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Las Atarazanas Reales de Barcelona. Funciones y usos

Las Reales Atarazanas fueron concebidas como un arsenal de galeras, es decir, como un espacio de construcción naval, de reparación y mantenimiento, al servicio de la flota de guerra de la Corona de Aragón. En esta instalación se construían galeras, pero también hibernaban, y se almacenaban pertrechos, aparejos, armas víveres, etc. Este uso original justifica la estructura arquitectónica del conjunto que a nuestros ojos tiene además un valor estético.

El uso de las Reales Atarazanas como arsenal se mantuvo hasta la primera mitad del siglo XVIII: oficialmente la fábrica de galeras se trasladó al arsenal de Cartagena en 1745. A partir de ese momento el edificio se destinó a usos militares: fundición de cañones, cuartel, maestranza y parque de artillería, hasta que, en 1935, el ejército cedió a la ciudad la gestión de las instalaciones.

La existencia de diversos proyectos para derribar el conjunto, con la finalidad de abrir una vía que uniera el Ensanche y el puerto (Plan Cerdá de 1859; Plan Baixeras de 1889), puso en peligro la integridad de las Atarazanas. Sin embargo, la campaña impulsada en 1927 por el geógrafo e historiador Francesc Carreras Candi, y secundada por el Centre Excursionista de Catalunya, impidió la destrucción del monumento. En 1936, a pesar del estallido de la Guerra Civil y la existencia de los cuarteles, el recién creado Museu Marítim de Catalunya se instaló en las Atarazanas; desde entonces, el viejo arsenal es un espacio dedicado a la cultura marítima.

A partir de 1941, una gran parte del conjunto fue dedicada a albergar el Museu Marítim de Barcelona, nombre con el que fue bautizado el museo desde su apertura al público. A medida que el edificio se fue restaurando (durante la guerra había sufrido desperfectos), los espacios se dedicaron a acoger la exposición permanente del museo y los servicios técnicos del mismo.

En 1985, la redacción del Plan Director de Reforma y Restauración de las Atarazanas, de los arquitectos Esteve y Robert Terrades, y de un nuevo plan de usos, impulsó la transformación de las instalaciones para conseguir que Barcelona pudiese gozar de un espacio al servicio de la cultura marítima a la altura de nuestra historia, nuestra cultura y nuestra tradición vinculada a la mar, que se convirtiera en un referente en el Mediterráneo.



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