, porque siendo de la manera que digo revienta las chusmas para hacerlas andar y siempre es necesario llevarlas arrastrando, tanto más si se arman de chusma nueva; y aunque las que hacen maestros genoveses costasen mil ducados más cada una por las causas que digo se gana harto más en ellas que no en las que hacen los catalanes, pues las unas sirven y son las que conviene, y con las otras se tiene el trabajo y daño que he dicho.103

Estas palabras de García de Toledo al rey fueron un duro golpe para los maestros mayores catalanes. La buena maniobrabilidad era esencial en las galeras, y las hechas en Barcelona carecían de ella, lo que no se podía permitir. Además, en su carta, García de Toledo advertía de lo pernicioso que era para los intereses reales la predilección del gobernador de Cataluña Pedro de Cardona, que por esos años hacía las veces de superintendente de las atarazanas, por los maestros catalanes, «que le parece que es muy gran verdad todo lo que ellos le dicen». Por eso, don García de Toledo veía indispensable la llegada de los maestros genoveses. En sus críticas, don García se refería principalmente al nuevo maestro mayor de galeras, el catalán Marc Mas. Por eso recomendaba al virrey de Cataluña, Diego Hurtado de Mendoza, que los nuevos buques no los hiciese él y los hiciesen en su lugar los maestros genoveses.104

Por su influencia y conocimiento de la materia, García de Toledo acabó imponiendo su criterio y un nuevo maestro mayor genovés llegó a Barcelona en noviembre de 1565, acompañado de otros seis maestros y seis ayudantes.105 De este modo, se quería evitar a toda costa que las cuarenta nuevas galeras que se iban a construir en las atarazanas fuesen de la misma calidad que las últimas botadas. Así, García de Toledo informaba al rey sobre el envío del maestro:

Con don Álvaro [de Bazán] envío el maestro para las de Barcelona. V. M. mande que allí sea bien tratado y favorecido, porque yo le tengo muy regalado, porque es el más hábil de su oficio que yo conozco. En Barcelona tenían tacha de hacer las galeras grandes y muy gruesas, y agora por remediarla han dado en hacer estas muy sutiles y ruines. V. M. no consienta que las que han de hacer no pasen por otra mano, porque este basta, aunque fuesen ciento, si tantas se hubiesen de hacer, y el gobernador es tan apasionado por su nación que lo ruin le parece bueno.106

La opinión de García de Toledo sobre la manera de proceder del gobernador don Pedro de Cardona es muy clara. La llegada de este maestro genovés, que no podía ser otro que Bautista Jordán, supuso que en los años sucesivos imperase el «estilo genovés» entre la maestranza de Barcelona. Bautista Jordán ya había trabajado en las atarazanas de Barcelona durante el virreinato de García de Toledo.107 Cuando este fue nombrado virrey de Sicilia en 1565, se llevó a Jordán consigo a la isla para que construyese galeras en el arsenal que proyectaba en Mesina. Pero estuvo poco tiempo allí y regresó a Barcelona ese mismo año.

Es a partir del nombramiento de Bautista Jordán en 1567 que conocemos la relación nominal de los diferentes maestros mayores que sirvieron en la fábrica de galeras de Barcelona. A finales de ese año, el rey le escribió informándole de su nuevo cargo, por el que percibiría un salario de 25 escudos al mes:

Por cuanto por la buena relación que tenemos de la persona, habilidad y suficiencia de vos maestre Bautista Jordán, genovés, y la práctica y experiencia que tenéis de fábrica de galeras y lo que nos habéis servido y esperamos que nos serviréis, es nuestra merced de os tomar y recibir como por la presente os tomamos y recibimos por maestro mayor de la fábrica de las galeras que por nuestro mandato se hacen e hicieren de aquí adelante en el atarazanal de la ciudad de Barcelona por el tiempo que fuere nuestra voluntad (…). Y como a tal, os dejen usar y ejercer el dicho oficio en las cosas y casos que lo podéis y debéis hacer sin os poner ni consentir que sea puesto estorbo ni impedimento alguno.108

Durante los años que Jordán estuvo al frente de la fábrica de galeras, hasta su muerte en 1582, fue cuando las atarazanas de Barcelona alcanzaron su mayor actividad. Durante estos quince años, de este astillero salieron más de doscientos buques para la escuadra de galeras de España para hacer frente al envite turco en el Mediterráneo. Buena parte de ellos fueron construidos bajo las directrices del maestro mayor Juan Bautista Jordán,